De la guerra al olvido, la paz frustrada en las montañas del Tolima

noviembre 30 de 2018

Un periodista recorrió uno de los antiguos fortines de las Farc, en el sur del Tolima, para conocer cómo viven sus habitantes después de dos años sin guerra. El posconflicto ha tardado en llegar aquí. Crónica.

De la guerra al olvido, la paz frustrada en las montañas del Tolima

| Campesinos de la vereda Los Sauces, en Chaparral (Tolima), uno de los puntos más altos del Cañón de Las Hermosas. | Por: Iván Bernal Marín


Por: Iván Bernal Marín
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Arde una humareda en lo más alto del Cañón de Las Hermosas, pero esta vez no la produjo una lluvia de balas. Cuando eso sucedía, había que correr a cubrirse entre explosiones que crispaban la tierra. Hoy la gente del cañón puede esperar con tranquilidad a que se abran las nubes al pie de la olla, sin temer que vuelvan los helicópteros. El único riesgo es que estalle una lluvia de verdad y arruine el sancocho que cocinan sobre una cruz de leña.

— “Esas balas caían por encima de la mula y era muy miedoso. Bombardeaban y no les importaba echar plomo donde fuera cuando había enfrentamiento”.

Bellanira Rincón cuenta cómo eran sus días en Los Sauces antes de que se firmara el acuerdo de paz. Esta es una de las 28 veredas desperdigadas en este punto de la cordillera Central de los Andes, en lo profundo del Tolima. La componen unas 60 casas, instaladas a lo largo del que se consideraba el máximo refugio de la guerrilla de las Farc, el corredor montañoso que las vio nacer hace más de 50 años y de donde nunca lograron sacarlas.

—“Llegaba el Ejército a decir que éramos guerrilleros. ¡¿Cómo que guerrilleros?! Si mantenemos es trabajando. El arma de nosotros es un azadón y un machete”.

En vez de machete, ella usa hoy un cuchillo para cortar pedazos de carne. En vez de azadón, menea con un cucharón la olla que lanza bocanadas de vapor al aire. Bellanira tiene 60 años. Creció aquí, con ráfagas de disparos como canción de cuna. Dice que a su padre, Aníbal, le tocó meterse a la guerrilla “por obligación”. Él era campesino. Un día le quemaron la casa y la parcela. Los conservadores estaban unidos con el Ejército y perseguían a los liberales. Aníbal, liberal, tuvo que correr a esconder a su madre, Rogelia, y a sus dos hermanos menores.

“Se unieron a la guerrilla para poderles pelear. A mi papá le tocó lucharla acompañado de mi abuelita. Para protegerla. Lucho por ella”.

El rocío de plomo se acabó hace ya algunos años, así que Bellanira preparó una gran sopa para recibir a los primeros periodistas que su vereda haya visto. En esta tierra donde los fusiles eran cotidianos, varios se incomodan de que los apunten con cámaras. Pero Bellanira sabe que aquí, frente a los lentes y micrófonos, es donde deben pelear ahora: para que los oigan, para que les den vías, salud, educación, proyectos productivos e inversión pública. Para que venga esa promesa incumplida que llaman progreso.

— “Estamos como embotellados. Somos una comunidad olvidada”.

 


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Una vista del Cañón de Las Hermosas mientras Bellanira Rincón preparaba un sancocho para los campesinos de Los Sauces. © IVÁN BERNAL MARÍN


 

La subida

Letreros con calaveras rojas anuncian que el carro se acerca al pie de la montaña. Peligro de minas, advierten. Otros letreros piden tener cuidado con las dantas y animales endémicos de la zona. “Déjalo pasar, déjalo vivir”, se lee. El jeep avanza unos 40 minutos entre fango, charcos y piedras desde Chaparral. La última carretera pavimentada quedó atrás en ese pueblo, ubicado unos 137 kilómetros al sur de la capital del Tolima, Ibagué.

