Cacaoteros de Santander, los más productivos y ‘duchos’ en el monitoreo del clima

noviembre 12 de 2019

Los mayores productores de cacao del país implementaron tecnología para medir a diario temperatura, humedad y cantidad de lluvia. Con esta información, establecen cuáles son las mejores épocas del año para recoger la cosecha y así mejorar la producción en sus fincas.

Cacaoteros de Santander, los más productivos y ‘duchos’ en el monitoreo del clima

| San Vicente de Chucurí es el mayor productor de cacao en el país. Además de cosechar, sus campesinos miden el clima en sus fincas. | Por: Jhon Barros


Por: SEMANA RURAL
SemanaRural

Un aviso cubierto con ramas y hojas del bosque húmedo tropical revela que San Vicente de Chucurí, territorio montañoso de Santander ubicado a tres horas de Bucaramanga, es el mayor emporio de cacao en todo el país. Así lo indica una frase que ocupa gran parte del letrero publicitario: “Bienvenidos a la capital cacaotera de Colombia”. 

Sin embargo, este mensaje es tan solo una pequeña prueba de que el cacao está aferrado a la idiosincrasia de los más de 35.000 chucureños que habitan el pueblo y que se trata del producto que más aporta a la economía municipal. Solo basta con contemplar la vegetación presente en las zonas rurales, donde miles de árboles lucen sus troncos y ramas cargados de decenas de frutos alargados similares a la forma de un balón de fútbol americano.

Las mazorcas, nombre dado por los campesinos al fruto del cacao, convierten el panorama verdoso y montañoso en una acuarela colorida repleta de tonos rojos, amarillos y morados provenientes de las duras cáscaras de estas frutas, que cumplen la función de proteger las semillas con las que es producido el chocolate. Las aves revolotean sin cesar por los bosques esperando que alguna mazorca caiga para tratar de machacar su coraza.
 


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Las más de 30 veredas que conforman la zona rural de San Vicente de Chucurí lucen repletas de mazorcas de cacao de diversos colores encendidos. ©Jhon Barros


Al año, San Vicente de Chucurí produce cerca de 7.000 toneladas de cacao, cifra que lo convierte en el municipio con mayor producción en toda Colombia.
 

En el casco urbano, donde está asentada la mayoría de la población, el cacao es el principal elemento decorativo. Algunas fachadas de las casas más antiguas cuentan con murales en mármol de diversos colores que plasman esta figura colorida, el mismo material que utilizó el artista Néstor Delgado para adornar una empinada escalera en medio de uno de los recovecos empedrados del municipio, obra llamada ‘Pasos de mi tierra’.

Incluso en el parque central, justo al frente de Parroquia San Vicente Ferrer, una imponente mazorca amarilla de casi dos metros de altura rinde homenaje a este cultivo, al igual que los negocios y puestos en las ferias que ofrecen productos elaborados con cacao y artesanías y ponchos con la imagen de la fruta.

Las cifras ratifican lo que dicen con orgullo los habitantes de San Vicente: que su pueblo vive, respira y come por este fruto. Al año, cerca de 7.000 toneladas de cacao son producidas en sus tierras, número que lo convierte en el municipio con mayor producción en toda Colombia. El año pasado, según la Federación Nacional de Cacaoteros, el país produjo 56.800 toneladas.
 

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Las frutos del cacao hacen parte de la decoración del casco urbano de San Vicente. Los murales de las casas antiguas cuentan con estas figuras coloridas como protagonistas. ©Jhon Barros

Cerca de 17.000 hectáreas del pueblo son destinadas para esta actividad, las cuales representan 60 por ciento de toda la producción agrícola municipal. Por su parte, más de 4.000 familias están dedicadas de lleno al negocio cacaotero, cultivo que mezclan con aguacate, guanábana y frutos ácidos como la naranja.

Este año, la granja Villa Mónica, ubicada a 15 minutos del casco urbano, fue reconocida por producir el mejor cacao del mundo, luego de obtener el premio ‘Cocoa of excellence’ otorgado en el Salón del Chocolate en París (Francia).

