Las lavanderas de Zapayán

septiembre 02 de 2017

Restregar, escurrir y sacudir la ropa funda ecos que se encuentran con las risas y las anécdotas de las lavanderas..

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| El manduco es como un bate pequeño hecho de madera y su papel en el proceso de lavado es fundamental. A más 'garrotazos', mejor se despercude cualquier tipo de mancha. | Por: Linda Esperanza Aragón para SEMANA RURAL


Por: Linda Aragón
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Quiero comenzar con un relato que plasmó Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, porque me pasó lo que a Diego, uno de sus personajes, cuando vio "la mar":

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur. 

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. 

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. 

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

— ¡Ayúdame a mirar!” 
 

Yo también dije “¡ayúdame a mirar!” cuando vi la ciénaga de Zapayán, aunque no se lo dije a mi padre, se lo grité al Magdalena.

 

    © Linda E. Aragón


El agua se alegra cuando las siente llegar. Ellas se convidan para irse a lavar. Madrugar no pesa. Levantarse temprano es ameno, una rutina atractiva. Desde las 3 de la mañana las mujeres se van al Puerto de Casa Loma, una orilla de la ciénaga de Zapayán, en Bomba, Magdalena, con sus poncheras en la cabeza llenas de ropa.
 

     © Linda E. Aragón


Cuando llegan a la orilla no comprueban si el agua está fría: se quitan las chancletas, sumergen los pies sin pensarlo dos veces, se dirigen hasta las piedras y ahí descargan las poncheras. Cada mujer tiene su piedra para lavar (cada piedra va sobre cuatro horquetas que se entierran en el fondo del agua) y es un acuerdo sagrado: hay que respetarlo. Una por una se ubican en su lugar y comienza con la labor.
 

              © Linda E. Aragón


Antes de mojar la ropa, con los manducos presionan las barras de Oro, un jabón hecho a base de grasas de origen vegetal, hasta convertirlas en capas delgadas para enjabonar como se debe las prendas. El manduco es como un bate pequeño hecho de madera y su papel en el proceso de lavado es fundamental. A más 'garrotazos', mejor se despercude cualquier tipo de mancha.
 

  © Linda E. Aragón

 

El cantar de los gallos acompaña el sonido seco y esponjoso que se emite al fregar la ropa. El lavadero es más que eso. Mientras se esmeran en dejarla limpia, se cuentan historias y narran secretos, de esos que se forjan en el hogar y terminan por ir de boca en boca:
 

- Ahora al pae’ de mis hijos se le ha dao’ por tomá todos los fines de semana.
- Ve,  ¿y ese de dónde sacará la plata?
-  Yo no sé, mija. Lo que yo quiero es que siga respondiendo por el 'bocaito'.
-   Tiene que aterrizá.
-  Ese ya no respeta pinta.

 

© Linda E. Aragón


Restregar, escurrir y sacudir la ropa funda ecos que se encuentran con sus conversaciones. Echar un cuento parece obligación: lavar en silencio no tiene ninguna gracia: 
 

-  Ayer se salió (casó) Juana con un hombre.
-  ¿Cómo va a ser?
- Sí, comae’. Juana fue con sus amigas a la baile. Yo las vi pasar: eran cuatro las que iban. En la madrugá solamente pasaron tres. Las cuentas estaban malas. Faltaba ella. 
- Seguro se casó con un forastero. 
- Por ahí se dice que fue con uno del pueblo. 
- Mañana ya sabremos. 

 

    © Linda E. Aragón


Unas dejan el tinto listo antes de salir a lavar; otras lo preparan apenas regresan a casa, por eso contabilizan el tiempo y tienen un poco de afán. El tinto es un motor tempranero, algunas se van a fregar desde las 3 AM hasta las 10 AM. El cafesito es el combustible para brazos y piernas...


- Ajá, mujé, ¿te tomaste el tinto?
- Todavía no he visto a Dios, mija. 

 

            © Linda E. Aragón

Desde muy temprano, algunas se meten en el agua con el cigarrillo en la boca, eso no impide que suelten carcajadas y comenten anécdotas de sus vidas y de la población. Ellas son portadoras de historias, son el periódico del pueblo. 

El Puerto de Casa Loma es hermoso, pero se convierte en una maravilla cuando las bomberas tocan sus aguas. La pereza no tiene lugar, madrugar es una fiesta que alimenta esta costumbre ancestral.


Es un espectáculo que inventan las damas madrugadoras enjabonando, enjuagando y echando cuento. Una tradición que transita con los años y que hasta hoy no se desprende de esta tierra.
 

    © Linda E. Aragón


Anteriormente lavaban sobre las trojas que sus maridos les construían en los patios. No podían hacerlo en la ciénaga porque había muchos caimanes. Los hombres construyeron un tipo de muelle de palo para que no fueran desayuno de los reptiles. Con el pasar del tiempo las señoras se fueron mermando por la cacería, y desde entonces las comenzaron a desplazarse hasta la ciénaga para lavar. Hablar y lavar.
 

     © Linda E. Aragón


Los habitantes del pueblo le han dado otra definición a la ciénaga de Zapayán: ya no representa solo un cuerpo de agua para bañarse y pescar. Es el lugar para charlar, es esencial para ponerse al día; es un escenario construido donde confluyen todos: los señores que van por las cargas de agua, los pela'os traviesos, los campesinos que llevan a sus animales para calmar la sed y quienes esperan en la orilla a los pescadores para comprarles su botín. 
 

     © Linda E. Aragón


En medio de ese contacto con la naturaleza los sonidos componen un mismo cuento. Las historias se escriben y reflejan en el agua, pero no se borran del cuerpo ni de la memoria de los testigos de Zapayán.



 


LINDA ESPERANZA ARAGÓN

Es periodista y especialista en gerencia de la comunicación para el desarrollo social de la Universidad Autónoma del Caribe. Fue periodista de El Heraldo. Es cofundadora de la revista PalaBrotas y actualmente dirige el proyecto MagdaleNarra, que busca visibilizar a los pueblos poco conocidos del Magdalena. Cuenta historias con fotografías y palabras. Pueden seguirla en su Instagram: @lindaragon7

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