Cómo las comunidades y los profesores construyen paz en el sur del Tolima

abril 26 de 2021

La historia del Sur del Tolima está marcada por un estigma de la violencia que estos líderes quieren dejar atrás por medio de una resistencia impulsada por su ideal de paz. .

Cómo las comunidades y los profesores construyen paz en el sur del Tolima

| | Por: ©Escuela Territorio y Posconflicto


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

Por años, las Farc mandaron en el sur del Tolima. Aquel apelativo que ninguna tierra quiere ostentar, el de ‘zona roja’, fue una estigma para esta región donde  convivieron la desesperanza  la guerra, el dolor y el olvido. 

 

Pero en medio del control territorial de las Farc, y de una guerra sin cuartel, la paz ha aflorado en el Sur del Tolima. Incluso en medio de las balas. Los profesores le han hecho frente con educación en valores, mientras que las organizaciones, a pesar de los señalamientos, han construido paz a través del empoderamiento y los procesos comunitarios.

 

Este tipo de iniciativas hacen parte de las historias que recoge la Escuela de Territorio y Posconflicto, un proyecto de construcción participativa de la Universidad de Ibagué, Eureka Educativa  y la Universidad East Anglia de Inglaterra, que quiere fomentar una cultura de paz de la mano de organizaciones comunitarias e instituciones educativas de la región. 

 

Este proyecto, que se implementó durante dos años, permitió a comunidades en Planadas, Ataco, Chaparral y Rioblanco preservar y narrar sus vivencias durante el conflicto armado  y consolidar sus iniciativas para construir la paz en las comunidades. 

 

Por décadas, los campesinos se acomodaron —a la fuerza— al paso de cada actor armado, la disputa por el territorio, el fuego cruzado, el reclutamiento y el éxodo, al tiempo que construyeron comunidad desde las insitituciones educativas y desde los procesos comunitarios.  Estas son algunas de esas historias.

 

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Parte del prcoeso fue construir la historia del conflicto, en cada municipio, con cartografías que contaran las historias de la guerra y la forma en la que podían incendir en la comnstrucción de paz.

©Escuela Territorio y Posconflicto

 

La paz desde los tableros

 

Adriana Esperanza Ardila ya no tiene miedo de ir a enseñar al colegio, tampoco siente la ansiedad que la embargaba cuando en su salón aparecía un hombre con fusil en mano y uniforme camuflado. Ya no tiene que estar preparada para agacharse para proteger a sus niños cuando haya un ruido, o pensar en pintar y resanar las paredes de su escuela después de un combate. 

 

Su vocación siempre fueron los niños y sus familias. Desde pequeña, en Palocabildo (Tolima), municipio donde nació, supo por sus maestros que quería dedicarse a la enseñanza. Su amor por la educación nació cuando era un niña. En cuanto terminó sus estudios  en la Normal  y con 18 años, obtuvo su primer trabajo en Chaparral (Tolima).En ese momento, la guerrilla de las Farc controlaba esta zona del Tolima, en especial Chaparral. Por mucho tiempo, el Cañón de las Hermosas fue conocido como el escondite del grupo armado. 


A Adriana le asignaron la Institución Educativa Antonio Nariño, en la vereda El Escobal. Allí tuvo que adaptarse rápido. Era la única profesora para un grupo de primero y segundo de primaria. La escuela había permanecido sin profesor por un par de años, pues en medio de un combate entre la guerrilla y el ejército, que acampaba fuera de la institución, el profesor tuvo que esconderse junto con los niños para esquivar las balas que  silbaban sobre sus cabezas.
 

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La iniciativa realizó varios talleres, con diversas estrategias pedagógicas, para que las personas pudiesen contar sus historias sobre el conflicto y cómo se construía paz desde sus municipios.

©Escuela Territorio y Posconflicto

 

“Usted no se preocupe, Adriana, se tira al suelo y no hay problema”, fue lo primero que le dijeron al llegar cuando le contaron la historia. Los profesores no conocían otra realidad. Entonces, se fue acostumbrando. La guerrilla hacía rondas por la escuela y aprendió a guardar silencio. “Si tu no te metías con ellos, ellos no se metían contigo”, cuenta. 

 

Pero siempre había una espina clavada que no le podían quitar: “yo quiero ser guerrillero, profe. Yo quiero que las personas me hagan caso”, recuerda la maestra sobre algunos de sus alumnos.  Mostrarles otras realidades ha sido su misión. “Yo no podía señalar a la guerrilla, pero tenía que ayudarlos a construir otras metas—dice Adriana—era riesgoso, pero tratabas de concientizarlos de que había más caminos”.

 

Desde entonces, por más de 17 años, Adriana ha construido paz a partir de las enseñanzas que le ha dado la vida. Para ella, el salón de clase no se ha limitado a cuatro paredes. Camina por cada vereda, en sus botas de caucho, hablando con cada padre de familia, cultivando con sus alumnos, e incluso jugando microfútbol con algunas mamás. 

