Los caminos de la memoria que rescataron el turismo en San Carlos

octubre 02 de 2019

La idea del camino como metáfora de la memoria se ha materializado en San Carlos, un municipio del oriente antioqueño a cuatro horas de Medellín. El esfuerzo de sus habitantes por recuperar y revivir su territorio los hizo merecedores del Premio Nacional de la Paz en 2012. Siete años después, ellos mismos cuentan la historia de su municipio a través de cuatro rutas turísticas.

Los caminos de la memoria que rescataron el turismo en San Carlos

| Estos caminos contribuyen a los procesos locales de memoria y resignifican los espacios que la guerra le quitó a la comunidad. | Por: María Antonia Ruiz


Por: María Antonia Ruiz Espinal
@antoniaruiz97

Durante cuatro siglos, San Carlos fue la tercera estación de los arrieros montañeros que viajaban desde Puerto Nare hasta Medellín por el antiguo camino de Juntas. A mediados del siglo XX, como cualquier municipio de Colombia, sufrió la violencia bipartidista. Desde los años 70, debido a la construcción de megaproyectos hidroeléctricos, vivió un horror sin precedentes que casi lo convirtió en un pueblo fantasma. Y en los 90 fue enclave paramilitar y zona de fuego entre guerrilleros y militares. La historia de San Carlos es la historia de Colombia: su geografía imposible, su guerra, su relato y su memoria. 

Cuenta Carla Giraldo Duque en Se dice río. Volver al antiguo camino de Juntas, que fue la búsqueda obsesiva de los colonizadores españoles por la leyenda del Dorado la que fijó las rutas del poblamiento mestizo de las montañas antioqueñas. Y es que los europeos, impulsados en el camino por las promesas de una leyenda, ubicaron la capital y varias ciudades importantes sobre la Cordillera central de los Andes, no en la costa, donde normalmente se asentaban para aprovechar los puertos. Esa misma búsqueda provocó otra obsesión: crear caminos para salir del aislamiento geográfico.

 


Turismo y memoria


Llegar a San Carlos es atravesar montañas. Y recorrer durante cuatro horas el camino que muchos hicieron al revés para huir de la violencia. Ahora, sus calles, quebradas y ríos repasan la historia del municipio gracias a la segunda fase del proyecto San Carlos, caminos de reconciliación. Este surgió en 2016 como parte del Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR) de USAID y ACDI/VOCA con el objetivo de articular y promover iniciativas locales de memoria, reconciliación y paz que aportaran a la reconstrucción del tejido social y a la apropiación del territorio.

La segunda fase, llamada Destino San Carlos, parte de ese ejercicio inicial para consolidar un grupo de guías turísticas de memoria, reconciliación y paz que se han convertido en un puente entre el turismo recreativo y educativo. Las rutas son: Travesía campesina, Sanagua, Memoria viva y Montaña viva. Estos caminos contribuyen a los procesos locales de memoria y resignifican los espacios que la guerra le quitó a la comunidad. Así, y de la mano de otros aliados como Corporación Región y la Asociación Santa Cruz, el proyecto apoya un circuito de intervenciones artísticas en lugares que fueron asociados a la violencia y la muerte y gestiona alianzas con organizaciones locales a partir de las cuales se han desarrollado proyectos productivos. 

 

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Rueda de negocios del Destino San Carlos. © María Antonia Ruiz


 

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“Los gestores de memoria formados en este proyecto ahora son portavoces de ideas transformadoras del territorio. De esta forma, haciendo uso del turismo, cambian la imagen del municipio ante el mundo y exponen su potencial ecológico, cultural y artístico. A partir de esta experiencia es posible identificar respuestas positivas en la percepción ciudadana relacionada a la idea de mejores condiciones de paz en el municipio y el desarrollo económico y social a partir de proyectos productivos, como los impulsados por este proyecto”, explica María Angélica Nieto, especialista en Paz Memoria y Reconciliación del PAR.

Destino San Carlos surge, así mismo, de la mano del módulo de formulación de planes de negocios donde se identificaron características diferenciales para construir una propuesta de marca que acogiera los intereses de todos los gestores de memoria. De acuerdo con Nieto, en este módulo, dirigido por la profesional en comunicaciones y redes sociales, María Vélez, y el profesional en herramientas creativas, Miguel Ángel Bedoya, se desarrolló una estrategia de movilización y comunicación de la marca en medios y se realizaron ejercicios de motivación creativa para la resolución de conflictos y generación de oportunidades.

Álvaro Narváez, director de arte y gestor cultural, llegó al proyecto en esta segunda etapa. Lo invitaron a dar el taller de guión y análisis de los componentes escénicos y narrativos de las rutas. “Trabajamos la expresión corporal desde la experiencia de vida. Y es que las rutas de memoria de San Carlos son desarrolladas por habitantes del municipio. Por esto ya había un montón de historias de vida previas, pero en algunas rutas no había mucha claridad sobre cómo construir la narrativa. Así que trabajamos en la construcción del guión para definir cuáles eran los puntos de giro. Hicimos clara la diferencia entre historia y memoria: la historia es contada de forma cronológica, pero la memoria, más allá de la cronología, es un conjunto de recuerdos, espacios, historias personales. Por esto fue clave mezclar ambos aspectos para generar relatos, mitos y leyendas del territorio y transmitírselas a los visitantes". 

