Las comunidades que hallaron otra forma de conectividad

diciembre 10 de 2019

Comunidades de Antioquia y Chocó trabajan en conexiones ecológicas, humanas e institucionales para garantizar desarrollo y calidad de vida entre ellas. Tres historias en torno a una poderosa iniciativa rural .

Las comunidades que hallaron otra forma de conectividad

| Comunidades de Chocó y Antioquia están trabajando en proyectos productivos para mejorar su calidad de vida y cuidar el medio ambiente. | Por: ©Alejandro Rivera


Por: Alejandro Rivera
@alejo_riveram

El Caribe, más allá de playa y arena, es también Urabá. Sobrevolar esta región del país es una oportunidad para ver un mosaico de colores creado por la biodiversidad, pero también por los cultivos, las plantaciones y las viviendas de comunidades que luchan por entablar una relación de conservación con el medio ambiente.

Esa es, precisamente, la razón de ser de varias áreas protegidas, establecidas mediante una declaratoria de Parques Nacionales Naturales de Colombia y corporaciones ambientales. En Urabá, 172,703 hectáreas corresponden a áreas protegidas asociadas, un tamaño cercano a la superficie total de Bogotá.

 

Sin embargo, que esas zonas se entiendan como 'islas' no deja de ser un contrasentido. “Está protegida la tierra, pero allí viven especies que requieren flujos biológicos. Esas zonas no se pueden dejar encerradas”, señala Ana María Ochoa, coordinadora del proyecto Conexión BioCaribe, una iniciativa apoyada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en alianza con Parques Nacionales Naturales de Colombia, Corporaciones Autónomas Regionales y comunidades. 

 

Además de políticas de conservación, la supervivencia de esas áreas depende de lo bien conectadas que estén. De ahí que el proyecto busque la conectividad en tres aspectos principales: primero, ecológico, mediante la creación de un corredor que conecte los Parques Nacionales Naturales (PNN) Los Katíos, Paramillo, Corales del Rosario y de San Bernardo y los Santuarios de Fauna y Flora (SFF) Los Colorados y El Corchal. Segundo, institucional, para fortalecer los vínculos entre las comunidades, corporaciones, organismos internacionales y entidades gubernamentales. Por último, lograr la conexión entre personas, ya que, tal como lo afirma Ochoa, “los seres humanos son la especie más desconectada del mundo”.

 

En este contexto de conservación, existe un reto para quienes habitan en ecosistemas ricos en biodiversidad: fortalecer la conectividad y lograr ser productivos sin afectar el medio ambiente. 

 

Este reportaje es un recorrido por las iniciativas de comunidades que, a pesar de tener distintas características culturales, y vivir en lugares diferentes, tienen como objetivo en común conservar el territorio y fomentar el trabajo comunitario.

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Una de las apuestas del trabajo comunitario es empoderar a los más jóvenes en temas de sostenibilidad. ©Alejandro Rivera

Cercas vivas en Porroso

 

Después de pasar años en Bogotá, Martha decidió regresar a Porroso, en Antioquia. Alejandro Rivera - SEMANA RURAL

“¿Por qué lo echan a uno para la ciudad? Yo a mi hijo le estoy enseñando a querer el campo”, dice Martha Mora mientras camina cuidadosamente para no pisar los árboles que hasta ahora están brotando. Ella recuerda que, cuando era pequeña, los adultos insistían en que sus hijos salieran a las ciudades, y su caso no fue la excepción. Estudió hasta primaria y cuando creció se alejó de Porroso (Antioquia), su tierra natal. Estuvo en Huila, luego en Bogotá. Abrió un negocio, conoció el amor y, fruto de esto, tuvo un hijo. 

Pero la vida no era igual en la ciudad. Aún se queja de la leche mezclada con agua que conseguía, y de las frutas pequeñas y costosas que no tenían comparación con los productos de la finca de su padre, que además brotaban de forma orgánica. Luego de un tiempo, supo que esa no era la vida que quería. Alistó sus maletas y, junto a su pequeño de 8 años, decidió volver a Porroso. “Mi hijo está entrando a la adolescencia, pero puedo manejarlo más fácil aquí en el campo. El mayor castigo es no dejarlo ir al río”, comenta entre risas.

No obstante, al volver, encontró una circunstancia preocupante, por decir lo menos. Sus 675 hectáreas de tierra, y otras de sus vecinos a orillas del río Porroso, fueron declaradas en riesgo por la alta probabilidad de inundaciones. En efecto, en mayo de 2019, el Departamento de Gestión de Riesgo recomendó empezar un plan de emergencia debido a que los ríos León -en el que desemboca el Porroso-, Chigorodó, Mulatos y Guapá León fueron declarados en alerta roja. 
 


