El albergue de la esperanza para los venezolanos en Cali

agosto 30 de 2018

La migración venezolana en Cali aumentó al punto de colapsar el espacio público. Un lugar se convirtió en el refugio para cientos, pero el hacinamiento y la falta de logística obligaron a su cierre. La emergencia no da espera .

El albergue de la esperanza para los venezolanos en Cali

| Entre 150 y 300 venezolanos llegaron a ocupar el refugio, que se habilitó apenas a comienzos de agosto. | Por: Susana Serrano


Por: Susana Serrano
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Una fila de personas va creciendo cada mañana en el barrio La Independencia, al oriente de Cali, en las afueras de la parroquia San Pedro Claver.  Son migrantes venezolanos que se acercan desde numerosos puntos de la ciudad en busca de comida, un duchazo, e incluso con la esperanza de salir de ese edificio con un trabajo.

Gracias al voz a voz, los migrantes se enteraron de que la Arquidiócesis de Cali abrió  desde el 31 de mayo, un albergue de paso en la comuna 11. Las filas se hicieron cada vez más largas y la ayuda no alcanzaba para todos. . No había otra opción que cerrar las puertas y controlar el flujo de ingreso y salida  para evitar problemas. A las nueve de la noche se cerraban las rejas y los que conseguían el cupo podían dormir allí.

La casa pertenece a la Arquidiócesis de Cali y Monseñor Darío de Jesús Monsalve la prestó para este fin. Por la masiva afluencia de venezolanos el lugar colapsó, no había espacio ni condiciones de salubridad y hoy está en remodelación de cañerías, tuberías, techos y pintura, en buena parte gracias a donaciones. Los migrantes, en todo caso, siguen rondando por el sector esperando a que se reabra. Otros han optado por seguir vagando por el centro de la ciudad y varios más emprendieron un largo viaje hacia el sur hasta la frontera con Ecuador.
 

Así lucía el refugio hace pocos días. La mayoría de venezolanos tiene carpas, colchonetas y elementos básicos de aseo que les suministró el albergue.  © SUSANA SERRANO


 

Hace pocos días, representantes de la Iglesia Católica se reunieron con la Cruz Roja Internacional y la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), de las Naciones Unidas. Ambas organizaciones hicieron recomendaciones técnicas y logísticas para que el espacio pudiera seguir funcionando. Según el padre Alfredo Mosquera, líder del albergue, la reapertura sería a mediados de septiembre.

SEMANA RURAL visitó el albergue para hablar con los encargados del lugar, que ‘corren’ para tener listo un espacio que se ha convertido en un punto de referencia conocido por los venezolanos recién llegados, la mayoría lo perdieron todo y encontraron en este sitio un espacio de solidaridad que aún es poco común en las grandes ciudades que afrontan el éxodo.
 

A algunas familias de venezolanos se les ayudó con un tope de $300.000 pesos para el primer mes de arriendo, en grupos de máximo 5 personas. “Las donaciones han llegado por parte de la ciudadanía caleña y de parroquias e iglesias de toda denominación”, dice el padre Alfredo, coordinador del albergue. © SUSANA SERRANO


 


Las reglas son las reglas

El refugio, que alcanza para unos y para otros no, generó ruido hacia la gestión del lugar. Algunos venezolanos se quejaron en los medios del maltrato del padre Alfledo, sin embargo algunos de los que obtuvieron refugio dan otra versión: “El padre Alfredo nos trata bien, hablan mal de él porque quieren la cosa fácil”.

Lo cierto es que la reapertura será agridulce para la población migrante. De recibir a 280 personas, se va a restringir el cupo para un máximo de 150 venezolanos, y hasta por diez días. Además, el espacio será habilitado sólo para los más vulnerables: mujeres embarazadas, madres cabeza de hogar, parejas con niños, discapacitados o personas de la tercera edad. La primera ola de refugiados tuvo suerte, pero ante la cantidad de venezolanos que llegó a Cali (autoridades calculan que son 20.000 y en aumento) sobrepasa el esfuerzo de las iniciativas aisladas.

