El turismo que despertó en el Meta tras el Acuerdo de Paz se niega a morir

marzo 08 de 2021

Excombatientes y campesinos le siguen apostando al ecoturismo en uno de los departamentos con mayor riqueza paisajística y biodiversa del país. La paz para ellos apenas comienza con la esperanza de sacar adelante sus proyectos productivos. .

El turismo que despertó en el Meta tras el Acuerdo de Paz se niega a morir

| En río Güéjar, que se ha convertido en uno de los principales destinos en el Meta, estuvo cerrado a turistas por la violencia durante décadas. | Por: ©Maravillas del Güéjar


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

Cientos de trochas y pasos ocultos dieron forma a la guerra que se vivió en Colombia. Desde los años 50, en la disputa partidista entre Liberales y Conservadores, y después durante el conflicto entre la guerrilla, los paramilitares y el Ejército, las montañas y los ríos del país han sido el escenario de la guerra y testigos de miles de historias. Algunas, incluso, jamás se conocerán.

 

El cañón de la Duda, un paso entre el páramo de Sumapaz y el municipio de Uribe (Meta), es tal vez uno de los más icónicos. Por generaciones las personas han caminado sus laderas, que fueron el escenario de combates, muerte y desesperanza. Allí pasó el Ejército, la guerrilla y los campesinos que huían de sus tierras desplazados. 

 

En el Duda se llevó a cabo la primera conferencia de las Farc y se fundó la Casa Verde, el hogar de Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”. Y en 1990, el 8 de diciembre, la posibilidad de tener una salida negociada del conflicto terminó allí con el sonido de las bombas que soltaron los aviones Kfir del Ejército, que trataban de dar la estocada final al Secretariado de las Farc tras el fracaso de las negociaciones en Casa Verde con el Gobierno de Virgilio Barco.

 

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©Semana

 

Casi tres décadas después, en 2017, las Farc hacía entrega de sus últimas armas en Mesetas, tras haber firmado el Acuerdo de Paz de La Habana. La guerrilla, que durante más de 40 años recorrió esas montañas, dejaba de existir como grupo armado en el lugar donde se gestó y se consolidó la guerra. El mismo lugar donde hoy nace la esperanza con el turismo y con la paz.

 

De acuerdo con cifras del Centro de Información Turística de Colombia, el turismo en el Meta se duplicó en los últimos años. El departamento pasó de recibir 2.667 turistas internacionales en 2012  a recibir  4.700 turistas en 2018. La paz fue clave en el crecimiento de la industria a nivel nacional y en particular de estas regiones que habían sido golpeadas por la guerra. Según cifras del Ministerio de Comercio para 2010, solo 2,6 millones de visitantes extranjeros viajaron a Colombia, mientras que en el 2017, un año después de la firma del Acuerdo de la Habana, la cifra se elevó a 6,5 millones.

 

Cientos de municipios se abrieron al mundo luego de años en que sus territorios estaban prácticamente vedados por el conflicto, y el departamento del Meta supo aprovechar esa oportunidad. Ya no hay zonas rojas, ya no hay pueblos guerrilleros; hay miles de personas que quieren que sus vidas dejen de estar atadas al estigma de la violencia y al sonido de las balas. Que quieren entregarles a quienes los visitan la exuberancia de la naturaleza que por años ocultó la guerra. 

 

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Cientos de ríos y de caminos ocultos han aparecido nuevamente con el turismo que le ha permitido a las personas reencontrarse con el departmaneto del Meta

©Sendepaz


El renacer de Uribe (Meta) y de Felix Roberto Sanabria


 

“Caminé por el cañón de arriba abajo durante la guerra. Encarcelado yo solo pensaba en cuándo podría volver a verlo, a ver el río. Nunca me he sentido así en ninguna otra parte, cuenta Felix Roberto Sanabria, conocido como Aldemar Barragán durante la guerra. 

 

Conoció el cañón del Duda cuando ingresó por primera vez a la guerrilla, en 1982, y desde ese instante se quedó grabado en su cabeza. Durante su tiempo como comandante del frente Tulio Varón, en el Tolima, e incluso cuando fue capturado, siempre soñó con regresar. Hoy, luego de haber estado preso por 15 años y de haber recibido un indulto fruto del Acuerdo de Paz, su amor por la región no ha cambiado: el color del río y de las montañas lo recargan.

