Alumbrar con velas en el siglo XXI

julio 08 de 2019

Antes de que llegara la primera planta de energía eléctrica al colegio Buenavista en 2003, no había luz ni refrigeración disponibles. Así vivían estudiantes y profesores sin acceso a energía y así luchan, todavía, para acceder a servicios básicos.

Alumbrar con velas en el siglo XXI

| Hace ocho años la Alcaldía de La Primavera pintó el salón principal del internado Buenavista. Desde ahí no han atendido el llamado del rector del colegio, que pide hace mucho tiempo energía eléctrica, pintura y más calidad en la telefonía móvil. | Por: Estefanía Palacios


Por: Estefanía Palacios


A principios de este año, a eso de las 9 de la noche, la profesora Noralba Moreno escuchó que los niños estaban despiertos. Algo poco común a esa hora en el colegio-internado Buenavista, en el municipio La Primavera (Vichada). Cuando Noralba llegó al dormitorio de los niños, le contaron que uno de los estudiantes se había escapado. Ella alumbró hacia afuera del cuarto con una linterna, pero solo vio la oscuridad del desierto y la proximidad acechante de la selva.

El joven indígena que salió esa noche y en medio de la oscuridad cruzó nadando el río Gavilán -como le contaron luego a la profesora Noralba- logró su cometido fácilmente por varias razones. Primero, porque el colegio, en el norte de Vichada, no está cerrado ni tiene seguridad. Segundo, porque el joven estaba determinado a volver a su resguardo, ubicado al otro lado del río. Y finalmente, porque en el colegio no había luz y seguirlo en la oscuridad era imposible.

A la mañana siguiente de la fuga, los dos profesores de Buenavista se lamentaron, como en incontables ocasiones, por la falta de electricidad. En ese momento estaban sin energía porque había fallado de nuevo una planta de gasolina que compraron en 2006. 
 

 

El terreno semidesértico, típico del Vichada, contrasta con los pedazos de tierra selváticos que rodean al colegio internado Buenavista. |© Estefanía Palacios



Jenci Ortiz, rector y profesor del colegio desde 1998, asegura que por años le pidió recursos a la Secretaría de Educación y a la Alcaldía para comprar plantas eléctricas y hacerles mantenimiento, pero pocas veces le han hecho caso y para esa comunidad la energía, antes que un servicio básico, ha sido un privilegio.

Ahora, gracias a una alianza entre el Movimiento Ambientalista Colombiano y la Fuerza Aérea Colombiana, el colegio tiene paneles solares en el salón de clases y cuenta con energía eléctrica allí. Pero no siempre fue así. Esta es la historia de un internado en medio de la sabana semidesértica y del recorrido de varias generaciones de estudiantes y profesores que aprendieron a vivir sometidos a la luz del sol.
 

 

Los niños del internado Buenavista están acostumbrados a resistir la alta temperatura del lugar, que fácilmente llega a los 30 grados centígrados. |© Camilo Ramírez.



En 1998, Jenci Ortiz llegó al colegio público Buenavista a plena luz del día. En ese entonces el colegio solo tenía un aula y dos cuartos pequeños para los niños. Además, no había bombillos ni tomas de corriente, pues no contaban con servicio de energía eléctrica.

Como en Vichada el sol se esconde muy temprano, los 20 niños que en esa época estudiaban en el internado se alistaban para dormir desde las 5:30 de la tarde. “A las 6 p.m. todos estábamos acostados porque no había luz, solo alumbrábamos con velas y lámparas de petróleo y era peligroso quedarse afuera por los animales que rondan el lugar”, dice el profesor Jenci.

Por la falta de energía eléctrica no podían utilizar neveras para refrigerar alimentos, y comían, sobre todo, granos y víveres no perecederos. Jenci asegura que los niños se quejaban porque la comida no variaba mucho. Sin embargo, la falta de luz en las noches no era un problema para ellos, pues el acceso a servicios domésticos también era limitado en sus hogares.

De hecho, en los años noventa, muchos hogares rurales no tenían acceso a energía, agua potable, alcantarillado, telefonía y otros servicios públicos domésticos. De acuerdo con la Encuesta de Calidad de Vida del Dane (ECVD) en 1997, sólo el 77 por ciento de las casas tenían acceso a energía eléctrica, frente al 99 por ciento de los hogares en las cabeceras municipales. Además, solo el 52 por ciento de quienes contaban con energía eléctrica en la ruralidad creían que la calidad del servicio era buena.

Ahora, de acuerdo con la ECVD en 2018, 90 por ciento de los hogares en las zonas rurales tiene acceso a energía eléctrica, frente a 99,8 por ciento de los hogares en al cabecera. La brecha entre lo rural y lo urbano disminuyó, pero aún hay lugares como Buenavista, no intercontectados con el resto del país.
 


