Pedir permiso para entrar a uno de los rincones donde comienza la Amazonia

agosto 26 de 2019

A 15 minutos de Florencia, una organización indígena logró traer de la muerte un espeso ecosistema donde los árboles dejan entrar poca luz. Con el permiso de la madre tierra, SEMANA RURAL estuvo en este lugar sagrado y retrató la vida que se resiste a que el bosque muera de nuevo..

Pedir permiso para entrar a uno de los rincones donde comienza la Amazonia

| El Cacique Pedro Valencia comanda el recorrido y camina, con sabiduría, sin ninguna dificultad. | Por: Santiago Ramírez Baquero


Por: SEMANA RURAL
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El Cacique Pedro Valencia dibuja con su bastón de mando un círculo invisible sobre el pasto para que allí se formen los foráneos para la limpieza. Uniendo hombros con manos, los ojos cerrados, el cacique y un grupo de mujeres y dos hombres indígenas koreguaje danzan alrededor mientras suena el tambor que simula el sístole y el diástole. 

La danza, una conexión penetrada hacía el centro de la tierra para los indígenas, sincroniza los latidos con los golpes. Vestido de violeta radiante, el cacique Pedro pide permiso a la madre tierra y fuma de su tabaco, exhala el humo sobre los cuerpos intrusos y bate las hojas sonoras mientras sopla con asco convencido de que la energía sucia se está difuminando. No se permiten cámaras, el ritual debe ser un momento de intimidad.

Maicol, su mano derecha y vestido de blanco, sopla el carrizo. Al fondo, unas guacamayas cantan mientras sobrevuelan por encima de la danza, que carga en sus melodías el significado de los huevos de charapa, que traducen el comienzo de la vida.
 


 

 

La danza de limpieza traduce el nacimiento de las tortugas charapas, cuando estás ponen sus huevos –semillas, les dicen los koreguaje– el comienzo de la vida está cerca y el latido se hace cada vez más intenso.


 

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Esta es una bajada de 30 metros, así arranca el sendero por la reserva natural El Manantial © Santiago Ramírez Baquero


 

La reserva El Manantial alguna vez fue un terreno usado para la ganadería que acabó con buena parte de la naturaleza que allí estaba. Pero la organización Uruke, palabra que significa pueblo sobre la tierra, ha llenado de vida otra vez este lugar, ahora son 45 hectáreas de bosque seco intervenido que es el origen de 35 nacederos de agua.

Cheja buebú significa tierra de abajo. Un pequeño espacio entre las hojas y las ramas permite ver lo que parece un vacío, pero en realidad es una caída de 30 metros. El suelo puede verse a través del agua cristalina que revela los colores oscuros de la tierra. Todos, sin excepción, piden permiso para entrar a la reserva. Alguien se aferra con fuerza a uno de los árboles mientras el resto hace la conexión tomando con sus manos los hombros del otro.

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La inmensas rocas hacen sentir diminuto a cualquiera que pase por debajo de ellas en la gruta del Vientre de la madre © Santiago Ramírez Baquero


 

El descenso, en la espesa selva donde comienza la Amazonia, no permite ver el cielo por los altos árboles y sus ramas que se cruzan formando un techo verde que oscurece la luminosa mañana. La primera parada es una gruta donde el ser humano parece un pequeño insecto perdido en la inmensidad del cosmos. Se llama Vientre de la Madre, Ambuinaima en uitoto, y Paiaimeyeja en Koreguaje, “que significa donde se da a luz. Por eso allí se da a luz a las ideas y los proyectos”, habla Arcadio Piranga con una voz de pronunciación lenta, de palabras precisas y sabías, un koreguaje, líder social y fiscal de su comunidad que guía el camino.

El Cacique Pedro y Maicol, despojados de sus trajes violeta y blanco, son el comienzo y el final de la marcha. 

“El agua es vida, y junto con la persona forman uno solo”, dice Arcadio que asegura que allí se han recibido buenas noticias luego de lavar las manos en agua y soplarlas con fuerza.


 

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El Cacique Pedro, siempre adelante, guió el recorrido con sabios pasos, pues fue el que menos se esforzó. © Santiago Ramírez Baquero


 


 

El día anterior al recorrido Maicol y el Cacique Pedro asistieron solos a una ceremonia de permiso en una de las malocas, donde se comparte la palabra, durante el mambeo, que duró tres horas, se mantiene la costumbre del diálogo para llegar al consenso, donde solamente habla una persona al tiempo y se escucha la palabra dulce. 