Pero los chucureños no se conforman con ostentar estos títulos. En los últimos años, varios de sus productores han participado en un proyecto que busca convertirlos en monitores del clima de sus fincas.

 

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'Pasos de mi Tierra' es un mural elaborado por el artista Néstor Delgado, el cual resalta al cacao somo un símbolo de idiosincracia en el municipio. ©Jhon Barros

Ciencia comunitaria

En 2010, cuando marchaba el licenciamiento ambiental de la Central Hidroeléctrica Sogamoso para la construcción del embalse Topocoro, una de las cinco centrales de generación de energía más grandes del país que cubre 7.000 hectáreas de Girón, Betulia, Zapatoca, Los Santos y San Vicente de Chucurí, los habitantes estaban preocupados por las posibles afectaciones a su tradición cacaotera.

Ante esto, la empresa de energía Isagen decidió contratar a la Fundación Natura para poner el marcha un proyecto que permitiera monitorear los ciclos climáticos en los cultivos antes, durante y después de la construcción del embalse, proceso que incluyó al comienzo la instalación de siete estaciones satelitales.

“La primera fase del proyecto consistió en recolectar datos de temperatura, humedad y precipitación por medio de estas estaciones. Pero a finales de 2014, justo cuando terminó el llenado del embalse, nos percatamos que la comunidad debía ser parte de ese proceso, ya que contaban con ese conocimiento ancestral y eran los que se verían afectados por los posibles cambios en el clima, dijo Andrés Rueda, jefe del proyecto de monitoreo climático de Natura.
 

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El embalse Topocoro, una de las cinco centrales de generación más grandes del país, que cubre 7.000 hectáreas de cinco municipios de Santander. ©Jhon Barros

Así nació la estrategia de monitoreo climático participativo, que consiste en enseñarle a los agricultores de la zona más cacaotera del país a recoger los datos climáticos por medio de un pluviómetro y un termohigrómetro. “El ideal era que aprendieran a manejar estos elementos, recolectaran los datos dos veces al día y vieran con sus propios ojos que esta información podría ayudarles a mejorar su producción y la calidad de los cultivos”, anotó el experto.

Este monitoreo inició con cuatro cacaoteros de San Vicente de Chucurí, Zapatoca, Betulia y Girón, quienes durante un año fueron capacitados sobre el manejo de los aparatos y la interpretación de los datos que arrojaban, los cuales tenían que anotar todos los días en una bitácora climática. 

“Su tarea consistía en registrar con el termohigrómetro los valores máximos y mínimos de temperatura y humedad en la mañana y tarde, además de anotar la cantidad de lluvia que marque el pluviómetro en las primeras horas de los rayos del sol. Como los resultados fueron positivos, en 2015 hicimos varias socializaciones para captar más monitores”, dijo Rueda.
 

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Carlos León fue uno de los primeros cacaoteros de San Vicente en aceptar participar en el proyecto de monitoreo comunitario. ©Jhon Barros

«Ya saben cuáles son las épocas con mayor presencia de humedad, lo que les permite afrontar la llegada de hongos. También aprendieron que cuando hay baja precipitación es mejor no fertilizar»

Andrés Rueda, jefe del proyecto de monitoreo climático de Natura.
 

Productores y científicos

Cerca de 100 cacaoteros de los cinco municipios donde está el embalse de Topocoro, su mayoría de San Vicente de Chucurí, decidieron ampliar sus conocimientos y hacer parte del programa de monitoreo climático de Natura, quienes hoy en día son reconocidos en la zona como científicos del campo que analizan los comportamientos de clima.

Cada uno de ellos cuenta con cuatro elementos para su trabajo climático: un termohigrómetro, un pluviómetro, un cuadernillo para anotar los registros y un calendario agroclimático que plasma el resumen del clima durante todo el mes. Esta indumentaria les fue entregada de manera gratuita por parte de Natura.

Todos los meses sacan las medias de temperatura, humedad y precipitación, además de los valores máximos y mínimos y los días atípicos. La información del monitoreo participativo la comparamos con la que registran las siete estaciones satelitales, que están ubicadas cerca a las viviendas de los monitores”, complementó Rueda. 