Un establo y una casa de tablones son la última parada antes de seguir a pie. Es el último lugar con señal de celular. Hay que meter el teléfono en un pedazo de botella plástica recortada, atada a la punta de un mástil, y pararse en las puntillas de los pies para hacer una llamada. A este punto le dicen El Chispeadero, porque aquí revientan las quebradas que caen desde la cima. Allá arriba nacen los ríos Magdalena y Cauca, que recorren el país. De aquí en adelante los caminos son demasiado estrechos, irregulares y escarpados.

Son 1.600 metros de ascenso, una caminata de más de dos horas a orillas del precipicio. Un recorrido de trochas que zigzaguean hacia lo alto y se empinan cada vez más; pisando rocas que se desmoronan y resbalan cerca del borde, agarrándose a matorrales secos. En algunos puntos no hay árboles que protejan del sol. Hay que avanzar expuesto por el filo del risco; haciendo equilibrio en un filo abierto a machetazos.

Es necesario detenerse, sentarse un minuto y dejar que los pulmones se llenen de aire puro, para no fundirse. Un vistazo alrededor recuerda por qué Colombia es el país con mayor biodiversidad por metro cuadrado del mundo. Un descomunal vértice cubierto de una espesura verde abraza la mirada. A ambos lados, los extremos se alzan tan alto que se entierran en las nubes y no alcanzas a ver los picos. En medio de las montañas corre un riachuelo. Se nutre de hilos blancos que descienden por las faldas, como arañazos en el lomo de la tierra.

 


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El cañón siempre fue una de las mayores reservas naturales del país, antes que escondite de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. Lo componen más de 48.000 hectáreas de bosque y más de 600 lagunas y humedales, una intrincada masa de bosque ideal para perdérsele a cualquier perseguidor en un combate. Los animales campean a gusto.

 

Tolima es hogar de 7.290 especies de fauna y flora, concentrando así el 13 por ciento de toda Colombia. Y el tobogán de riscos continúa hasta lo hondo del Valle del Cauca.

 

Visto desde las trochas, rumbo a la vereda de Los Sauces, las dos cadenas de montañas que le dan forma a Las Hermosas parecen dibujar dos piernas abiertas de un coloso verde, vencido, acostado para siempre en el horizonte. Como una especie de vientre de Colombia en un parto que no termina. Imposible no pensar en la sangre que corrió por aquí.

Dáinerson Cárdenas, un muchacho delgado y callado que lleva gorra militar, ayuda a terminar la escalada con una mula mansa. A medida que Los Sauces está más cerca, la montaña se va cargando de colores rojo, amarillo, naranja y verde brillante. Miles de puntitos brillantes como luces de Navidad. Son los sembradíos de café. Los primeros que salen al paso son dos tipos de gorra, sombrero, botas, poncho y machetes al cinto, parados en toda la entrada a la vereda. A sus espaldas, los niños corren hacia un cajón de ladrillos que hace las veces de escuela. Otros más juegan a una rayuela, dibujada con trazos tembleques en una cancha de arena. Las casas en el paisaje son de bahareque, palos y techos de láminas oxidadas. De una cuelga una jaula con dos loros. Uno tiene el pico mochado a la mitad.

 

 


sad | Desde determinado punto se debe subir en bestia por el Cañón de las Hermosas. 

Las casas de Los Sauces son de bahareque, palos y techos de láminas oxidadas. © IVÁN BERNAL MARÍN


 

La reunión

Los habitantes de Los Sauces guardan silencio por unos minutos cuando se les pregunta si aquí hubo masacres. Hay unos 25 de ellos, incluidos los neovaqueros de la entrada. Estamos reunidos en un salón y prefieren hablar de otras cosas. Al fondo, un sujeto de bigote denso mantiene los brazos ocultos bajo una chaqueta. La cicatriz de un machetazo le atraviesa la cara y no me despega el único ojo que le queda.