«Lo que hemos hecho es separar una franja de 10 a 15 metros y establecer hileras de árboles de tres tipos: contención, frutales y maderables nativos»

 

Milton Díaz, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Porroso


 

Paradójicamente, esas conexiones de agua, aliadas fundamentales para las comunidades, se volvían un peligro. Preocupados por la situación, dentro del proyecto Conexión BioCaribe, los habitantes de Porroso optaron por crear una barrera natural para impedir que se inunden los cultivos. La acción, a su vez, contrarrestaría la erosión. 

Luego de observar estas cercas vivas conformadas por especies nativas de la región, Martha, quien admite no conocer todos los nombres científicos, señala otro objetivo de este trabajo comunitario: plantar árboles en vías de extinción y fortalecer el corredor ecológico. “En mi casa, por ejemplo, tengo el árbol del pan, que tiene unas hojas grandes y da una fruta redonda con pepitas que al cocinarse saben como a pan”, dice.

Estos sistemas agroforestales, añade David Navas, coordinador de los modelos de producción sostenible de la FAO, generan sombra que, teniendo en cuenta las altas temperaturas que alcanza la región, protege los cultivos, la fauna y también a las personas.

 

Después de caminar por senderos rodeados de árboles, y en los que el sonido que predomina es una unión entre el caudal del río y el cantar de las aves, los habitantes de Porroso se reúnen para almorzar. La comunidad, sentada en una misma mesa en la que la comida se sirve mediante recipientes orgánicos y biodegradables, demuestra que la conexión va más allá de los árboles. “Todos vemos cómo estamos acabando con la naturaleza, pero unidos estamos aportando algo para que se mitigue un poquito el daño y que nuestros hijos no vayan a sufrir tanto”, dice Martha.
 

Renacer después de la tormenta
 

©Alejandro Rivera

A menudo, visitar el municipio antioqueño de Mutatá genera confusión por los acentos que se escuchan. A veces se oye el dejo paisa, a veces el costeño. No obstante, la comunidad protagonista de esta historia, que habita en Mungudó arriba, y que hace parte del cabildo mayor indígena de Mutatá, habla emberá katío. A través de una trocha, y luego de un recorrido en moto y otro en campero, se llega al resguardo indígena Jaikerasabi

La alegría y tranquilidad con la que se recibe a los visitantes no han estado siempre presentes. Esta comunidad habitaba en la vereda El Silencio, pero en la década de los noventa, como consecuencia de la violencia y el conflicto armado, fue víctima de desplazamiento forzado y el resguardo se fragmentó. Algunos se fueron a la cabecera municipal, mientras que otros se dirigieron a Córdoba y Chocó.  

Sin embargo, en 1999, se construyó el resguardo en el que se encuentran actualmente.  Con el paso del tiempo han visto cómo ha cambiado su entorno. “Ahora hay menos selva, menos agua, menos animales, menos peces”, señala Francisco Bailarín, gobernador suplente del cabildo mayor indígena de Mutatá. Este problema que, entre otras cosas, pone en riesgo la seguridad alimentaria de los miembros del resguardo, llevó a que las comunidades indígenas desarrollaran proyectos productivos apoyados por el programa Conexión BioCaribe

 

 

La danza Jaikerasabi representa la relación con la tierra y el trabajo con los cultivos. ©Alejandro Rivera

Los indígenas están dando el paso de recolectores a productores. Al caminar en el resguardo, pequeños árboles que hasta ahora están brotando obligan a los visitantes a dar pasos de forma cuidadosa. “Plantamos árboles frutales y producimos, por ejemplo, maíz, plátano, yuca, guamos, zapotes, guanabanas y borojó”, afirma Francisco Bailarín. 

Una vez los adultos terminan de mostrar sus actividades productivas, y mientras algunos niños juegan cogidos de la mano, un grupo de mujeres comienza a realizar una danza tradicional. Ellas, descalzas, con las plantas de los pies apoyadas en el suelo, realizan movimientos fuertes que se dirigen hacia la tierra. Es una muestra artística que demuestra que la tradición indígena está ligada al territorio. Es por eso que 13 comunidades, 3 resguardos y 228 familias se conectaron para desarrollar proyectos productivos que, además de preservar el medio ambiente, les permite mantener un legado milenario. 