Sin embargo, los datos climáticos recolectados por los campesinos durante los últimos años se han convertido en un insumo fundamental para crear su carta de navegación productiva. “Ya saben cuáles son las épocas con mayor presencia de humedad, lo que les permite afrontar la llegada de hongos y explotaciones en los fitopatógenos de los cultivos. También aprendieron que cuando hay baja precipitación es mejor no fertilizar. Los monitores cuentan con los registros históricos de los meses más lluviosos y secos”, afirmó el funcionario.
 

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Con los registros del clima, los campesinos de Santander ya conocen las épocas en las que sus cultivos pueden verse más afectados por plagas. ©Jhon Barros

«Ya saben lo que representa el dato y la importancia que tiene para tomar decisiones. Esto demuestra que todos pueden ser coinvestigadores y generar conocimiento y gobernanza»

Experto de la Fundación Natura
 

Por medio de un grupo de WhatsApp, los cerca de 100 cacaoteros le comunican a los expertos de Natura los fenómenos atípicos del clima, como un día con lluvias extremas que podrían desembocar derrumbes en las zonas montañosas o sequías que antes no se presentaban. 

En octubre de este año, muchos manifestaron su preocupación por la escasez de lluvia. Normalmente, durante este mes el promedio acumulado es de hasta 300 milímetros, y sus bitácoras no arrojaron más de 150. “Muchos de ellos dicen que estos insumos técnicos corroboran las manifestaciones del cambio climático”, apunta Rueda. 

El lenguaje del campo también empezó a cambiar con la llegada de los aparatos que miden el clima. Según el jefe del proyecto de Natura, los campesinos ahora hablan en milímetros y grados centígrados. “Ya saben lo que representa el dato y la importancia que tiene para tomar decisiones. Esto demuestra que todos pueden ser coinvestigadores y generar conocimiento y gobernanza. La comunidad desarrolló una cultura basada en el dato”.

Los niños y jóvenes también hacen parte de este proyecto. Cuatro colegios de las veredas El Rubí, La Plazuela, Palmira y El Ramo recibieron equipos de medición sotisficados para que los estudiantes de séptimo de bachillerato aprendieran a medir el clima.

“Hemos realizado varios talleres didácticos en los colegios sobre el comportamiento del clima, fenómenos de variabilidad climática y temas ambientales como la mitigación del calentamiento global, informó Fabián Rangel, investigador de apoyo de Natura.
 

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Las coloridas mazorcas del cacao no son su único atractivo. La flor que nace en su árboles es otra demostración de la belleza de la naturaleza. ©Jhon Barros

El hombre del clima

Carlos Fidel León, un cincuentón de estatura mediana y cuerpo más bien delgado, fue uno de los primeros en dar el sí para convertirse en un monitor del clima en San Vicente de Chucurí, municipio que lo vio nacer y donde pretende quedarse hasta que Dios le haga el llamado.

En la vereda Cantarranas, su papá le inyectó desde muy pequeño todos los secretos de la tierra para cultivar café y cacao, de los cuales recuerda uno en especial: tratarla con cariño y no abusar de ella. “Mi padre era un excelente caficultor, cultivo que le permitió sacarnos adelante a sus cuatro hijos. A él le debo el amor por el campo”.

Ha vivido en las más de 30 veredas que alberga San Vicente, siempre trabajando como caficultor o cuidador de las fincas. Por eso se hace llamar un andariego del campo. “Menos mal dí con una buena mujer que me acolitó esa idea de no echar raíces. Con mi esposa y mis tres hijos hemos recorrido todo el pueblo”.

Pero todo parece indicar que este campesino de voz golpeada y manos ajadas, ya encontró un terruño donde pasar la vejez. Ya lleva siete años como administrador de una finca de ocho hectáreas en la vereda El Litoral, donde el fuerte es el cacao.
 

