Agromática, la asignatura escolar que pretende cambiar el futuro del campo

marzo 30 de 2019

Esta clase de informática, que busca involucrar la tecnología al trabajo campesino, tiene al mundo educativo con los ojos puestos en un colegio rural de Florencia..

Agromática, la asignatura escolar que pretende cambiar el futuro del campo

| El salón de informática se convirtió en un laboratorio para experimentar con herramientas tecnológicas que luego se prueban en la huerta. | Por: Marcela Madrid V.


Por: Marcela Madrid V.
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Luis Emiro Ramírez, uno de los 50 mejores maestros del mundo, sabe que su método no convertirá a sus alumnos en los próximos “pilos paga” ni en “los mejores Icfes”. Tampoco le quita el sueño. En cambio lo motiva pensar que su clase de agromática, es decir, tecnología aplicada al campo, pueda ayudarlos a vivir de lo que les da la tierra sin acabar con el medio ambiente.

Ramírez acaba de llegar de Dubai, donde se celebró la ceremonia del Global Teacher Prize, también conocido como “el Nobel de la educación”. Mientras esperaban el anuncio del ganador -el keniano Peter Tabichi- los estudiantes de la Institución Educativa El Caraño, en zona rural de Florencia, seguían trabajando en la mejora de dispositivos que les permitan resolver problemas cotidianos del campo.
 

Los estudiantes Rubén Darío Moreno de undécimo y Érica Trujillo de noveno explican algunas piezas que funcionan con bluetooth. ©Marcela Madrid V.


Érica Trujillo, de noveno grado, tiene a su cargo el agrómetro, una herramienta que permite medir la temperatura, humedad, acidez y luminosidad de un terreno. “Está compuesto por dos resistencias, la fotosenda y una pantalla”, explica con fluidez mientras introduce unos cables en dos recipientes con tierra y muestra la diferencia entre la tierra húmeda y la seca.

Rubén Darío Moreno, de grado 11, muestra cómo funciona el prototipo de regado automático que crearon en clase y que les permitiría a los campesinos regar sus cultivos sin salir de sus casas a través del bluetooth de un celular. “Esto genera mayor comodidad y mejor rendimiento”, asegura.

Los estudiantes no solo entienden cómo funciona cada una de estas herramientas sino también las piezas que la componen: “una batería, el protoboar, una fotocelda y las resistencias”. Ese es el kit escolar básico para todos los estudiantes de agromática. Érica y Rubén recuerdan cómo su curiosidad se extendía más allá de la escuela cuando empezaron a usar todo esto: “me ponía a probar en las materas de la casa a ver qué pasaba. También buscaba en Google cómo hacer barcos con circuitos”.
 

Luis Emiro Ramírez se vilculó a la Institución Educativa El Caraño en 2015. ©CORTESÍA. 


 

Laboratorio sin paredes

La agromática es solo la aplicación a la clase de informática de un proyecto mucho más grande de esta escuela: el biolaboratorio sistémico. Hace 10 años, los docentes del colegio se cansaron de quejarse por la ausencia de un laboratorio para las clases de ciencias o química, y decidieron convertir su entorno natural en un gran laboratorio al aire libre y que funcionara de manera transversal a todas las asignaturas.


Por eso el profesor Luis Emiro no es visto con extrañeza cuando usa el río Caraño como salón de clases para probar un dispositivo que alerta sobre una posible creciente. Es común que el docente de matemáticas los lleve al lago en la lección de funciones lineales, o que la profesora de español dé alguna clase en la huerta para pedirles elaborar folletos sobre lombricultura.

Lilia Robles, docente del área técnica y una de las pioneras del biolaboratorio, explica el objetivo final de todo esto: “que los campesinos saquen el mejor provecho de la tierra y entiendan que si no produce es porque no han hecho los ajustes necesarios. Estas herramientas permiten eso”.

Los docentes tienen claro que las parcelas de El Caraño aún están lejos de contar con un agrómetro o un sistema de riego por bluetooth pues “la gente del campo es muy renuente a las nuevas tecnologías porque toda la vida han cultivado de la misma manera”, aclara Lilia.

Por eso la apuesta es que los 400 estudiantes de 22 veredas que recibe el colegio puedan en un mediano plazo trabajar el campo con otro chip y dejar de ver en la ganadería extensiva la salida fácil.
 

El profesor Luis Emiro y sus estudiantes en exposición de proyectos. ©cORTESÍA. 


“Nosotros los campesinos...”

Algunos egresados ya han demostrado cómo la aplicación de esas lecciones escolares se traduce en mejor productividad. Uno de ellos, quien se involucró durante la etapa escolar en el proyecto de peces, “es hoy el principal distribuidor de peces ornamenales del departamento, estudia en el SENA y es un referente en piscicultura”, destaca con orgullo el profesor Ramírez.
 

Otro exalumno estudia ingeniería agrónoma y trabaja de lleno investigando un campo poco explorado en Colombia, la agricultura de predicción. Ramírez cuenta que “sus abuelos perdieron $18 millones en un cultivo de cacao”, un escenario común en Caquetá, que suele desmotivar al campesino y llevarlo a optar por la ganadería. Hoy, alumno y maestro trabajan de la mano para cambiar este panorama: “En unos cuatro años podríamos sorprender a Colombia con la agricultura de predicción”.

Incluso en los estudiantes ya se percibe el interés de permanecer en el campo, uno de los principales objetivos que persigue la agromática. “Pienso estudiar agronomía y me gustaría especializarme en el manejo de suelos. Queremos cambiar esa mentalidad de que tenemos que irnos a la ciudad y llegar a ser menos como campesino”, dice Rubén.

En la exposición de Vanessa Valenzuela, alumna de noveno, se siente también una identidad con el trabajo rural: “Nosotros los campesinos tenemos cocheras, galpones, cultivos, entre otros. Cuando llega el invierno a veces los pollos se enfrían y necesitan calor que les da el bombillo”. Así explica el proyecto ‘Domótica en el campo’, que permite encender fuentes de calor desde cierta distancia a través de bluetooth.

Lilia, Luis Emiro y los otros docentes del Caraño han logrado todo esto con presupuestos anuales que no superan el millón de pesos al sumar recursos de Colciencias, el SENA y otras organizaciones. En 2018 esa cifra fue cero, pero el proyecto siguió en marcha con una ‘vaca’ entre estudiantes y profesores. Este año, a pesar de la visibilidad que ha ganado Ramírez con su nominación, siguen sin recursos, pero eso tampoco lo desvela: “No estamos pidiendo, en algún momento seremos autosostenibles y, cuando uno hace las cosas bien, la plata lo busca a uno”.

 

 


Por: Marcela Madrid V. | Editora regional

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