El profesor que mantiene viva la música wayuu

marzo 26 de 2021

Se llama Joaquín Prince y lidera una escuela que, por medio de los ritmos y los bailes ancestrales, preserva la cultura de este pueblo indígena. .

El profesor que mantiene viva la música wayuu

| Joaquín toca massi, un instrumento tradicional de los Wayuu, en una presentación | Por: Joaquín Prince


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

Joaquín Prince siempre ha tenido la música en su sangre. Es parte de su identidad como persona, wayuu y líder. Para su pueblo la música es su vida. Está atada a la espiritualidad, al territorio, la organización, la economía y al wayuunaiki, su lengua materna. Por eso, cada mañana, Joaquín se levanta con un objetivo: cuidar el legado de sus ancestros con el sonido de una canción.

 

Aprendió a tocar desde pequeño. Su abuelo materno era músico y le contaba las historias detrás de cada instrumento. La cosmología wayuu está ceñida por completo a sus sonidos. Empezó tocando kaasha -tambora, en español- y a partir de entonces se enamoró de todos los instrumentos. También aprendió a tocar maasi, wa´ awaai, sawawa y turompa. 

 

“No existe una historia de cómo llegaron a nosotros los instrumentos, ni quién los trajo, pero son propios de nuestro pueblo. Cada uno está atado a lo que somos como wayuu”, explica. 

 

En la actualidad, Joaquín utiliza los conocimientos sobre la música wayuu que obtuvo de su abuelos y sus tíos para liderar la escuela 'Sauyeepia wayuu', que significa Semillero wayuu, con la que busca reafirmar y fortalecer la cultura en los niños, niñas y adolescentes de Uribia y de toda La Guajira.

 

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©Joaquín Prince

 

“Aprender de la música requiere saber de nuestra cosmovisión. Saber de dónde somos, cuál es nuestro origen y a dónde vamos como pueblo. Cuando les enseñamos a nuestros estudiantes sobre nuestra música, estamos afianzando nuestra cultura, que se ha visto tan vulnerada por el paso de los años”, cuenta Joaquín.

 

La escuela no es un salón y cuatro paredes. Es la enramada y la sombra debajo de una aipia (un árbol de la región), es el viento de la Alta Guajira, los sueños y los pensamientos que se despiertan con el sonido de los instrumentos. Joaquín les  explica  a sus estudiantes cada aspecto de la identidad wayuu:“Es importante que ellos entiendan que el origen del ser wayuu se ve reflejado en todo lo que hacemos”.

 

La Yonna, por ejemplo, que es el baile ancestral, está acompañada por el sonido de la tambora. Durante el baile y, al son, la mujer sigue al hombre, al tiempo que abre con las  manos una manta, tradicionalmente roja, realiza  una serie de movimientos que se inspiran en aves y animales del territorio. 

 

Es un baile que representa tres principios básicos para la comunidad: la igualdad social, la solidaridad colectiva y la mejora de las relaciones entre el ser humano y el Cosmos. Casi todo ritual wayuu, como la Yonna, está acompañado por el sentir de un músico.

 

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Pie de foto

 

En su cosmovisión, los wayuu no fueron creados sino concebidos por la lluvia y la tierra. De su unión nacen las plantas, el primer ser, del que se desprenden de los primeros instrumentos, hechos con la madera de las ramas. Después de las plantas nacen los animales, el segundo ser, de cuyo cuero se hacen las primeras kaashas, los primeros tambores. 

 

Entonces surgen los pájaros y de su cantar nace la música, la tonalidad que ha acompañado a los wayuu por generaciones. Por último, nacen los wayuu como pueblo, con una unión de la lluvia y de la tierra, del padre y la madre. “los instrumentos representan a cada una de esas etapas de creación, son fruto de nuestros antepasados”, explica Joaquín. 

 

La música trasciende en el alma de los wayuu. Pero con la llegada de la tecnología,  la gentrificación y el crecimiento de la población, esa identidad se fue perdiendo. Cientos de generaciones ya no saben de su música, de su cultura. Eso fue lo que motivó a Joaquín a luchar con las uñas. 

 


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La fundación la mantiene con lo que puede. Sus ingresos por la pandemia se vieron reducidos casi que a la mitad.  A pesar de eso, ha encontrado formas de seguir dándole clases a los niños. Casi 300 dependen de él y de los otros sabedores en la escuela.

 

Ellos son su motor. No le interesan los premios o reconocimientos que ha ganado, su vida gira en torno a sus estudiantes, a encontrarse juntos bajo la sombra de una aipia tocando música. Pues a pesar de que sus conocimientos lo han llevado a Bogotá, a Venezuela e incluso a los Estados Unidos, donde participó en el festival Smithsonian en Washington, Joaquín no cambia a Uribia, a su Guajira.

 

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©Joaquín Prince

 

Incluso su escuela se ha convertido en un epicentro para los wayuu que han salido de Venezuela en medio de la crisis migratoria. Dos profesoras en la escuela son sabedoras que huyeron de Venezuela y además 4 niños migrantes hoy toman clases.Somos un espacio de integración y así siempre ha sido. Los wayuu somos un solo pueblo, todos tenemos las mismas raíces”, explica. 

 

“Estos niños serán multiplicadores de nuestra cultura. Cuando nosotros vayamos a descansar, al paraíso de los muertos, sabremos que seguirán nuestro legado”,dice Joaquín.  Su intención es sembrar una semilla, un sauyeepia, en cada persona que quiera aprender sobre los wayuu, incluso los alijuna (blancos).

 

“Una vez llegó un músico de Bogotá que quería aprender sobre nuestra música. Después de un tiempo hablando con él, accedí. Le enseñamos sobre nuestra cosmología, algunas palabras en nuestra lengua e incluso lo vestimos como nosotros. Las personas siempre se quedaban mirando al alijuna enwayuucado”, recuerda entre risas.

 

Su misión de vida, por la que incluso ha dejado de comer, es cuidar la música que corre por sus venas. Cuidar el legado que le dejaron sus antepasados cuando los wayuu como pueblo fueron concebidos: “El mayor miedo de mi abuelo era morir y perder nuestra cultura, nuestra música. Siempre me dijo que esa responsabilidad era mía, cuidarla, protegerla y cultivarla en otros. Hoy hemos dejado varias semillas, habrá que ver si el árbol sigue creciendo”. 

 

 

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©Joaquín Prince

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