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Todos los días, Carlos León recorre las ocho hectáreas de la finca que administra para recoger las mazorcas del café. Un perro criollo de pequeño porte siempre lo acompaña. ©Jhon Barros

«Mis vecinos me piden información como el día en que más llovió, cuánto duró la sequía y hasta cuando se extendieron las lluvias. Yo lo único que hago es sacar mi cuaderno. Hoy soy visto como un hombre del clima»

Carlos León, cacaotero y hoy monitor del clima en San Vicente de Chucurí
 

Cuando Natura e Isagen le dijeron que querían trabajar de la mano con los campesinos en medir el clima, hace casi cinco años, no vaciló en aceptar la propuesta, aunque afirma que al comienzo no entendió muy bien de qué se trataba. “Era algo novedoso. Querían que aprendiera a medir la temperatura y la lluvia en la finca. Mi respuesta fue: qué hay que hacer, cómo es la vaina”.

Uno de los primeros consejos que recibió fue podar los árboles donde brota el cacao, ya que muchos superaban los nueve metros de altura. “Si uno no controla eso es imposible quitarle las mazorcas cuando están maduras. Les hice caso y los fui bajando. Ese consejo mejoró la producción de la finca y la calidad de las semillas, por lo cual mi patrón quedó contento”.

Luego vino el manejo de los aparatos climatológicos. El termohigrómetro lo asustó al comienzo, pero no por su forma sino por el nombre. "Aunque tiene varios botones, no me costó mucho manejarlo. Como no soy tan cerrado de cachos, aprendo fácil. Lo puse en una pared de la casa y solo lo enciendo a las 7 de la mañana y a las 5 de la tarde para ver la temperatura y humedad del día. El pluviómetro es como un embudo a donde entra el agua lluvia”.

Don Carlos, quien también puso un corral de pollos para que lo maneje su hijo mayor, asegura que varios vecinos de la vereda lo visitan constantemente para hacerle preguntas respecto al clima. “Me piden información como el día en que más llovió, cuánto duró la sequía y hasta cuando se extendieron las lluvias. Yo lo único que hago es sacar mi cuaderno donde tengo consignado todo el clima durante los últimos años. Soy visto como un hombre del clima”.
 

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Dos veces al día, en la mañana y en la tarde, Carlos prende un aparato para conocer la temperatura y la humedad de su finca. ©Jhon Barros

Este chucureño asegura que la producción y calidad del cacao de la finca han mejorado con este proyecto de monitoreo. “Ya tengo claro cuándo debo hacer las limpias, es decir retirar el exceso de vegetación del suelo donde están los cafetales. Tiene que ser al inicio de las lluvias, hacia los meses de agosto y abril. En sequía ese material vegetal sirve para proteger el suelo”.

Para Carlos, la edad no es una excusa para no seguir aprendiendo. Quiero seguir enriqueciendo mi conocimiento para mejorar los cultivos, a diferencia de la mayoría de jóvenes quienes creen sabérselas todas. Siempre hay nuevas enfermedades, por lo cual necesitamos buscar nuevas soluciones”.

Los monitoreos del clima ya hacen parte de su rutina diaria. Con el primer canto de los gallos, Carlos abandona su cama para alistarse, mientras su mujer le prepara el desayuno. Justo cuando se toma una taza de café, hacia las seis de la mañana, enciende el termohigrómetro para anotar los datos de humedad y temperatura en su bitácora. A los pocos minutos coge rumbo hacia los cultivos, donde está el pluviómetro.

“Por estos días casi siempre amanece vacío, ya que no ha llovido. Después de anotar y guardar el cuaderno, me meto en los cultivos de cacao, aguacate y cítricos. Regreso a la casa a almorzar, y en las tardes sigo mi tarea en el campo. Hacia las 6 de la tarde vuelvo a mi hogar y prendo de nuevo el aparato de la temperatura y humedad. Ya hace parte de mi rutina diaria”.
 

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Todos los datos que Carlos recopila en su finca hacen parte del monitoreo del clima que Natura hace en el embalse de Topocoro. ©Jhon Barros

Una costeña visionaria

Mayner Amado nació hace 26 años en Buenavista, un municipio caribeño de Córdoba donde sus papás lograron darle estudio a ella y sus cuatro hermanos. Aunque asegura que vivía tranquila, siempre soñó con viajar a la capital del país para buscar mejor suerte.

