Alonso Salazar y su recuerdo de la revolución que iba a salvar el mundo

diciembre 04 de 2017

El periodista y escritor habló con Semana Rural de su nuevo libro ‘No hubo fiesta’, que relata la vida de algunos de sus amigos de la Universidad que terminaron marchándose a la guerrilla. Un libro de debate, confrontación personal, abismos ideológicos y análisis.

Alonso Salazar y su recuerdo de la revolución que iba a salvar el mundo

| Fueron dos años de recopilación, de recordar a los amigos, de no agredir su memoria, pero tampoco ser genuflexo con la historia. | Por: Cortesía El País


Por: Gerardo Quintero
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Tal vez ha sido el libro que más “lidia” le ha dado, como dicen los abuelos paisas, al periodista y escritor Alonso Salazar. Nacido en 1960 en Pensilvania, Caldas, Alonso vivió con pasión el hervor de los debates universitarios de los años setenta y ochenta. Mientras estudiaba en la Universidad de Antioquia conoció de cerca y también se desencantó de toda esa batalla ideológica de aquellos años. Bebió del ‘Manifiesto del partido comunista’, desayunó con ‘Los aparatos ideológicos del Estado’ de Louis Althusser, almorzó con la teoría marxista y cenó con los ensayos del filósofo francés Regis Debray. Allí en la Universidad conoció de cerca las inquietudes de varios de sus mejores amigos que decidieron irse ‘pal monte’ a hacer la revolución, mientras se burlaban de los que se quedaban debatiendo en las cafeterías.

Muchos se fueron persiguiendo esa quimera que pregonaba Jaime Bateman Cayón, el líder del M-19, quien con su tono caribeño hablaba de que la revolución era una fiesta. En contravía de aquellos que predicaban que la revolución vendría de un sacrificio sin límites, el samario pregonaba más pasión que ideología, más goce que abnegación y más pachanga que análisis crítico. Era la visión caribeña que arrastró a varios de los ‘camaradas’ de Alonso a la sin salida de la guerra. Pero como tituló su nueva obra el también ex alcalde de Medellín, la verdad es que ‘No hubo fiesta’.
 



Su libro es una muestra palpable de sueños, de esperanzas, de jóvenes aventureros, pero extraviados. Chicos, muy chicos, que jugaron con fuego y se quemaron en la llamarada de un conflicto que encendió las mejores tierras del país y dejó en cenizas miles de ilusiones.

No fue un libro fácil para Salazar. Fueron dos años de recopilación, de recordar a los amigos, de no agredir su memoria, pero tampoco ser genuflexo con la historia. El libro en sí mismo es una paradoja porque aunque ha sido en el que más se ha involucrado, desde sus primeras páginas también advierte que no va a relatar su propia historia sino que aparecerá, sobre todo, como un testigo.

Y no fue una escritura fácil, tampoco, porque en el libro muere o desaparece gente, amigos cercanos, jóvenes como Jairo Bedoya o Santiago Montoya que escogieron las armas para enfrentar al Estado. Entonces, Alonso Salazar enfrentó su propia lucha con el propósito de calibrar las palabras para que no se percibieran esas muertes como un desperdicio, porque al fin de cuentas sus búsquedas fueron tan intensas y leales, pero sin tampoco ser complaciente con el destino que escogieron. Ese, tal vez, fue el gran reto del escritor, enfrentado a una historia real.

Muchas personas después de leer el libro podrán encontrar extraño que Alonso Salazar no haya terminado también en unos de esos grupos guerrilleros que germinaron en Colombia como el maíz. Pero pocos saben que el escritor de ‘La parábola de Pablo’ no ha disparado un solo tiro en su vida. Y lo dice como pidiendo excusas por ello, pero como él mismo asegura sus únicas batallas las libró en los auditorios de la Universidad de Antioquia, en los cuartos de los amigos, en las barras de los ‘rumbeaderos’ que frecuentaba. Allí se encendían las pasiones entre los que defendían hacer la guerra en el monte y los que hablaban de transformar el país desde las aulas, desde los sindicatos, desde el campo, pero sin armas.

