Justicia negra: sobrevivientes de un mundo que no se volverá a ver

septiembre 10 de 2019

Porfirio Becerra recuerda cómo impartían justicia las comunidades afrocolombianas antes de que llegaran a su región la explotación maderera, la minería ilegal, el narcotráfico y la violencia.

Justicia negra: sobrevivientes de un mundo que no se volverá a ver

| A los 83 años, Porfirio Becerra lucha porque las nuevas generaciones conozcan los principios de la justicia ancestral que regía hace 50 años la región de Tumaco. | Por: Germán Izquierdo


Por: Germán Izquierdo
@izquierdogerman

 Extraña a los espantos:  a la Tunda, al Ribiel, a la Pata en la luz y otros seres fantásticos que castigaban a quienes pescaban más de la cuenta. Atrás quedaron los tiempos en los que había mangles rojos de 25 metros de altura y en las aguas del río Mira abundaba el pescado porque no estaban contaminadas por los residuos de la minería ilegal, los desechos de los laboratorios de coca, los derrames de petróleo y las grasas de los cultivos de palma. Cuando bastaba lanzar al agua un anzuelo envuelto en una carnada de plátano verde para sacar sin demora un sábalo del tamaño de su brazo. 

Hoy Porfirio Becerra tiene 83 años y pertenece al consejo comunitario Cortina Verde Mandela. Tiene el pelo blanco y los ojos teñidos por una niebla color ámbar. Está sentado en el sofá de su casa del barrio El Jardín, en Tumaco, delante de una cortina translúcida color verde menta. En esta mañana de viernes tiene la tarea de recordar los tiempos en que la justicia aún estaba en manos de su comunidad, de los mayores, de los afros. 

 


 


 

Cuando Porfirio era joven, como en el resto de las comunidades de la región, el habitante mayor y más respetable impartía la justicia en la vereda La Espriella en Tumaco (Nariño). Lo elegía la propia comunidad. “Era una justicia fundada en darle a la razón a quien la tenía. No de castigos brutales sino de castigos de compostura, que llevaran al culpable a reflexionar”, cuenta.

Quien cortaba un árbol en tiempos de no talar, debía cumplir la sentencia de comprar semillas para sembrar otro en su lugar. Quien comenzaba una riña, tenía que limpiar los caminos vecinales o las orillas del río. Quien pescaba en las quebradas con bejucos venenosos, pasaba ocho o quince días encerrado.  Solo los delitos mayores pasaban a la justicia ordinaria.
 


 

Pese a que la Constitución de 1991 reconoció las costumbres de los pueblos indígenas y su sistema propio, no pasa lo mismo con la justicia negra, que sigue en proceso de reconocimiento.


 

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La salida al mar y los afluentes con los que cuenta Tumaco son ideales para el tráfico de drogas. © Guillermo Torres


 

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Para las comunidades, manejar con autonomía su justicia suponía mantener el control y la unión entre los habitantes, que confiaban en sus jueces, seguros de que solucionaban la gran mayoría de sus conflictos sin necesidad de grandes gastos, papeleos y viajes hasta el casco urbano de Tumaco. 

 Pero en esta región –dice Porfirio–, hace rato que la ambición le ganó a la razón”. Es fácil confirmarlo al advertir que este municipio de unos 215.000 habitantes, primer exportador de pasta de coca del mundo, concentra hoy un cúmulo de problemas: grupos armados, narcotráfico, microtráfico, minería ilegal, cultivos ilícitos, falta de servicios públicos, corrupción estatal y baja cobertura de salud, entre otros. 

Lo anterior se traduce en montañas de procesos acumulados en los despachos judiciales. De acuerdo con la encuesta de calidad de vida realizada por el Dane en 2016, en Nariño el 63,9 por ciento de las necesidades jurídicas están insatisfechas. 

Porfirio y otros líderes comunales consideran que, si la justicia afro reviviera, la ordinaria se descongestionaría. En efecto, 35,8 por ciento de estas necesidades tienen que ver con asuntos familiares (19,4 por ciento), riñas entre vecinos (9,1 por ciento) y deudas (7,3 por ciento).

