U. de los Andes graduó promoción de replicadores de paz

junio 05 de 2019

Más de 40 líderes regionales tomaron un curso de liderazgo y de herramientas socioemocionales en la Universidad de los Andes para replicarlas en sus comunidades. Semana Rural habló con algunos participantes sobre sus proyectos, sueños y la distancia que hay entre el territorio y la ciudad..

U. de los Andes graduó promoción de replicadores de paz

| Los participantes llegaron el 16 de mayo y se graduaron el 24 del mismo mes | Por: Diana Rey Melo


Por: Estefanía Palacios


 Con diplomas en mano y la energía poderosa de quien logró su objetivo, 41 líderes de diferentes ciudades posaban frente a camarógrafos y periodistas en la Universidad de los Andes, luego de completar el curso en la Academia de Liderazgo para la Paz (AlaPaz), una iniciativa de la Escuela de Gobierno de esa universidad y la fundación Compaz.

 

Los participantes llegaron el 16 de mayo y se graduaron el 24 del mismo mes, luego de 70 horas de trabajo intensivo en Bogotá. Compaz y la Escuela de Gobierno diseñaron un programa o “viaje emocional transformador” con ciclos que impulsan la transformación de los líderes. La idea es que tengan más herramientas para promover la empatía, la resistencia y el liderazgo en sus territorios.

 

La verdad, desde hace años la mayoría de los graduandos promueven la resolución de conflictos, la reconciliación y la construcción de paz, así que para muchos el curso fue, sobre todo, una forma de establecer un diálogo entre sus conocimientos y las herramientas de académicos. Para otros, fue la oportunidad de reclamarle reconocimiento y compromiso al gobierno. Y no pocos tomaron el curso como un camino para sanar y perdonar. Pero en el discurso de grado todos, al final, recordaron dos enseñanzas: “yo soy tú y tú eres yo” y “hay que sonreír desde el corazón”.


Estos son algunos de los graduandos, sus luchas en territorio y sus aprendizajes en Bogotá:

 


 

Asegura que las 70 horas de Alapaz cambiaron su vida pues soltó, por fin, el peso de todas las violencias que sufrió. © Diana Rey Melo


 

“Cuando miré a los reinsertados descubrí su alma”: Luz Aida Angulo Angulo

Luz Aida Angulo camina como si atravesara nubes: cada paso es más libre, más ligero, más alegre. Su imagen contradice el imaginario popular que existe sobre las víctimas, como personas que arrastran dolor. Ella asegura que las 70 horas de Alapaz cambiaron su vida pues soltó, por fin, el peso de todas las violencias que sufrió.

 

Parece demasiado bueno para ser real, pero ni hablando sobre el desplazamiento o la violencia sexual Luz Aida se quiebra. Al contrario, cuando cuenta que llegó a Bogotá desde Barbacoas, Nariño, por la violencia y que todavía enfrenta barreras económicas para mantener a sus seis hijos, su voz suena más fuerte.

 

Luz Aida denuncia que en Barbacoas la guerra todavía está viva, y por eso sueña con volver al territorio para transmitir las herramientas de construcción de paz y para luchar por la sanación de su comunidad. De hecho, uno de los ejercicios que más la conmovió fue el encuentro con reinsertados de distintos grupos. En lugar de sentir odio, dice que les sonrió desde el corazón, los miró a los ojos y los perdonó, a ellos y a todos los que alguna vez empuñaron las armas y violentaron a civiles.

 

Mientras Luz Aida vuelve a Barbacoas, aplicará las lecciones del curso a su fundación en Bogotá, el grupo artístico cultural de danza Black sombra.


 

Judith volvió a trabajarle a la paz © Diana Rey Melo


 

“Líderes unámonos”: Judith Cardona

Ni siquiera cuando la declararon objetivo militar, Judith pensó en renunciar a los proyectos sociales que adelanta desde que llegó al Meta “por amor”. Al principio, eran encuentros con mujeres para hablar y acompañarse, pero luego se convirtieron en grupos de apoyo y emprendimiento.

 

“La guerra del paramilitarismo estuvo en 27 de los 29 municipios del Meta, y nuestro grupo acompañó los hechos más importantes del departamento en construcción de paz”. Por ejemplo, la red de mujeres que lidera Judith apoyó procesos en la zona de distensión durante el gobierno de Andrés Pastrana.

 

Aunque en una época salió de Puerto López, Meta, por las amenazas, Judith volvió a trabajarle a la paz. Uno de sus llamados es a que los líderes se unan y luchen por la paz, por no dar un paso atrás, con este gobierno o con cualquier otro.

 

En Alapaz encontró la magia de “reunir la cátedra con el pueblo”, la idea de que el conocimiento también es -y debe ser- popular. En el curso aprendió que “en el territorio se construye paz mirándonos a los ojos y sonriendo desde el corazón”, porque todos, incluso los de la ciudad, sufren la violencia. “La paz no es de los ricos ni de los pobres, ni de las ciudades ni del territorio, es de todos”, concluye.


