Las andanzas del compositor de 'La Piragua'

agosto 14 de 2019

Además de músico, el maestro José Barros era un andariego. Prestó el servicio militar solo por una cosa: poder recorrer el mundo. .

Las andanzas del compositor de 'La Piragua'

| Al maestro Barros le gustaba el tango y tenía una profunda admiración por Carlos Gardel. También era seguidor de la música mexicana y de Agustín Lara. | Por: Archivo Veruschka Barros.


Por: Jhon Barros
@barrosjhon

Al iniciar su adolescencia, José Barros abandonó El Banco para irse a prestar el servicio militar en Santa Marta. Veruschka Barros, uno de sus nueve hijos, afirma que se regaló al batallón Córdoba con un claro propósito: quería salir del país a recorrer el mundo, y para ello necesitaba la libreta militar.

“Allá estuvo por un año. Luego regresó a El Banco y no demoró más de dos meses. Ahí emprendió su viaje por el país y Latinoamérica buscando nuevas aventuras y horizontes, con el propósito de curtirse como músico en las diversas culturas. Estuvo en México, Panamá, Perú, Ecuador, Bolivia y hasta la Argentina, y en varios departamentos de Colombia. Ese recorrido como caminante de la vida le permitió recoger experiencias que transformó en música, al igual que conocer variados géneros como el tango y las rancheras”.

Veruschka recuerda que su pasión era la música del pueblo, esa que tiene sangre y alma. “Por eso se mezclaba con la gente para aprender. El tango lo enamoraba, ya que tenía una profunda admiración por Carlos Gardel, al igual que por la música mexicana de Agustín Lara. En Colombia paseó por todos los géneros, como vallenato, porro, cumbia, currulao, pasillo y bambuco. Tenía una capacidad enorme para transformarse”.

 


«Iba a cantar sus prosas, tocar guitarra y ganar plata para sobrevivir a los bares de mala muerte o en las obras de construcción»

Katiuska Barros, hija del maestro José Barros


 


Entre tanto, Katiuska, otra de sus hijas y que vive en Barranquilla, comenta que la situación económica de José Barros cuando empezó a aventurar por el mundo fue bastante complicada, algo que lo llevó a rebuscar los centavos en sitios rechazados por la sociedad. “Como todo músico aventuro que sale a descubrir el mundo fuera de su casa, encuentra todo tipo de lugares. Me contaba que iba a cantar sus prosas, tocar guitarra y ganar plata para sobrevivir a los bares de mala muerte o en las obras de construcción”. 

Ese rebusque, según la hija mayor del último clan del maestro, empezó desde niño, cuando embolaba zapatos, vendía dulces y pescaba en el Magdalena. “Hizo de todo por subsistir. No le tenía miedo a nada, soñaba con viajar para componer canciones y se rebuscaba los recursos para hacerlo”.

 

No era parrandero


Al inicio de la década de los 70, con La Piragua ya convertida en una sensación en Latinoamérica, José Barros se cansó del ritmo agitado de Bogotá y decidió echar raíces en El Banco, donde ya tenía conformada una familia con Dora, su última pareja estable, y sus tres hijos Katiuska, Veruschka y Boris.

Veruschka, sin ahondar mucho en la historia, afirma que su madre, que aún vive, se casó con el maestro Barros demasiado joven, por lo cual soñaba con ser algo más que una ama de casa. “Llegó un momento en el que decidió vivir su vida propia y dejar sus tres hijos a cargo de mi papá, quien tenía un temperamento complicado. Eso cambió mucho la vida de José Barros, ya que estaba acostumbrado a su libertad, viajar y dedicarse de lleno a componer. Entonces compaginó dos carreras: papá y mamá y escritor de música hermosa”.
 

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El maestro Barros era un hombre familiar, al que poco le gustaban la parranda y la calle, según dice una de sus hijas. Archivo Veruschka Barros.

Desde pequeños, José Barros les inculcó a sus tres últimos hijos el sentido del respeto y la responsabilidad. “Había cierto rigor entre comillas en la casa. Aunque tenía mucho carácter y era algo huraño, nos dio mucha libertad para tomar nuestras decisiones. De niños adquirimos una madurez temprana, ya que en algunas ocasiones mi papá tenía que viajar por su trabajo de compositor y presidente de Sayco”. 

Pero el maestro era un hombre familiar, al que poco le gustaban las calles y las parrandas. “Estuvo dedicado a sus últimos tres hijos. Yo gocé al ser la consentida de la casa, dormía con él. A todos nos peinaba y nos preparaba el desayuno temprano. Fue una persona hogareña y más bien solitaria, por eso fue que no siguió viviendo en Bogotá, lo agitaba la prensa y las calles transitadas. No podía sentarse a componer tranquilo”. 

 

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En el 2015, cuando se cumplieron 100 años del natalicio del maestro José Barros, en El Banco se adecuó una placa honorífica y circuló nuevamente su obra. Archivo Veruschka


Tampoco era tomador, dice su hija consentida. En las reuniones decembrinas en el Club Magdalena, se tomaba un vaso de whiskey que le duraba toda la noche. “Religiosamente se fumaba uno o dos cigarrillos en las noches viendo el noticiero antes de acostarse. Era muy cuadriculado en sus horarios. No rompía su rutina. Salía de casa a tomarse un tinto a donde Socorro Cárdenas, luego pasaba a saludar a Carmen Martínez y terminaba donde las Pisciotti con otro tinto y un vaso de agua fría. Allá lo recogíamos, le comprabamos los cigarrillos en el parque de Telecom y luego de fumarlos se iba a dormir. Era tranquilo y con una vida pacífica. Yo lo cuidé en sus últimos años, cuando abandoné mi carrera para dedicarme a él”.

Por su parte, Katiuska resume la personalidad de su papá en dos palabras: exigente y complaciente. “Él era todo un contraste, porque como era sabido tenía un carácter fuerte y que no tenía filtro para hablar. Decía las cosas como eran. Pero a nosotros tres, sus últimos hijos, nos consentía mucho. Poseía un humor fino único. No tomaba más que una copa en las fiestas y le gustaba estar en casa. Era poco amiguero, tenía como dos o tres amigos constantes a los que visitaba casi a diario. Siempre se le veía sentado en la mecedora, y cuando alguien llegaba a casa, lo recibía cálidamente”.
 

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