Trenzado con palma, una tradición que corre por las venas de las mujeres de Magangué

septiembre 27 de 2019

Desde niñas, las mujeres de este pueblo de Bolívar aprenden el minucioso arte de transformar los cogollos de la palma sará en coloridos sombreros, bolsos, billeteras, canastos y abanicos. En el corregimiento de Cascajal, 20 artesanas decidieron asociarse para ganar más recursos aprovechando su talento más preciado: trenzar y coser.

Trenzado con palma, una tradición que corre por las venas de las mujeres de Magangué

| El trenzado de la palma sará es una tradición que aún sobrevive en las manos de las campesinas de Magangué. | Por: Jhon Barros


Por: SEMANA RURAL
SemanaRural

La capital de los ríos. Así es conocido Magangué, un municipio caluroso ubicado en la mitad del departamento de Bolívar donde el Cauca y San Jorge le entregan sus aguas al carmelito e imponente río Grande de la Magdalena. Hace parte de la Depresión Momposina y la Mojana, zonas que albergan la mayor cantidad de ciénagas en el país.

Sus más de 123.000 habitantes lo convierten en el segundo sitio más poblado de Bolívar, después de Cartagena. La población del casco urbano vive del comercio y la industria, mientras que los campesinos asentados en las más de 40 veredas y corregimientos de la zona rural sobreviven de la pesca, cultivos como el arroz y la yuca y la fabricación de artesanías.

Alicia Bolívar Navarro, nacida hace más de siete décadas en el corregimiento de Cascajal, vio desde niña que estas actividades eran distintas para hombres y mujeres. Su papá, tíos y abuelos casi no paraban en casa: tenían que trabajar en el campo para llevar plata a la familia y buscar la comida en los cuerpos de agua del municipio.
 

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La elaboración de sombreros con el cogollo de la palma sará es una tradición que ha pasado de generación en generación en las mujeres de Magangué ©Jhon Barros

Todo lo contrario ocurría con su mamá, abuelas, tías y vecinas, quienes rara vez abandonaban los nidos familiares. Cuando terminaban las labores de la casa, sacaban sus mecedoras a los porches de las casas para trenzar los cogollos de la palma sará, una especie que se da en las sabanas inundables de Bolívar y Magdalena. Con ese material, casi todas hacían sombreros”, dice Alicia.

A los siete años, Alicia solía quedar maravillada con la técnica utilizada por sus familiares del género femenino. Le asombraba cómo con una simple rama seca de la palma o cogollo salían trenzas que luego cogían forma de sombrero.


 

«En Cascajal, todas las mujeres sabemos trenzar. Es un arte que corre por nuestras venas y el cual ha pasado de generación en generación. Somos artesanas expertas en esa actividad»

Alicia Bolívar, artesana de Magangué
 

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Desde niña, Alicia Bolívar aprendió el arte de convertir cogollos de la palma sará en trenzas para hacer sombreros. ©Jhon Barros

Un día, la mamá de Alicia consideró que ya era tiempo de que la niña  aprendiera a trenzar con la palma sará y así continuara con la tradición familiar de la mujer rural magangueleña.

Entonces, decidió interrumpir las horas de juegos -yermis, escondidas y cogidos- que su hija destinaba en las tardes para sentarla en un butaco e inyectarle de forma presencial su sabiduría de artesana. Eso mismo hizo con sus otras tres hijas. Los dos varones no recibieron esas enseñanzas.

Me volví experta en el trenzado y en la palma. El cogollo lo sacan del árbol bien verde. Luego lo ponen al sol durante ocho días para que se seque y quede amarillo: cuatro días de barriga y cuatro de lomo. Ya seco inicia el trenzado, del ancho que uno quiera".

A los 12 años, Alicia aprendió otra joya de la tradición costeña: coser las trenzas elaboradas con la palma en la máquina para hacer sombreros. "A esa edad lo veía como un juego, un pasatiempo en el que también participaban mis tres hermanas, primas y amigas. Ignoraba que sería la actividad a la que me dedicaría toda la vida”.
 

«Me volví experta en el trenzado y en la palma. El cogollo lo sacan del árbol bien verde. Luego lo ponen al sol durante ocho días para que se seque y quede amarillo: cuatro días de barriga y cuatro de lomo» 

Alicia, artesana experta en el manejo de la palma sará
 

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Veinte mujeres de Magangué recorren el país vendiendo sus artesanías elaboradas con la palma sará. ©Jhon Barros

Aprovechar la tradición

Cuando cumplió 21 años, Alicia se enamoró perdidamente de Donaldo Flórez, un campesino experto en la tierra. Decidió casarse y conformar su propia familia en Cascajal, corregimiento que no piensa abandonar.

“Tuvimos cinco hijos. Mi esposo trabajaba en el campo y en los cultivos de maíz, yuca, ñame y batata. Al comienzo, yo me quedaba en casa criando a los niños y haciendo las labores del hogar. Pero la plata no alcanzaba, así que decidí aprovechar las enseñanzas de mi mamá y empezar a hacer sombreros para venderlos en Magangué”.

Pero casi todas las mujeres del corregimiento hacían lo mismo: sombreros de palma sará. Entonces, Alicia y 19 amigas del pueblo decidieron unirse para buscar manos amigas que las ayudaran a conformar una empresa o fundación para convertirse en artesanas negociantes.

“En 1995 le presentamos la idea el alcalde de Magangué de esa época, Alfredo Posada. Lo primero que nos dijo fue que necesitábamos aprender a hacer productos nuevos, no solo sombreros”, recuerda Alicia.

