febrero 10 de 2019

Cambio climático: ¿cómo afecta nuestra cotidianidad?

Por: WWF Colombia

¡El clima está loco! Muchos usan esta frase con el fin de referirse a su incapacidad para predecirlo, a diferencia de nuestros abuelos y padres, quienes sabían cuándo comenzaban las lluvias y cuándo llegaba el verano.

En esta época, la principal fuerza de transformación del planeta somos los humanos y un indicador de la velocidad con la que lo hemos impactado es la modificación en la atmósfera. Esto ha aumentado de manera dramática la concentración de gases efecto invernadero y nos ha conducido a un cambio climático global.

Aunque es claro que el clima está cambiando, algunos aún quieren creer que las causas y sus efectos solo se padecen en los países europeos y norteamericanos. Por ejemplo, cuando se rompen récords en nevadas, huracanes e inundaciones, lo que deja millones de damnificados y miles de muertos. La verdad es que el cambio climático afecta todo el planeta, es decir que los colombianos también padecemos sus efectos.

Las consecuencias son más visibles en las grandes ciudades durante ciertas temporadas y años, lo que nos hace olvidar que se trata de un fenómeno permanente. Sin embargo, hay momentos fijos en nuestra memoria como el 2 de marzo de 1992, cuando el entonces presidente César Gaviria decretó oficialmente el retraso de una hora en la jornada laboral nacional debido a la fuerte sequía que ocasionó el fenómeno de El Niño. Tuvimos que acostumbrarnos a racionamientos de agua y cortes de energía eléctrica.

Casi 20 años después, el entonces presidente Juan Manuel Santos lidió con el fenómeno de La Niña y las graves perdidas económicas y humanas que sus intensas lluvias ocasionaron desde el Caribe hasta el altiplano cundiboyacense. Se dañaron carreteras, puentes, acueductos y viviendas y se inundaron campos agrícolas y ganaderos e incluso sedes de universidades en Bogotá, ciudad a 2.600 metros de altitud.

En los campos colombianos los efectos del cambio climático son más cotidianos y se sienten con mayor intensidad. Regiones como La Guajira viven la tragedia diaria de ver morir a sus niños debido a la falta de alimentos, pues no hay agua para regar sus cultivos ni los pastos que mantienen sus chivos y vacas. 

Las comunidades ribereñas de los ríos Magdalena y Cauca ven cómo la escasez de sus aguas limita sus medios de transporte, acueductos y el riego de cultivos. Además, la sequía impide los desbordes naturales del río que lo conectan con sus ciénagas y permiten el paso de millones de peces que dan comienzo a la subienda, sinónimo de bonanza económica y bienestar para estas comunidades.

Por último, las comunidades del Pacífico y el Caribe son testigos de que El Niño desbarajusta el régimen de lluvias, lo que incrementa los niveles del mar y las temperaturas del agua. Así se crea un desorden en procesos reproductivos de muchas especies de peces y camarones conduciendo a un grave problema económico en las pesquerías de la región.

Ser conscientes de que el cambio climático vive entre nosotros y nos afecta periódicamente es el primer paso para tomar acciones urgentes que permitan disminuir sus efectos. Podemos y debemos incrementar nuestras acciones para mejorar nuestro entorno. Asimismo, proteger los ecosistemas que ayudan localmente a regular los efectos de cambios en la temperatura y los profundos desbalances en el ciclo hidrológico y en la ocurrencia de fenómenos extremos.

Las recomendaciones para optimizar el consumo de agua y energía eléctrica no son en vano. ¿Cómo podemos contribuir de una manera más significativa? Con acciones sencillas: restablecer, conservar y manejar de forma sostenible los espacios naturales de nuestras comunidades -sea en los hogares, terrazas, negocios o parques- para revertir la pérdida de biodiversidad y empezar una transición hacia sistemas socioecológicos sostenibles y resilientes.

Todos podemos formar parte del cambio. Sintámonos orgullosos de ser voluntarios para reforestar manglares, valles y montañas; creadores de humedales y participantes activos en la vigilancia, mantenimiento, rescate y recuperación de las rondas hídricas de nuestros ríos, a los que les debemos la vida. Ningún esfuerzo se queda corto cuando se trata de nuestra supervivencia.

 



Por: José Saulo Usma, especialista de Agua Dulce, y Óscar Guevara, especialista en Adaptación al Cambio Climático.
 



Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.


 

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