Con voz pausada, temperamento tranquilo, sin ganas de volver a la política, pero con hambre de escribir muchos libros más, Alonso Salazar habló con SEMANA RURAL sobre los recuerdos de una época agitada y los sueños de una Colombia en paz, la misma que muchos de sus mejores amigos nunca habrán de conocer.

Si se quisiera entender el país de los últimos 30 años, uno podría revisar la obra de Alonso Salazar. Primero fue con ‘No Nacimos pa’ Semilla’, luego llegó ‘La parábola de Pablo’ y ahora aparece ‘No hubo fiesta’. Se podría concluir que usted hace un dibujo de país y quizás este es el último libro de esa saga…

 

Yo diría que sí es la continuidad de esos dos primeros libros. Creo que Colombia aún falta ser muy narrada y será desde muchas perspectivas. En este texto lo que quise básicamente fue recuperar la memoria de compañeros de universidad, algunos familiares que fueron a la guerrilla y a través de sus vidas pintar un poco el mundo de la izquierda, pero sobre todo los proyectos guerrilleros con sus potencialidades, limitaciones y, tal vez también, con el exceso que terminaron afianzándose en el país, haciendo parte de esta tragedia humanitaria tan larga y tan extensa que tenemos.


Usted sostiene en uno de los apartes del libro que “una revolución armada indefinida como la nuestra, con tanta proeza trágica como la nuestra, no dejó razones para la alegría y más bien la idea de la fiesta contribuyó a banalizar la violencia”…

El título del libro se deriva de una afirmación hecha por Jaime Bateman, que fue tan importante por allá en los inicios de los años ochenta, tal vez por su estilo caribeño, su heterodoxia. Bateman afirmó que la revolución debería ser una fiesta y la asociaba junto con los términos de celebración, pachanga. Él mismo, quizás, gestó parte del crecimiento del movimiento guerrillero. Yo creo que Colombia tuvo verdaderas guerrillas en los años ochenta y el M-19, con sus accionares exitosos y espectaculares, no solo se fortaleció sino que terminó fortaleciendo a todas las guerrillas. El M-19, sin embargo, tuvo la intuición, después de un hecho tan doloroso como el Palacio de Justicia, de reconsiderarse totalmente. Sin embargo, las Farc y el ELN, como sabemos, han continuado en estos 50 años y todo eso sí fue demasiado extendido en el tiempo, en la geografía y como profundo en el dolor causado. Desde luego no se puede narrar eso si al mismo tiempo no se ven también los abusos del Estado y la crueldad paramilitar.


Al leer el libro uno se da cuenta de que usted estuvo en un lindero muy próximo para marcharse a la guerrilla. Incluso, mucha gente cercana dio ese paso, ¿qué fue lo que lo contuvo?


La vida también está como llena de circunstancias específicas que lo rodean a uno. Cuando yo empecé a entrar como al mundo de la izquierda, al final de mis estudios de bachillerato y mis inicios de universidad, la gente con la que tuve contacto venía ya de regreso de la lucha armada. Incluyo allí gente de lo que se llamaba ‘replanteamiento del ELN’, era una organización ya reventada por su crisis interna, muy despedazada y esas personas ya eran muy escépticas frente a esa estrategia del fusil. También me encontré con gente que era de la guerrilla del EPL y estaba en el mismo proceso. A mí en lo personal me marcó muchísimo la obra del maestro Estanislao Zuleta, con su obra ‘El elogio de la dificultad’, en la que hace una condena tan radical al dogmatismo, a la idea del paraíso, a los totalitarismos. Todo eso fue una influencia muy decisiva para mirar con mucha distancia y luego con criterio crítico la lucha armada.
 

Percibe también uno en el libro una época de mucha agitación universitaria en Colombia. Los estudiantes muy metidos en la discusión política, algo muy diferente a lo que se vive hoy en los campus. ¿Cómo comprender ese fenómeno que se vivía en esos años setenteros?
 

