Manglar, símbolo de resistencia en Barú

agosto 02 de 2019

Más allá de la conservación y el trabajo ambiental, la lucha por el mangle en Barú, a unos 45 minutos en lancha de Cartagena, es la lucha de todo un pueblo por su historia y sus tradiciones. .

Manglar, símbolo de resistencia en Barú

| La campaña de preservación del manglar incluye muestras artísticas y culturales de los baruleros más jóvenes | Por: Mariana Sanz


Por: Mariana Sanz de Santamaría
@marisanzdes


Hace más de doscientos años, los ancestros de la comunidad negra de Barú, quienes estaban asentados más al norte de la isla, trasladaron a su gente a la punta sur, donde queda hoy el pueblo, para que el manglar los protegiera de los vientos propios de esa línea costera. Durante siglos convivieron en armonía con este ecosistema que hace parte de su identidad.

De hecho, el manglar es el único árbol resistente al agua salada. En el mundo hay aproximadamente cincuenta especies, en el Caribe siete, y el único lugar del Caribe donde hay cinco especies juntas es en la isla de Barú. Es un árbol que camina. Sus largas, flexibles y fuertes raíces fungen como barrera y cuna de los peces. Ver el manglar debajo del agua es una obra de arte, a sus raíces se pegan algas, conchas, ostras y musgo que terminan siendo una composición bellísima de colores y texturas.

Es considerado una de las cinco unidades ecológicas más productivas e importantes del mundo. Reduce el impacto de las fuertes mareas, estabiliza la línea costera al controlar la erosión y es una barrera natural de huracanes y fuertes vientos. Funciona como un filtro de residuos evitando que estos lleguen al mar.

De su madera, los lugareños tallaban sus canoas, sus casas, sus artesanías y las herramientas de pesca, caza y siembra. Casas que aun perduran, artesanías que aun tallan y herramientas que aun usan. Sin embargo, la verdad es que esas dinámicas de autoabastecimiento han mermado a medida que van llegando otro tipo de ingresos. 

 

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La apropiación del territorio supone eventos culturales y artísticos al aire libre. Los jóvenes han sido los llamados a liderar este proceso en la Isla. Foto: Mariana Sanz


El 7 de junio de 1851, cinco personas esclavizadas, representantes de cinco familias cuyos apellidos aun viven en el pueblo, reunieron mil doscientos pesos para comprarle a su patrón, el español Manuel Vicente Gómez Brevia, el equivalente a siete caballerías y, con esas, su libertad. Elevaron a escritura pública sobre la gran hacienda de Barú un título colectivo que declaraba que este territorio sería de los baruleros y solo de los baruleros hasta que el último barulero muriera. 

“Las enunciadas tierras en ningún tiempo puedan pasar a ser propiedad particular, ni patrimonio de ninguna persona ni familia, ni que por el transcurso de los siglos que pudiera consumir totalmente la población del vecindario de Barú, aun en jeneraciones (SIC) futuras puedan considerarse las referidas tierras como bienes mostrencos i por tanto recaer su propiedad en el gobierno” (A.H.C. Notaria Primera de Cartagena, 1851, Protocolo, 97. Tomo 1.). Así, este se convitió en uno de los primeros títulos colectivos de Colombia.

Ciento dieciocho años más tarde, el entonces Incoder declaró, ignorando el ánimo colectivo de esta comunidad, que el territorio de Barú era propiedad privada, no baldía, mediante la resolución 134 de 1969 y que, por tanto, no era tierra adjudicable de titulación colectiva. Coincidió esa resolución con el 'descubrimiento' de Barú como destino turístico que volcó los intereses económicos a esta isla generando un tráfico de territorio rápido y devastador. Los manglares, el bosque seco, los playones y la barrera coralina -que durante años habían sido conservados por ancestros pescadores y agrícolas- fueron siendo reemplazados por hoteles, condominios, casas y clubes náuticos, inmuebles en los que ningún barulelo tiene que ver bien sea como dueño o al menos como administrador.

Ellos, ante la llegada inesperada del tentador dinero y la falta de proyección, fueron vendiendo sus tierras a precios irrisorios que convirtieron en lanchas -en vez de canoas-, en baldosas-en vez de barros- , en cerveza- en vez de chicha- , y hasta en armas, -en vez de colectividad-. Este modelo de desarrollo chocó, y aun choca, con cientos de años de armonía con el manglar.

 

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El manglar, en parte de la isla, luce deteriorado. Mariana Sanz. 


Pocos años después de esa resolución, en 1977, ese territorio fue declarado como Parque Nacional Natural Corales del Rosario e Islas San Bernardo, declaración que tampoco tuvo en cuenta la presencia de la comunidad negra barulera y su relación con sus ecosistemas, limitando prácticas y restringiendo el uso del espacio. Esta declaratoria, que se esperaba fuera entonces un mecanismo de protección ambiental,  no ha impedido la construcción de casas y condominios privados que han impactado en menos de 50 años mucho más de lo que hicieron durante doscientos años los nativos, según se infiere de Barú, los conflictos de la Paz, un documento publicado por el Consejo Comunitario de Barú gracias al apoyo de USAID.

El señor Wilner, miembro del Consejo Comunitario y líder ambiental de la comunidad, trabaja con Parques Nacionales Naturales y vela no solo por la protección del Parque sino también por la de la cultura de su comunidad. Su mayor interés, realmente, es en el colegio, donde ha intentado implementar un proyecto pedagógico de conservación de los ecosistemas que rodean Barú, pues está convencido de que solo los jóvenes podrán salvar lo que es de ellos.

