septiembre 12 de 2018

Aprovechar el agua lluvia: una tarea pendiente en Colombia

Por: Margarita Pacheco

La repetición de eventos climáticos extremos en Mocoa, Puerto Carreño, Inírida y en otros cascos urbanos del país; la fila de incendios y quemas forestales que arrasan con la biodiversidad, nos lleva a proponer la formulación y puesta en marcha de una política nacional para el aprovechamiento integral del agua lluvia.

El agua que cae de las nubes, la niebla que rodea montañas y el rocío del amanecer son bienes públicos que se pueden utilizar libremente. Las tormentas tropicales son el ‘acueducto celestial’ para los raizales de San Andrés y Providencia. El agua recolectada en jagüeyes constituye la reserva de alimento para ganado y cultivos de pancoger.

En cada región, el aprovechamiento del agua lluvia tiene su propia expresión cultural. Sin embargo, el Estado colombiano nunca ha reconocido el valor socioambiental y climático de esta práctica. No ha ofrecido subsidios, ni asesoría técnica para replicar los sistemas a gran escala.

Existe una tradición milenaria y arquitecturas icónicas que han demostrado, a través de la historia, la eficiencia de estos sistemas en muchas civilizaciones. En el caso de ciudades isleñas, con alta densidad poblacional, donde los acuíferos están contaminados por fosas sépticas y los costos de la desalinización dependen del petróleo, los sistemas de aprovechamiento de la lluvia son la salida.

Los insulares pueden dar cátedra de cómo aprovechar cada gota y cómo esta es parte esencial de su cultura ancestral.
Los techos recogen el agua y las cisternas, cerradas con llave por las mujeres, son parte integral de la arquitectura isleña, adaptada al régimen climático caribeño.

En muchas ciudades del mundo, el aprovechamiento de la lluvia ya es parte integral de las políticas climáticas y de desarrollo urbano. En Colombia, poner en marcha una política urbana para el manejo del agua lluvia sería abordar, a prevención del riesgo, el mandato de la Ley 1523 de abril 24 del 2012, en sus artículos 2 y 3. Lastimosamente esta se ha quedado en el tintero.

Si ya existe el marco jurídico, ahora falta la voluntad política. Reglamentar el aprovechamiento multipropósito del agua lluvia en las distintas regiones tropicales permitiría estimular el desarrollo rural integral; mejorando la calidad de vida de las familias.

A nivel urbano, se debe reglamentar el uso del agua lluvia en las nuevas construcciones, estimular techos verdes; recargar acuíferos, regular vertimientos. Esto representaría un avance en la prevención de inundaciones y en la descarbonización de la ciudad.

A la fecha, ni la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo ni el Fondo Nacional de Adaptación, han hecho el mínimo esfuerzo por estimular el aprovechamiento del agua lluvia como estrategia de prevención de desastres. Tal como lo estipula la Ley 1523.

Ya lo comentó el ministro de Ambiente, Ricardo Lozano. El compromiso debe estar en manos de todos los sectores productivos, industriales y comerciantes; comunidades y autoridades locales, para pensar de manera integral el manejo del agua lluvia. Y así evitar más tragedias anunciadas por la meteorología y aupadas por la deforestación.

Estamos desperdiciando un bien público que tanta falta hace en épocas de sequía, y que no exige grandes contratos. Beber agua lluvia filtrada en casa, reutilizar aguas grises en inodoros, aseo doméstico y jardínes, reduce el consumo de agua potable vendida por las empresas de servicios públicos.

Llegó el momento de incluir este tema en el Plan Nacional de Desarrollo, 2018-2022, y hacer que las ciudades reglamenten el uso del agua lluvia. Para que se realice pedagogía urbana sobre su captación, almacenamiento, conservación y uso doméstico e industrial.

El ahorro que se produce al implementar la política de aprovechamiento de aguas lluvias, se podría invertir en conservación de páramos, educación ambiental y becas de estudio. Lo ideal sería inaugurar nuevos oficios técnicos para jóvenes del campo y la ciudad denominados Gestor@s de Agua Lluvia.  

Esto implicaría evaluar ¿cómo se está manejando el agua lluvia a nivel urbano y rural?, ¿cómo se convierte en estrategia multipropósito de adaptación al cambio climático en cada región?, ¿cómo se concilian intereses públicos y privados? Y por último, ¿cómo se robustecería la economía local, con usos del agua lluvia captada in situ, para estimular emprendimientos y negocios verdes?

Espero que este mensaje no caiga en oídos sordos. La experiencia del ministro Ricardo Lozano, exdirector del IDEAM, y su compromiso con las metas climáticas del país; deberían acoger el tema en la bandeja de innovaciones para la formulación de la política ambiental del Plan Nacional de Desarrollo, PND, 2018-2022.

P.D.: Agradecimientos a Juan Pablo Ruiz, representante ambiental en el Consejo Nacional de Planeación durante nueve años consecutivos. Está abierto el llamado para su reemplazo.

Duele el silencio sobre los asesinatos de tantos líderes ambientales que protegen su territorio. ¿Hasta cuándo?

 

POR MARGARITA PACHECO | @Margamiel

Columnista y consultora en comunicación ambiental 

 

Otra columna de este autor:

En defensa del territorio Wayúu


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