Bitácora de la coca: fotografías de una guerra perdida

septiembre 09 de 2019

SEMANA RURAL habló con el fotógrafo chileno Carlos Villalón sobre su libro 'Coca: la guerra perdida', un extenso fotorreportaje donde se dimensiona los alcances de la hoja de coca y la cocaína por varios países del mundo.

Bitácora de la coca: fotografías de una guerra perdida

| Actualmente las fotografías se exponen en la galería OjoRojo, en el barrio La Macarena, en Bogotá. | Por: Carlos Villalón


Por: SEMANA RURAL
SemanaRural

Carlos Villalón, fotógrafo documental chileno, trabajó durante 10 años para hacer realidad Coca: la guerra perdida, un completo reportaje donde él se sumerge en lugares inhóspitos de la cordillera de los Andes, de la selva amazónica de Perú, Bolivia y Colombia y en pueblos de Centroamérica. El fotógrafo presenta un recorrido fotográfico realizado desde Chile hasta Nueva York por la ruta de esta planta desde su concepción indígena ancestral hasta su uso como droga en Estados Unidos. 

El libro está compuesto por cinco capítulos, cada uno narra, a través de imágenes, el significado y uso que tiene la coca en América. Los dos primeros denominados “Planta Sagrada” e “Hijos del Sol”, detallan las prácticas culturales de comunidades indígenas de Perú, Colombia y Bolivia en torno al cultivo y uso medicinal de la hoja de coca y muestran su origen, en la selva amazónica, y el poder simbólico que tiene la planta al trascender la existencia de la humanidad en la tierra. 

En el tercer capítulo se aborda el “Trueque”, tema que motivó a Villalón a emprender este proyecto editorial, en el cual se retrata la cotidianidad de poblaciones aledañas al río Caguán en el municipio de San Vicente del Caguán, Caquetá, sede de los fallidos Diálogos de Paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las FARC. “En esta región vi cómo los campesinos usaban la pasta de base de coca como moneda, en modalidad de trueque por comida, servicios médicos, medicamentos, bebidas, en fin, fue extraño y al mismo tiempo alucinante"

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Indígenas Murui Muinai del clan Jitómagaro, o clan del Sol, navegan la quebrada de Guiriyaye havía el río Igara Paraná, llevando consigo una carga de hojas de palma caraná para reparar el techo del Aiyoko, o casa madre. Selva amazónica, Colombia, 2015 © Carlos Villalon


 

SEMANA RURAL: Este es un trabajo de 10 años ¿Cómo comenzó esta larga aventura por tantos países?

Carlos Villalón: El trabajo comenzó en el año 2000, aunque hubo lapsos donde no trabajé en el tema y terminé hace dos años, en seguida comenzamos la producción del libro cuya última foto es de 2017. 

Yo partí hacia este trabajo con el capítulo que se llama "El Trueque", que es con campesinos en Caquetá que usan la base de coca para cambiarla por comida o una visita al médico, entonces eso fue como el precursor de esto. Qué increíble que esta hoja sea tan fuerte e influya tanto en la vida de los seres, luego seguí la cadena del narcotráfico en Medellín y en México en los años duros, por ahí 2010, la cantidad de muertos era impresionante y todo tenía que ver con la cocaína que salía de Colombia. Empecé a trabajar en la parte donde vivía el indígena Calixto Cuiro, en la Amazonia colombiana. 

Él me contó la cosmología de Murui Muinai donde narra que ellos llegaron a esta tierra siguiendo la idea de la coca y me contó esta leyenda que decía que lo más importante era la hoja de la planta pero su dios creador se enfureció por su comportamiento y le dijo que les iba a quitar la hoja de coca y se las iba a dar al hombre blanco. Cuando escuché esta historia dije bueno, es lo que está sucediendo, ahí uno se da cuenta que la planta es increíblemente influyente.

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Un campesino espera su turno para vender la base de cocaína a un traficante. Peñas Coloradas, Colombia © Carlos Villalon


 

¿Cómo pudo acceder a los campesinos de Caquetá?

Yo básicamente les conté que me parecía increíble que en un país como Colombia, en el año 2000, la gente tuviera su propia moneda. Eso hablaba del abandono del Estado, y también les dije que por usar la base de coca como moneda ellos no eran narcos, como la gente se imaginaba. 

En Nueva York, la gente se imaginaba que (esos campesinos) eran millonarios; ellos se sintieron cómodos de que yo trabajara con ellos, fue una relación bella, porque siempre me contaron lo que sentían respecto a esto y lo que sentían al ser parte de la cadena del narcotráfico, y este trabajo podría ayudar a que ellos tuvieran las cosas que necesitaban, y que aún necesitan: centros de acopio y caminos para dejar de producir cocaína. Hasta el día de hoy esas promesas no se han cumplido, siguen siendo pueblos como en el año 2000, siendo parte de la cadena del narcotráfico. Entonces había esperanza de que el Estado iba a llegar al campo pero no ha llegado a ninguna parte. A muchos les escuché decir “cuando el Estado nos cumpla dejamos de producir”, ese día vamos a poder ver si el campesino estaba diciendo la verdad.


 

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Hombre mambea hojas de coca en una feria callejera del barrio 16 de julio. Bolivia © Carlos Villalon

En su paso por México, usted retrató cómo la cocaína se vuelve cultura con los narcocorridos...

Bueno ese capítulo fue en México, porque el narcocorrido nace allí. Siempre me impresionaron estos músicos porque los relacioné con los juglares, que eran básicamente gente que venía de las cruzadas y con un laúd cantaban las historias de los señores que peleaban contra los moros. Y contaban estas noticias de manera musical. Y vivían de eso. El narcocorrido es muy parecido, le da dinero a los cantantes e incluso varios narcos escriben las letras. El músico cuenta estas historias que pasan en el mundo del narco de una manera simple. De otra manera es imposible enterarse de las cosas que han hecho, para bien o para mal. 