Recién cumplió la mayoría de edad y con el cartón de bachiller en sus manos, esta mujer de piel trigueña se fue para Bogotá. Encontró vivienda al sur de la ciudad y rápidamente la contrataron como vendedora en un almacén de ropa en la zona industrial.

Al año conoció al amor de su vida, Fredy Alejandro, otro vendedor de la zona nacido en San Vicente de Chucurí. Al poco tiempo quedó embarazada, pero a los pocos meses empezó a sentirse mal de salud. “Como no tenía quien me cuidara me tocó volver al pueblo. Allá nació mi hija, pero a los tres meses regresé a Bogotá. El clima frío no le sentó bien a la criatura, quien presentó problemas respiratorios”.

La familia viajó a San Vicente para enterrar al abuelo paterno del esposo de Mayner. En el velorio, una noticia les cambió la vida. “Nos dijeron que sí queríamos hacernos cargo de una finca que estaba abandonada desde hace varios años, y la cual contaba con tierras aptas para el cacao, café y frutas. Dije que sí inmediatamente: nos tocaba pensar en la salud de la niña”.

Llegaron el 25 de diciembre de 2014, sin ahorros y poca ropa. “Esto parecía un monte. Pedimos plata prestada para podar los árboles de cacao que estaban llenos de monillas, una plaga que mata al fruto de este cultivo. La casa no tenía ni piso. Nos tocó empezar de ceros”.
 

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Como buena costeña, a Mayner le gusta participar en todas las reuniones del pueblo. Así se enteró del proyecto de monitoreo comunitario. ©Jhon Barros

«Me  gustó mucho porque íbamos a establecer cuáles son los periodos de más lluvia y sequía, algo que nos sirve para la productividad de las fincas. Uno sabe qué día es bueno para sembrar dependiendo de la temperatura»

Mayner Amado, cacaotera y monitora del clima en Santander.
 

La pareja de esposos decidió meterle la ficha a los cultivos. Poco a poco, las 10 hectáreas del terreno empezaron a vestirse de verde con manchas amarillas y rojas de las mazorcas cacaoteras

En 2015, Mayner escuchó que la Fundación Natura quería involucrar a la comunidad en un proyecto de monitoreo de clima, lo que le hizo sonar la flauta. “Me encanta participar en todo evento que veo. Y cuando me enteré que iban a hacer uno en la escuela de la vereda Santa Inés, fui una de las primeras en llegar”.

En la reunión, esta costeña vio por primera vez un pluviómetro y termohigrómetro. Me  gustó mucho porque íbamos a establecer cuáles son los periodos de más lluvia y sequía, algo que nos sirve mucho para la productividad de las fincas. Uno sabe qué día es bueno para sembrar dependiendo de la temperatura. Sin pensarlo más, decidí convertirme en una monitora del clima”.

Mayner llegó a la finca con los dos extraños aparatos. Su esposo quedó pasmado al ver que su mujer se había metido en un proyecto sin habérselo consultado. “Puso una cara de gruñón y más cuando le dije que tocaba medir dos veces al día. En esos momentos no veía los beneficios, pero hoy, cada vez que va a cultivar, revisa el cuaderno donde tengo anotados los datos para ver si el clima le va a dar la mano”.
 

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Mayner recorre los cultivos de cacao en la mañana con el aparato que mide la temperatura y humedad. ©Jhon Barros

Cuatro años después de que la matriarca de la familia Torres aprendiera a medir el clima, su esposo no para de agradecerle por tomar el riesgo y seguir con esa personalidad de visionaria. “Para un cultivo de mango que está empezando, Fredy Alejandro consulta mis registros para saber cuándo son los meses y días de más lluvia para sembrar”.

A las 7 de la mañana, luego de hacer el desayuno y alistar a su hija, Mayner prende la radio para enterarse de las últimas noticias del país. Antes de barrer y arreglar la casa, prende el termohigrómetro y anota la temperatura y humedad. A los pocos minutos mira el pluviómetro, ubicado cerca a unas plantas de maíz.