 

Desde que salió de la cárcel supo que su vida debía estar atada a esos caminos. Entonces, de la mano de otros presos políticos indultados, creó la Cooperativa Catypsa en la Nueva Área de Reincorporación Simón Trinidad de Uribe (Meta) y se unió con otros grupos de excombatientes para formar la iniciativa Paraísos Ocultos.
 

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Durante los recorridos, los guías de Catypsa cuentan las historias que vivieron durante el conflicto.

©Sendepaz

©Sendepaz

 

La idea era que en estas laderas, que por años funcionaron como trochas para ocultarse o formar campamentos, se creara una ruta con 12 senderos en los que se puede nadar en ríos cristalinos, hacer rafting, caminatas, rappel, además de conocer la historia de los excombatientes que cambiaron sus vidas con el turismo.

 

“Caminar por estas zonas después del acuerdo ha sido recordar los tiempos pasados y los lugares por los que anduvimos. Es una oportunidad para hablar de lo que pasó y entender cómo hemos llegado a este momento”, explica Felix.

 

En total, 3.810 personas se ven beneficiadas con el programa, 30 por ciento de los cuales son excombatientes de las FARC y 70 por ciento de organizaciones locales como Juntas de Acción Comunal, comités, asociaciones, gremios y cooperativas.
 

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©Sendepaz


Reconciliación y ecoturismo en Mesetas


 

Mesetas, al igual que Uribe, fue otro escenario donde la guerra imperó por años. Durante el fallido proceso de paz del expresidente Andrés Pastrana en El Caguán, este municipio llegó a tener más presencia de la guerrilla que del Estado y las fuerzas militares.

 

En la actualidad, con la firma del Acuerdo de 2016, el cañón del río Güéjar y sus secretos se han abierto al mundo. Mesetas, por primera vez en décadas, es un territorio en paz. 

 

“Nosotros tenemos un cúmulo de historias que nos permiten conocer lo que fue la guerra y entender lo que queremos vivir hoy. Por eso cuando construimos el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) nos propusimos hacer un hotel, que recibiera a varios turistas para que vieran la voluntad de paz de esta región”, cuenta Diego González, excombatiente de las Farc.

 

Su bloque fue de los primeros en llegar a Mesetas. Lo que en algún momento fue un campamento guerrillero se convirtió en un terreno lleno de casas pintadas de colores y en un hotel austero para recibir a los visitantes. Ladrillo a ladrillo edificaron el sueño que tenían desde que llegaron y a pesar de la violencia que hoy persigue a los excombatientes siguen firmes con el proyecto.

 

 

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En el ETCR Mariana Paez, en Mesetas, cientos de excombatientes han encontrado el espacio para desarrollar su proyectos productivos. Hoy, gracias a Sendepaz, los turistas pueden quedarse en un hotel dentro del espacio.

©Sendepaz

 

“Fue muy difícil. La muerte de Albeiro (Parra) fue dolorosa. Él trabajó por años en este proyecto y cuando lo asesinaron acá en el ETCR nos dejó desesperanzados. Pero hemos podido salir adelante porque teníamos el mismo sueño y queremos sacar hacer prosperar este proyecto”, cuenta Diego.

 


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A la iniciativa ecoturística que denominaron Sendepaz, le dio un espaldarazo el patrocinio de la Embajada de Noruega, con su programa Ambientes para la Paz, y la visita del príncipe Haakon Magnus. “Con la llegada del príncipe nos dimos cuenta que teníamos potencial y que nuestras historias valían la pena, que había personas que querían conocer nuestra voluntad de paz y nuestros proyectos de vida. Se prendió la luz de la esperanza que ya estaba en marcha”, cuenta Diego.

 

Hoy en Mesetas, a pesar de que la violencia sigue latente, Diego cree que su proyecto de turismo es el camino para la reconciliación con las víctimas y con el territorio. “Les entregamos a las personas eso que vivimos pues no solo nosotros debemos reconciliarnos con el territorio sino las mismas comunidades deben reencontrarse con él. Tenemos que forjar un futuro donde podamos preservar estos lugares y las historias que se vivieron aquí”, concluye.

 

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Los turistas recorren cientos de cascadas y nacimientos de ríos que hay en toda la región.