En México, en la tumba de Jesus Malverde, conocí a unos músicos y nos hicimos amigos... después de unos días, uno de ellos me dice que va a ir a una boda de un narco, yo le digo que cómo se le ocurría meterme ahí pero él dijo “yo le cuento que me haces una fotografías para mi cederrón” y era una boda super narca en Culiacán...

En Buenaventura no habló con campesinos sino con integrantes de bandas, ¿fue más difícil acceder a ellos?

Estuve en Buenaventura varias veces, unas cinco o seis, y siempre estuve trabajando con las bandas criminales porque me interesaba mucho el hecho de que se disputaban el puesto para mandar la cocaína a Europa. Estuve cuando se hizo famoso el término "casa de pique". Siempre he pensado que en el periodismo hay que contar la verdad y básicamente siempre he creído que cuando les cuentas que tienes una real curiosidad la gente tal vez siente un positivismo y te quiere contar, obviamente hay cosas como no mostrar caras porque esta gente es ilegal. 

En el primer encuentro hablé con el jefe de La Empresa y el tipo al principio me dijo que me contaba un poquito en un palafito de noche y terminamos hablando tres horas, es la manera con la que uno le cuenta a la gente. Les digo que quiero saber lo que te trajo acá, tal vez quisieras no estar en este lugar pero las circunstancias te dejaron aquí.


 

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Miembros de la familia López lloran la muerte de Luis Felipe, un joven asesinado mientras esperaba en un andén la llegada de su novia. © Carlos Villallon


 

¿Cuál fue la foto más difícil de hacer?

Hay una foto que hice en Acapulco, en México, y es una familia a la que le habían matado el hijo hacía unos minutos. Llegaron la mamá, los tíos y los hermanos y en esa época a los periodistas locales la mafia les tenía prohibido fotografiar a los familiares, me lo dijeron los colegas, yo no lo sabía y de alguna manera me acerqué a la familia y les dije que me interesaba conocer la vida de su hijo y les dije que si podía hacer la foto aunque siempre existía el temor de que el narco estaba viendo y probablemente el asesino estaba en el tumulto. Les comenté que necesitaba hacer una foto de ellos, fueron una o dos o tres fotos, luego me dije a mí mismo que no quería molestarlos más, a esta señora le mataron el hijo de 16 años y fueron situaciones muy difíciles de enfrentar.

Solo hay una foto tomada en su país, Chile...

Mi paso por Chile fue un desastre, estuve un mes y tenía contactos que me iban a guiar a donde llega la cocaína por Perú y Bolivia. Después de un mes de trabajo esta gente que recibía la cocaína me dijo que no y finalmente no resultó y ya estaba en mi último fin de semana en Santiago. Unos amigos me preguntan que cómo me había ido. Tenía cinco fotos malas que no iba a usar. Me dijeron que era muy bobo, porque ellos los fines de semana juntaban cocaína y me dijeron  “si quieres puedes venir, hacemos fiestas solo que la única cosa que te pedimos es que no nos saques las caras”, y terminó siendo una serie de fotos de gente con plata en Santiago y solo usé una foto, quedé feliz por haber logrado fotografiar esta escena después de un mes que no sucedió nada. Y habla bien de como es la cocaína cuando es en la fiesta, en lo banal.
 


 

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Pandilleros cortan cocaína mientras una mujer supervisa la operación. Medellín, Colombia. Un joven mira a la cámara minutos después de haberse inyectado cocaína con heroína, Bronx, Nueva York, Estados Unidos. © Carlos Villalon


 

En el capítulo de Estados Unidos hay una aparente ambigüedad (altos edificios, paisajes del metro) que, sin embargo, proyecta una relación directa con la cocaína que se produce en Colombia, Perú y Bolivía. ¿Cómo pensó esta parte del libro?

Quería fotografiar a Wall Street y a las supermodelos y me di cuenta de que jamás iba a suceder, luego dije que iba a fotografiar Wall Street con cocaína y me puse a estudiar y encontré varios bancos que han sido culpables de lavar dinero para carteles mexicanos y colombianos y es una buena forma de ver esa relación, hay una cosa muy hipócrita porque fotografiar a los banqueros es imposible, mientras caminaba por las calles, fotografiando estos bancos lo que más importa es la relación de la cocaína con los derechos humanos y el racismo y me enteré de la relación con Nixon y la vulneración a los derechos civiles y es como que básicamente Nixon estaba a punto de perder el gobierno y los movimientos de izquierda y los movimientos negros John Daniel Ehrlichman, consejero a asesor de asuntos domésticos de Nixon, decía que no podían meter a los hippies y a los negros a la cárcel y finalmente llegaron a la conclusión de que consumían droga y dijeron “bueno, la manera de deshacernos de esta gente es crear leyes antidrogas que nos de permiso de meternos a sus casas e irrumpir sus mítines políticos, y así podemos abusar con la excusa de la droga”

La coca comenzó siendo la planta sagrada de los incas y por sucesos con el hombre blanco la planta comenzó esto del narcotráfico y la cocaína. Ella era como la solución a miles de problemas de salud y luego se prohíbe en 1914 por temas que son sumamente racistas, el hombre blanco en Estados Unidos dijo que el negro bajo la cocaína iba indiscutiblemente a violar a sus mujeres, por eso se prohibió. Fue con tintes racistas y se crea la guerra contra las drogas… la guerra perdida.


 

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Portada del libro Coca, la guerra perdida. © Carlos Villalon


 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.