Yo creo que había una circunstancia mundial, una influencia muy grande de procesos como los de Mayo del 68, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el fenómeno de independencia de colonias, especialmente en África, y no había el desgaste tan profundo sino que todavía se concebían con cierta esperanza los comunismos, los socialismos existentes y en América Latina, el tema de Cuba y la muy reciente revolución nicaragüense. Además, había una cantidad de intelectuales que le apostaban a esas propuestas de transformación. Sin embargo, yo creo que la desconcierto estuvo en confundir los ideales, que en su mayoría siguen siendo muy válidos, con los métodos. En América Latina las guerrillas se desmovilizaron rápido, excepto las de Centroamérica que fueron de los años ochenta, aunque también tuvieron una existencia corta porque identificaron que no había unas condiciones para que esa lucha armada se desarrollara más allá de los países en los que existían estrictamente dictaduras. En Colombia el apego al método de la lucha armada terminó por aislar a las guerrillas y hacerles perder sus sectores intelectuales, que eran el sistema nervioso que les permitía percibir la transformación del mundo, de la sociedad civil colombiana y entonces unas guerrillas como entumecidas existieron demasiado tiempo con una visión campesinista, dirigidas desde el campo y por campesinos, incluido el cura Pérez que, digo yo, era un campesino español.
 

Justamente, a propósito de ese análisis que está haciendo, ¿cómo se puede explicar que Colombia haya sido una región tan fecunda para la proliferación de guerrillas?


Las izquierdas han sido muy fragmentadas en el mundo, desde que comenzaron a reventarse por allá en las disidencias de Trotsky, Stalin, y después las de la Unión Soviética, Mao y los chinos y después Albania contra los chinos y eso se proyectó en todo el mundo. Lo que pasa es que en Colombia el tema es la expresión militar de la izquierda que más me atrevo a examinar y que desde luego está llena de sectarismos y dogmatismos y el convencimiento, entre ese número de grupos de guerrillas que se mencionan, de que existía solo el camino con frases como ‘el poder nace del fusil’, en el sentido de que solo la fuerza militar podía transformar la sociedad. Ese dogmatismo, encendido ya como por cincuenta años, pienso que es parte de una terquedad de la manera de hacer política en Colombia porque no solo las visiones de izquierda han recalado en ese aspecto sino también los sectores de derecha han recurrido excesivamente en coyunturas que todos reconocemos como dramáticas para el país, es decir, al método violento para ejercer ‘la política’ y eso es relativamente tiempo pasado, pero no podríamos decir con certeza que hemos llegado al estado que la mayoría de la gente considere que el asesinato no es un instrumento político.

En su relato hay unos momentos muy fuertes, en los que hay unos jóvenes brillantes como Jairo Restrepo, el ‘mono’ Candelo, gente que era muy valiosa. Pero entonces es inevitable preguntarse como de una manera tan triste y violenta se perdieron tantas personas jóvenes, inquietas…


Era una generación que tenía la virtud del ideal, de ese ideal tan vigente de tener justicia, democracia, tener oportunidades. Yo creo que se perdió mucho. Una parte de esa generación que sobrevivió, tenemos miles de reinsertados informales, hoy son protagonistas en la cultura, el desarrollo rural y las transformaciones humanas. Personas que fueron evolucionando desde esa misma sensibilidad hasta convertirse en seres humanos mucho más plurales, o quienes desde luego no tuvieron el tiempo, como Jhon Jairo Restrepo y el ‘mono’ Candelo, de abrirse a lo que la historia fue deparando para su propia organización, el M-19. Pero sin duda, todos ellos, aun los que murieron, muy probablemente hubiesen sido protagonistas en la sociedad.
 

