agosto 14 de 2020

Desarrollo agropecuario y rural, diferentes pero complementarios

Por: Ángela María Penagos

En el marco del cumplimiento de los dos (2) primeros años de mandato del este Gobierno se pone nuevamente sobre la mesa la discusión de la importancia del campo para el desarrollo de un país como Colombia. Más allá de entrar a discutir los resultados recientes en esta materia, quisiera profundizar la importancia de distinguir para efectos del análisis, el desempeño del sector agropecuario y de las condiciones sociales, económicas e institucionales de nuestra ruralidad. Y, tal vez, a partir de esta reflexión, empezar una cruzada para avanzar en un lenguaje más apropiado en el marco de nuestra realidad y en el diseño de instrumentos más ajustados a ella.


Lo rural no es un sector ni una rama de actividad, es un espacio geográfico en donde habitan personas que presentan unas condiciones de densidad poblacional y de dinámicas sociales, económicas, ambientales y culturales que los caracterizan como rurales. De hecho, la Misión para la Transformación del Campo (2015) avanzó en esa definición y propuso las categorías de ruralidad para una mejor escala de análisis y de intervención: rural disperso, rural, intermedio y ciudades y aglomeraciones.


Es así como hoy existen en Colombia municipios que se pueden considerar rurales y que, juntamente con las zonas rurales del sistema de ciudades, representan lo que se reconoce como “rural”. Esta perspectiva para comprender la ruralidad nos pone en la órbita de las nuevas formas de planeación y comprensión del territorio que caracterizan los debates internacionales. Además, facilita una mejor comprensión de lo que ocurre en estos territorios y en consecuencia abre la posibilidad de contar con herramientas más pertinentes para un mejor diseño de las políticas públicas.


Esto cobra más relevancia si se tiene en cuenta que en Colombia, de acuerdo con el Censo Nacional de Población de 2018, el 31% de la población vive en zonas rurales y en municipios catalogados como rurales. Desde esta perspectiva, lo rural es mucho más de lo que tradicionalmente se reconoce y pone el nivel del análisis en un contexto más comprehensivo sobre la base de la multidimensionalidad que implica el desarrollo rural.


En esta misma línea, y de manera más reciente otro concepto que se está incorporando en las metodologías que facilitan una mejor comprensión del territorio, es la funcionalidad y sus vínculos urbanos-rurales. Esta funcionalidad reconoce que en los espacios geográficos existen un conjunto de interdependencias entre zonas que determinan el dinamismo de los territorios y que se pueden convertir en un factor determinante en la competitividad y el desarrollo de zonas rurales y urbanas más inclusivas y sostenibles.


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Recientemente, el Departamento Nacional de Planeación (DNP) reconoce, a través del Plan Nacional de Desarrollo 2018 -2022, la funcionalidad territorial como un factor determinante en la focalización territorial de inversiones y el diseño de política e instrumentos que respondan a realidades y contexto diversos. Se puede interpretar entonces, como una escala subregional de planeación en la que se identifican subregiones rurales y rurales dispersas, y donde se reconoce el importante rol de las pequeñas y medianas ciudades. En efecto, vale la pena destacar que el 56% de la población colombiana habita en ciudades de menos de un millón de habitantes.


Ahora bien, entre las actividades que ocurren en los territorios están las agrícolas y pecuarias, cuya expresión operacional se da fundamentalmente en lo que se reconocen como territorios rurales, aunque recientemente también se viene hablando de agricultura urbana, aspecto que no abordaré en esta reflexión, pero no menos importante. La agricultura en un país como Colombia, sigue siendo una de las principales actividades económicas de los territorios rurales y una de las principales fuentes de empleo.


De acuerdo con la Gran Encuesta Integrada de Hogares (2019), el 60% de los ocupados rurales están en la agricultura, lo cual quiere decir que este sector es el principal empleador. También, deja entrever que el desempeño de esta actividad es un determinante de las posibilidades económicas, sociales, ambientales y culturales de estos territorios y de sus habitantes. De esta manera se reconoce que el desempeño de la agricultura y los vínculos urbano–rurales que se establezcan en este proceso, son elementos constitutivos de la seguridad alimentaria de las aglomeraciones y de los centros urbanos, de la superación de la pobreza y el desarrollo territorial.


Por lo tanto, para analizar los avances en política, es necesario revisar los resultados en ambas dimensiones, pues las condiciones de la ruralidad y de sus habitantes representan una agenda del desarrollo que involucra múltiples sectores y actores, donde la agricultura es una de las actividades más relevantes. Por su parte, el desempeño del sector agropecuario, como cualquier otro sector, presenta un conjunto de fallas que limitan su competitividad para que, al tiempo sea un motor para la transformación social, ambiental y económica. Merece sin duda una mirada a más profundidad sin desconocer las múltiples relaciones entre ellas.


Ángela María Penagos es directora de la Oficina de Rimisp Colombia. Es economista con maestría en Economía ambiental y recursos naturales. Cuenta coon amplia experiencia en el diseño y evaluación de políticas públicas para el desarrollo rural y agropecuario, así como para el manejo del medio ambiente en un contexto productivo. Se ha especializado también en el diseño de instrumentos para el desarrollo rural con enfoque territorial, el ordenamiento productivo, la reducción de la pobreza rural y el mejoramiento de la competitividad del sector agropecuario.


 

 


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.


 

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