 

Para él, esas iniciativas que rescatan y sanan el alma también construyen paz. © Diana Rey Melo


 

“El conflicto está en nuestra alma” Josué Abimael Aguirre

Josué Aguirre nació en Campo Hermoso, Boyacá, y es uno de los descendientes de la etnia tegua, hoy desaparecida y cuyo conocimiento reclaman solamente los habitantes de ese municipio. En su infancia Josué y su familia viajaron a Guaviare, donde asegura que vio la guerra con sus ojos.

 

Aunque todos los grupos armados luchaban por el territorio mientras arrancaban pedazos de tierra, de vida y de gente, Josué y sus nueve hermanos resistieron y nunca tuvieron nexos con ningún violento, gracias a la sabiduría de su padre, que -asegura- los llenó de amor y de conocimiento.

 

Las enseñanzas de su infancia, que fue más una adultez prematura, lo impulsaron a organizar ‘Para perpetuarnos en la existencia’, un proyecto de agricultura ancestral, donde rescatan los saberes de sus antepasados indígenas, libres de sustancias químicas y llenos de respeto por la naturaleza. Para él, esas iniciativas que rescatan y sanan el alma también construyen paz.

 

Aunque lo ayudó a encontrarse con su niño interior, Josué asegura que Alapaz fue, especialmente, una forma de entender a los profesionales de la ciudad que llegan al territorio, algo así como una traducción de saberes: “lo que nos enseñaron aquí es lo que hemos hecho hace años en territorio, solo que con otras palabras”.


 

Sueña volver para liderar proyectos con los jóvenes pero estudia una maestría en Bogotá. © Diana Rey Melo


 

“Me fui por conocimiento pero todo el tiempo quiero volver”: Francy Méndez Calderón

Francy Méndez nació en Medina, un municipio olvidado entre Meta y Cundinamarca. Ella está, igual que su pueblo, en el límite entre la ruralidad y lo urbano: sueña volver para liderar proyectos con los jóvenes pero estudia una maestría en Bogotá.

 

La idea de Franci es que los niños no tengan que irse, como ella, en busca de oportunidades y conocimiento; que nunca tengan que escuchar, como ella, los chismes que advierten de tomas guerrilleras; que nunca tengan que pelear, como ella, por la visibilidad de su pueblo.

 

Medina simboliza una necesidad de paz que va más allá de la ausencia de violencia, y que significa también la garantía de derechos, servicios y condiciones para vivir dignamente. Olvidar a los pueblos también implica una forma de violencia, y Francy quiere construir paz como un colibrí: “como ese pájaro quiero llevar gotas de agua para aliviar el olvido de Medina”.

 

Para Francy, Alapaz fue una inyección de fuerza, el impulso que necesitaba para comprometrse a transmitir las enseñanzas de liderazgo, resiliencia y empatía a los jóvenes de Medina. “Escuchar las cosas terribles que vivió la gente me hace admirarlos profundamente. Si ellos pueden llevar la paz a sus municipios, ¿por qué yo no lo voy a hacer?”.


 

Pero como la mayoría de los bogotanos, Carlos lleva el territorio en la sangre: su papá, también llamado Carlos, es de Túquerres, un municipio de Nariño © Diana Rey Melo


 

“La construcción de paz es mi historia de vida”: Carlos Alejandro Santiusti

 

Carlos Santiusti es un graduando atípico en el grupo. Nació en Bogotá y no en otro territorio atacado en el conflicto; y estudió ingeniería de sistemas. Pero como la mayoría de los bogotanos, Carlos lleva el territorio en la sangre: su papá, también llamado Carlos, es de Túquerres, un municipio de Nariño. Y como la mayoría de los colombianos, Carlos lleva un dolor ajeno, de la guerra del país, en el alma.

 

Carlos padre asegura que su hijo creció en medio de música protesta, de amor por la ruralidad y de la responsabilidad social. Por esa semilla, Carlos hijo está convencido de que los números y la ingeniería no tienen que enfrentarse a la labor social. Con eso en mente estudió gestión de proyectos y ahora lidera dos iniciativas enfocadas en la construcción de acuerdos y de paz desde la ciudadanía.

 

Cada paso que Carlos dio, lo llevó poco a poco a encontrar el liderazgo como una forma de vida, tal vez la más gratificante. Y uno de sus momentos cúlmine fue Alapaz, donde encontró a sus pares en territorio, a los otros líderes que enfrentan condiciones mucho más difíciles para su misma labor.

 

“Yo soy tú y tú eres yo”, una de las consignas del curso, se puso en práctica con Carlos. Porque incluso en medio de grandes diferencias, los otros líderes lo hicieron parte, lo miraron a los ojos y también se reconocieron en él.

 


 

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