septiembre 18 de 2017

Violencia y geografía

Por: Lizandro Penagos Cortés

No son pocos los lugares de Colombia que emergieron de la periferia al centro por una masacre. Mapiripán o Bojayá. El Nilo o La Chinita. Tacueyó o Trujillo. Ojalá aprendamos geografía como se debe, en la escuela. La sangre impulsa y propulsa. Se convierte en tinta, en energía, en onda. Las víctimas pasan a primera página de la prensa. Del revés de la nación a las pantallas de la televisión. Y  se oye hablar de ellos en la radio. Luego vuelven a desaparecer, porque lo importante -que es la vida que se pierde con su derramamiento- no es sustancial en términos de audiencia.

A los muertos los cubre el dolor ajeno y a los féretros la bandera. A todos en algún momento nos cubrirá la tierra y a esos lugares el olvido. Y los medios les dicen de todo: inhóspito, remoto, perdido… No han de saber geografía o su papel en la historia de Colombia. No en vano el español Mario Tascón -maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano-  afirma: “Entre los gremios más atrasados, el periodismo está de primero”. ¡Periodista hazte bachiller! Se mofaba Jaime Garzón. Y ellos se reían.

Y se comprueba ese atraso con evidencias todos los días en cualquiera de las emisiones de los noticieros nacionales. Bueno, y de algunas de sus copias pobres, los regionales. Trivialidad, superficialidad, repetición, escándalos, descontextualización, unifuentismo, acusaciones simplistas y tantas otras nefastas características que están enterrando el periodismo televisivo y socavando el radial. Aún queda el refugio del escrito. Pero duele reconocer que el periodismo de escritorio, el de Google, no sabe dónde está parado. Sus protagonistas quieren que los reconozca el mundo y no conocen la historia de su barrio.

Un buen número de colombianos considera que Miami está a la vuelta de la esquina. Allí no más. Y eso que no ha ido jamás. Otro puñado cree que Madrid (España, no Cundinamarca) está a pepo y cuarta. Y si ha ido, pero a la de acá. Mejor dicho, a muchos colombianos Colombia les queda lejísimos. Porque allá en Bogotá, en la capital, cualquier lugar que quede a más de dos horas es una lejanía.

Soacha, por ejemplo, que queda a dos horas de Hatogrande, la casa de campo de los presidentes, es en la mismísima porra. Al borde de ese abismo que separa a los que se creen ricos, de los que en verdad son pobres. Si no es porque en su plaza matan a Galán, nadie sabía de la pobre Soacha.

Es tal su desprecio por el país -digamos inconsciente, para no herir susceptibilidades- que solo en términos geográficos -para no mencionar lo racial, lo económico, lo cultural, etc.- Colombia les es una nación extraña. No saben dónde termina el país en sus extremos cardinales, que es lo mismo que no saber dónde comienza para los extranjeros. Ni Punta Gallinas, ni Cabo Manglares, ni la Piedra del Cocuy. Leticia es la excepción, o sería el colmo.

Los gobernantes sí saben del país, pero no hacen demasiado por la nación. Las ciudades de Colombia por ejemplo, les parecen -por decir lo menos- feítas. Londres, París o Nueva York, perfectas. En tiempos del proceso de paz de Betancur, invitaron a Álvaro Gómez Hurtado a entrevistarse con la guerrilla en Casa Verde en La Uribe, para discutir sobre la paz. Se negó con desdén, cuenta Antonio Caballero: “No está uno para ponerse a visitar lejanías”, dijo el mentor de las repúblicas independientes. La Uribe-Meta, queda a 157 kilómetros en línea recta de Bogotá. Y le pareció una lejanía.

No está el país para andar peleando con muertos, pero sí con tantos vivos que insisten en invisibilizar tantos lugares de Colombia que intentan sobreponerse de la guerra.

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