Por los días en que se creó el albergue, hace menos de un mes, algunos venezolanos llegaron buscando su Permiso Especial de Permanencia (PEP). Fernando Leudo, director de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Cali, aseguró que ha sido difícil explicarles que ellos no dan ese permiso y que tampoco están ofreciendo alojamiento a todos los venezolanos. “Este albergue nació con la idea de alojar a los que estaban por el Terminal de Transporte, ellos tienen una manilla y un carné y tuvimos un proceso de dos días con ellos para hacer el acople”, explicó.

Leudo se refiere a un asentamiento de cambuches que ciudadanos venezolanos fueron haciendo crecer a lo largo de la ribera del río Cali, cercana a la Terminal de Transportes, y que fue intervenido por la Alcaldía. El resultado fue la salida pacífica de los migrantes, y la oferta de la Arquidiócesis de brindar una opción temporal, siempre temporal, para ayudar a estas personas. La ayuda pasó de ser focalizada a ser general, y del albergue pasó al servicio de baños, y luego al de alimentación. Los que sufren especialmente el cierre son quienes sólo iban en busca de comida y servicios de higiene.

Cristian Zamora, encargado de la logística del lugar y uno de los que más contacto tiene con las realidades particulares de los migrantes, explica que lo más difícil con los refugiados es “concienciarlos para que inicien su proyecto de vida”. Considera que puede ser un efecto del asistencialismo del Gobierno venezolano, que “los hizo estar muy relajados en la vida”. Zamora pone como ejemplo que ha encontrado con personas con hasta cinco carreras. Ellos solo estudiaban y el gobierno les daba lo demás”.
 

Ivis Calderón, sonriente a pesar de la adversidad de salir de su país y emigrar a otro prácticamente a pie. © SUSANA SERRANO


Los títulos universitarios no son tampoco una esperanza en medio del drama humanitario, pues el trámite para validarlos en Colombia es dispendioso. Además, asegura el padre Leudo, en este momento conseguir el Permiso Especial de Permanencia es muy difícil.  “No hay forma de conseguir el PEP en este momento. Por el cambio de gobierno, migración Colombia no puede hacer nada hasta que el gobierno entrante dicte las nuevas normas”.

Los rostros de la crisis

IVIS CALDERÓN es uno de los cientos de venezolanos que llegó con la primera ola al albergue. Aunque le falta la pierna derecha, no se ha detenido en su búsqueda de un lugar en Cali donde poder afincarse. Entró a Colombia por Cúcuta y ha trasegado por Pamplona, Berlín, un corregimiento de Tona (Santander), y Bucaramanga. A Santander llegó a lomo de mula, estuvo en Pasto y en Jamundí lo ayudó un amigo con el alojamiento.

“El único lugar que no conozco es Bogotá”, dice, incluso orgulloso por su épica travesía, que cumplió en buena caminando. Su semblante cambia cuando recuerda que en la frontera con Ecuador, en Ipiales, a él y a su grupo les rompieron la carta andina, el documento que reemplazaba el pasaporte. Nunca le dieron explicación.
 

MARIANA QUINTERO también la ha pasado mal desde que salió de Venezuela. Antes de llegar a Cali, estuvo en Bogotá un tiempo. Tenía un carrito de comida rápida que empujaba por las calles. Dice que algunos policías en la capital amenazaron con decomisarle el carro y la mercancía y tuvo que dejar la ciudad. Pero su problema más apremiante es de salud, por empujar el carro se lastimó el brazo derecho y aunque logró después de muchas vueltas una cita en el hospital, la doctora que la atendió la atacó verbalmente por ser extranjera. Ya en  Cali, finalmente pudo hacerse los exámenes y fue diagnosticada con bursitis, una enfermedad que se vuelve crónica y provoca atrofias musculares y debilidad motora. “Tiene arreglo, con terapias y unas pastas que me pueden dar insuficiencia renal”, cuenta con ironía. Mariana, como la mayoría de refugiados, no busca caridad sino trabajo. Quiere traer a los hijos que dejó en Venezuela y a su mamá.


