El paraíso oculto en el Golfo de Morrosquillo

diciembre 15 de 2020

La Reserva Natural Sanguaré, que antes era una hacienda ganadera, hoy es un destino turístico cuya única finalidad es cuidar los recursos naturales y culturales de San Onofre (Sucre). .

El paraíso oculto en el Golfo de Morrosquillo

| En esta foto panorámica se ve el muelle de Sanguaré | Por: ©Sanguaré


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

En la esquina norte del Golfo de Morrosquillo, en San Onofre (Sucre), se esconde un destino natural con aguas cristalinas y playas de arena dorada, rodeado  por una docena de ecosistemas. En la Reserva Natural Sanguaré, que puede compararse con el paraíso, Diana Serna y Álvaro Roldán construyeron su sueño: abrir un ecohotel que cuidara el medio ambiente y les diera empleo a las comunidades. “Conocer lo que tenemos, restaurar lo que perdimos y conservar lo que dejamos”, esa ha sido su consigna desde que llegaron.

 

Álvaro era instructor de buceo de la escuela de Antioquia. En uno de sus cursos, un grupo de personas querían certificarse en su propia finca, una tierra ganadera de casi 600 hectáreas en la que solo había vacas y un mar tan azul que se confundía con el cielo. Al llegar, sus ojos no podían dar crédito a la magia de aquel lugar. 

 

Después de pensar qué hacer, Álvaro decidió atar su vida a esa playa. Les hizo una propuesta a los ganaderos dueños del lugar y montó su primera escuela, “Buceo del Golfo”. El sueño fue cambiando con el tiempo y Álvaro se dio cuenta de que, si quería seguir buceando, debía dedicarse a cuidar esas tierras golpeadas durante años por ganadería extensiva y la erosión. 

 

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©Sanguaré

 

Pensando en eso, creó “Golfo, Buceo y Verano” y se embarcó en construir un hotel con todas las comodidades para los buzos. El lugar funcionó como escuela por varios años hasta que Álvaro, de la mano de su esposa Diana -quien también se enamoró del lugar-, fundó la Reserva Natural Sanguaré, el nombre con que bautizaron los españoles a la zona durante la Colonia.

 

Desde el 2002, Sanguaré forma parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas, bajo la categoría de Reserva Natural de la Sociedad Civil. Es maravilloso ver cómo se ha transformado el suelo, como nuevamente las especies han vuelto a vivir en la zona. Cómo ha renacido”, cuenta Álvaro al recordar cómo estaba la finca cuando llegaron. Su propósito siempre fue devolverle la exuberancia al bosque.

 


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“Yo llegué a Sanguaré mirando al mar y ahora solo miro al bosque. Uno no se imagina cómo era eso antes; no había casi árboles, solo se veían arenales. Pasamos de soñar un bosque a verlo frente a nuestros ojos. Fue una obsesión y lo sigue siendo”, cuenta Diana, cuya alegría al hablar de Sanguaré parece la de un niño cuando conoce el mar, otro de sus encantos.

 

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©Sanguaré

 

El lugar esconde una biodiversidad enorme. En las noches de luna nueva, el plancton brilla y basta con sumergirse para quedar cubierto de luz. En el día, en el parque Corales del Rosario y San Bernardo, una de las barreras de corales más grandes y biodiversas del país, se pueden ver cientos de especies diferentes, todas adornadas de un sinnúmero de colores.

 

La reserva cuenta con una extensión de 598 hectáreas, de las cuales el 60 por ciento están destinadas a la conservación e incluyen ecosistemas estratégicos como el bosque seco tropical, humedales de agua dulce y sabanas naturales, conectados con manglares, lagunas costeras y hasta praderas marinas. Además del área de preservación, Sanguaré tiene una zona productiva. En la finca aún hay ganado, bajo un modelo sostenible. El hotel cubre casi todos los gastos para que dentro de la reserva se pueda seguir preservando los recursos naturales.

