“En el dolor es donde somos iguales”, una charla con la artista Erika Diettes

agosto 27 de 2018

Esta fotógrafa caleña expone la sensación de perder a un ser querido por medio de la plástica. Hablamos con ella sobre arte, memoria y cómo Colombia asume el duelo.

“En el dolor es donde somos iguales”, una charla con la artista Erika Diettes

| Además de Relicarios, Diettes tiene otros trabajos donde habla del dolor: Sudarios y Río Abajo. | Por: Eliana Medina


Por: José Puentes Ramos
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La vida y las obras de la artista caleña Erika Diettes (1978) están estrechamente unidas. Ella ha dedicado su trabajo a representar por medio de la fotografía y la plástica el dolor que siente el humano por la muerte de un ser querido, el dolor de quienes desconocen el paradero de un padre o un hermano, el dolor de una familia porque no volverá a ver a un hijo a causa de la guerra. Y en su caso, el sufrimiento que produjo el asesinato de su tío, el hermano de su madre, durante la época de Pablo Escobar y el auge del narcotráfico en el país.

Pero la tragedia de la familia de Diettes no es la protagonista de su obra. La mezcla con los relatos de los familiares de víctimas del conflicto armado, con los recuerdos de mujeres que buscaron por años a sus hijos desaparecidos, pero que los encontraron muertos o simplemente no dieron con ellos. La artista usa esta fórmula para hacernos caer en cuenta del dolor ajeno, porque como dice: “En el dolor es donde somos iguales”.

Con el duelo y la memoria como ejes centrales, Diettes trabajó en tres obras: Sudarios (2011), una serie de fotografías en blanco y negro de familiares de víctimas mientras narran episodios de violencia; Río Abajo (2008), unas imágenes de ropa de víctimas flotando en agua; y Relicarios (2011-2015), resinas con objetos preciados que guardaban las familias de víctimas de todo tipo de crímenes y que en este momento se expone en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá.

 

La exposición de Relicarios en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozado, en Bogotá | Foto: José Puentes Ramos.


 

En SEMANA RURAL hablamos con la artista sobre fotografía, violencia, memoria y cómo Colombia afronta el duelo.


* * *
 

Todas sus obras hacen referencia al duelo y la memoria. ¿De dónde surge el interés por esos temas?

La respuesta a esta pregunta la encontré luego de trabajar en las obras, años después. Sin duda he tenido una cercanía con la violencia en Colombia, con el duelo. No son temas extraños en mi familia. Soy hija de un general retirado de la Policía. Mi padre estuvo activo en la época de Pablo Escobar, entre los ochentas y mediados de los noventa. Crecí con amenazas directas. Me tocaba ir al colegio con escoltas.

Existía el susto de que un día algo iba a pasar. Y ocurrió, pero no a través de mi padre. Estábamos casi seguros de que en algún momento lo iban a matar, pero asesinaron al hermano de mi mamá, que era abogado y director de las cárceles del occidente del país. Esa muerte tuvo algo particular: nos enteramos por televisión.

 

¿En qué año ocurrió?

Creo que en 1996 o 1997. Yo tenía 17 años y ya había decidido ser fotógrafa. Había ese deseo de contar historias con una cámara y empecé a trabajar la memoria. Ya en mi tesis de maestría en antropología, en la Universidad de los Andes, retomé un poco ese fantasma familiar de frente. La tesis se llama ‘Noticia al aire, memoria en vivo’. La titulé así porque es una reflexión sobre la representación de la muerte.

A mi tío lo mataron sicarios, entonces su fallecimiento fue algo ‘espectacular’, si se permite ese término. Las muertes en ese momento eran estallidos. No eran por un tiro sino por 70. Las imágenes de los noticieros mostraban carros destruidos. Mi madre identifico el sombrero de mi tío y comenzó a gritar. Ya de adulta, empiezo a analizar todos esos códigos en mi maestría. Paralelo a eso, venía trabajando con testimonios de familiares de desaparecidos para el proyecto Río Abajo. Fíjate que es un confluir de información, de trabajo de campo y de la vida.

 

Erika Diettes construyó 165 relicarios de víctimas de todo el país. | Foto: José Puentes Ramos.


