Un viaje a Santa Ana, la vereda que se resiste a desaparecer

julio 04 de 2018

En busca de oportunidades y de una vida lejos de la zozobra del conflicto, las familias de la vereda Santa Ana, a seis horas de Ituango, se han ido de allí. Se teme que quede como un pequeño pueblo fantasma. .

Un viaje a Santa Ana, la vereda que se resiste a desaparecer

| | Por: Yénifer Aristizábal


Por: Yenifer Aristizabal
YenAristizabal

Nos encontramos con Cecilia Mazo en una de las casas abandonadas que cuida Alejandro Cardona, a las afueras de Santa Ana. Ya nos habían dicho que durante los últimos años las familias que viven en esta vereda ubicada a seis horas de la cabecera municipal de Ituango (Antioquia) se han ido poco a poco, y muchos de los que quedan piensan hacer lo mismo. Pero ella no. Para Cecilia, la vereda “solo necesita un empujoncito” para no quedarse completamente sola.
 

 

Cecilia tiene 57 años y ha tenido 14 hijos en 38 años de matrimonio. Su familia creció en Santa Ana, pero sólo dos de sus hijos ahora viven allí. Ella dice que no se va porque la adora:“es el lugar donde mis muchachos fueron bautizados y criados”, reitera. Sus hijos, al igual que todos los niños de este pequeño pueblo, han sido bautizados en la iglesia principal, que lleva el mismo nombre del poblado. Cuando nos despedimos de ella, Alejandro y yo nos fuimos a conocerla y ver de cerca el famoso Cristo de Antadó, del que habíamos escuchado hace meses, cuando llegamos a Ituango por primera vez.

La fama del Cristo ha trascendido las calles empedradas y las pequeñas edificaciones arruinadas y solitarias que empiezan a ser tan comunes en Santa Ana. Dicen que es originario de Sevilla, España, y le atribuyen milagros. Desde el centro de Ituango han viajado personas esperando que el Cristo los sane. Por eso, afirman, el Cristo de Antadó cura todo tipo de enfermedades.

El paisaje del camino a la vereda está dominado por montañas que muestran signos de quemas hechas por los campesinos que esperan la resiembra, y pequeñas quebradas que bajan al río Ituango dejando a su paso, entre las rocas, la sospecha del oro sin explotar.
 

De lejos, Santa Ana se ve dispersa y silenciosa. Cuando nos empezamos a acercar vimos el cementerio consumido por la maleza y algunas tumbas evidentemente arrancadas por las aguas del río. Lentamente, va apareciendo la única calle, empinada, deshabitada a plena luz del día, y una casa tras otra, sin rastro de gente. La tapia desapareció con los años dejando a su paso rastros de viejo estiércol por el que se cuela la luz, permitiendo que nuestra vista curiosa llegara hasta las camas sin colchones ni durmientes.

 


 EL CRISTO DE ANTADÓ 

“Al cristo nunca le falta su veladora, porque siempre hay quien se la mande. Más que al Santísimo”, explica el sacerdote Jairo Aníbal Restrepo, quien lidera la actividad religiosa en esta y en otras 16 veredas de la zona. Lo tiene bajo su custodia, después de décadas de haber llegado hasta aquí. Primero estuvo en la desaparecida Colonia Penal de Antadó, a siete horas de Santa Ana, en manos del primer capellán: Gregorio Martínez, quien acompañó a los presos entre 1925 y 1932.

Según explica el padre Restrepo, este cristo es importante por su valor religioso y también artístico, tanto que mereció su restauración, realizada en Ituango, y entre toda la comunidad, de esta y las veredas cercanas, recogieron seis millones de pesos entre festivales y bazares para pagarla.

El 6 de junio de 2007, después de dos años en manos del restaurador y su ayudante, regresó a Santa Ana, en medio de casi 236 fieles en peregrinación. En Ituango se lo querían quedar, pero Santa Ana y sus alrededores se negaban a olvidarlo, pues “representa el sueño de la muerte, pero con sus facciones aún vivas”, indica el sacerdote.

 

 

El Cristo de Antadó ha sido un símbolo de compañía religiosa, primero para los reclusos que llegaron a pagar sus penas a la Colonia Penal Agrícola y ahora para las familias que sobreviven a la soledad y el atraso cada vez más evidentes. “Es que al pueblito lo tienen muy abandonado”, repite insistentemente Alejandro Cardona, quien vive en la vereda solo con su hijo Kevin de 15 años.

La religión ha jugado un papel muy importante en esta comunidad. De aquí han salido 12 sacerdotes, seis religiosas y actualmente, según el padre Restrepo, hay dos niños ‘con la vocación’. En el centro de este fervor católico está el Cristo de Antadó.

Hasta los pies de este crucificado llegan a orar cientos de feligreses desde La Vega, El Amparo, Bajo Inglés, Portachuelo, El Cedral y otras veredas cercanas en medio de una creencia fervorosa.

Este mismo Jesús podría ser el reflejo de lo que ahora es Santa Ana y cómo la poca vida que queda allí palpita cada vez más débil con el ánimo de abandonar esta tierra.


 DESPLAZAMIENTOS 'VOLUNTARIOS' 
 

Alejandro va a la cocina, vigila el proceso de los quesos que produce y vende en Peque, un municipio de Antioquia que queda a cinco horas de Santa Ana, hace la comida para todos y le pide a Kevin que lave el baño. “Yo vivo acá solo con este muchacho”, repite en un tono evidentemente triste “tengo que aprovechar para irme antes de que me haga más viejo, porque ya ninguna mujer se quiere venir a vivir por acá tan lejos”, se lamenta.

Tiene 55 años y toda la vida la ha pasado entre Santa Ana y Peque. Desde su patio, a tan solo unos metros de la iglesia y de un parque infantil invadido por el musgo, ha visto salir familia por familia de Santa Ana.

¿La razón? No está del todo clara, algunos lo atribuyen al conflicto y la zozobra de nuevo presente por la influencia del Clan del Golfo en la zona; otros, saben que los jóvenes apenas terminan el grado noveno en la escuela buscan mejores oportunidades y las familias se van con ellos al casco urbano o a Medellín. 
 

“Anteriormente, la escuela contaba con cinco profesores por la cantidad de estudiantes, hoy solo cuenta con dos”

- Lercy Monsalve, docente escuela Santa Ana.
 


 

El abandono que sienten los que al final se marchan y los que actualmente quieren irse, es muy parecido al que se ve en estas tierras tan generosas en espacio y producción, pero desaprovechadas. Alejandro tiene idea de frutas y alimentos que pueden cultivarse acá: brevas, guayabas, gulupa y otros cultivos que necesitan técnicos que acompañen el proceso y una carretera para sacarlos al pueblo. Por ahora, ambas cosas se ven lejanas.

“La tierra perdió todo valor comercial”, dice, por eso sus cinco casas y fincas hoy no valen nada. Nadie vendría hasta Santa Ana a compartirle “Con esto no se hace ni el pasaje pa’ llegar a Medellín”. Para él, la única solución que tiene la vereda es tener una carretera en la que, según el alcalde Hernán Álvarez, se puede avanzar.

Solo así podría reactivarse una economía pobre que genera desaliento en hombres como Alejandro, resistente hasta ahora, pero con la mente en otro lugar. Uno en el que, como un milagro del Cristo de Antadó, pueda encontrar la mujer con quien compartir los días de su cercana vejez.

 


 FOTOS Y TEXTO:  Yénifer Aristizábal

 

 

 

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