Los rebeldes se fueron desde 2016. El resto siguió igual, como venía. En Los Sauces no tienen alcantarillado, usan pozas sépticas. La energía la obtienen mediante tres postes viejos, amarrados artesanalmente. Sus bases se pudrieron y están a punto de caer. El agua la sacan de un tanque comunitario. El puesto de salud más cercano está a dos horas de trocha, en otra vereda. La escuela solo tiene tres salones y cursos hasta séptimo de bachillerato. Y, sobre todo, necesitan una carretera para que entrar y salir no sea una tortura.


— “Aquí se fue la guerrilla, pero el Estado no llegó”.

 

Muestran lo que ese gran vientre de Colombia, formado por montañas, está pariendo ahora: los pueblos del llamado Posconflicto y su realidad. Esos que vivían bajo el mando de los grupos ilegales y de repente cayeron en manos de la nada, manchados de una sangre seca.

 

—“Y claro que aquí sí hubo masacres, aquí mataron gente. Claro que sí”.

 

Luis Erley Monjes toma la palabra. 48 años. Se identifica como tesorero del comité Procarretera. Dice que ahora están “en paz” y no sienten la presión de tener que rendirle cuentas a la guerrilla (el ojo del tuerto silente sigue fijo en mí, como si no parpadeara). Antes los veían pasar por aquí todos los días, armados. Era obligación obedecerles, atenderlos, agachar la cabeza. Eso cambió, pero insiste que sin una vía de acceso la vida para ellos seguirá siendo muy difícil. Tienen que pagar mulas y camionetas para llevar hasta Chaparral la carga de lo que cultivan. Por un costal de plátano les pagan hasta 50.000 pesos en el municipio, pero de aquí hasta allá han pagado hasta 40.000 en transporte a los intermediarios. No es negocio para nadie.

Las quejas se van agotando y el almuerzo ya va a estar listo. El bigotón de la cicatriz se levanta, se detiene un segundo en la puerta y se va.

Los guerrilleros mataron en Los Sauces a unas ocho personas. Uno de ellos fue el primo de Luis. Tenía entonces 20 años y trabajaba como jornalero en una finca. Sucedió hace unos 15 años. Lo llegaron a buscar y se lo llevaron al puente amarillo. Le dieron un disparo en la nuca. Como hicieron con los demás, arrojaron su cadáver al río. Dejaron que el agua borrara todo rastro en una de las venas abiertas de Colombia. Se llamaba Milciades.

 

Es la historia de uno de los más de 262.197 muertos y 80.514 desaparecidos que dejó el conflicto. Luis solo se animó a contarla después de que se acabó la reunión y la sopa.

 

¿Qué por qué mataron a su “primito”? Nadie sabe. Asesinaban por cualquier cosa. Por chismes, porque molestaba a las mujeres, porque decían que era ratero, por irrespetuoso.

 

— “Manteníamos como humillados. Lo que ellos dijeran, eso era. Con tantico que uno cometía un error, ya los tenía encima. En cualquier momento le tocaba irse”.

 

Los guerrilleros impusieron la ley del fuego. Prohibían asistir a ciertos establecimientos. Y no dejaban entrar a nadie al poblado de Los Sauces. Todas las personas que llegaban eran consideradas sospechosas, paramilitares o colaboradores del Ejército. Incluso los profesores. Si alguien venía a la vereda sin su permiso, tenía sus días contados.

Luis Erley es un tipo de cejas siempre fruncidas, como una muralla de ceniza que le cruza la frente. Ha vivido desde siempre en Los Sauces. Aquí tuvo sus dos hijas, Luz Enith y Edith. Y aquí quiere seguir. Sin la violencia encima, siente que no debe pedir permiso ni humillarse ante nadie para nada. Aunque vive haciendo filas y tocando puertas ante la Alcaldía de Chaparral y la Gobernación de Tolima, para que les construyan los tres kilómetros de carretera que faltan para conectar su vereda con la próxima: San Pablo.

