octubre 08 de 2020

Contra todos los pronósticos, en el Chocó florece el arte

Por: Lizeth Sinisterra

“Los jóvenes del Chocó llevamos décadas resistiendo a las balas, al encierro, al reclutamiento y a que se apaguen las vidas de quienes anhelan un mundo más incluyente, un mundo que nos pertenezca y nos acepte a todos. Llevamos décadas intentado ser en medio de tanta barbarie”. De esta manera inició esta conversación con Katherin Gil, una joven afrodescendiente de 26 años de Quibdó (Chocó). Es abogada de profesión, con una maestría en Gobierno y Políticas Públicas, y lleva más de 15 años vinculada al trabajo artístico y social. Katherin se presenta, además, como artista, pues baila danza tradicional y hace teatro. Y como si el día tuviera más de 24 horas, también se dedica a ser madre soltera de una niña de tres años y directora general de Jóvenes Creadores del Chocó, una organización que está articulada al trabajo en territorio de Pacífico Task Force.

 

Katherin recuerda que creció en un barrio con múltiples dificultades y, pese a esto, fue allí donde logró ser, encontró amigos con quienes trabajaron día y noche para no dejar que las violencias hicieran lo suyo en su vida y en la de todos los jóvenes de la zona. “Me sorprendía mucho que, pese a las complejas situaciones que sucedían en entornos cercanos de muchos jóvenes, ellos no le apostaban a eso. Me preguntaba por los que los movía y creo que es el deseo natural de vivir y no repetir las historias difíciles”.

 

En medio de la conversación, esta abogada chocoana recuerda que en su barrio se vivían “momentos mágicos”, ya que algunos grupos delincuenciales llegaban con bafles, micrófonos y comenzaban batallas de freestyle y breakdance. Eso paralizaba el barrio y sobre todo convocaba. “Vea, eso era una locura porque era todo el barrio que se colocaba en función de escuchar a los jóvenes cantar y bailar. Los mejores bailarines que yo hubiese visto estaban allá. Lo que pasaba es que eso eran retos que se hacían y, una vez terminados, volvía la violencia”. Sin embargo, estas situaciones hicieron que ella creyera que el arte era magia, que podía expresarse a través de la música y el teatro, que era la herramienta para generar articulación en los barrios de Quibdó.

 

“Me siento muerto o en la cárcel… la violencia de mi barrio me sacó de mi familia, y me hizo ir a otro barrio a vivir con los malos... ayúdenme... hoy vi un video de los compañeros de Jóvenes Creadores del Chocó bailando y se me estremeció el cuerpo, lloraba como un niño y dije quiero salir… Seño, quiero que mi mamá sea feliz. Ella está sufriendo porque yo estoy en la calle, me dice todos los días que sabe que me van a matar…", le relataba un joven a Katherin hace apenas unas semanas.

 

Estas son las palabras que, desde el dolor, el desconcierto y el desespero por sostener la vida, repiten muchos adolescentes y jóvenes de Quibdó, quienes, en su gran mayoría, crecen en hogares con altos índices de necesidades básicas insatisfechas y que les toca normalizar lo que se vive en los barrios: respetar las fronteras invisibles, rechazar con cautela la pertenencia a un un grupo armado o aceptar pertenecer a la misma, el cumplimiento de las reglas que establecen las bandas, entre otros factores. “Todos los jóvenes afrodescendientes están intentando hacer una vida en un territorio que pareciera diseñado para ser un laboratorio de muerte”, resumía hace unos días Aurora Vergara, directora del Centro de Estudios Afrodiaspóricos (Ceaf) de la Universidad Icesi.

 

Pero la juventud chocoana ha resistido, desde diferentes maneras, a este calvario que en las calles se llama violencia, una que durante décadas se ha ensañado contra ellos para arrebatarles sus sueños. Por esto, la expresión más contundente de la resistencia de los jóvenes es el arte y la cultura, vistos como el desahogo, el refugio, la esperanza para escapar, ser, crear, sentirse parte, transformarse y transformar tejidos rotos. “Desde el arte no se nos ha podido arrebatar el sueño de ser libres para profesionalizarnos en una disciplina artística y narrar el territorio desde una perspectiva más empática, de ser libres solo para seguir existiendo y re-existiendo”, decía Katherin.

 

Así fue como nació Jóvenes Creadores del Chocó, un espacio para incubar oportunidades y perseguir el sueño de que ningún joven en Quibdó haga parte de algún grupo armado. A pesar de este territorio  racializado y empobrecido, el talento y las ganas de salir adelante por parte de los jóvenes demuestra un discurso que propicia la creación de nuevas realidades para ellos.

 

Desde esta organización, la cultura y el arte se convierten en la herramienta para generar entornos protectores para los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, quienes pueden desarrollar sus potencialidades artísticas, sanar por medio del arte y re-existir. Esta organización ejecuta trabajo en los barrios, convirtiendo el arte en algo público. Por esto, realizan tomas callejeras, no sólo como una puesta en escena, sino para llamar la atención de otros jóvenes.

 

Jóvenes Creadores del Chocó es una minga, un ubuntu, un espacio familiar. Como lo manifiesta Katherin, “somos una potencia colectiva, creativa y de innovación social y cultural. Creamos nuevas realidades, construimos sueños, nos imaginamos un mundo más equitativo e incluyente y trabajamos para hacerlo posible”.

 

“Estamos cansados de que el Chocó solo sea narrado por otros desde lo negativo y que se elimine la posibilidad de decir que existen referentes positivos. Estamos cansados de que eso estigmatice a nuestras comunidades. Nosotros queremos que un niño o un joven del Chocó recobre el amor propio por lo propio,  que pueda sentir un compromiso por su territorio y se sienta parte de él. Que no quiera irse porque confía en que en el territorio puede triunfar”, resumen con maestría los Jóvenes Creadores del Chocó.

 


Lizeth Sinisterra actualmente es gerente de Pacífico Task Force y profesora del Departamento de Estudios Sociales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Icesi.


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.


 

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