“De todos los sitios donde he estado, este lugar me ha parecido el mejor. Antes había tenido que dormir mucho a la intemperie”

JESÚS FERNANDO


 

“Para los alimentos se tiene un acuerdo con la alcaldía y con el PEM de las Naciones Unidas”, según el padre Alfredo© SUSANA SERRANO


 

Buscando la sensación de hogar

La adversidad está y no se puede ocultar, pero los migrantes han tratado de llevar sus vidas de la mejor manera mientras están en el albergue. Se hacen cortes de cabello, algunas chicas se alisan cabello y los niños, mientras tanto, corren por el patio con juguetes que llegan a través de donaciones. El albergue también es un espacio para recordar las tertulias de la tierra que dejaron. En la cocina, mientras hacía el café para el desayuno, Carlos Daniel Oviedo cantaba con una sonrisa en los labios, otros bromeaban entre ellos mientras cortaban zanahorias o pelaban papas para el almuerzo. Así sea en lo pequeño, rehúsan a perder la chispa que caracteriza a sus paisanos.

Un día los ocupantes del albergue hicieron un censo para saber cuántas personas había alojadas en la casa y se contaron 300. La mayoría recibía el desayuno, el almuerzo y la cena, y otros usaban los baños y las duchas.
 

Caminar es lo que más han hecho los venezolanos. Muchos pasaron por la trocha, cuando no les aceptaron sus papeles. Otros lograron evadir a las autoridades y unos pocos corrieron con la suerte de pasar de manera legal. © SUSANA SERRANO


 

Albergue permanente y de paso

Fray Julián, uno de los religiosos que ayuda en el albergue, se queja de la falta de colaboración del Gobierno para atender la crisis, y recuerda que nadie se movió para buscar un albergue y solucionar el problema que se estaba creando en la Terminal. Insiste en que fue gracias al padre Francisco, el líder de la pastoral social, que esa invasión no terminó en un problema de orden público.

La idea, de todas maneras, es convertir el sitio en un lugar de paso por un máximo de ocho días, tiempo en que los migrantes puedan buscar un trabajo y un lugar donde quedarse. La rotación permite que más personas reciban la ayuda y que no se genere dependencia. A futuro, considera Fray Julián, “se piensa que este sea un refugio de migrantes de todo tipo, no solo venezolanos”.
 

A Franchibel Balza un convento de monjas le propusieron dejar a su bebé en sus cuidados, mientras ella se estabiliza. Pero ella no confía, no quiere separarse de su hijo. © SUSANA SERRANO


Los religiosos de la Arquidiócesis corren para dejar todo listo, pero también le dejan claro a la administración de la ciudad que ellos son una solución complementaria. “La reapertura del albergue está condicionada a que la ciudad se comprometa a abrir otros espacios similares, por su cuenta. Si no lo hace, el colapso volverá a suceder”

La Alcaldía de Cali ya está dando muestras de afrontar la crisis. Esta semana anunció que todos los niños venezolanos que lleguen a Cali recibirán cupo en colegios públicos de la ciudad, lo que representa un alivio considerable para la población migrante más vulnerable.


«Invitamos a todos los venezolanos que tengan niños en edad escolar a que se acerquen a la  Central Didáctica del barrio El Jardín, Calle 27# 36-10 de lunes a viernes y de 8:00 a.m. a 12:00 m. y de 2:00 a 5:00 p.m.».

ANDRÉS VILLAMIZAR
Secretario de Seguridad y Justicia de Cali


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En esta cuadra del barrio La Independencia, mientras tanto, decenas de venezolanos siguen merodeando y preguntando por las obras, hablando con los sacerdotes. Para muchos de ellos, este albergue será el punto de partida, el lugar que por unos días les dará refugio mientras deciden cómo será su nueva vida empezando de cero.

Es un proyecto de Pastoral Social en conjunto con Pastoral del Migrante de la Arquidiócesis de Cali. El albergue se sostiene gracias al apoyo de la arquidiócesis y las donaciones.


POR: Susana Serrano | Cali
@susanaserranoa


 

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