noviembre 10 de 2017

Mi familia

Por: Andrés Plazas

Realicé mi primera visita a Nabusímake, Sierra Nevada de Santa Marta, al finalizar diciembre de 1996. Al llegar, después de dos días de viaje, esa noche me encontraba en medio de una familia arhuaca que acababa de conocer y que estaba conformada por Sebastián, su esposa Chepa, nueve hijos y dos nietos.

Con el paso de los días sentía una inmensa hospitalidad y el trato que se da a un miembro de la familia, trato que yo no alcanzaba a asimilar.

Todo el tiempo, pero especialmente en las noches, recibía expresiones de afecto de muchas personas de todas las edades que vivían en esa casa y que yo a duras penas lograba distinguir en medio de la penumbra del fogón. Desde el nieto de cuatro años hasta la abuela de 80 rápidamente se aprendieron mi nombre, algo que yo no lograba hacer con los de ellos: Seiníngomo, Jwiatúngumu, Toto, Jwiding, Gunkewia, Damaris, Yania, Monzo…

Después de un mes compartiendo, recorriendo en su compañía la región, visitando lugares hermosos y conociendo a la familia y a la comunidad, y ya empezando a pensar en mi regreso, me encontraba una mañana sentado al pie del fogón conversando con Chepa y tomando el desayuno, cuando hice el siguiente comentario:


“Chepa, durante este mes en que he estado con ustedes me ha impactado como, cuando algún desconocido que pasa por el camino se acerca al broche de la cerca, usted lo llama para que pase y entre a la casa, le ofrece una taza de café. Si es hora de almorzar le brinda un plato de sopa y si se está haciendo tarde le arregla una cama para que duerma, aunque sus hijos tengan que dormir sobre una piel de ovejo en el piso. ¡Como si todo el que llegara a esta casa fuera de la familia!”


Después de un largo silencio Chepa me respondió:
 

“Lo que pasa, Andrés, es que todo el que llegue a esta casa es de la familia, porque..., ¿Cómo hace usted para saber que no es de la familia?"

 

Que diferente sería nuestra historia si en lugar de pensar que nadie es de mi familia a menos que se demuestre lo contrario, sintiéramos como lo hacen en tantas de nuestras comunidades campesinas e indígenas: “todo el que llegue a mi casa es de mi familia a menos que se demuestre lo contrario”.

Qué diferente historia contaríamos si a las víctimas de la guerra las acogiéramos como de la familia, y como familia nos hubiésemos movilizado masivamente para impedir los miles de asesinatos, secuestros, violaciones, desapariciones forzadas y los millones de desplazamientos producto del conflicto armado.

 

Que diferente historia contaríamos.

POR: ANDRÉS PLAZAS

Bogotano. Ingeniero civil y M.Sc. en Producción de Ingeniería y Gerencia. Asesor durante varios años de empresas industriales. Desde 1993 caminante por diferentes regiones de Colombia y otros países. Un convencido de la posibilidad de la construcción de comunidad, de identidad y de ciudadanía a partir del caminar, el cuidado y la defensa de lo público. Lidero la comunidad y la Asociación Amigos de la Montaña.

Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

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