 

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Los caminos de la ruta Memoria Viva recorren y reviven la memoria del municipio a través de elementos de su patrimonio histórico, arquitectónico, humano y cultural, desde donde se aprecian los personajes representativos del pueblo materializados en murales. © María Antonia Ruiz


Cuatro rutas, muchas historias


Travesía campesina es una ruta que explora el resurgir de los campesinos a través del amor al territorio y el turismo autosostenible y ecólogo. Durante el recorrido se pueden apreciar los murales de los personajes más queridos que recubren algunas cuadras del pueblo, conocer los emprendimientos locales, vivir la ruta del café, refrescarse en el balneario y hacer pesca deportiva.

 


 

“Esta es una ruta sobre las nuevas labores del campo. Y es que con todos los cambios sociales e incluso geográficos que ha tenido el municipio, la vocación campesina también ha cambiado. El municipio pasó de ser muy agrícola a ser un territorio más pesquero. Ahora hay truchas, tilapias y cachamas”.

 

Álvaro Narváez


 

Durante la segunda ruta, Sanagua, se recorren las memorias que navegan entre las aguas de este municipio, que tiene más de 80 quebradas, y que fluyen y curan todo a su camino. Es un recorrido que aborda la historia de San Carlos a partir de la memoria de sus ríos desde las narrativas de los habitantes rivereños. Tiene un carácter más aventurero. Dura 3 días. Empieza en Medellín y termina en el río Samaná, el único río que corre libre en Antioquia y que no ha sido represado ni involucrado en procesos de hidroeléctricas gracias a la lucha de los locales. 

Roberto Londoño, líder de la mesa ambiental por la defensa del agua, la vida y el territorio de San Carlos, cuenta que se han puesto en la tarea de proteger el río Samaná por lo que significa para ellos: vida. “Este río es una fuente de vida. Es el pulmón del oriente antioqueño y de gran parte de Colombia. Por esto siempre hemos dicho que no estamos protegiendo un río para nosotros, sino para la humanidad”.

Durante la ruta se conocen dos ríos: el San Carlos, en la represa Punchiná-vereda la Holanda, y el Samaná Norte, en Puerto Garza. En Punchiná, a través de un recorrido en barca por la represa, los pescadores cuentan cómo era su vida antes del represamiento y de la incursión de las hidroeléctricas. “En Puerto Garza nos acercamos al río mediante el contacto con el agua. Además, los habitantes de la zona nos reconstruyen la vida cotidiana en el territorio. Hablan sobre la pesca, el bateo, sus caminos antiguos y su amor por el río libre. Todo atravesado por la alimentación tradicional desde donde se entretejen los sueños de conservación de las aguas que fluyen”, cuenta Carolina Duque, gestora de memoria y guía de Sanagua.

 

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En la ruta se conocen dos ríos: el San Carlos, en la represa Punchiná-vereda la Holanda, y el Samaná Norte, en Puerto Garza© María Antonia Ruiz.


 


 

La tercera ruta es Memoria Viva. Los caminos que recorre reviven la memoria del municipio a través de elementos de su patrimonio histórico, arquitectónico, humano y cultural, desde donde se aprecian los personajes representativos del pueblo materializados en murales que iluminan las calles. El camino está pensado como una forma para sembrar sentido de pertenencia e interés por los procesos de transformación y resignificación que el territorio ha vivido en diferentes momentos de su historia.

La cuarta ruta, Montaña viva, es una caminata ecológica que incluye avistamiento de aves, gastronomía ancestral y rituales tradicionales. Es, también, un camino de autoconocimiento para despertar los sentidos y sumergirse en el mundo natural. 

“A cada ruta le hicimos un trabajo muy específico para definir sus vocaciones: cuáles eran sus públicos, cómo narrarle a esos públicos, cómo trabajar con el grupo y qué memorias íbamos a contar. En los ejercicios pudimos encontrar muchas más historias de las que los habitantes-guías venían narrando. En un principio, ellos se limitaban a contar los hechos de forma cronológica, que es como la historia está consignada en la oficialidad. Sin embargo, luego coincidimos en que la memoria tiene un montón de elementos de los territorios: anécdotas, recuerdos y personajes, así que decidimos trabajarles más a estos aspectos”, concluye Álvaro Narváez.

Después de estos años de trabajo, estas rutas son otro esfuerzo más para recordar esas historias personales que esconden las grandes cifras arrumadas en informes o titulares de prensa. Y más que espectadores del rastro que dejó la guerra, los recorridos convocan a los visitantes a ser actores corresponsables de los cambios políticos y sociales necesarios para hacer de la memoria un camino de resurgimiento. Y de esta forma, procurar que la memoria colectiva sirva, como dijo Todorov, para la liberación de los hombres y no para su sometimiento. Las rutas no solo permiten comprender mejor la historia y la memoria, sino que apelan a la responsabilidad y compromiso de todos en el proceso de reconciliación del conflicto armado, como una necesidad común en todos los colombianos.

