Así es estudiar en el colegio con el peor puntaje de Cartagena

agosto 06 de 2018

Nueve de los diez peores colegios de la ciudad son rurales. Visitamos el último de la lista para entender por qué tienen ese deshonroso puesto y cómo trabajan para salir de ahí.

Así es estudiar en el colegio con el peor puntaje de Cartagena

| Muchos de los estudiantes de Santa Ana saben navegar botes o arreglar motos, pero obtienen bajos puntajes en física y química. | Por: Marcela Madrid


Por: Marcela Madrid V.
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El peor colegio de Cartagena es rural. Al menos así lo concluyen las últimas pruebas Saber 11, que ubican a la Institución Educativa de Santa Ana, en la isla de Barú, en el último lugar del Distrito. Pero esta no es la historia de una escuela con instalaciones precarias, sin paredes, ni tampoco un lugar remoto donde los estudiantes deben recorrer varias horas de camino para llegar a clase. En esta escuela cada niño ocupa su puesto y no tiene que compartir el salón con otros de los demás grados.

Los problemas en la calidad educativa de Santa Ana, un corregimiento a hora y media de Cartagena, son más bien el resultado de factores culturales y sociales. Muchos de ellos están relacionados con el hecho de ser una comunidad rural que “recibe lo peor de la ciudad”, según explica el rector de esta institución, Augusto Rodríguez.
 


 EN PLAYA BLANCA SE ACABA EL MUNDO 

A pocos minutos de este corregimiento pesquero de población afrodescendiente se encuentra Playa Blanca, un destino muy popular para quienes visitan la ciudad más turística del país. Esta costa de aguas cristalinas es la principal fuente de ingresos para muchas familias santaneras, ya sea porque ahí tienen un negocio montado o porque se rebuscan vendiendo artesanías, fritos, cocadas o haciendo masajes.

A esta dinámica de trabajo informal de los padres terminan sumándose con frecuencia los hijos, que por ganarse algo de dinero dejan de asistir a la escuela. Los viernes, según cuenta el rector, es común ver más sillas vacías en los salones pues es “día laboral” para los estudiantes que trabajan de meseros, cajeros o lancheros en la playa; una jornada dura que se extiende todo el fin de semana y que, en la mayoría de los casos, termina con un “lunes de descanso”.
 


Muchos de los estudiantes prefieren el trabajo informal en Playa Blanca a perseguir un título universiario. MARCELA MADRID.


 

Aunque en algunos casos los estudiantes trabajan para ayudar en sus hogares –explica la sicóloga del colegio, Ismenia Salgado- muchos lo hacen para comprarse sus cosas: ropa, extensiones de cabello, zapatos de marca”.

Así es como esos 3,2 kilómetros de playa terminan convirtiéndose en el único mundo para muchos de los 1.060 niños y jóvenes matriculados en Santa Ana.

No todos replican esa tradición. Ximena González, en cambio, ya está estudiando para ser técnica en auxiliar de enfermería. Cada sábado, para llegar a su clase en Cartagena, debe gastarse 20.000 pesos en transporte. Es una proeza.
 

 


“Algunos de mis compañeros dicen que no quieren estudiar cuando terminen el bachillerato, que la playa da más plata y que en un día se hacen 100.000 pesos”

XIMENA GONZÁLEZ, estudiante de once y personera del colegio.


 


Los estudiantes de Santa Ana deben soportar las precarias condiciones educativas y de transporte hasta la institución. MARCELA MADRID


 


91%

de los colegios rurales de Cartagena están en Categoría D (la más baja de las Pruebas saber 11)
 


 EL CAMBIO DE CHIP 

Lo que pasa en Santa Ana es particular, porque son muchos los estudiantes que saben navegar botes o arreglar motos, pero obtienen bajos puntajes en física y química. El coordinador académico del colegio, Adolfo Cortecero, lo explica así: “Estas comunidades son muy pragmáticas, han vivido de lo que les sirve para resolver, no de pensarse el mundo, que es lo que nosotros tratamos de hacer acá”.

Entendiendo esta realidad, las directivas emprenden desde hace tres años una cruzada interna por modernizar los currículos para adaptarlos al contexto. Crear electivas, semestralizar las materias e implementar programas fuera de la escuela —como el de vigías ambientales—, han sido las primeras medidas para empezar a romper con el modelo tradicional.

 

Muchos de los estudiantes de esta institución trabajan para apoyar económicamente sus hogares. MARCELA MADRID


Pero en esta comunidad afro también era clave implementar una verdadera estrategia de etnoeducación que fuera transversal. Rosady Díaz, la maestra que lidera el proceso, recuerda que al principio, cuando preguntaba en el salón de clase quién era afrodescendiente, la reacción era señalar a otro, “al más negro dentro del grupo de negros”. También se sorprendió al ver que ninguno de sus alumnos reconocía a Etelvina Maldonado, cantaora de bullerengue oriunda de Santa Ana.

La estrategia de Rosady fue entonces mucho más allá de implementar una cátedra afro: creó un reinado en el que las niñas no compiten por el título de la más bella sino de la que más conoce la Ley 70 (ley de comunidades negras), un grupo de investigación que debe visitar a los adultos mayores para indagar sobre la historia del corregimiento y una semana dedicada a destacar elementos de la cultura afro como el turbante o la candanga.


 “Un muchacho que termina el colegio en la zona rural no tiene para dónde coger. Como no hay una expectativa de futuro, no se esfuerza por ser bachiller”

JULIO ALANDETE, exviceministro de Educación y exsecretario de esta cartera en Cartagena.


 

Ninguna de estas estrategias ha sido fácil de aplicar. Además de la falta de recursos económicos y humanos, el rector se encontró con la resistencia de muchos docentes acostumbrados a cumplir con ‘dictar clase’ y entregar notas. Mientras que lo primero lo resuelven través de alianzas con fundaciones empresariales y practicantes universitarios, el ‘cambio de chip’ de los profesores sigue siendo una tarea diaria.

 

Los docentes del Santa Ana deben formarse en educación en contextos rurales. MARCELA MADRID


 

 UN PLAN A LARGO PLAZO 

Transformar la educación no es solo tarea de las escuelas: “Las instituciones educativas tienen autonomía para lograr muchas cosas, pero si el ente territorial carece de políticas públicas, habrá restricciones”, asegura Julio Alandete. Esto es particularmente cierto en una ciudad como Cartagena, sumida en una crisis administrativa donde los funcionarios duran pocos meses, impidiendo la continuidad de los programas.
 

Para resolver este problema y trazar una ruta de acción a largo plazo nace el Plan Maestro de Educación. Este documento, que busca convertirse en política pública del Distrito a 2033, plantea de entrada el objetivo de cerrar la brecha entre la educación urbana y rural.

Alandete, uno de los cerebros detrás de esta herramienta, explica que la manera de lograrlo es con acciones afirmativas que le den prioridad a la zona rural: “Se plantea, por ejemplo, que los primeros colegios en pasar a jornada única sean los rurales y que los primeros maestros llamados a formarse sean los de la ruralidad”.

Con el nuevo cambio de Alcalde, la idea de convertir el Plan en acuerdo distrital quedó en pausa. De la voluntad de la actual administración y de toda la comunidad educativa, además de la creatividad de rectores y maestros, dependerá que por fin los colegios rurales de Cartagena empiecen a salir del rezago


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