noviembre 17 de 2017

Aprovechar el agua lluvia y adaptarse al cambio climático

Por: Margarita Pacheco

Las negociaciones de los gobiernos nacionales en la COP 23 en Bonn, Alemania, siguen
excluyendo de su agenda política del cambio climático, las estrategias adaptativas que deberían
estar al alcance de familias rurales. El uso del agua lluvia ha sido una práctica ancestral a lo largo de
la historia de la humanidad en distintos climas y contextos socio ambientales.
Sociedades en
distintas regiones del planeta, han dejado testimonios arquitectónicos monumentales para captar,
almacenar y proveer de agua de lluvia a sus poblaciones en la India, Egipto, México, Cambodia,
China, Japón y otros países que construyeron infraestructuras colectivas e individuales para
almacenar agua y desarrollarse regionalmente.

Hoy, el aprovechamiento del agua lluvia se mantiene de forma fragmentada, en territorios insulares,
en el nordeste árido del Brasil, en comunidades rurales en selvas, sin ser el centro de una política de
Estado. Las lecciones aprendidas con los cambios del clima y los eventos extremos más recientes
siguen siendo ignoradas por los gobernantes
y legisladores que no encuentran en la prevención de
riesgos la fuente de votos y de reelección. Mocoa, en el Putumayo, en el piedemonte amazónico, aún
está en reconstrucción. Ya es hora que se muevan las sillas de la Unidad Nacional de Gestión del
Riesgo y del Fondo de Adaptación por haber ignorado la prevención que hubiera evitado semejante
tragedia.

La culpa no es de las lluvias torrenciales y de los cambios bruscos del clima, sino de la falta de
previsión sobre un desastre anunciado por la deforestación, la praderizacion y la ampliación de
fronteras para cultivos de uso ilícito, montaña arriba. Mocoa debería ser la fuente de inspiración
para la formulación de una política regional y loca
l de manejo de aguas lluvias, tanto a nivel de la
cuenca donde sucedió la avenida torrencial como a nivel de la reconstrucción y provisión de agua
potable para los residentes. Los “Rios del cielo” están disponibles para incentivar, subsidiar y
capacitar el uso del agua lluvia para distintos fines.

El 1er Congreso Nacional de Sistemas de Captación de Agua Lluvia en la Universidad de
Guadalajara da buena cuenta del posicionamiento del tema en varios países y regiones. Los países
de América Latina comparten dificultades similares para desarrollar mecanismos que faciliten la
instalación de sistemas de aprovechamiento
, tanto a nivel urbano como rural. Las redes de “aguateros” tienen aún poco poder para convencer a los gobiernos, aunque puedan ilustrar con
buenos ejemplos, los beneficios en costos y mejoramiento de calidad de vida de muchas
poblaciones.


En Colombia podemos mostrar varios ejemplos recientes, fruto de iniciativas privadas sin ningún
incentivo oficial, y otros con base en voluntades directivas autónomas: vale destacar el programa
“Lluvia para la Vida” de la CAR Cundinamarca en el municipio de Jerusalén y veredas ribereñas al
Río Magdalena, y la nueva ampliación de la sede del Instituto de Investigaciones Científicas
Amazónicas SINCHI en Leticia, Amazonas, donde el uso del agua lluvia se combina con el uso de
energía solar y con educación para el mantenimiento de cada sistema. Existen muchas otras
experiencias aisladas, que deberían inspirar nuevas regulaciones urbanísticas de estricto
cumplimiento
, sobretodo para el diseño de planes de vivienda de interés social a nivel nacional y
conjuntos habitacionales que deberían tener sus propias reservas de agua lluvia y tratamiento de
aguas residuales, antes de verter las aguas al alcantarillado de la ciudad.