 

Luego de años como profesora, a veces se encuentra con algunos de sus alumnos ya adultos. Varios trabajan, tienen hijos, pero a veces no es suficiente. Adriana siempre recuerda con tristeza a los niños que no pudo convencer, quienes cambiaron los cuadernos por un fusil y partieron a la guerra.

 

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Las experiencias de cada profesor ayudaron a consolidar diversos mapas, que serán públicados en el portal de la Escuela de Territorio y Posconflicto para dar a conocer cómo vivieron el conflicto cada uno de estos cinco municipios.

©Escuela Territorio y Posconflicto

 

Hoy, con la transformación de su municipio tras la firma del Acuerdo de Paz, y la llegada de inversión a la región, sus estudiantes quieren ser médicos, arquitectos y hasta profesores. Por eso, de la mano de la Escuela de Territorio y Posconflicto, sueña con cuidar la paz desde su aula de clases.

 

Según Adriana, gracias al proyecto nos concientizamos más del rol que jugamos como orientadores, como actores de paz. Nos toca enfrentarnos a todo, ayudar a las personas y entender que lo que vivimos acá en el sur del Tolima no lo ha vivido nadie. Fue recopilar el pasado, despertarnos y pensar en cómo construir paz desde nuestras comunidades”.

 

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Kip Wilson Ramírez ha sido profesor en medio del conflicto durante toda su carrera, primero en Olaya y luego en Planadas. “No tenía más opción: era aceptar o quedarme sin el sustento para mi familia”, dice al recordar su partida de su natal Icononzo para llegar al convulsionado Sur del Tolima.

 

“Trabajar en medio del conflicto es estar en una dualidad muy difícil. Está en juego el valor de la vida, frente al valor de la enseñanza.  Te ves limitado a aceptar las normas de los grupos armados. Eso limita tu libertad de expresión y de pensamiento. —cuenta Wilson—. Solo puedes hablar de unos temas y no de otros, y eso es transversal al conflicto. En nuestras comunidades sí hablábamos de la paz, de no prestarse para la guerra, corríamos riesgo en ser señalados, perseguidos”.

 

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Instituciones educativas en el proyecto: 

Planadas: Santo Domingo Savio y Técnica Los Andes

Chaparral: 
Manuel Murillo Toro y Técnica La Risalda

Rioblanco: Técnica Agropecuaria San Rafael y Francisco Julián Olaya

Ataco: Técnica Martín Pomala y Técnica Santiago Pérez

 

La ley del silencio y, en cierta medida del abandono, reinaban. “Fuimos por varias décadas la única representación del Estado en estos municipios”, dice. Hoy, tras la firma del Acuerdo de Paz en La Habana, Wilson mira en el espejo retrovisor lo que significó ser docente cuando el miedo y la zozobra dominaban su vida y la de cientos de campesinos.

 

Esas cicatrices de la mente lo ayudan a construir una cultura de paz desde su salón de clase. “Te mandan como un soldado sin armas para enfrentar una guerra, en la que tu única herramienta son tus conocimientos. Donde lo enfrentas con la palabra y con la paz”, dice Wilson. 

 

Esa mentalidad lo llevó a vincularse al proceso de la Escuela de Territorio y Posconflicto, donde gracias a las estrategias que desarrolló de manera conjunta con otros profesores de la región, comprendió que su principal labor como educador era fomentar estos espacios de diálogo que no existían. 

 

“Tenemos que hacer de la escuela un centro comunitario, y que allí nos podamos encontrar con las otras organizaciones para así construir, para trabajar mano a mano. La escuela —dice Wilson— no debe estar alejada de esos procesos comunitarios porque solo trabajando en conjunto es que podremos construir paz en nuestras comunidades”

 

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Los procesos de diálogo en cada una de las insituciones educativas del proyecto fue clave a la hora de que cada profesor narrara lo que vivieron durante el conflicto.

©Escuela Territorio y Posconflicto

 

Construir comunidades de paz a partir de la identidad y la lucha por el medio ambiente

 

El corregimiento de Herrera,  en el municipio de Rioblanco (Tolima), fue construido por víctimas del conflicto. Tras la Guerra de los Mil Días, entre liberales y conservadores, varias personas desplazadas encontraron en este lugar un refugio. Allí nació Alixe Ulcue Albarracín, una lideresa con herencia indígena cuyo sueño es luchar para que en Herrera, donde ella, sus padres y sus abuelos han sido víctimas de la guerra, se construya paz a partir de la identidad y la cultura.

 

Desde que salió a marchar en el año 2000, con tan solo trece años, en contra del paro armado de la guerrilla de las Farc, Alixe ha entendido que debe empoderar a las mujeres del municipio y a las personas contra la guerra. Así lo ha hecho, de la mano de la asociación de mujeres emprendedoras de Herrera (Asometh), con las que en la actualidad lidera cientos de procesos de desarrollo para las comunidades en la región.

