Así suena la sol-idaridad y la re-conciliación

julio 17 de 2020

A municipios de distancia, con vidas distintas, pero unidos por el mismo sueño, la música transformó las vidas de Miguel Ángel, Marcela y Maria Isabel .

Así suena la sol-idaridad y la re-conciliación

| Profesor de la Escuela Preorquestal de Urabá revisa la postura de uno de sus alumnos | Por: © FILARMED


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

La música clásica en muchos casos parece distante, lejana. Estas expresiones culturales en ocasiones se reducen a unos pocos, son casi que exclusivas, inalcanzables. Hay que tener suerte para encontrarlas, pero una vez llegan, una vez rompen esa barrera que se les ha impuesto, transforman vidas, dan nuevas esperanzas a través del canto, o gracias a las cuerdas de un violín.

 

Esta misión de acercar a las personas a ese mundo es la que llevó a la Orquesta Filarmónica de Medellín (Filarmed) a entregarles una vida nueva a los niños de cinco municipios del Urabá antioqueño, y a las víctimas y excombatientes del conflicto armado. Una vida nueva gracias a la música, gracias a la esperanza.


El concertino de Currulao

 

Miguel Ángel Ramírez tiene tan solo 13, pero su madurez y su habilidad con el violín lo hacen parecer de 20 años. Su voz es suave, con un acento marcado. Al hablar con él se siente su pasión, las ganas. La música es su vida. Como muchos niños en el Urabá, cuna de atletas del país, soñaba con ser deportista, pero ese sueño terminó con un problema de rodilla. Se cerró una puerta y encontró otra: con el violín olvidado de su hermana pequeña nació el concertino de Currulao, un pequeño corregimiento de Turbo, Antioquia.

 

Currulao es un pueblo grande, con 22.000 habitantes y bananero hasta la médula. Como buena parte del Urabá, ha sido golpeado durante años por el conflicto. En sus tierras ha habido todo tipo de disputas. Desde la guerrilla de las Farc y el EPL, hasta el Bloque Bananero de las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá, que se enfrentaron por muchos años por el control territorial.

 

En Apartadó, Chigorodó, Turbo, Currulao y Carepa, los cinco municipios del Urabá antioqueño más golpeados por el conflicto, hubo 103 masacres, 2.950 homicidios con fines políticos y más de 32.000 desplazamientos forzados entre 1995 y 2002, según cifras del Centro de Memoria Histórica.

A pesar de ese contexto doloroso, en Currulao, que en embera katío significa aguas bravas, hay gente berraca que con empeño, palabra que utilizan mucho en la zona, han buscado sacar a su corregimiento adelante. El pueblo busca reencontrarse y, en el caso de la familia Ramírez, hacerlo con música. 

 

“La orquesta entró a nuestros hogares y llegó para quedarse. Sentimos, vivimos y queremos mucho este proceso. Tenemos dificultades y nos hemos levantado de muchas otras, pero hoy hay una visión de futuro, nuestros hijos son los llamados a construir región, dice Edinson Ramírez, trabajador social de la zona y padre orgulloso de Miguel Ángel.

 

La historia de Miguel Ángel empezó por casualidad. Tocaba guitarra gracias a la ayuda de una ‘monjita’, como él la llama con cariño. Cuando llegó a la región y a su colegio la Escuela Preorquestal de Urabá, empezó su iniciación musical. Por las clases, su amor a la música fue creciendo de a poco, al igual que en su familia. Con tiempo y con esfuerzo, sus padres decidieron comprarle un violín a su hermana pequeña, quien también siguió su camino

 

Pero el violín parecía olvidado hasta que un día, lleno de curiosidad, Miguel Ángel se encontró con el instrumento. Con él transformaría su vida. Su padre lo recuerda bien, siempre tendrá marcada en su cabeza la primera vez que lo vio en una tarima. “A uno le toca demasiadas venas. Se le salen a uno los lagrimones de la emoción, se erizan los pelitos al ver a esos muchachos con ese talento— dice mientras se ríe al recordar cómo empezó todo— “mire que ya no suena tan horrible”.