 


«En equipo con el cabildo y la comunidad se definieron tres actividades productivas: la primera tiene que ver con huertos mixtos sostenibles. La segunda tiene que ver con el sistema agroforestal de cacao. Y la tercera consiste en la restauración del pasillo a través de, por ejemplo, árboles frutales»

David Navas, coordinador de los modelos de producción FAO.


 

El corredor ecoturístico en Unguía

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Muestra artística en Unguía ©Alejandro Rivera

En Chocó, de acuerdo con el Registro Único de Víctimas, 280.719 personas han padecido desplazamiento forzado en el marco del conflicto armado. Las comunidades afro e indígenas del Pacífico no han sido la excepción. La violencia obligó a las personas a dejar sus territorios, sus pertenencias y sus trabajos. Luego, comenzaron a buscar baldíos para poder asentarse.

 

Luego de la Ley 70 de 1993, el Estado reconoció a las comunidades que ocupaban tierras baldías en las zonas rurales ribereñas de los ríos de la Cuenca del Pacífico “de acuerdo con sus prácticas tradicionales de producción y el derecho a la propiedad colectiva”. Rubiela Chaverra, docente oriunda de Quibdó, conocida como ‘la profe’ y quien dicta ciencias sociales y cátedra afro, reconoce la importancia de esta ley para las comunidades, pero también resalta que generó aislamiento.  

 

“Con esta Ley 70, las comunidades comenzaron a trabajar por su cuenta, aisladas, pero ahora, con los proyectos que hemos desarrollado, se ve más unión”, comenta Rubiela, mientras que los adultos de Tarena, una vereda de Unguía, comienzan a llamar a los niños para hablar sobre sus proyectos productivos. Para ‘la profe’, una de las ventajas de fortalecer las conectividades es que los jóvenes han comenzado un proceso de empoderamiento ambiental a través de capacitaciones sobre temas que antes desconocían.

 

En esta vereda de Unguía, la conexión entre las comunidades ha permitido la creación de proyectos que favorecen la conservación del medio ambiente, como por ejemplo, la restauración del mangle. Pero, ¿por qué es importante? Rafael Cuesta, representante legal del Consejo Comunitario Mayor del Bajo Atrato, señala que es un proyecto con el cual buscan luchar contra las emisiones de dióxido de carbono, lo que implica contar con áreas reforestadas.

 

Pero esta no es la única razón que justifica el desarrollo de este proyecto, ya que, además de contribuir al tema ambiental, la reforestación del mangle favorece la pesca responsable. “Hay tres comunidades que viven directamente de esta actividad, los que vivimos de la pesca tenemos que cuidar estos humedales porque el mangle es la sala-cuna de estas especies”, afirma Cuesta.

Limpieza del mangle en Unguía. ©Alejandro Rivera

 

Así como en Tarena le apuestan a la reforestación del mangle, y también a la seguridad alimentaria, comunidades de otras veredas de Unguía cuentan con proyectos productivos distintos. En Ticolé se enfocan en fortalecer los sistemas silvopastoriles. En El Roto están trabajando en apicultura. Y en Marriaga se unieron para fortalecer lo que se conoce como el corredor ecoturístico Darién-Atrato, y el cual comprende áreas protegidas como los Manatíes, los Katíos y Santa María la Antigua del Darién.

 

En este corredor el medio de transporte es marítimo y fluvial. Hay un punto en el que los sentidos son los que dan cuenta del paso del mar al río, o viceversa. Rodeados de manglares y árboles, las comunidades explican a los turistas las actividades que realizan y la importancia de cuidar la biodiversidad que los rodea. La hospitalidad con la que reciben a quienes visitan las veredas de Unguía y la organización en cuanto a las labores demuestran que la actividad turística se está fortaleciendo.

 

“El número de visitas de turistas ha venido creciendo. Colombia quiere apostarle a un turismo sostenible y responsable, en donde se le dé valor a la biodiversidad que tenemos. Además, permite generar alternativas económicas para todos, sobre todo para las comunidades que viven en esos ecosistemas estratégicos”, afirma Luz Marina Cuestas, habitante de Marriaga y quien hace parte del proyecto Conexión BioCaribe.

 

El empoderamiento, el esfuerzo colectivo y la apropiación del territorio han impulsado la creación de iniciativas que, más allá del cuidado del medio ambiente, se están convirtiendo en fuentes de autosostenimiento. Las comunidades, sin importar su etnia o lugar de procedencia, están conectándose para trabajar por una mejor calidad de vida. Aunque el proceso de transición no es fácil, poco a poco están dejando a un lado la quema, el uso de químicos, entre otras prácticas irresponsables, y están entendiendo que plantar árboles no es perder tierra
 

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