 

— “Qué bueno que vengan a darse cuenta cómo vivimos y experimentar lo duro que es subir”.

 


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El Tolima concentra el 13 por ciento de la fauna y flora de toda Colombia. Los campesinos del cañón se dedican, principalmente, al cultivo de café. © IVÁN BERNAL MARÍN


 

La bajada

Hay que usar una rama seca como bastón para no resbalar al bajar la montaña y medir cada pisada con paciencia, abriendo mucho las piernas, explica Dáinerson. A menos que te estén persiguiendo, como le sucedió a él una vez.

Era soldado en el batallón de Ríoblanco (Tolima), en la vereda de Gaitán, que también forma parte del cañón. La guerrilla había herido a uno de sus compañeros y no dejaba de dispararles, para hostigarlos. Corrieron por toda la cordillera en lo que parecieron, apenas, un par de minutos. Al quitarse las botas se descubrió llagas en los pies y las uñas encarnadas.

— “Casi me matan”.
 

Fue en 2010. Por haber prestado el servicio militar y quedarse como soldado regular, el grupo rebelde lo consideraba enemigo. Por eso llegó desplazado desde allá, huyendo, a hacer una nueva vida en estas laderas. Años después, la guerrilla empezó a marcharse y él dejó de temer que el pasado le cobrara factura. Ahora, en Los Sauces, le dicen Chiquinea.

Empieza a oscurecer. ¿No es peligroso bajar en la noche? Dáinerson dice que no, ya no. El único riesgo es tropezar, o que te muerda el tobillo una serpiente “pudridora”.

Hacemos una parada en su casa para descansar, a mitad del descenso. Un traqueteo, un estruendo como de una hélice, parece elevarse desde el fondo de las paredes de barro. Una vibración se eleva por el suelo arcilloso y hace temblar la silla de madera y piel. Es una máquina descerezadora en plena jornada, instalada en la parte posterior de su casa, en la orilla del precipicio. El Chiquinea ahora es un pequeño caficultor, que comparte el aparato con otros cuatro. Por turnos, vienen a quitarles aquí las cáscaras a los granos que recogen. Si no lo hacen, corren el riesgo de que se quemen al tercer día.

 

— “Acá es fértil. Lo que siembre, coge”.

 

Cuando me dijeron que venía para Las Hermosas, lo primero que me pregunté fue cuáles serían las “hermosas” que tendría la oportunidad de ver aquí, en la tierra de los indios pijaos, donde se agruparon las guerrillas campesinas tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, donde operaba la cúpula del secretariado de las Farc. ¿Acaso ese vértice de montes empinados, esas piernas de coloso, de la Madre Tierra en trabajo de parto? ¿O tal vez las faldas de la montaña vestidas de cafetales, las caminatas por los senderos, las orquídeas de rojo encendido detrás de alambres de púas? O más bien esas familias como las de Bellanira y Luis, que siguen aquí peleando, cultivando una nueva vida a punta de azadón y machete, enterrando el recuerdo de las balas. O Maidi, la hija de siete años de Dáinerson, que quiere salir en todas las fotos y podrá crecer tranquila, sin temer que una noche vengan a despertarla a contarle que su papá desapareció.

Las nubes se corren y dejan ver los picos. Las cumbres del cañón quedan expuestas en todo su esplendor. En el cielo comienzan a encenderse las estrellas. Hay miles de ellas. Una de las zonas con mayor riqueza natural del país se mantenía oculta bajo el velo de la guerra. Las lluvias de plomo marginaron a sus pobladores de cualquier sancocho nacional. Hoy sale a la vista, por fin. Quedó a la luz que su gente no tiene nada más que su montaña: ni salud, ni acueducto, ni alcantarillado, ni carretera, ni acompañamiento de ninguna clase. Lo único que tienen es paz.

 


POR: Iván Bernal Marín | Enviado especial

@iBernalMarin


 

 

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