 

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Miguel Ángel Ramírez con tan solo 13 años tiene clara su meta: ser músico

©FILARMED

 

Al principio casi ni se escuchaba. “Hay algo que se llama colofonia para que las cuerdas suenen y, como no le había echado eso, pensaba que el violín no servía. Pero al final fui encontrando cómo arreglarlo y empecé a tocar sin parar”, recuerda Miguel Ángel. 

 

Desde ese momento ha trabajado con mucho empeño. Es parte de 93 niños que componen la preorquesta del Urabá, pero hay algo que lo separa del resto, una pequeña diferencia que jamás se le sube a la cabeza: se sienta en la primera fila de violines, a la derecha, mirando al público. En una orquesta, la cabeza siempre será el director, quién marca la batuta, pero su principal apoyo, el guía de los demás músicos, es el primer violín, que se conoce como concertino.

 

Su meta, que tiene clara desde los 9 años, es ser músico, viajar y conocer el mundo. Todo en su vida gravita en torno a la orquesta. La de su familia también. Su papá pasó de ayudar por vocación y por acompañar a su hijo, a ser contratado como atrilero. Su hermana también sigue sus pasos y ahora toca flauta, y su madre lo acompaña cuando ensaya, lo presiona a mejorar.

 

“Cuando me hablan de música, de obras, de mi instrumento, yo me emociono más y más en seguir adelante, porque sé que la música me va a dar un gran futuro”, dice Miguel Angel, a quien el violín le ha dado más seguridad en mí mismo. “Cada vez que toco me lleno de confianza de lo que voy a lograr", cuenta.

 

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Un grupo de violinistas de la Escuela Preorquestal de Urabá

@FILARMED

 

La práctica orquestal, que también es financiada por Fundauniban, ha llegado a casi 400 niños entre los 11 y 17 años en Turbo, Currulao, Apartadó, Carepa y Chigorodó. La filosofía de las clases no solo busca enseñarles sobre música clásica, sino darles herramientas para su vida.

 

“En las prácticas colectivas podemos introducir otro tipo de conceptos con la música como excusa. El aprendizaje no solo viene del maestro sino de los errores y los aciertos de mis compañeros. En la orquesta todo se trata de trabajar en conjunto, en solidaridad”, cuenta María Catalina Prieto, subdirectora de programación de la orquesta y cabeza del proyecto.


El nacimiento de una orquídea

Los años de conflicto armado han dejado una herida abierta en Colombia y la reconciliación tiene muchos caminos. Maria Isabel Palacio encontró el suyo cuando volvió al país, después de meses de exilio. Llegó al Centro de Formación para la Paz y la Reconciliación, muy cerca del parque de los periodistas en Medellín, y sin saber mucho empezó a cantar. A su lado había personas de todas las edades, pero no había etiquetas, solo nombres.

 

“Desde la primera clase yo sentí que mi alma comenzó a moverse, no sabía que era capaz de tanto”, recuerda Maria Isabel sus primeros días en el Coro de la Reconciliación. Su experiencia lo cambió todo, le tocó cada fibra del cuerpo. Con sus 30 compañeros, formaron una familia con ganas de vivir, de reencontrarse cada sábado, cada reunión.

 

El coro les dio la mejor reparación. La sintieron desde el cuerpo, desde el alma, como dice Maria Isabel. Los ayudó a sentirse otra vez en el mundo. “Recuperé mi vida”, cuenta Yefferson, quien también disfruta componer canciones de reggaeton. En el grupo hay víctimas y excombatientes, pero más que eso hay historias y caras sonrientes. Así se lo plantearon desde el comienzo, un espacio sin etiquetas, de libertad.

“Siempre he dicho ‘hagamos música, después nos vamos contando historias’. Nos entendemos entre todos como un equipo que quiere reconocer otras cosas de la vida, ver el mundo con otros colores, dice Marcela Correa, quien actualmente lidera el coro como profesora.