Hay otra frase consignada en el libro que tiene una carga de emotividad muy profunda. Usted la retoma de María Teresa Uribe y dice que “entre la revolución y la contrarrevolución, nuestras guerras actuales se convirtieron en guerras sin épica, sin héroes, sin lances poéticos y con muchos villanos”


Y es bastante obvia cuando vemos actuando a los paramilitares en el país, porque ellos más rápidamente que la propia guerrilla llegaron a métodos en extremo crueles y además en ellos se evidenció más rápido el ánimo de mezclar la lucha contraguerrillera con la acumulación de riquezas para intereses personales. Esa visión crítica sobre el conjunto de los actores armados -y digo actores en el sentido de que una parte de la institucionalidad se comportó así, el ejército- y la guerrilla terminó en buena medida comportándose así, tiene que ver sobre todo con el aspecto de que si la guerra es indefinida y la guerra no se concentra con cierto honor militar y se extiende sobre la población, pues termina siendo eso, una guerra de villanos. Si se mira con atención, en Colombia no hubo grandes confrontaciones militares entre guerrillas y paramilitares. Las acciones de unos y otros fueron contra la población civil y si quisiéramos hoy recordar héroes gloriosos de esa lucha, creo que sería muy difícil, porque además ha sido una violencia con muy poco discurso de sentido nacional, de cohesión, de sentido de proyectarnos como una sociedad con futuro. Yo creo que la expresión de María Teresa, esa de que es una violencia muda, es una manera muy contundente de decirlo.


Qué piensa que le dejó al país todos estos años de confrontación. ¿Sí se puede rescatar algo de toda esa violencia que por décadas hemos sufrido los colombianos?


Yo creo que a Colombia le quedó el cansancio, que se sigue viendo en la división que tiene la sociedad respecto a cómo pueden pensar superar el futuro. No soy de los que piensan que la sociedad colombiana no está preparada para el proceso de paz, diría que en alguna medida, a pesar de tanta resistencia a la guerrilla, el que casi la mitad de la población haya votado en favor del ‘Sí’, a mí me pareció en todo caso algo positivo. Es que en el mundo los procesos de paz nunca se han sometido a votación porque son muy impopulares, la guerra que es una especie de coro tribal, como las graderías del estadio, tiende a ganar muchos adeptos y fue desde luego un error muy grande del presidente Santos, haber optado por una votación. Yo veo en todo caso que,después de que transite esta coyuntura política de las elecciones, el proceso se estabilizará. Es probable que si llega a ganar alguno de los candidatos que más cuestiona el proceso se pueda entorpecer algo, pero no creo que ningún presidente pueda reversar lo que ya se ha avanzado.


Precisamente hay muchos temores sobre la posible reorganización de las Farc, cada vez aumentan más las disidencias. Lo que se evidencia, también, es mucho temor de los líderes de ese movimiento de que se les incumpla. ¿Cómo ve usted lo que se ha llamado el posconflicto?

Desde luego está muy enredado, no se han sincronizado tiempos. El desarrollo político de los acuerdos ha desbarajustado todo el cronograma. La coyuntura electora entorpece excesivamente la ejecución de esos acuerdos. El gobierno Santos, por su parte, ha sido ineficiente para preparase para la paz, en cosas tan sencillas como la infraestructura donde estuvo ubicada la guerrilla, sobre todo porque transcurrió mucho tiempo en La Habana para que se eso se planeara bien. Pero también para la intervención en las zonas donde se preveía que la salida militar de las Farc iba a generar nuevas turbulencias, como suele ocurrir en esos procesos de desmovilización. Yo creo más en el punto de vista de que se reconfiguran unos grupos de acción criminal, sobre todo aglutinados alrededor del tema del narcotráfico, creo que no es bueno llamarlos disidencia de las Farc, al igual que no estoy de acuerdo con hablar del paramilitarismo hoy, no porque no puedan existir expresiones o grupos probablemente con complicidad de las autoridades del Estado, pero es que llamarlos paramilitares es darles el estatus y seguir uno con el circulo vicioso. Es definitivo que se haya aprobado la JEP y hay que darle un compás de espera hasta que sea electo un Presidente y se vuelva a mirar el escenario.


Otro aspecto que me llama mucho la atención en su libro es que en Colombia surgieron grupos guerrilleros de todo el espectro de la izquierda, desde el marxista leninista, los maoístas, los de corte indígena. ¿Qué impidió que alguno de esos grupos tuviera un gran eco popular y pudiera triunfar como revolución?