Con la ayuda del mandatario, las 20 magangueleñas crearon la Asociación de Mujeres Artesanas de Cascajal en Palma Sará, pero necesitaban que alguien las capacitara para hacer nuevos productos. "El alcalde viajó a Bogotá y conoció a Artesanías de Colombia, quien se comprometió a ayudarnos. El Sena también quiso participar. Las tres entidades contrataron a una señora de San Andrés de Sotavento, un municipio de Córdoba, quien fue nuestra maestra”.
 

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Las mujeres de Magangué ya no solo saben hacer sombreros con la palma sará. Luego de varias capacitaciones, aprendieron a elaborar bolsos, billeteras, abanicos y alfombras. ©Jhon Barros

La Asociación de Mujeres Artesanas de Cascajal no cuenta con un taller para elaborar los productos. Cada mujer trabaja desde su casa, aunque a veces se reúnen para trenzar, coser y ponerse al tanto con los chismes del pueblo.
 

Poco a poco, estas mujeres aprendieron a elaborar bolsos, monederos, abanicos, tapetes, billeteras y más sombreros con las trenzas de la palma sará. También las capacitaron en el teñido de las artesanías con colores llamativos y encendidos, una estampa característica de las artesanías del Caribe que ellas hacen con anilina del indio o plantas naturales.

“Artesanías de Colombia nos invitaba a casi todas las ferias que hacía por el país. Al comienzo nos pagaba los viáticos a dos o tres tejedoras. Expoartesanías, la mayor feria en Bogotá, se convirtió en nuestra principal ventana de ventas. Poco a poco fuimos posicionando los productos en la región, en especial en Cartagena y los municipios cercanos”, anota Alicia.

Los cogollos de las palmas sará se los compran a varios cultivadores del municipio de Plato (Magdalena), el principal epicentro de este cultivo en la región. La asociación no cuenta con una oficina o taller para elaborar los productos. Cada mujer trabaja desde su casa, aunque a veces se reúnen para trenzar, coser y ponerse al tanto con los chismes del pueblo.
 

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La única hija mujer que tuvo Alicia Bolívar aprendió a trenzar y coser gracias a su mamá. Este bolso fue elaborado por ella. ©Jhon Barros

«Con lo que ganababa mi esposo en el campo y lo de mis artesanías, pudimos pagarles la universidad a nuestros cinco hijos. A mí única mujer le enseñé a trenzar y coser. Lo hace muy bien»

Alicia Bolívar, de la Asociación de Mujeres Artesanas de Cascajal
 

“Teníamos un sitio donde pusimos varias máquinas que la alcaldía nos regaló. Pero los ladrones se metieron por el techo y nos las robaron. Por eso decidimos tener las máquinas de coser marca Singer en nuestras casas. Así nos arriesgamos menos. Tampoco contamos con un local propio para exhibir las artesanías, algo que no ha afectado las ventas. Nos llegan clientes de Magangué y Cartagena. Además, vamos a toda feria que nos invitan”, afirma Alicia.

Con las ganancias obtenidas por la venta de sus artesanías, Alicia pudo llevar más plata a la casa y aportar para el estudio de sus cinco hijos. Uno de sus logros más grandes es que sus cuatro varones y su única mujer fueron a la universidad.

Todas las mujeres somos madres de familia. Con lo que ganababa mi esposo en el campo y lo de mis artesanías, pudimos pagarles la universidad a todos. Yo tuve cuatro machos y una hembra. A ella, desde que era pequeña, le enseñé a trenzar y coser. Lo hace muy bien y a veces me manda cosas para que las venda”.
 

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Las ferias artesanales, los turistas que visitan Magangué y varios clientes que tienen el Cartagena, son los principales aliados de estas mujeres artesanas. ©Jhon Barros

La edad no es un impedimento

La Asociación de Mujeres Artesanas de Cascajal ya lleva 24 años fabricando artesanías caribeñas. Todas las mujeres ya superan los 60 años de edad, un factor que no les ha impedido seguir trenzando y tejiendo diseños originales.

“Todas somos mujeres de edad. Aunque ya sacamos a nuestros hijos adelante y no tenemos mayores gastos, seguimos comprometidas con la asociación. Somos personas emprendedoras. Hace como seis años empezamos a trabajar con la palma de coco, una cafecita. Unos diseñadores nos dijeron que con esa especie también podíamos trenzar. Seguimos aprendiendo cosas nuevas a pesar de la edad”, apunta Alicia.

Esta mujer, que no le gusta revelar su edad exacta, sigue viviendo en la casa donde crió a sus cinco hijos. Lleva más de 40 años casada con el único amor que conoció, Donaldo, quien también sigue trabajando en el campo de Cascajal. “Mis cinco hijos y ocho nietos, que viven en Cartagena, nos visitan seguido y nos ayudan económicamente. Todos me salieron muy juiciosos y responsables”.

A Alicia le preocupa que la tradición que ha permanecido viva en su pueblo desaparezca en las nuevas generaciones de mujeres. A la juventud poco le gustan estas cosas. Yo cumplí con mi cuota y le enseñé a mi hija el arte que todas las mujeres de mi familia llevamos en la sangre. Espero que las jovencitas no dejen morir esa tradición tan hermosa que me ha dado de comer y me llena de orgullo”.
 

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Alicia no quiere que la tradición del trenzado desaparezca en las nuevas generaciones de mujeres costeñas. ©Jhon Barros

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