“Además de saber las mejores fechas para cultivar, nuestro trabajo sirve para prevenir emergencias. Por ejemplo, el 18 de septiembre, cuando llovió a cántaros, llamamos a las autoridades para que estuvieran pendientes de la gente que vive en las montañas”.
 

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El monitoreo de la lluvia es lo que más le gusta hacer a Mayner en las mañanas. Asegura que estos datos sirven para prevenir emergencias. ©Jhon Barros

Herencia cacaotera

Por el tono de su voz, Cristóbal Reina, un chucureño de 56 años, no parece santandereano. Es suave, melódico, calmado y a veces le riman las palabras, algo más característico en los habitantes del Eje Cafetero. Sin embargo, ese hombre de cabello cenizo siempre ha vivido en San Vicente de Chucurí, municipio donde sus papás criaron a 20 hijos.

“Mis padres nos criaron en una finca en la vereda Campo Alegre, donde nos enseñaron a cultivar cacao, maíz, café y frutas. Desde pequeño supe que me iba a repetir la historia de mis progenitores, por lo cual cuando me casé, lo primero que hice fue comprar un predio para producir la tierra”.

En Buena Vista, la finca de Cristóbal, nacieron sus tres hijos. Dos de ellos ya conformaron sus propias familias y están algo alejados del mundo del campo. Sin embargo, el más joven, que estudia en una universidad en Bucaramanga, quiere aplicar sus conocimientos en la finca de sus añoranzas de niño, donde hoy habitan solo sus padres.

“Estoy muy agradecido con el campo y el cacao. Sacar tres hijos adelante y darles estudios universitarios es algo que poco logramos. Quiero que la herencia campesina siga viva en mis descendientes, algo de lo que nos sentimos muy orgullosos mi esposa Edelmira y yo”. 
 

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Cristóbal sueña con que uno de sus hijos siga produciendo la tierra, herencia que recibió de sus dos padres. ©Jhon Barros

«Ojalá sigan capacitando al campesino en estos temas, ya que nosotros podemos hacer muchas más cosas distintas a producir»

Cristóbal Reina, cacaotero de San Vicente de Chucurí.
 

Cristóbal es otro de los campesinos pioneros en el proyecto de monitoreo climático. Pero  lo que más le llamó la atención no fue lo novedoso, sino que ya tenía algunos conocimientos en el tema. “En una época trabajé en una finca en Aguachica (Cesar), donde me encargaba de llevar el control de las precipitaciones. Por eso estaba familiarizado con el pluviómetro y tenía algo de idea de las épocas más lluviosas y secas”.

Afirma que ya empezó a ver los beneficios del proyecto. Al conocer la temperatura, humedad y cantidad de lluvia en cada mes podemos tomar medidas para mejorar la producción, como el control de la monilla y plagas en los meses húmedos y la protección de los suelos en sequía”.

Este campesino asegura que el cambio climático está alterando los cultivos. “Octubre y noviembre son meses pasados por agua. Sin embargo, este año la lluvia ha mermado bastante y hemos pasado más de seis días sin que llueva. Esas son consecuencias del calentamiento global. Esos hallazgos se los presentamos a Natura cada 20 días, cuando van y nos visitan a la finca”.

Para Cristóbal, el aprendizaje no tiene límites ni fecha en el calendario. Por eso quiere seguir conociendo más de tecnología para el campo, nuevas herramientas agrícolas y continuar estudiando el clima, algo que lo apasiona.

Me gusta mucho sentarme a analizar los datos del cuaderno. Vemos cosas sorprendentes, como aguaceros que para muchos pasaron desapercibidos y largas sequías que no se sintieron tan duro. Ojalá sigan capacitando al campesino en estos temas, ya que nosotros podemos hacer muchas más cosas distintas a producir”.
 

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Todos los días, Cristóbal recoge mazorcas de cacao en su finca. Las semillas las vende en el casco urbano de San Vicente. ©Jhon Barros.