©Maravillas del Güéjar


La paz en Lejanías, un río en el que fluye la esperanza


 

Diana Ospina todavía recuerda la primera vez que les tocó salir de Lejanías. Su familia estaba en la quiebra y la violencia los perseguía. El 30 de agosto de 1996 la guerrilla de las Farc se tomó el pueblo, desplazó a decenas de familias y desterró a la Policía y al Ejército, que no regresaron sino hasta el 2003.

 

Pero para la familia Ospina no había lugar como su casa. “Estábamos en Acacías donde una tía, pero mi papá, que ha jornaleado por 50 años, no se veía haciendo otra cosa. En el poco tiempo que estuvimos lejos, solo añoraba estar de vuelta en Lejanías ordeñando sus tres vaquitas”.

 

Al volver, la ganadería solo les daba suficientes ingresos para comer, y en medio de las necesidades les tocó buscar una alternativa. Así pusieron la primera caseta de sancochos frente al río Güéjar. A tan solo 50 metros de las piscinas naturales, con una estructura de guadua que brillaba con el sol, se veía la caseta de Doña Marlen, la madre de Diana. Allí, empezaron a vender sancocho para los turistas que cada 25 de diciembre y 1 de enero hacían su paseo al río.

 

Era una apuesta arriesgada, pero no tenían más opciones. Los hermanos de Diana, Germán y Marcela, habían tenido que irse para Villavicencio en búsqueda de oportunidades y sus padres, acompañados de su hermano Andrés, solo vivían de la leche y el café que les daba la finca.  La caseta de Doña Marlen era una pequeña ayuda.

 

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En la primera foto se puede ver la finca  de la familia Opsina, donde han construido un hotel para recibir turistas. En la segunda foto se puede vr a toda la familia, quienes con el proyecto de Las Maravillas del Güéjar han encontrado la esperanza en una región donde durante décadas no había oportunidades.

©Maravillas del Güéjar

 

En el 2014, de manera repentina, no eran pocos turistas y el río estaba tan lleno de personas que era difícil moverse de lado a lado. Agrandaron la caseta, construyeron un techo con zinc y crearon pequeños fogones para alquilar. Ese diciembre, a pesar de su felicidad, se dieron cuenta del riesgo que significaban los turistas para el Güéjar: cuando terminó la temporada de vacaciones recogieron siete toneladas de basura.

 

La gobernación del Meta empezó a regular el turismo de la mano de Cormacarena, y prohibieron las casetas. La familia quedó otra vez  sin sustento. Pero ese mismo año, mientras Andrés arriaba ganado, encontró una cascada oculta en uno de los linderos de la finca. Sin pensarlo, le contó a su hermano Germán, quien había regresado a la casa luego de que su padre sufriera una trombosis, y así empezó el sueño: la finca agroturística El Diamante. 

 

Seis años después, su casa se ha convertido en un hotel y la familia vive solamente del turismo. Diana jamás lo habría imaginado:“pasamos momentos muy difíciles, acá no había cómo surgir, cómo salir adelante. Esto era zona roja y decir que eras de Lejanías era casi sinónimo de ser guerrillero. Yo incluso saqué mi cédula en Granada (Meta) porque yo no podía decir que era de acá”.

 

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©Maravillas del Güéjar

 

Su familia es una muestra de la transformación que se vive en el Meta luego de la firma de los Acuerdos de Paz. En el departamento, los excombatientes han encontrado una forma de hacer su vida en la legalidad y los campesinos finalmente tienen oportunidades en municipios donde o se huía o se pasaba hambre. 

 

“Es un orgullo decir que somos de acá y que somos campesinos empoderados -dice Diana-. El turismo nos ha dado oportunidades que no teníamos. Hay turistas que no conocían un río, que no se habían metido al agua, que no conocían un lugar con tanta belleza. El Güéjar hace parte de nosotros y lo queremos compartir”.

 

Diana y su familia hoy le muestran a los turistas un paraíso que durante años estaba reservado para ellos. Con su agencia, Maravillas del Güéjar, muestran la magia de la selva, del río y de las montañas. Comparten la historia de una región que por años estuvo acostumbrada al sonido de las balas y que hoy solo quiere escuchar a los pájaros cantando y el fluir de un río que habla de paz.

 

 


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