 

Su historia, curiosamente, es bastante similar a la de Maria Isabel. Como cabeza del grupo siente cada clase con su alma. El coro llegó justo cuando ella lo necesitaba. Las voces son como las huellas, son únicas. Nadie tiene tu voz, es solo tuya. Por eso el espacio de escucharse es muy bonito, nos reconocemos en nuestras voces, dice Marcela.

 

El proyecto les permitió transformarse no solo a los integrantes del coro, sino a los mismos funcionarios de Filarmed, entre ellos a la subdirectora de programación, Maria Catalina Prieto. “Cuando los escuchamos fue sorprendente. Si ellos son capaces de perdonarse, abrazarse, cantar lado a lado, cómo es posible que uno no perdone, cuenta.

 

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Cada sábado antes de la pandemia se reunían y compartían entre todos
 

@FILARMED

 

Pero no todo son sonrisas. En el coro también se viven momentos duros, como le pasó a Marcela en el primer concierto de Navidad. Estaba listo el vestuario, la orquesta, las luces, había nervios, ansiedad y, sobre todo, mucha felicidad. Decidió acompañar a una señora al baño para que se organizara y al salir tenían que pasar por unas escaleras eléctricas. Justo antes de bajar, la señora se frenó. Marcela no entendía muy bien lo que estaba pasando.

 

Casi como un impulso, después de alejarse de las escaleras eléctricas, le contó su historia. “El movimiento le había recordado la noche en que mataron a uno de sus familiares. Era como volver a ver el agua bajando por las escaleras, recuerda Marcela, en  ese instante terminó por convencerse de que tenía que estar ahí.

 

Curiosamente, esa misma noche, Maria Isabel, a sus 54 años, rodeada de cámaras, luces y un público gigantesco, cantó. “Uno no puede expresarse cuando se enamora, pero ese día sentí algo tan grande, como si mi alma se abriera. Me sentí como una orquídea, estaba floreciendo, me veía de colores, resucité"


Músicos en la pandemia

A pesar de la emergencia sanitaria por la covid-19, Filarmed ha trabajado sin cansancio para que la orquesta en Urabá y el coro sigan funcionando. Como varias entidades culturales del país, la organización ha sido profundamente golpeada por el aislamiento. Muchas de sus fuentes de ingreso se han visto perjudicadas por la cuarentena, pero su lucha hoy sigue fuerte.

 

La práctica orquestal y el coro siguen funcionando a través de diferentes plataformas digitales que les permiten seguir conectados con la música. A pesar de que en muchos casos el acceso a internet es precario, han desarrollado una estrategia para que ninguna persona se aleje de los proyectos, ni por su acceso a tecnología, ni por falta de instrumentos.

 

La realidad implica hacer un esfuerzo adicional. “Me levanto a las cinco de la mañana para hacer los trabajos del colegio lo más rápido posible y tener tiempo para mis clases de música”, cuenta Miguel Ángel.

 

En el coro ha sido igual. Se reúnen todos los sábados para ensayar y tendrán su primer concierto virtual en agosto. A pesar de que no encienden los micrófonos mientras cantan, Marcela los observa a través de la cámara para ver que siguen los ejercicios y darles recomendaciones corporales.

 

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En las clases virtuales comparten entre todo a pesar de la distancia. 

 

Aunque extrañe el contacto y poder darnos un abrazo, me encanta verlos. A mí la tecnología siempre me ha costado pero disfruto mucho estar acá”, dice Martha, una de las mayores del grupo al finalizar el ensayo del sábado, donde cantó, bailó y gozó La Piragua, canción que preparan para el concierto de agosto.

 

Hoy podrán no estar lado a lado, podrán no sincronizar sus corazones mientras cantan o sentir las vibraciones con cada nota que hacen al son de una gran orquesta. Pero a través de las pantallas de sus computadores y sus celulares, o con llamadas telefónicas, seguirán haciendo música. Seguirán transformando vidas.

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.