 

“Nosotros no solo queremos dinamizar la economía local con turismo sostenible, sino ayudar en ese proceso de cuidar los espacios ecosistémicos de la zona. Sanguaré es el equilibrio”, explica Diana. En estos años se han dedicado a brindarles a los turistas una experiencia atada al medio ambiente. En el hotel no hay canecas para papel, no se permite traer alimentos procesados o licor.
 

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©Sanguaré

 

También hay una conciencia de cuidar los saberes de las comunidades de la zona. “Sucre tiene una magia muy particular. Fuera de los indígenas, de los afro y los mismos españoles, hubo un aporte muy importante de la comunidad libanesa en esa identidad, entonces tenemos una oferta cultural y gastronómica muy rica. Estamos a la orilla del mar, pero también al filo de la montaña”, cuenta Diana.

 

Por eso, como uno de los muchos encantos de Sanguaré, toda la comida está basada en esa historia de la región. El hotel sirve platos árabes, como kibbes, tabule, o arroz con almendras, así como pescado frito, plátano verde, yuca, marañón, corozo y un fruto de la región conocido como jobo.

 

En Sanguaré solo se escucha al viento moviendo las ramas de los árboles, acompañado por las olas del mar. En las mañanas se pueden ver a los turistas tratando de dominar las tablas de windsurf, o caminando en medio del bosque maravillados con los pájaros y los insectos. En las tardes, con un sol tan naranja que todo lo pinta, se ven coloridos kayaks navegando hacia alguna isla. También enamorados contemplando el paisaje desde el muelle.

 

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©Sanguaré

 

Este paraíso no solo respira paz, también aventura. Los más atrevidos pueden tomar cursos de buceo en uno de los mares más cristalinos del país, montar bicicleta en medio de la reserva o salir en las noches en búsqueda de las babillas que se esconden en la ciénaga. 

 

Pero aunque estas actividades sean lo que hoy permite que Sanguaré proteja y cuide todos los ecosistemas de la zona, como la primera reserva civil en todo el departamento de Sucre, esto no sería posible sin que se cree conciencia en los municipios aledaños. Diana y Álvaro tienen clara la necesidad de que las comunidades entiendan la importancia de cuidar los recursos naturales de la zona.

 

Por eso, como uno de los programas que ofrece la reserva, los grupos de universidades o colegios que los visiten deben entregar los conocimientos que adquieran a los empleados de la reserva, todos locales, y a los colegios de la zona. De esta manera, en ese intercambio de saberes se aseguran que los más pequeños entiendan la importancia del lugar en el que viven y quieran protegerlo. 

 

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©Sanguaré

 

“La sostenibilidad requiere de ese intercambio, de que los pelados locales puedan tener esa visión de poder estudiar, de hacer otras cosas, de tener sueños, otro tipo de metas”, explica Diana. Para ambos, Sanguaré no puede ser una isla alejada de todos, sino  el eje para que en la zona se protejan los recursos naturales. Ese beneficio no se mide en dinero sino en tranquilidad. “Sin la comunidad no hay nada, y sin duda, cualquier cosa que se haga por la conservación el que se beneficia es el ser humano, agrega Álvaro. 

 

Hoy Sanguaré, que hace tan solo 18 años era un terreno casi árido y muy golpeado por el hombre, es otro gracias al sueño de Álvaro y Diana de construir una reserva natural. Allí, ambos han podido consumar su amor al mar, las olas y la arena y con su trabajo cuidar a cientos de animales que habitan la zona.

 

“Sanguaré para mi es arraigo, es un soporte a la vida, un alimento para mi ser, para mi espíritu. —dice Álvaro con la satisfacción de la labor hecha y con miras al futuro—. No es trabajo difícil, no es un esfuerzo que me cause sacrificio. Nace de mi alma y espero que esté en el querer de más personas. A mí no me alcanza el tiempo que le quiero entregar a Sanguaré, pero espero que no nos quedemos cortos.

 

Si quiere conocer más sobre Sanguaré y le gustaría planear un viaje a este destino, lo puede hacer haciendo clic en la siguiente imagen:

 

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