El renacer de El Castillo, Meta

septiembre 25 de 2020

Tras décadas de conflicto, miles de familias que fueron desplazadas han vuelto a sus tierras para retomar la vida que la guerra les arrebató. Esta es la historia de Zenaida y Enith, que construyen con una asociación campesina la esperanza de un municipio distinto .

El renacer de El Castillo, Meta

| Algunos miembros de la asociación revisan sus cosechas para verificar su calidad. | Por: Cedida por Juan Sebastián Bociga


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

En el Alto Ariari, entre la Sierra de La Macarena y el Páramo de Sumapaz, está El Castillo, Meta. Por años, varias de sus casas estuvieron escondidas entre las plantas que se adueñaron de sus paredes. Reinaba el silencio y, en muchos casos, el olvido. Cuatro de sus centros poblados y 19 de sus 42 veredas estaban vacías por la violencia. El éxodo que se vivió en la zona duró casi dos décadas y de los trece mil habitantes que alguna vez tuvo el municipio, solo quedan siete mil.

 

Zenaida Betancurt fue una de las personas que tuvo que huir, cuando tan solo tenía 16 años. Con su hija Enith aún en brazos, dejó a su familia y a su tierra atrás. “Un día nos hicieron salir a todos en medio de la noche porque en la plaza del pueblo dejaron unos muertos calcinados que habían bajado de la cordillera. Y no pude, no podía vivir así, no era capaz de vivir con miedo”, dice Zenaida, que al día siguiente, en 1988, empacó lo que pudo y empezó a caminar.

 

Llegó al municipio de La Vega, en Cundinamarca, donde su ahora exesposo tenía familiares. Casi sin dinero, no sabían qué esperar. Los primeros meses fueron difíciles. Sobrevivían con lo poco que encontraban.

 

Habían pasado dos años y todo parecía estabilizarse. Una tarde, sin embargo, mientras escuchaba La Voz del Llano, una costumbre que había aprendido de sus padres, su corazón se detuvo. Anunciaron que tres personas habían sido asesinadas en la vereda Medellín del Ariari. “Por esa noticia supe lo que pasó. Si no la hubiera escuchado, no habría alcanzado a venir al entierro a despedirme de mi padre”, dice con voz entrecortada.

 

Lo asesinaron en sus tierras, llenas de frutas. Lo acusaban de apoyar a los militares que acampaban en su finca sin preguntar. En el entierro Zenaida se juró jamás volver. En La Vega vendió cuanto producto encontró para sacar adelante a su familia y 13 años después, casi como un llamado a estar más cerca de su tierra, se mudó a Villavicencio en búsqueda de mejores oportunidades. Allí tuvo un negocio pequeño, donde trabajaba toda la familia. Uno a uno, sus hijos empezaron a estudiar y a salir de la casa. Zenaida se fue quedando sola.

 

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Se ven los dos productos insignia de Asocamprocas 

©Sebastián Bociga

 

Enith, su hija mayor, entró a estudiar al Sena temas de agricultura, contra sus deseos. “No haga eso, no vaya para allá, vea que en el campo no hay oportunidades y que a nosotros nos tocó salir corriendo de la finca”, le repetía una y otra vez. Su sueño siempre fue vivir en el campo, era una pasión que sentía en su corazón. Pero cumplió 25 años, se enamoró y, contra todo pronóstico, se fue a vivir a Bogotá.

 

Mientras tanto, Zenaida no tenía ingresos y sufría por pagar el alquiler. Motivada por un amigo, regresó a El Castillo 25 años después de haber sido desplazada. “Llegué sola, sin mis hijos. Quedé volando como la gallina cuando se queda sin sus pollitos”, dice. Al volver, su terreno ya parecía parte del monte. Había animales por todas partes y enredaderas colgadas en las paredes de su casa. Todo estaba abandonado. Volver a la tierra donde su padre había sido asesinado 23 años atrás fue algo que nunca imaginó.