 

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Jardín de la memoria. Las placas rojas representan las víctimas de homicidio. Las moradas, de desaparición forzada. Las amarillas, de minas antipersona. Las azules, de reclutamiento forzado. Las blancas, de violencia sexual. Las verdes oscuras, de desplazamiento forzado. Las verdes claras representan a las víctimas que retornaron; y las naranjadas, a las personas que resistieron y nunca abandonaron el territorio. © María Antonia Ruiz


Las causas del conflicto

En este municipio atravesado por ríos y quebradas se fue marcando la estela del conflicto armado colombiano. Entre 1998 y 2005, los habitantes fueron masacrados, desaparecidos, extorsionados, confinados. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, ocho de cada diez personas abandonaron el territorio: de 25.840 habitantes, 20 mil se desplazaron. El pueblo estuvo a punto de desaparecer. 

Primero llegó el ELN y luego las FARC. Después, las Autodefensas del Magdalena Medio y el MAS. Y en la década de los 90, la zona se convirtió en un enclave paramilitar, como gran parte del oriente antioqueño donde estaba concentrado el poder político y económico. Llegaron los grupos Cacique Nutibara, Bloque Metro, Héroes de Granada, las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá. Y en su intento por acabar con la guerrilla, como cuenta Giraldo Duque, el Ejército y la Policía también dañaron a la población.

El informe del Centro Nacional de Memoria Histórica San Carlos, memorias del éxodo en la guerra, explica que tanto las FARC como el ELN ejercieron un dominio sobre corredores estratégicos que facilitaban sus acciones en el municipio y en otras localidades cercanas (Granada en el caso del ELN, San Rafael y San Luis en el caso de las FARC). Así, realizaron actos de sabotaje de consecuencias nacionales, como atentados contra torres de energía eléctrica y centrales hidroeléctricas, bloqueos de vías y secuestros en la vía Medellín-Bogotá. 

La compra de tierras a bajo costo para inundar y crear el sistema oriente de hidroeléctricas que empezaba en Guatapé, pasaba por El Peñol, San Rafael, San Carlos y Granada, fue uno de los principales detonantes de la violencia. La intención de los actores armados “no sólo fue controlar el territorio sino a toda la población. Y lo lograron. 

Es por esto que en la memoria de los sancarlitanos la violencia es directamente proporcional al desarrollo económico y a dichos avances […] Así mismo, realizaron una intensa labor encaminada a someter a las autoridades civiles a sus designios y a ejercer mayor presión sobre la población para recibir de ella ayuda logística y cerrarle el paso a cualquier intento de colaboración con los paramilitares y con la Fuerza Pública”
, explica el informe.

 

Carolina Duque, gestora de memoria de San Carlos, cuenta que el desplazamiento para poder inundar la represa tuvo un fuerte impacto económico y político. Los civiles crearon grupos organizados para resistir ante los intereses de la empresa privada. Pero los ficharon como guerrilleros. Fueron asesinados, desplazados y desaparecidos. “Cuando un río se estanca le pasa lo mismo que a una persona cuando represa emociones y fluidos: se enferma. Las especies nativas de peces mueren y se hace necesario introducir otras nuevas. Eso afecta el ecosistema. El agua estancada genera un espejo de agua y cambia la condensación, la lluvia, se genera más humedad en el suelo. Los árboles no vuelven a crecer igual y los cultivos de siempre no vuelven a salir. Por ejemplo, esta era tierra del mango, pero ya no crece nada”, explica Duque.

En agosto de 2002, 38 buses repletos de sancarlitanos regresaron al pueblo. Pero el miedo seguía latente. Y por esto la mayoría permanecieron los primeros dos años en el casco urbano. Y después, lentamente, regresaron al campo. Como cuenta la autora de Se dice río. Volver al antiguo camino de Juntas, fueron los mismos habitantes quienes crearon un sistema de señalización para advertir sobre los sectores en riesgo de minas, y gracias a ese empeño, el Gobierno y el Ejército se comprometieron con el desminado y otros programas de apoyo. 

En noviembre de 2011, la tenacidad de las cerca de 9.500 personas que regresaron fue reconocida con el Premio Nacional de la Paz, y para marzo de 2012, luego de tres años de labores, fue declarado el primer municipio colombiano libre de sospecha de minas.

Antes de que represaran el río San Carlos para llenar el embalse de Punchiná, don Chucho, baquinao de la zona, -es decir, experto en caminos, trochas y atajos- vivía en Balseadero. Por esa vereda pasaba el antiguo camino de Juntas. Dice que la gente allá vivía muy sabroso. 

“Todo lo que comíamos salía de nuestra vereda: la yuca, el plátano, el maíz, la panela, la leche. Todo. Ahora ya no sale nada. Es poco lo que se puede hacer, por eso encontramos otras formas de subsistencia y, entre estas, el turismo comunitario como ejercicio de memoria es ahora muy importante”. Desde que inundaron Balseadero fue reubicado en La Holanda, cerca al puente donde sucedió, en 1998, la primera masacre paramilitar.

 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.