Las guerrillas tuvieron varios ciclos. Uno, donde vivieron mucho más por el mito que por su existencia real, tal vez las que tenían más presencia la iban construyendo con paciencia de artesano, como las Farc, pero el ELN y el EPL en los años setenta eran un nombre y unas apuestas de geografía donde se asentaban. En las narraciones que escucho de los propios militantes, eran unas cosas absolutamente decepcionantes. Las guerrillas realmente comienzan a operar y a convertirse en fuerzas de contundencia militar en los años ochenta. Todavía tenían el oxígeno de apoyos de sectores sindicales, estudiantiles, supongo que también de lo que quedaba del movimiento agrario, que había sido tan fuerte en los años setenta. Sin embargo, ese crecimiento en los ochenta llevó a algunos grupos a constatar la inviabilidad del proyecto, especialmente el EPL y el M-19. Y el ciclo final es la baja popularidad. Su crecimiento popular no se vio. Se pasó por encima de la sentencia de MAO que decía que la guerrilla debe ser al pueblo como el pez al agua. A esa guerrilla fuerte de los años 90 no le interesó cultivar el enraizamiento social, actuaba mucho como un ejército de ocupación, especialmente a las zonas a las que fueron llegando. Antioquia, Caldas y la zona andina son un ejemplo típico de eso y lo que obtuvieron fue la repelencia de la sociedad por los abusos que como ejército de ocupación cometieron y eso facilitó luego la acción tan fuerte, cuestionada, pero tan definitiva de todo lo que sucedió después con el gobierno de Uribe.

 

¿Usted cree que todavía hay espacio para una guerrilla, o es un capítulo cerrado para América Latina en general?


El panorama del mundo ha cambiado tanto, que a veces los pronósticos son difíciles. Al final del siglo 20 había aparentemente cosas más firmes. Había una lucha de países del sur o en desarrollo para liberarse no solo desde el punto de vista político sino también de la economía, tener plenitud de desarrollo, existían movimientos como los de los ‘No alineados’, etc. Hoy en día vemos que el mundo está cruzado por una lucha como entre familias de civilizaciones, o sectores del mundo islámicos contra el mundo occidental, pero uno mira hacia América latina y ve un panorama en el cual izquierdas llegaron al poder sin necesidad de la lucha armada y eso marca una paradoja porque Colombia ha tenido cincuenta años de lucha armada sin que la izquierda asuma el poder nacional. Y esa paradoja pues indica el sinsentido que tuvo hace muchos años, pero que tiene sobre todo ahora, la posibilidad de la lucha armada como una alternativa de poder para la izquierda.

A veces el discurso en Colombia se quedó como en los sesenta, desde la derecha se dicen unos agravios muy fuertes a quien se percibe de izquierda, y desde la orilla contraria también. Pareciera que Colombia se quedó anquilosada y no ha podido superar el discurso de la ‘Cortina de hierro’

El problema no es la beligerancia verbal, que es propia de la política. Uno escucha discusiones en otros lugares del mundo y las maneras de expresarse pueden sonar exageradas y aparentemente ofensivas, el problema en Colombia es la capacidad de pasar de las agresiones verbales a las agresiones físicas, de transformar un sentido político en una disidencia militar y eso ocurre desde el siglo 19 por la opción que tienen los que detentan el poder de perseguir a otros, como lo hicieron los liberales en su hegemonía o los conservadores una vez que llegaron al poder con cierto espíritu de venganza. Sin embargo, la lectura crítica de la guerrilla y de la izquierda es incompleta sin una lectura crítica de la manera general como los sectores tradicionalmente llamados dominantes han actuado en el país. No le temería mucho a la beligerancia verbal sino que habría que seguir insistiendo en que Colombia debe detener la muerte como instrumento de la política. Si hay mucha agresividad verbal uno podría suponer que eso genera las circunstancias favorables para la ejecución de militantes, pero la sociedad debería reaccionar ya para detener el asesinato por razones política.


POR: Gerardo Quintero | Editor Nacional
 

 

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