En el año 2017 logró que su proyecto tuviera eco, pues llegó a manos de la seño Elisa, una paisa administradora ambiental de la Universidad de Antioquia que hace parte del programa Enseña por Colombia. Juntos, uniendo el conocimiento académico y técnico de Elisa con el empírico y comunitario del señor Wilner, sacaron a flote el proyecto El Mangle es Vida. Incluso, ese mismo año con este proyecto, Elisa y sus estudiantes ganaron el premio STEM, Science, Technology Engeniering and Mathematics a nivel nacional.

 

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Además de su trabajo como funcionario de Parques Nacionales,  Wilner ha liderado un trabajo de conservación con los jóvenes de Barú. Mariana Sanz.



Poco a poco lograron juntos sensibilizar a las nuevas –y viejas- generaciones de baruleros sobre el imprescindible manglar, sembrándolo donde fue cortado y haciendo talleres con más miembros comunitarios. Estos estudiantes se reconocen y proyectan como líderes ambientales que cuestionan el triste manejo de basuras en su pueblo y piensan en maneras creativas de proteger este ecosistema. Fue así como, por primer vez, el 27 de julio del 2017 se celebró el Día Internacional de Protección del Manglar en Barú. Los lancheros le pusieron gasolina a sus embarcaciones, los pescadores dieron su tiempo, los miembros del consejo comunitario algunos recursos, miembros de PNN vinieron a ayudar, la empresa de basuras Aseo Urbano suministró implementos para la recolecta y los estudiantes, en kayaks y con guantes y puyas, se metieron en el manglar durante cinco horas para limpiar el Caño del Ahorro, la salida entre manglares que conecta la Ciénega Grande de Barú con Cholón, hacia Cartagena.

Los estudiantes colgaron letreros en maderas que decían frases como “Nosotros los baruleros queremos nuestro manglar”, “No nos tales, somos muy importantes”, “Fácil de talar, difícil de sembrar”, mensajes que aun están ahí y que le recuerdan a la comunidad, y a quienes la visitan, la importancia de cuidar el manglar.

Para ese año, el 2017, la comunidad ya era consciente de que tendría que enfrentar el impacto ambiental, social y económico que llegaría por cuenta de la construcción de una carretera que conectaría el sector de Playetas, después del club Punta Iguana, con el pueblo de Barú y que empezaría en mayo del siguiente año, es decir, en 2018.  En junio de ese mismo año, la Junta del Consejo Comunitario solicitó a la Agencia Nacional de Tierras el reconocimiento de titulación colectiva alegando que en el territorio existe “una escritura colectiva desde 1851 y ha sido histórico de nuestros ancestros que los sucedieron de generación en generación y siempre ha estado ocupado colectivamente por la comunidad negra de Barú, por lo cual hoy solicitamos el reconocimiento de ese título ancestral”. (Solicitud de Titulación Colectiva ante la Agencia Nacional de Tierras (ANT), el 30 junio 2017. Diecisiete meses después, en el Auto del 13 de diciembre del 2018, la ANT admitió la solicitud llenando de esperanza a la comunidad.

 


Los estudiantes colgaron letreros con frases como “Nosotros los baruleros queremos nuestro manglar”, “No nos tales, somos muy importantes”, “Fácil de talar, difícil de sembrar”. 


 

No obstante, en el auto número 383 del 2 de abril del 2019, la ANT cambió de opinión y decretó la nulidad de las actuaciones para la titulación colectiva de la comunidad negra de Barú. Argumentó la legislación vigente según la cual el territorio objeto de titulación no es baldío.

Este cambio de la ANT ha resultado sospechoso para la Junta del Consejo Comunitario, que considera que hay intereses económicos muy poderosos en que este territorio continúe como propiedad privada y no protegida por la titulación colectiva. Por lo que, con asesoría de la Universidad Javeriana y del centro de estudios DeJusticia, la Junta reaccionó a este auto 383 en recurso de reposición y subsidio de apelación en abril 17 de este año. La ANT no respondió por lo que, a principios de julio, los baruleros interpusieron una tutela como última medida. “Seguiremos en resistencia como lo hicieron nuestros ancestros y como probablemente seguirán haciendolo nuestros herederos”, dijo Leonard Vallecillas, representante legal de la Junta del Consejo Comunitario frente a la tutela.

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Aprender inglés para convertirse en verdaderos líderes de su comunidad es una de las consignas de los jovenes baruleros. Foto: Mariana Sanz 

Sin embargo, la apatía y conformismo de esta comunidad, acostumbrada a no ser escuchada ni tenida en cuenta, ha impedido que el grueso de  vecinos se una en torno de la preservación de sus ecosistemas. Incluso la comunidad se ha dividido. Ahora, el conflicto no solo es contra los poderes económicos interesados en este territorio, sino que ha atravesado hasta quebrar la comunidad en contra de sí misma.

Los jóvenes líderes ambientales y sociales no han dejado de formarse para enfrentar estas amenazas. Este año, a pesar de que la Seño Elisa ya no está, pues culminó sus dos años de trabajo, el señor Wilner y estudiantes de diferentes grupos de participación juvenil -entre ellos el primer grupo de eco guías bilingües y el grupo ecológico- celebraron el Día Internacional de Reconocimiento del Manglar de nuevo. Pero esta vez fueron ellos quienes con un acto público rechazaron el ánimo de propiedad privada y de tala del manglar y reavivaron el anhelo de una titulación colectiva que proteja su territorio como durante tantos años lo hicieron sus ancestros.

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.