 

“Lloraba día y noche, pero había que ponerle el pecho a la vida”, cuenta que fue difícil pero el municipio parecía ser diferente. Se reencontró con su felicidad y con algunos de sus amigos de infancia que, a pesar de todo, jamás dejaron el pueblo. Volvía a ella la esperanza; la vida aparecía otra vez en El Castillo. “Estuve ausente por 25 años, pero nunca me fuí del todo”.

 

Al volver, en medio de las elecciones, se encontró con un pueblo distinto. “Las personas —dice con sorpresa— salían con banderas a la plaza. Yo no podía creer que estaba viendo esa confianza y esa tranquilidad en la gente, cuando antes nadie podía decir nada”. Así se enamoró otra vez de su pueblo. Se reencontró con la naturaleza y con las chicharras que sonaban en las noches.

 

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Fue un proceso largo, pero adecuaron un espacio en las tierras de Zenaida donde hoy tienen la planta para procesar los alimentos.

©Cedida por Juan Sebastián Bociga

 

Enith, desesperada en Bogotá, decidió unirse a su madre en El Castillo a mediados de 2015. Empezó a trabajar en la finca y, con el poco capital que tenía, invirtió en un cultivo de plátano, el producto insignia de la región. El resultado fueron solo pérdidas. “Estuve varada, preguntándome qué hacer, porque nadie se iba a preocupar por ayudarme”, cuenta Enith, quien en la siguiente cosecha encontró una salida en la asociatividad. 

 


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El municipio había tenido por décadas un problema de confianza. Las personas en unas veredas no se atrevían a relacionarse con las poblaciones de otras. Pero la violencia que se vivió en el pueblo, y que para el 2005 había desplazado a cerca de 5.000 personas, empezó a desaparecer poco a poco y, con esto, resurgió una especie de hermandad. Para 2016, y luego de caerse varias veces, Enith Medellín entendió la necesidad de unirse con la comunidad: creó, junto a 20 vecinos, la Asociación de Campesinos Productores de El Castillo (Asocamprocas).


“Éramos indiferentes a las necesidades del vecino. Ahora somos una familia. Un grupo de personas que trabaja por construir en conjunto”, cuenta sobre ese proceso, que le ayudó a encontrar su vocación y su pasión por servirle a la gente.

 

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Enith y Zenaida se han reencontrado en El Castillo y han encontrado nuevamente su casa. Hoy gracias a su esfuerzo venden sus productos en varias ciudades como Bogotá y Villavicencio.

©Arhivo personal Enith Medellín

 

La asociación, en tan solo cinco años, pasó de ser una comercializadora de plátanos y yucas, a producir pasabocas empaquetados, harina y sus tradicionales rosquillas de plátano y queso. Todo en una pequeña planta que construyeron en el terreno de su madre. ‘El lugar donde renace la esperanza’ es el eslogan de los productos, pero más que eso, es una frase que identifica la historia del municipio tras la firma del Acuerdo de Paz.

 

“Renació la ilusión. Llegó el Estado, la inversión y la gente empezó a volver al pueblo”, rememora Enith, para quien la deuda con su comunidad aún no está saldada. “Somos un municipio muy rico, con muchos recursos y una vocación de hacer, pero nos estancó la guerra”, añade Zenaida, encargada de verificar la calidad de los plátanos para la producción.

 

De la mano de su hija, que hoy encabeza la asociación y hace parte de la junta comunal de la vereda, el futuro parece alentador. “Les estamos dejando un legado al municipio y a los hijos de la asociación. Queremos que los niños tengan un lugar donde trabajar y vivir bien”, comenta Enith, una afirmación que contrasta con lo que le decía su madre décadas atrás: que debía salir del campo, que la vida en El Castillo se sufría y se guerreaba. Pero con la fábrica, que está próxima a completar los recursos para obtener su primer certificado de Invima, hay cómo mirar al horizonte.

 

Hoy, El Castillo parece renacer en una tierra que estuvo por años olvidada en medio de la maleza. El pasado no se borra, pero el camino al futuro ya no es incierto. Zenaida Betancurt y su hija Enith Medellín hoy construyen, a punta de chips de plátano y mucho amor, un territorio donde renace la esperanza, la paz y la ilusión por un país distinto.

 


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