 


Entonces, empezó a cruzar su vida y sus obras…

Una como artista dedica la vida a las obras. No dices: voy a partir de aquí y haré esto. Es un todo. Mis trabajos son la consecuencia lógica de la vida, de mis estudios. Como que vienen de esa inquietud de generar siempre representaciones distintas pensando en los dolientes. Yo parto del lugar del doliente porque soy testiga de dolientes (mi mamá y la esposa de mi tío, principalmente), cuyas imágenes de ese asesinato marcan a mi familia.

 

En ocasiones, cuando los artistas cruzan sus vidas con las obras se ven reflejados aspectos personales de ellos en los trabajos. En Río Abajo, Sudarios y Relicarios casi no se percibe. ¿Por qué?  

Mira que sí ocurre. Lo que pasa es que yo no permito que sea lo protagonista. Por ejemplo, en Relicarios hay una pieza dedicada a mi tío. Además, es un proyecto con un proceso de cinco años. La mamá de uno lo ve batallando con cosas. Es decir, mi familia estaba inmersa en la medida en que conocían en dónde estaba y a qué me dedicaba. Hasta resulté con un estudio para trabajar esa obra en La Unión, Antioquia. Mi cotidianidad familiar se trasladó a ese pueblo.

Yo un día llego a la casa de mi mamá y le digo que ya estoy a punto de terminar el proyecto. Ella me preguntó: ¿vas a dedicar un relicario para tu tío? Entonces, en cierta manera siempre ha estado lo personal en las obras.

 


“Yo parto del lugar del doliente porque soy testiga de dolientes, cuyas imágenes de ese asesinato marcan a mi familia”.


 

Los relicarios son una resina con los objetos que guardaban familias de víctimas del conflicto armado. | Foto: Eliana Medina.


 

Es decir, ¿le da más importancia a otros dolores para entender el suyo?

Lo que trato de decir con las obras es que en el dolor es donde somos iguales. Podemos entendernos como comunidad, como país, pero a partir de mi duelo yo entiendo lo que significa el dolor en otra familia. Además, la única forma de comprenderlo es a partir del dolor propio. De eso es lo único que puedes ser consciente y ahí sí entiendes el de los demás, como el texto de Susan Sontag (‘Ante el dolor de los demás’). Así se generan empatías, solidaridades y lazos de unión.

 

| Foto: Eliana Medina.

Ahora hablemos de cuando empezó a aplicar la fotografía y la plástica en estos ejercicios de duelo y memoria…

Mira que todo es como un camino. No dije: el tiempo de producción es este… No. Yo me permití seguir el ritmo de las obras, seguir las rutas que se iban abriendo. Yo planteo la obra de Río Abajo en Bogotá, entre 2005 y 2006. Empecé con prendas del mayor de la Policía Julián Ernesto Guevara. Su madre en ese momento aparecía en vallas por la ciudad pidiendo la entrega del cadáver de su hijo. Ella ya sabía que había muerto en cautiverio.

Luego pensé que el trabajo no se podía quedar solo en Bogotá. Entonces tuve la posibilidad de conocer a la Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño (AMOR). Fui con ellas a encuentros regionales de víctimas y escuchaba sus testimonios. Un relato me llevaba al siguiente y así terminó creándose lazos.

 

¿Cómo logró que las familias de las víctimas confiaran con usted la ropa de sus muertos o desaparecidos?

Las prendas fueron prestadas en el proceso de producción de Río Abajo. Eso implicaba un acto de fe absoluto. Yo te la entrego, ¿pero de verdad vas a regresar con la ropa? Era la pregunta. Sí volví. En esos viajes, en donde yo devolvía las cosas, había mujeres pendientes de mi retorno para entregarme otras prendas. Luego empezó a suceder algo bello: las líderes de la región se organizaron y recogían la ropa que las mujeres guardaban de sus muertos para entregármela.

 

Algunas imágenes del trabajo Sudarios (2011). | Foto: Erika Diettes.


 

¿Cuál fue la reacción de las familias al ver el resultado final de Río Abajo?

Río Abajo me ayudó a tender unos lazos muy fuertes en región. Recogí las prendas, trabajé en esa obra y luego hice toda una exposición. De donde me entregaron un objeto, allá iba para exponer. La gente iluminaba las fotos con velas. Eso me abrió las puertas para un proyecto como Relicarios.