 

“Nos ha empoderado mucho porque hemos podido sacar a la luz lo que vivimos durante el conflicto, hemos podido hablar cuando por años estuvimos en silencio”, cuenta. La organización se formó en 2012, pero los grupos armados le habían robado su posibilidad de hablar y manifestarse contra la guerra.

 

Con los años han encontrado los espacios. En 2017, con un grupo conocido como las Juventudes de Herrera, convocaron la primera marcha masiva contra la violencia de género en noviembre y ahora la realizan todos los años. Desde entonces, a partir de varios emprendimientos, le han mostrado a las mujeres de la zona que es posible pensar en otros horizontes. 

 

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©Escuela Territorio y Posconflicto

 

Hoy, además de trabajar por concientizar a las personas de lo que significa la violencia, no solo del conflicto, sino a nivel familiar, estas mujeres venden productos gastronómicos y artesanales. “Empezamos a preguntarnos por cómo era Herrera, por cómo habíamos cambiado, cómo nos había afectado el conflicto. Eso nos hizo darnos cuenta de la importancia de tener una identidad, de poder soñar”, cuenta Alixe.

 

Ese trabajo por Herrera ha llevado a esta organización de mujeres a recuperar el vestido tradicional de la región, para que a través de ese símbolo de lo que alguna vez fue el corregimiento y lo que quieren que se geste a futuro, se pueda pensar en la paz a partir de la lucha por preservar esa identidad que creían perdida.

 

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Jefferson aún tiene marcada en su mente esa tarde. Tenía 17 años. Estaba de camino a su casa, desde la escuela, y en medio de la carretera se encontró a cinco personas muertas. “Yo había escuchado cientos de tiroteos, pero jamás había visto algo así. Eso es algo que uno no debería vivir a esa edad. Ni nunca…”, dice mientras se le quiebra la voz. 

 

Ese momento, que marcó su vida. Lo mantuvo oculto, pues no quería que su familia sufriera más por el conflicto. En la actualidad, como líder y cabeza de la Fundación Protectora Ambiental de Planadas Tolima (Fupapt), pocas personas conocen su historia. Para él, como para cientos de jóvenes en Planadas, la mejor opción era quedarse callado. “Las acciones que hoy realizamos como líderes las pagabamos con nuestra vida”, dice. 

 

La fundación, creada por 23 jóvenes del municipio, busca construir la paz a partir de la protección del medio ambiente, además de construir comunidad a partir del conocimiento del territorio.“La paz para nosotros, era una utopía. No la nombrabas.—cuenta Jefferson—La visión de paz cambia dependiendo donde tú estés y se vuelve algo relativo. Incluso la visión de paz que existía en La Habana era diferente a lo que nosotros planteabamos, pues obedecía a una dinámicas diferentes a las que habíamos vivido en Planadas”

 

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En la foto se puede ver a docentes de la Institución Educativa Francisco Julián Olaya y mujeres de la organización ASOMETH del municipio de Rioblanco, quienes presentan si propuesta de intervención.

Foto: Daniela Montaña, 2020.

 

La esperanza está a flote, y lo firmado en La Habana, en conjunto con el trabajo de las comunidades, mantiene viva la esperanza en Jefferson y en su proceso de liderazgo en la región. En la actualidad, además de ser los ejecutores de la política pública de conservación del medio ambiente, que diseñó Fupadt, Jefferson lidera varias iniciativas agrícolas que buscan crear oportunidades para las comunidades y así consolidar la paz en la región a partir del fortalecimiento económico y agrícola.

 

“La mayoría de las iniciativas ya existían y nuestra labor ha sido darles voz y apoyarlos en esos procesos de formalizar y articular mejor sus iniciativas. Esto nos deja la certeza de la riqueza que existe en las regiones, de cómo la paz se ha construido incluso en medio del conflicto y cómo la esperanza siempre perduró, a pesar de la guerra”, reconoce Mónica Lozano, miembro de Eureka Educativa y coordinadora del proyecto.

 

Esa mentalidad permitió a cada una de estas personas, así como a las otras iniciativas que hacen parte del proceso de la Escuela, mostrar sus procesos de construcción de paz. También consolidar, en varios libros y publicaciones, lo que significó el conflicto para esta región del Tolima y lo que significa la paz.

 

“La guerra genera zozobra, pero la paz proyecta, permite construir y esas experiencias que se vivieron durante la guerra daban cuenta de que la resistencia era parte de las comunidades. Que no bastaba ver lo propuesto por el acuerdo de paz para construir desde sus municipios”, dice John Jairo Uribe, coordinador del proyecto. Hoy, cada uno de estos líderes y profesores, sueñan con construir la paz desde sus municipios. Es el primer paso para seguir haciéndolo. 

 

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