“Somos parte de la ciencia”

La tierra fértil de La Circasia, una finca de 20 hectáreas ubicada en la vereda Guayacán de San Vicente, es el ángel guardián de Ligia Ramírez, una chucureña de 47 años. Los cultivos de cacao, café y frutos ácidos le dieron estudio y comida a los 10 hijos que tuvieron sus padres, muchos de los cuales lograron ir a la universidad.

Hoy en día, Ligia, una mujer sonriente con marcado acento santandereano, vive en esta finca junto con su mamá, su esposo y el menor de sus tres hijos. El cacao es el cultivo que más le genera ganancia, un trabajo en el que también participan su consorte y cinco trabajadores más. “Mis otros hermanos cogieron rumbos distintos al agrícola. Yo decidí quedarme al lado de mi madre en la finca, viviendo de lo que da la tierra. Gracias a La Circasia, mis dos hijas mayores son profesionales”.

Gonzalo Bautista, su esposo, también tiene una finca cacaotera cerca a La Circasia. Ambos son seres de campo que esperan pasar los últimos días de la vejez contemplando los frutos de los árboles de cacao. “Nos enamoramos en Zapatoca, cuando estábamos en el colegio. Como teníamos tanto en común, decidimos casarnos y dedicarnos del todo a trabajar la tierra. Estamos muy orgullosos de ser campesinos”.

A mediados de 2017, Ligia fue invitada a una reunión donde conoció el proyecto de monitoreo climático de la Fundación Natura. “Me dijeron que si quería trabajar midiendo el clima. Les dije: ¿y eso cómo se come? Esas cosas las miden con aparatos difíciles de manejar y con una mano de números que nadie entiende. Sin embargo, me pareció algo novedoso y una buena oportunidad para aprender”.
 

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Ligia ha sacado adelante a sus tres hijos con las cosechas de cacao. Hoy, además de cultivar, es uno de las 100 monitores del clima en su municipio. ©Jhon Barros.

«Hoy puedo decir que hago parte de la ciencia. No solo me enseñaron a medir las condiciones climáticas, sino que utilizan mi trabajo diario para establecer cómo se ha comportado el clima en un mes o un año»

Ligia Ramírez, cacaotera y monitora del clima en Santander
 

Los expertos de Natura fueron a la finca con los dos aparatos para medir temperatura, humedad y precipitación. No tuvimos que dar un solo peso, solo abrir nuestras mentes para aprender a manejarlos. Para sorpresa mía todo fue muy fácil. Con la práctica aprendí a manejar los botones y a escribir los datos en mi cuaderno del clima. A veces espichaba el que no era, pero de eso se trata, de equivocarse para estar mejor preparados”.

Más allá de conocer las épocas más lluviosas y secas, lo que más gusta a Ligia del proyecto es que involucren las capacidades de los campesinos. “Hoy puedo decir que hago parte de la ciencia. No solo me enseñaron a medir las condiciones climáticas, sino que utilizan mi trabajo diario para establecer cómo se ha comportado el clima en un mes o un año. Sentirnos parte de la ciencia es algo muy bonito. Ya soy una experta sacando medias y promedios”.

Al comienzo, esta santandereana utilizaba dos alarmas para acordarse de tomar los datos climáticos: una a las 7 de la mañana y otra hacia las 6 de la tarde. “Hoy ya no las necesito. Es parte de mi diario vivir. Después del desayuno, cuando me tomo una taza de café, voy y mido la temperatura y la humedad y cuento las rayas del pluviómetro ocupadas por la lluvia. En la tarde, antes de calentar la comida, vuelvo a prender el termohigrómetro”.

Para Ligia, uno de los mayores resultados de su monitoreo es disminuir la cantidad de cultivos afectados por las plagas. “Aprendí que si un mes registró mucha humedad, el próximo podría presentar bastante monilla, esporas que transforman los frutos en mazorcas blancas o negras. Hoy tomamos medidas para que no suceda eso en los meses más húmedos por medio de fumigaciones. Cuando el clima se pone seco, que casi siempre ocurre en enero, no hacemos limpieza de la hierba para que proteja al suelo y el sol no le entre tan fuerte”.  
 

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