En Montes de María están pensando como coreanos

abril 23 de 2020

Aunque siempre ha habido ñame, solo hasta ahora ese tubérculo está impulsando una región históricamente azotada por la violencia. ¿Cómo? Campesinos viajaron a Corea del Sur y se trajeron parte de una 'receta mágica' de desarrollo rural.

En Montes de María están pensando como coreanos

| | Por: Andrés Rosales


Por: Andrés Rosales García
@Andresiro

El calor es el de siempre, la escena no. Bajo una estructura de palos y techo de ramas, un puñado de líderes campesinos, incluídas algunas mujeres, conversa desprevenidamente. Hay risas y varias gallinas buscando qué picar en un piso de tierra plano y compacto, como de cerámica.

 

Hace unos años nos hubieran matado por esto”, dice Eliécer Pérez, sentado en una de las sillas rimax puestas para el almuerzo. Se refería a la reunión que estaba a punto de ocurrir. También a la guerra entre paramilitares, militares y guerrilleros del Frente 37 de las Farc de una década atrás, y a la orden que imperó por años en ese pueblo de Montes de María, entre Bolívar y Sucre: nadie podía sentarse a conversar.

 

Eran tiempos amargos que hoy todos quieren sepultar. Quizá por eso, los nombres de las asociaciones de campesinos que se han ido formando desde entonces parecen antídotos contra el odio que se esparció como el viento. Una de las organizaciones se llama Asobonito; otra,  Amor a mi tierra.

 

Son 50 o 60 veredas y caseríos circundantes a Carmen de Bolívar, el municipio despensa de todo el departamento. Allá, en medio de esas montañas verdes y ocres repletas de ceibas milenarias, un ejército de labriegos cosecha y exporta un producto que, aunque habían cultivado por generaciones junto al aguacate y al maíz,  hoy están redescubriendo: el ñame. 

 

Se trata de un tubérculo parecido a la yuca o a la papa. En Colombia se produce -y se consume- casi exclusivamente en la Costa Caribe. En el mundo, el ñame no solo es atractivo como alimento o insumo para la industria cosmética o farmacéutica, también como cura para la nostalgia. En Estados Unidos, por ejemplo, los mayores consumidores son barranquilleros o cartageneros que extrañan su tierra. 

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© Andrés Rosales

Eliécer toma la palabra para explicar por qué un viejo cultivo les está dando una nueva vida. Su camisa a medio abotonar no solo rima con el bochorno, sino que deja ver su pecho tatuado de muchas horas de sol, rula y barretón. Está alegre. Ese día, él -que es el negociador del llamado comité de comercialización- y otros campesinos habían conseguido enviar un cargamento de seis toneladas del tubérculo a La Guajira, un negocio que les representaba a las asociaciones algo más de 3,5 millones de pesos.

 

Además, el balance del 2019 era positivo. Los productores lograron enviar al exterior ocho contenedores, con 1080 cajas de 23 kilos de ñame cada uno. Es decir, produjeron unas 450 toneladas que vendieron sin más intermediarios que la firma exportadora, con sede en Cartagena. Unas cifras que no habían logrado jamás.

 

Eliécer aprovecha para hablar mientras el mote de queso humeante que le acaban de servir sobre un mantel de plástico se enfría un poco. “Joda, más que sacar un producto de calidad, a nosotros lo que nos preocupa es la asociatividad, porque esa es la base de nuestro negocio”, dice con propiedad y dejo costeño, como recitando un discurso de memoria.

 


Con recursos de la cooperación internacional, que ya alcanzan un valor cercano a los 20.000 millones de pesos, los campesinos no solo se han asociado, sino que han invertido en infraestructura.
 


 

No es solo un discurso. Es un estilo de vida. Una filosofía rural de la que también habla Óscar, otro de los líderes campesinos sentados en la mesa. “Las necesidades en el campo son nuestro común denominador. Eso es lo que nos une. Y ante eso podemos trabajar y demostrar que sin ayuda directa del Gobierno logramos conseguir algo. Eso nos da autoridad moral para decir: estamos exigiendo porque nosotros ya conseguimos esto. Porque nosotros ya hicimos esto. Es diferente pedir cuando no se ha hecho nada”. Después de esas recias palabras reina un silencio en la mesa. Varios de los labriegos asienten con la cabeza mientras saborean la sopa caliente con queso y ñame. Desde la cocina, al lado del fogón de leña aún encendido, una mujer, la tesorera de la asociación, pega un gritico: “Si alguien quiere repetir, no es sino que me diga”.

De Asia con amor,  el Saemaeulundong 

En agosto de 2019 Christian Castellar llegó de Corea. Era la primera vez que este líder campesino montaba en avión. También era la primera vez que cruzaba las fronteras del país. Incluso, hay que decirlo, era la primera vez que salía de Bolívar. Algo similar le ocurría a los otros 20 líderes comunitarios que viajaron con él invitados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Koica -la agencia de cooperación internacional coreana-. La idea era aprender y replicar parte de la filosofía Saemaeul Undong, no solo en la producción del ñame, sino en la producción de la vida misma. Montes de María cuenta en su historia más de medio centenar de masacres -incluidas las tristemente célebres de El Salado y Macayepo-, pueblos arrasados, pobreza y miles de personas desaparecidas y desplazadas.

 

Aunque casi ningún labriego puede pronunciar el nombre coreano, todos saben de qué se trata esa política rural asiática, que es también la suya propia: en 1970 bajo el mandato del presidente Park Chung-hee, Corea del Sur implementó una estrategia particular para sacar el campo de la pobreza en la que lo había dejado la guerra.

 

El asunto sonaba sencillo y se basaba en el autogobierno. Park Chung-hee entregó -gratis y sin requisito alguno- bultos de cemento a unas 30.000 aldeas para ver qué hacían las personas con ese material. Como era de esperarse, hubo comunidades que vendieron los bultos y se repartieron el dinero, en otras reinaron los beneficios individuales, la negligencia e incluso también la corrupción.

 

En la mayoría de asentamientos -sin embargo-, los campesinos se asociaron y le apostaron a construir bienes comunitarios. Una escuela, un puente, un acueducto. Bien es cierto que el cemento no alcanzó, pero las ganas y el trabajo comunitario sobraron. Entonces, el Gobierno central volvió a la carga: les entregó, solo a esas comunidades, más cemento y esta vez incluyó barras de acero. El desarrollo llegó a la ruralidad y por algún tiempo, dicen funcionarios del PNUD que acompañan el programa en Montes de María, el campo produjo más riqueza que las ciudades. 

 

Aunque con grandes diferencias, en Bolívar, Sucre y parte de Tolima está pasando algo similar. Con recursos de la cooperación internacional, que ya alcanzan un valor cercano a los 20 mil millones de pesos, los campesinos no solo se han asociado, sino que han invertido en infraestructura. En Montes de María, las cuatro asociaciones que hacen parte del proyecto ya cuentan con sus propios centros de acopio y se dan el lujo de saltarse a los intermediarios, que por décadas pusieron el precio del ñame a su antojo. La sede  de Asobonito, por ejemplo, tiene electricidad -un lujo que no existe en el corregimiento-, sala de reuniones, cielo raso, piso en cerámica y tablero de planeación. “Cuando nos sobra un millón de pesos, nosotros no decimos: venga y nos los repartimos. Eso sería perpetuar la pobreza -recalca Óscar separándose de la mesa y echándose para atrás en la silla rimax-. Vamos ahora a reposar tronco’e almuerzo."

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