Cuando planteo una obra como Relicarios, la gente decía: ah, la niña de Río Abajo. Incluso había quienes me estaban esperando con sus objetos. Hay una anécdota hermosa de una mujer en Cocorná, en el oriente de Antioquia. Ella llegó a mi estudio en La Unión, me mostró orgullosísima un video y unas fotos. Me dijo: mire, la quería conocer a usted. Yo quiero que mi hermano haga parte de sus obras. ¡Se me dio la dicha!

Ella me donó los objetos del hermano porque él quería conocer el mundo. Era su sueño. También me dijo: yo sé que con usted, con su arte, él puede cumplir ese sueño.

 

¿Pero cómo logró acceder a algo tan íntimo? La ropa y las pertenencias de los seres queridos muertos o desaparecidos son, para muchos, el único recuerdo.

El lazo que se me abrió en el oriente antioqueño se logró a través de AMOR. También a través del Cinep. Yo conocí a Camilo Tamayo, que trabajaba allí. Él me presentó a Juan David Villa, quien era el director de las PROVISAME (Promotoras de Salud Mental) del oriente antioqueño. A través de él conocí a varias sociólogas, entre ellas a Nadis Londoño, quien lideró procesos de duelo y memoria en Sonsón y Argelia.

A Juan David lo conocí en Bogotá, en el Cinep. Me dijo: si usted realmente quiere hacer algo, la espero en Marinilla a tal hora y en este sitio. Yo no sabía dónde era Marinilla, pero fui. Resulte en un encuentro de víctimas que duró tres días. Así empecé a conocer a la gente.

También la promesa de volver me abrió las puertas. Con estos procesos, creo yo, hay una cosa importante y es que tienes que cumplir lo que prometes. La comunidad va a responder si lo haces. Haber vuelto para hacer la exposición de Río Abajo también ayudó. Una cosa era ir y recoger los objetos, pero había más cercanía con la gente al hacer las exposiciones. Río Abajo recorrió 18 municipios de todo el país.

 


“En el dolor es donde somos iguales. A partir de mi duelo yo entiendo lo que significa el dolor en otra familia”.


 

| Foto: Eliana Medina.

¿Y así también ocurrió con la elaboración de Relicarios?

Con Relicarios fue un ejercicio consciente desde el apoyo psicosocial. Nadis Londoño me acompañó en eso. Yo aprendí eso en Río Abajo y con Sudarios también. Sudarios son imágenes que no se logran en una entrevista. Ese trabajo se hizo acompañado de un proceso psicosocial, de unas jornadas antes del encuentro fotográfico. La gente era consciente de las fotos que queríamos lograr.

Mira que con Relicarios también se hizo un proceso psicosocial muy profundo en el Museo de Antioquia. La inauguración de la exposición fue allí. Se hizo un trabajo logístico enorme para traer a 330 familiares de víctimas al museo, provenientes de todas las regiones. Se contó con 10 expertos en manejo de duelo y trabajamos por tres días en cómo sería la entrada de los familiares a la muestra y la entrega de las fotos de los relicarios, que es un acto simbólico precioso. A cada familia se le dio la fotografía de cada relicario.

 

En el caso de Relicarios, la gente se tiene que agachar para ver las fotos, los nombres, los objetos. Da la sensación de estar en un campo santo, tratando de ver una tumba que no existe…

Es un aprendizaje claro de Río Abajo. Ese elemento sacro lo dio las familias cuando iluminaban con velas las fotografías. Aquí, en Relicarios, para lo mismo. No es algo que como artista puedas instaurar. Ese valor y carga la dan los dolientes.

Es que no es la camisa, es el niño. Y era cuando el niño se veía guapísimo con esa camisa, porque no es cualquier camisa. No. Hay unos objetos que tienen huecos de balas, que tienen sangre. Hay una cantidad de secretos en los relicarios que son bonitos porque son complicidades que surgen en el momento en que las familias entregaban los objetos. Se atrevían a decir cosas en voz alta que en determinado momento les daban vergüenza. Por ejemplo, decían cosas como: yo huelo la camisa de él todas las noches. Me siento loca porque huelo su camisa todas las noches.