Uno se pregunta porque tanta resistencia política ante opciones tan obvias. Utilizar un recurso
público que cae en el techo, que la familia puede almacenar y utilizar sin pagar un peso. El
despilfarro doméstico e industrial del agua tratada y vendida por las Empresas de Acueducto
requiere ser cuestionado
, sobre todo en periodo de crisis climática. No hay necesidad alguna de utilizar agua costosa, para riego de jardines, aseo de pisos y cocinas, duchas, inodoros, aún para
agricultura casera. Además, las aguas lluvias residuales podrían ser tratadas en el mismo predio y
más si se trata de conjuntos habitacional nuevos.


Sin embargo, todo parece indicar que el Estado tiene fuertes presiones de las empresas, e ignora u
omite la posibilidad de aprovechar la lluvia como un bien público. Aunque en la práctica lo están
haciendo muchas poblaciónes, es un acto cultural que no se reconoce. Los raizales viven de la lluvia
en las islas del Archipiélago de San Andrés y Providencia, construyen cisternas con casa y las
mujeres se encargan de administrar y cuidar la calidad del agua familiar.
Estas prácticas subsisten
en los campos en viviendas rurales donde no llegan los acueductos veredales y aún en ciudades de
alta pluviosidad, donde el agua lluvia es un alimento más seguro que el agua de los acueductos
como en Quibdó, Tumaco, Nuquí, Bahía Solano, Juradó y otras poblaciones con potencial de
ecoturismo del Chocó.


Instaurar el aprovechamiento del agua lluvia como una política pública evidenciará avances en el
cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible ( ODS 6) y en las estrategias de adaptación
al cambio climático, metas contenidas en el Informe de Colombia presentado ante la Convención
Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático. En complemento, el aprovechamiento
multipropósito del agua de lluvia se hace necesario para la implementación de la Reforma Rural
Integral,
y con las metas de Colombia en el Acuerdo de París.

 

Las últimas evidencias de eventos extremos sucedidos en el país obligan a los candidatos de todas las tendencias políticas a ser claros en estos temas. El próximo gobierno deberá formular políticas y asignar recursos para la prevención y el manejo del agua lluvia. Con los últimos eventos extremos en Colombia, se evidencia la vulnerabilidad en que las ciudades están expuestas: las últimas granizadas evidencian la fragilidad de la infraestructura urbana y de cubiertas de casas y edificios que no soportaron el peso de hielo, que hizo colapsar e inundar espacios de oficinas, daño de equipos, muros y viviendas construidas con materiales inapropiados por la pobreza y la marginalidad. El granizo como lluvia helada, es otra arista del manejo del agua lluvia durante eventos extremos.


Mocoa y otras ciudades en el piedemonte Amazónico deforestado, están expuestas a nuevos desastres, que no son naturales. Una política de gestión del agua lluvia a nivel de cuenca debería prever cómo retener suelos y aprovechar, montaña arriba, la declaratoria de reservas forestales para usos del suelo compatibles con la construcción de pequeñas represas que pueden frenar las aguas y apoyar la restauración de ecosistemas de bosque talado para minería ilegal, ganadería y cultivos de coca.

 

La enorme inversión en una votación para escoger un candidato del partido liberal podría evitarse teniendo tanta necesidad de reforestar y garantizar disponibilidad de agua para las épocas de sequía. Con esa plata se podrían construir muchos sistemas para aprovechar el agua lluvia, en especial en los pueblos y veredas vecinas a los asentamientos de ex combatientes que están adaptándose a la vida civil. Los expertos internacionales reunidos en Guadalajara, invitados para ser testigos de la Asociación Mexicana para la Captación del Agua Lluvia AMSCALL, estarían dispuestos a colaborar en la tarea de valorar el recurso ofrecido por el “ acueducto celestial” en la Colombia del posconflicto.

 

MARGARITA PACHECO | @Margamiel
Asesora del Ministerio de Ambiente y de la Gobernación de Cundinamarca
Otras columnas de este autor:


Oferta ambiental del posconflicto

 

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