«Llevamos tanto tiempo bregando con la luz que el alumbrado ya no nos preocupa. Necesitamos la energía para conectar al menos un computador y formar en tecnología a los niños, sin las interrupciones de antes»

 

Jenci Ortiz



 

Los niños salen a almorzar al medio día y después la mayoría juega fútbol o repite rondas infantiles hasta que empieza a ponerse el sol y tienen que alistarse para dormir. Con los páneles podrán estar más tiempo afuera del dormitorio.  |© Estefanía Palacios 



Salar la carne para no perderla

 

En 2003, Jenci Ortiz se cansó de pedirle recursos al gobierno local y recolectó dinero para comprar una planta que convertía gasolina en energía eléctrica. La comunidad se entusiasmó y por medio de diferentes iniciativas consiguió los recursos para comprar una nevera e instalar bombillos en los dormitorios

Jenci sintió que por fin había superado las tardes de penumbra, hasta que unos meses más tarde su distribuidor le dijo que no podía venderle la caneca (5 galones) de combustible que la planta requería para funcionar. Así empezó un ciclo agobiante: cuando no había gasolina volvían a utilizar velas y lámparas de petróleo. Además, sacaban los alimentos de la nevera, que quedaba en un rincón como un aparato inútil, y salaban las carnes para preservarlas mientras podían consumirlas. 

La disponibilidad de gasolina es solo uno de los inconvenientes que tienen estas plantas. Camilo Prieto, fundador del Movimiento Ambientalista Colombiano, asegura que “las plantas relacionadas con combustibles fósiles emiten material particulado y gases que aumentan el riesgo de desarrollar enfermedades respiratorias, vasculares y cardiovasculares. Y como las ponen muy cerca de los hogares o salones, es como tener un motor de un carro pegado a la casa”.

Tal vez lo positivo de esa época fue vivir alrededor de la luz natural y aprovecharla al máximo. “Tuvimos que adaptarnos otra vez al sol. Apenas amanecía empezaban las clases. Los niños aprovechaban cada segundo de luz porque sabían que el día se iba a terminar pronto”, cuenta Jenci. 

Pero la falta de acceso a energía no solo implica acostumbrarse a alumbrar con velas o dejar de consumir alimentos variados. Al no contar con ese servicio regularmente, no tenía sentido comprar computadores ni proyectores, y los profesores no podían utilizar recursos audiovisuales en las clases ni enseñarles a los niños sobre tecnología. 

 


Por fin: la escuela con bombillos 

 

El servicio irregular de energía eléctrica continuó en los años siguientes, así que Jenci compró una nueva planta en 2006 -esta vez con recursos del gobierno- que requería menos combustible. Por la importancia que ya tenían los recursos tecnológicos en la educación del resto del país, los profesores se animaron a comprar un computador y un proyector.

Esa planta funcionaba con menos gasolina pero a veces fallaba. “Cuando la máquina dejaba de funcionar teníamos que sacar de nuevo los alimentos de la nevera y se rompía la cadena de fríos, así que consumirlos era un riesgo”, advierte Jenci. Además, los niños se quejaban porque tenían que dormirse, como en épocas pasadas, en simultáneo con la puesta del sol.

Por eso, Jenci continuó la búsqueda de fuentes alternativas de energía y se encontró con una iniciativa del Movimiento Ambientalista Colombiano. Esa fundación sin ánimo de lucro instala unidades de energía solar en aulas de zonas no interconectadas del país, y empieza un proyecto pedagógico a largo plazo sobre el cuidado del medioambiente con la comunidad.

El movimiento, asociado con la Alcaldía de La Primavera y la Fuerza Aérea Colombiana, acordó instalar en el aula de clases cuatro páneles solares, un inversor y una batería. Con ese sistema, las células fotoeléctricas transforman la luz del sol que reciben y la convierten en un kilovatio de energía aproximadamente, que alcanza para prender un televisor, los bombillos y poner a cargar celulares al mismo tiempo.
 

 

Durante ocho horas dos miembros del Movimiento Ambientalista Colombiano instalaron cuatro páneles solares en el techo del salón principal. Ahora, el lugar califica como 'aula ambiental', al utilizar energía renovable.  |© Camilo Ramírez y  Estefanía Palacios

 


Instalar el sistema de autogeneración de energía, que costó unos ocho millones -sin contar el transporte-, no fue sencillo. La última semana de mayo, las unidades fabricadas en China viajaron en avión desde Bogotá hasta la base de la Fuerza Aérea en Vichada y luego los llevaron en tractor hasta el colegio Buenavista. La operación duró una semana, pues el peso de los páneles hundió varias veces el vehículo en el terreno fangoso de la carretera.

Finalmente, el 5 de junio la Fuerza Aérea trasladó a los instaladores del Movimiento Ambientalista Colombiano a la zona. Después de un día de trabajo bajo el sol inclemente del Vichada, el aula quedó lista: ahora tiene bombillos y tomas de corriente.

La comunidad del colegio Buenavista, como muchas otras en Colombia, todavía le solicita al gobierno acceso a servicios que influyen en la calidad de la educación, como energía eléctrica para todo el colegio o internet, que los profesores califican como un servicio “pésimo”. Solo en tres puntos de la escuela hay señal esporádicamente y con una conexión muy débil. Por eso, la lucha de la comunidad continúa, todos los días, cuando sale el sol.


 

 

 

 

 

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