 

¿Los relicarios se construyeron junto a los familiares?

No. Una cosa era la entrega del objeto, que se hizo en compañía de ellos. Por objeto se nos iba hasta 4 horas. Lo importante era recalcar lo importante de la vida de cada víctima. Desafortunadamente, la violencia también le arranca a la gente la vida, pero no la vida literal. Es decir, elementos de la cotidianidad como que al desaparecido o muerto le gustaba jugar fútbol, se echaba un determinado perfume o tenía potencial para dibujar y por eso quería ser diseñador. 

Hay un trabajo muy terapéutico, muy profundo. La escogencia de los objetos para los relicarios es muy personal. Por ejemplo, está un cepillo de dientes que, metafóricamente, encierra una vida completa. Una mamá del Chocó que duró 8 años sin saber de su hijo me contó esto: si uno quiere saber cuántas personas habitan una casa, toca ir al baño y contar los cepillos. Ella no era capaz de botar el cepillo de su hijo, a pesar de que después se enteró de su muerte.

Hay una decisión muy consciente del doliente, que escoge el objeto. Hay unos relicarios que son de denuncia, unos que tiene números telefónicos por si alguien conoce el paradero del familiar desaparecido.

 

 

Diettes le hizo un relicario a un tío asesinado por sicarios en la época de Pablo Escobar. | Foto: José Puentes Ramos.


 

 ¿Sabe si las familias hicieron algo especial con las fotos de los relicarios que usted les entregó?

Ha sido divino. Fue como un regalo muy grande porque nadie me entregó los objetos esperando algo a cambio. No pagué por los objetos, no prometí nada. Eran donación. Decían: los queremos depositar contigo porque estarán seguros. Vaya tarea…

Yo entregué una fotografía de cada relicario a cada familia en el Museo de Antioquia. Es un uno a uno del relicario. Quiero decir: no es una foto pequeña, sino que tiene el tamaño del relicario para que la gente la ponga en su hogar. ¿Qué ha pasado? Por Facebook, WhatsApp y otros canales he recibido imágenes de las fotos de los relicarios instalados en las casas. Como la exposición fue en octubre y noviembre de 2017, las familias las adornaron con guirnaldas o las ubicaron cerca de los árboles de Navidad.

 

| Foto: archivo personal de Erika Diettes.

¿Cuántos relicarios ha construido?

Son 165. Hay de todo el país.

 

¿Podemos hablar del relicario de su familia?

Uno de los relicarios de la exposición es de mi tío. Tiene la ropa de cuando falleció. Como murió en un atentado, hay huecos de balas y sangre en la camisa. El pasabordo que portaba el día del homicidio, porque llegaba de Medellín, también está ensangrentado. Su esposa tenía esos recuerdos guardados debajo de la cama. Decía que cuando la enterraran quería que le colocaran los objetos dentro del féretro. Pero a la final me los donó.

 

¿Cómo ve los ejercicios de memoria en Colombia?

Es un momento importante porque sí se ha modificado la forma en que se ven los ejercicios de memoria. En el caso de Río Abajo, tocaba explicar ciertas cosas. La audiencia me decía: ¿por qué tocar esos temas en el arte? Hoy se siente que hay una necesidad de hacer trabajos como ese o Relicarios. Culturalmente se ha dado un pequeño cambio. Y lo digo en pequeño porque nos falta asumir que no es una historia de la Colombia profunda, sino de todo el país. Hay una generación con conciencia frente a la memoria.

 

¿Y el duelo?

Ileana Dieguez, una crítica de arte mexicana, ha trabajado sobre víctimas de la violencia durante mucho tiempo. En sus textos, Ileana no entiende el duelo como un proceso sino como un estado. Cuando lo entiendes como un proceso es algo que deja de hacerse, pero cuando lo entiendes como un estado es algo que está por asumirse. Entonces, ahí es donde digo: Colombia es un país en duelo.

En el proceso, tú asumes que antes eras una persona normal y que luego de la pérdida resultas siendo otra persona. Y pasa que, en la teoría de Ileana, el muerto se va llevando un pedazo de ti. Pero tú ya eres lo que eres, menos una parte: el ser amado que no está. Y así te toca seguir viviendo.

 

POR José Puentes Ramos
@josedapuentes

 

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