El canelo de los andaquíes, un árbol ancestral que se resiste a desaparecer

junio 04 de 2019

En Caquetá y Putumayo están los últimos 13 árboles de una especie aromática y medicinal que sobrevivió a la colonización. Por protección, solo se conoce la ubicación de uno de ellos, que aromatiza un solar en Florencia. .

El canelo de los andaquíes, un árbol ancestral que se resiste a desaparecer

| Erasmo González se dedicó a investigar y proteger la especie del árbol canelo. En la foto, uno de los 13 que aún sobreviven.. | Por: Diana Rey Melo-SEMANA


Por: Mariana López



En los trópicos bosques de la Amazonia, en Putumayo y Caquetá, se encuentra un árbol ancestral muy importante para la tribu Andaquí llamado el canelo de los andaquíes (Ocotea quixos). Su tronco es ancho y cilindrado, la corteza es roñosa y las hojas verdes y alargadas se utilizan para aromatizar las bebidas y para uso medicinal.

Este árbol era abundante y común en tiempos prehispánicos. No obstante, la voracidad de los primeros colonizadores españoles arrasó casi con todos los ejemplares. Les llamaba la atención el aromático olor a canela que desprendía, tanto que, en medio del exterminio, pidieron una excursión botánica liderada por el científico José Celestino Mutis en 1783, para que él investigara las características biológicas de semejante maravilla.

 

Al tomar una de las hojas, un olor a canela se propaga por todo el lugar. Diana Rey Melo / SEMANA.


Pensaron también en cultivar comercialmente el canelo. Querían que fuera rentable para ellos y que les permitiera competir con la canela que exportaba África. No obstante, se llevaron la sorpresa de que eso era imposible: el único método de reproducción eran sus semillas y la cosecha solo ocurría una vez al año. A eso se sumaba que la especie solo se adaptaba en terreno boscoso. Ante eso, entonces, agotaron la especie hasta no tener ningún árbol a la vista. Eso coincidió con la extinción de la tribu y con la finalización la expedición botánica.

Ya en el siglo XX, con la llegada de nuevos colonos a esta zona de la Amazonia, la tala de bosques aumentó para la construcción de casas, agricultura y, en mayor parte, para la ganadería extensiva. Casi nadie conocía tan preciado árbol. Sin embargo, en el municipio de Belén de los Andaquíes, a menos de una hora de Florencia, la capital del departamento, todavía existe uno de los trece árboles registrados en el país, en el solar de una casa como un intruso quizás.

Allí se encuentra solitario ese canelo, cuyo tronco muestra algunas manchas de alguna enfermedad que lo afecta por estar aislado. Al acercarse y tomar una de sus hojas, una fragancia se extiende por todo el lugar. El olor a canela y la esencia que se saborea al meterse una hoja a la boca suponen sensaciones increíbles. Desafortunadamente este árbol es infértil ya que por estar aislado no puede ser fertilizado.
 

En un solar, y con algunas manchas que denotan cierta enfermedad, sobrevive uno de los 13 árboles que quedan. Diana Rey Melo / SEMANA


En el país, el canelo de los andaquíes está actualmente en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Una de las primeras personas que empezó a investigar este árbol y a contribuir a su conservación y recuperación es el señor Erasmo González. Él es un habitante del municipio que se ha dedicado a la mecánica y a la protección de la naturaleza. Junto a otras personas de la población, hace parte de los pioneros de la conservación de los bosques y desde hace más de 30 años trabaja en la declaración de nueve áreas protegidas municipales que hoy hacen que Belén de los Andaquíes sea llamado el municipio verde de Colombia, con unos 71.000 kilómetros cuadrados que la comunidad vigila.

Dentro de su trabajo, que desarrolla de la mano del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi), Erasmo ha ubicado los 13 árboles que hay en la región y tiene un inventario. Habla, además, de lo difícil que es protegerlos e incluso hacer que la especie se reproduzca.

La dificultad de reproducción está dada porque la inflorescencia –es decir, flores agrupadas en un solo tallo-  debe coincidir con 2 o 3 días secos para que pueda ocurrir la polinización. Y vale la pena indicar que esta es una zona de bastantes lluvias. A veces pasan años en donde no hay polinización y por ende no hay semillas. Y con el cambio climático es peor”, explica Gonzáles.


El canelo de los andaquíes está en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).


 


Agrega que no todo está perdido. “La esperanza está en esos otros 12 árboles nativos que están en el bosque y de los cuales se puede recoger las pocas semillas que caen al suelo para salvar esta insignia de la región. Estos árboles son el único grupo de árboles nativos en Colombia, se encuentran en la zona cercana del municipio de Albania y su ubicación exacta la saben muy pocas personas por seguridad de la especie”, dice.

Explica que se trata, prácticamente, de una competencia con la fauna. “Los frutos de este árbol son consumidos por aves y micos. Y las pocas semillas que caen al suelo se convierten en alimento para guaras, borugas y otros roedores. Como consecuencia de esto, la propagación es casi nula. Estos árboles nos dejan una gran enseñanza, unidos tienen más posibilidades de conservación. Afortunadamente estos árboles nativos tuvieron mucha suerte de no ser encontrados por los colonos”, asegura Gonzáles.

Los indígenas Andaquíes sabían que la conservación de esta especie era muy importante, que no podían dañar su hogar, pero lastimosamente la avaricia e ignorancia de algunas personas son el pan de cada día.

No importa la época, el mayor tesoro que tenemos es nuestra biodiversidad, tal vez en un futuro ya con esta especie salvada, podamos conocer más de ella y quizás aprovechar su esencia. Sin que haya que talarlos, quizá este árbol se pueda convertir en una alternativa económica para los habitantes de la región. Pero antes hay que garantizar su conservación para que Belén de los Andaquíes recupere este símbolo natural tan importante.

 

Mariana López Valenzuela es guardiana ambiental de la Escuela Itinerante del Agua en Belén de los Andaquíes. Tiene 19 años. 

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