El otro lado de las corralejas en un pueblo de Sucre

mayo 23 de 2018

Un espectáculo donde se maltrata a un animal es una de las mayores fiestas y tradiciones de Caimito. También es la principal fuente de ingresos para obreros y familias del Caribe con pocas oportunidades de empleo..

El otro lado de las corralejas en un pueblo de Sucre

| Los cuernos son usados para entrenar a toreros y banderilleros tiempo antes de la faena. | Por: Andrés Herrera Pérez


Por: Andrés Herrera Pérez


Vista desde lejos, la corraleja parece una corona de espinas. Una docena de obreros (o palqueros) levanta las graderías para 3.000 espectadores, soportando temperaturas de hasta 40 grados centígrados. Durante los cuatro días de construcción, los trabajadores se ahogan entre el martilleo y el constante descargue a hombro de tablas, postes y tejas viejas. No hay ingenieros que dirijan la obra ni arneses ni cascos. Solo existe la necesidad de trabajar de pueblo en pueblo por 20.000 pesos diarios, más comida y un lugar dónde guindar las hamacas.

 

– FOTOS Y TEXTO: ANDRÉS HERRERA PÉREZ 

 

 

Ahora están en Caimito, donde no hay caimitos (una especie de árbol) pero sobra el pescado. El nombre del frutal engaña la imaginación del que llega a este pueblo de Sucre, a orillas del río San Jorge. Todos los años, en enero, los caimiteros se ocupan de los preparativos de la fiesta de corralejas –nombre derivado de la palabra ‘corral’–, que es una faena taurina con origen en las tradiciones españolas llegadas a la región en el siglo XIX.

La corraleja tiene dos niveles: en el primero se acomoda sin pagar el que quiera, pero se expone a ser blanco de todo lo que cae del segundo, los palcos. El nivel inferior también es el acceso al ruedo para los aficionados, que ingresan por los espacios que hay entre las vigas que sostienen la plaza. Son orificios que sirven de escape cuando el toro decide embestir a la multitud. Allí se pueden ver los ojos del animal a escasos centímetros, entre el caos de quienes huyen y los sombreros vueltiaos que vuelan. En este nivel hay cantinas donde se vende trago y comida. Hay enormes ‘picós’ (equipos de sonido) pintados con colores fosforescentes, que curten el aire con la voz de Diomedes Díaz y Los Hermanos Zuleta.

 

 

Arriba, en los palcos, hay que pagar. En este nivel familias enteras disfrutan la faena comiendo mangos, naranjas, algodón de azúcar o masa de yuca frita. Otros –los que pueden– beben cerveza, ron o whisky, que reparten entre los están en el ruedo arriesgando el pellejo al acosar al toro por unos pesos. La música la ponen cuatro bandas de viento que tocan porros y fandangos, pero el sonido grave del bombardino se pierde en el ruido de las tejas de zinc, carcomidas por tantos soles de corraleja, que los asistentes golpean a rabiar cuando un caballo sale destripado, el toro lanza al aire a un borracho, el banderillero ejecuta con precisión su acto o un garrochero se salva por poco de la embestida. Mientras los jóvenes beben y bailan agitando abanicos de palma, los viejos comentan la faena y hacen predicciones sobre la bravura del siguiente toro, las jornadas que lleva encima y el prestigio de la ganadería a la que pertenece.

 

 

Los ganaderos que alquilan los toros para la corraleja se ubican en los palcos. De acuerdo con el desempeño del animal, ordenan el ‘castigo’ al que debe ser sometido: banderillas o garrocha. Además, ofrecen dinero a los entusiastas que hagan trucos, como saltar encima de los cuernos, clavar las banderillas acostados en el suelo o subidos en una mesa y acosar al toro desde un caballo hasta clavar las garrochas en su carne. Pero la bestia no siempre ofrece el espectáculo esperado por la multitud. A veces, simplemente se desploma sobre la arena, acalambrado. Entonces, la gente se agolpa encima y los vaqueros le parten el rabo o le cortan la oreja para que, según ellos, la improvisada sangría relaje al animal. El resto de la turba golpea sus testículos o lo patea donde puede. Cuando la mole logra ponerse en pie, todos corren en cualquier dirección y retorna la espiral de alcohol, sangre y arena. Estas escenas se repiten hasta treinta veces por tarde. Si un perro despistado entra al ruedo, corre la misma suerte.

 

– Garrocha –

 

– Banderilla –

 

 

 

 

 

 

Cuando la faena termina, el centro de la corraleja se llena de mesas y sillas. La gente brinda y baila al son de los conjuntos vallenatos que llegan para ganarse la vida. Los versos de Juancho Polo Valencia huelen a Old Parr y contienen una realidad que se hace brutal al mirar la arena del ruedo:


 

“Donde quiera que uno muere, ¡ay, hombe!, todas las tierras son benditas.