 


 

«A donde yo voy –dice Porfirio–, trato de llevar el mensaje de nuestra historia. Pero los compañeros jóvenes ya no entienden estas cosas. No saben que las únicas certezas están en el pasado, que nos cuenta lo que pasó, por qué pasó y cuándo pasó».


 

Para Porfirio las dinámicas de los foráneos, y de los que grupos armados que han impuesto su autoridad por la fuerza, rompieron la unidad familiar, la interfamiliar y la comunitaria: “Hecho eso, hicieron todo: nos dividieron, y la división es lo que hace posible que cada uno haga lo que quiera”.

 

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Las dinámicas de los grupos armados han impuesto la autoridad por la fuerza. © Guillermo Torres.


 

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Líderes sociales como Porfirio Becerra enfrentan una dura realidad. Lo más grave, las amenazas de grupos armados. Tumaco encabeza la lista de líderes asesinados en Colombia: 15 desde 2018.

Él mismo tuvo que desplazarse. En los años noventa, su organización Cortina Verde Mandela y otros líderes de la región crearon una reserva ambiental entre los ríos Caunapí y el Rosario. Un área rica en bosques, plantas medicinales y nacimientos de agua. Pero la llegada masiva del narcotráfico los sacó de sus tierras en 2000. Hoy siguen buscando apoyo para recuperarlas. 

 


 

«Yo soy un sobreviviente de un mundo que no se volverá a ver –dice Porfirio, luego de pasarse una mano por la cara como quien se seca el rostro–. Viví en una tierra donde la vida era sagrada, donde no necesitábamos vivir como reyes porque teníamos aguas limpias, tierra y bosques que nos daban el alimento. Eso nos bastaba. Hoy las aguas están contaminadas, y el bosque, cada vez más disminuido».


 

Después de un silencio, Porfirio se inclina hacia delante y, con una sonrisa apenas perceptible, dice: “¿Sabe una cosa? Nosotros teníamos adivinanzas y mitos con los que enseñábamos la importancia de cuidarnos a nosotros y cuidar la naturaleza. Esos también los perdimos”.

Una de esas adivinanzas explica mejor que nada lo que le sucedió a la comunidad en Tumaco. Dice así: “Dios es todopoderoso, pero hay algo que no puede hacer”.

–¿Sabe qué es? –pregunta.

–No sé –responde el periodista.

–Piense bien –dice–.  Y al rato, con una mueca de triste aceptación, responde:  –Dios no puede cambiar el pasado. Porque después de que a usted le dan un golpe, ni él se lo puede quitar.
 

 

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Antonio Alegría recuerda que en la década de los 90 la coca y el miedo comenzaron a dominar al Pacífico. © Critian Leguizamón


 


 


Las luchas de Antonio Alegría

 

 Mientras Porfirio habla, Antonio Alegría cabecea a su lado, tratando de ganarle el pulso al sueño. El miedo lo obligó a dormir a ratos en el día. Porque “a varios compañeros los sacaron de su cama en la noche y los mataron”.

A los 71 años recuerda los tiempos en que la vida en la vereda de Miraspalmas era tranquila. Sembraban cacao, plátano y ñame. En los ríos pescaban dentones y guabinas, y en las aguas de las quebradas atrapaban camarones con canastos hechos de rampira.

En los años 90, el narcotráfico cambio las dinámicas. “Llegaron la coca y el miedo”.

 


 

Antonio se acostumbró a toparse con cadáveres frente a su casa. La corriente del Mira los traía amarrados o empacados en bolsas, descuartizados.  


 

Con la violencia vinieron las muertes de los líderes, un obstáculo para que las bandas criminales mandaran. El primer líder miembro del consejo en ser asesinado fue Eduardo Cortés. Desde entonces, los homicidios no han mermado: Francisco Cabezas, Gílmer Genaro Ramírez, José Jair Cortés, Patrocinio Sevillano y James Escobar son algunas de las víctimas.

Antonio tuvo que huir. Durante tres meses vivió en Bogotá, pero el frío lo espantó más que la violencia y regresó a Tumaco. Hoy, Antonio va de un lado a otro con un morral en la espalda, tocando puertas para tratar de consolidar un proyecto que le devuelva la justicia ancestral a las comunidades.

 

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