Iluminación, se llama la primera maloca del recorrido, donde se conversa para celebrar una acción de gracias. En seguida, un enorme árbol caído ahora sirve de puente donde se habla del nivel de la obediencia del ser humano. Hay que cruzar de lado para no caerse, el que sigue al pie de la letra no encuentra mayor dificultad para llegar al otro lado.


 

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En las grutas el agua pura entra cristalina y pinta de distintos tonos a las rocas. © Santiago Ramírez Baquero


 


La segunda maloca es la de Los Animales, un lugar de sanidad y liberación, una cueva donde el fuerte chorro de agua cae y se recrea un bautizo donde se rodea una piedra lisa para atravesar la cortina acuosa y finalmente la maloca de sanación donde los cuerpos se dejan llevar por los golpes del agua con las rocas y su eco que resuena por el lugar donde solo un pequeño rayo de luz logra meterse entre el espesor.

Arcadio se detiene sobre un charco y observa cientos de insectos zapateros (Gerris lacustris) moverse sobre la superficie del agua. Lo hacen rápido en todas las direcciones, se chocan entre ellos y desde los ojos humanos solo se ven las diminutas manchas formando nubes que hacen un ruido visual.

De niño, Arcadio recorrió las maravillas que rodean Florencia, una ciudad que ha crecido y en donde se han asentado las pequeñas colinas que conducen, a decir verdad, a profundidades intactas. Su abuelo, con quien recorrió varios senderos, lo detuvo en un charco similar y contó aquella percepción del mundo viendo a los insectos dibujar desorden. “Así está el mundo, me contó mi abuelo hace muchos años”, sentencia Arcadio.
 

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En la maloca de Los Animales se puede descansar y escuchar el sonido del agua recorrer las piedras lisas © Santiago Ramírez Baquero


Y es verdad, mientras se ha atravesado la reserva, subiendo y bajando por caminos difíciles de poca luz, en las grandes ciudades el estrés y la depresión acaban mentalmente con cualquiera.

Mientras la Amazonia se muere en llamas, el bombardeo de imágenes florece la impotencia y la preocupación, señales a la conciencia global. "Pero el mundo se está acabando", se lamenta Arcadio mientras mira fijamente el camino.

Dice Maicol que antes de que “los capuchinos”, o sea los franciscanos, les metieran a la fuerza sus costumbres, los indios libres andaban sin prenda alguna por esos estrechos caminos. El indio pielroja, calcado del cigarrillo casi extinto, decora su poncho violeta y explica que los bordados fueron parte de esa hibridación que nació entre conservar la cultura milenaria y ocultar lo mal visto o prohibido. Siempre con la pipa y el tabaco en la boca, Maicol, de 24 años, va echando humo en el final para que la madre tierra no se enfade, para que los espíritus malos se alejen y la visita no haga tanto daño.
 


 

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Maicol creció en la comunidad uitoto pero desde hace 12 años comparte con los koreguaje, algo que en años anteriores parecía imposible © Santiago Ramírez Baquero

 

 

 

 

 


 

 

«Cada uno de nosotros es un mundo, pensamos diferente, por eso tenemos que pedir permiso. Hicimos un mambeo de tres horas para hablar sobre esta visita y difuminar nuestras diferencias»
 



Maicol, miembro de la consejería koreguaje




 

 


 


“Si alguien le da un poco de este polvo fino de coca es mejor que lo reciba. Úntese el índice con saliva y métaselo a la boca”, dijo justo cuando estiró el brazon con el tarro junto con la pipa y el tabaco ya prendido.

Desde que se acepta entrar a la reserva se acepta también entrar en la conexión espiritual de los uitoto y koreguaje. 

El camino de tres horas culmina con una visita a la maloca uitoto, una enorme construcción sin intimidad donde se hace todo: se duerme, se cocina, se dialoga y se escucha. Las mujeres, como dicta la norma uitoto, deben ir apartadas una vez adentro y no pueden mambear ni fumar. 
 


 

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La maloca de los uitoto es un inmenso refugio donde todo ocurre, allí se puede fumar, mambear y escuchar la palabra atenta de los más sabios © Santiago Ramírez Baquero


 

La vasija con polvo de coca y una hoja como cuchara rota entre los hombres. Pasan puchos a la boca y la lengua, adormecida, se siente fresca. El Cacique Pedro toma un cigarro, Maicol mientras se cruza de brazos y mira al suelo pero escucha con oídos atentos lo que el maestro tiene por decir, que no es alentador. 

“Afortunados los que podemos disfrutar de esto, porque todo apunta a que se va a acabar”.


 


 

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