Donde quiera que uno muere, ¡ay, hombe!, todas las tierras son benditas”.

 


El escenario que minutos atrás contuvo a la masa y a los animales ahora es una pista de baile y un campo de juego donde los niños practican los movimientos de los toreros con pañuelos mientras los adultos los persiguen con cornamentas (cuernos) reales. Afuera de la corraleja cientos de vendedores se ganan la vida ofreciendo toda clase de mercancías y alimentos. Entre la oferta gastronómica se encuentran ‘chuzos’ de carne de los mismos caballos sacrificados en el ruedo, como me lo confesó uno de los vendedores. Los patios de las casas se adaptan como cantinas y hasta allí llegan los que hasta hace pocos minutos estaban esquivando la muerte. Las botellas vuelan de mesa en mesa y los picós, cada vez más grandes, retumban para que toda la Costa sepa que los caimiteros están de fiesta.

 

 

En este jolgorio se conoce la otra cara de la corraleja: la de la vida y el rebusque. La mayoría de vendedores son trashumantes que persiguen la corraleja para subsistir. Familias enteras comen gracias a la fiesta que cobra la vida de muchos animales. Como la de Jose, oriundo de La Unión, Sucre, que vende jugo de mandarina junto con su mujer y su niño de tres años. Pero Jose ya está cansado de viajar tras su carreta y quiere asentarse en su pueblo para montar un negocio propio de jugos y batidos. También está Eusebio, que vende los sombreros vueltiaos que les compra a los indios zenúes de Tuchín, Córdoba, para mantener a su familia en Galeras, Sucre. Solo necesita dos árboles para tender cables y colgar su mercancía. Cuando la fiesta está en su clímax, recoge sus sombreros y hace una pila que ofrece a los emparrandados. Tanto Jose como Eusebio coinciden en que en las corralejas son violentas y no les gusta ver el espectáculo, pero de algo tienen que vivir.

 

 

El torero Urbano Ramos, que lleva diez años capoteando la pobreza en las corralejas, solo ganó 300.000 pesos en esta temporada. Es poco dinero. Por eso debe volver a montarse en su moto vieja para llevar a los caimiteros de un extremo a otro del pueblo. Es hijo de El Loco Ramos, –según él– el mejor capotero de Sahagún, Córdoba, a quien de tantas cornadas que recibió se le debilitaron las venas hasta el colapso. A Domingo Arroyo, banderillero y propietario de un restaurante, le va mejor que a Urbano: puede ganar hasta 2 millones de pesos en cada pueblo. Por su parte, Luis Cuadrado, Kalimán, no tuvo suerte. Este hombre encorvado que exhibe en el estómago el mapa de cicatrices de sus correrías y desventuras, no saltó al ruedo porque aún no se recupera de la última embestida. Mientras lo hace, muestra sus marcas vestido de blanco, pero en lugar del turbante del héroe radial, lleva un gorro de lana en el sofocante calor de las graderías.

 

 

 

 

 

 

Varios fanáticos de esta fiesta afirman que no existe maltrato, pues según ellos el toro no sufre porque su umbral de dolor es muy alto o porque sangrar los relaja. O porque son fieras nacidas para la faena. Si un caballo es herido o muere es a causa de la falta de pericia de su jinete. En cuanto a las víctimas humanas, los defensores de las corralejas repiten mecánicamente que es algo ajeno a la esencia de esta fiesta brava y que se debe a la imprudencia de los aficionados, porque “a nadie se le pone un revólver en la cabeza para que entre ahí”.

Por ahora la fiesta termina y los camiones llegan para llevarse los puestos de comida, las carretas de las frutas y los juegos de azar. Otro pueblo espera ansioso el ajetreo de los palqueros y los olores de las frituras, las naranjas y el ron que llenarán de dicha a más gente de la Costa Atlántica colombiana y serán el sustento de sus familias. Por ahora, las heridas de los animales sanan lentamente mientras descansan, sin saber que de nuevo serán arrojados a una turba alucinada. Lo cierto es que la fiesta sigue de pueblo en pueblo, y tras esta las necesidades de una población sin oportunidades.

 

 

 

 ZOOM  EN LA VOZ DEL FOTÓGRAFO 

 

- Mientras ves las fotos, escucha la historia de este reportaje gráfico en la voz de su autor -

 


 

Por ANDRÉS HERRERA PÉREZ

Instagram: @andresherreraperez

 

Fotógrafo y docente bogotano. Autor del libro Desarraigo (2013). Su trabajo se ha publicado en colaboraciones con entidades como Codhes, Onic y la Universidad del Rosario, así como en el portal de National Geographic y en la revista Enfoque Visual. El proyecto Desarraigo fue elegido como Iniciativa de Memoria Histórica en 2013 por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Ha sido expuesto en diferentes espacios del país y Latinoamérica. En 2015 lo nombraron Canon Colombia Ambassador.

 

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