Bailar y resistir: la verbena exguerrillera en el Catatumbo

diciembre 04 de 2018

Dos años después del Acuerdo de Paz, los excombatientes del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Caño Indio, Norte de Santander, celebran esta fecha mientras esperan que las promesas del Gobierno se cumplan pronto. Crónica.

Bailar y resistir: la verbena exguerrillera en el Catatumbo

| Exguerrilleros del ETCR Caño Indio disfrutan de un basar en la vereda El Taladro, del municipio de Tibú, el día que se cumplen los dos años de la firma del Acuerdo de Paz. | Por: FERLEY OSPINA


Por: Adriana Chica García
@AdriChicaG


Atardecía en la vereda El Taladro cuando la casucha de madera, apenas iluminada, rompía el silencio del monte con música a todo volumen. “El baile ahora es nuestro acto más rebelde”, me dice entre risas Fernando. Salta de un lado a otro al ritmo de guascarrilera. La celebración se extiende y se puede contar en botellas bebidas, unas ‘polas’ que a esas alturas hacen olvidar a los exguerrilleros que justo un 24 de noviembre, hace dos años exactos, salieron de las trincheras para firmar la paz a una guerra de más de 50 años. La noche que les cambió la vida para siempre.

El segundo aniversario del acuerdo que sacó de la línea de fuego a 13.037 combatientes de las Farc empezó ese día muy temprano, en Caño Indio (Norte de Santander), el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) establecido en la región del Catatumbo para su regreso a la vida civil. Los preparativos se adelantaron desde el canto de los gallos. Para entonces, el carbón encendido entre un hueco de arena asaba el novillo sacrificado la tarde anterior. También rodaron las primeras cervezas para refrescar el bochorno de la humareda.

 

 


En la terraza de la cocina principal me reciben con el mismo tinto mañanero con el que se despertaban en esos días de formar filas antes de salir el sol. Por ahí pasan para descansar los coteros que llevan yucas recién arrancadas, desde ahí las mujeres despachan a los encargados de alistar el lugar que recibirá a los senadores de la Comisión de Paz del Congreso de la República, los únicos que en mucho tiempo se animaron a sacarlos del olvido. Del otro lado, ya van casi 400 papas peladas.

–Faltan unas 100 más para que comamos todos –les dice Baudilio a sus compañeros desde el tanque de cemento donde recogen el agua que viene del arroyo que desemboca en el río Catatumbo.

–De ahí nos abastecemos aquí.

–¿Y si se seca?

–Cuando no llueve toca reducir el suministro.

–¿La mayoría de esos productos los compran en el pueblo o los cosechan aquí?

–Aquí lo único que se cultiva es la yuca. Estas tierras solo dan yuca, plátano y cacao.

–Y coca interrumpe Eric de manera burlona.

 

El carbón encendido en un hueco de arena cercado con palos asaba los trozos del novillo que fue sacrificado la tarde anterior, y que reposaban en agua de verduras y hierbas para sazonar. © FERLEY OSPINA

 

Son 28.244 hectáreas de coca en todo el Catatumbo -según el monitoreo de 2017 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)-, la región con más cultivos ilícitos en el país después de Nariño y Putumayo. Aunque por los alrededores de Caño Indio no se alcanza a ver ni una parcela de coca. Lo que sí se ve es una siembra colectiva de cacao resguardada del sol por una malla de sombra negra, de la que esperan los primeros frutos en algo así como tres años.

“Pero los campesinos no tienen plata para esperar tanto”, dice Willy Peña mientras se afeita. Es el excombatiente que coordina la sustitución de cultivos ilícitos en la región, habla desde uno de los baños que comparten seis viviendas. Ese es otro programa “queda'o” en el Catatumbo.

De los 11 municipios que lo comprenden, solo en Tibú funciona el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), con 2.665 familias. Y eso que en Caño Indio y otras tres veredas cercanas (Palmeras-Mirador, Progreso y Chiquinquirá) se suscribieron 286 acuerdos de sustitución.

 


«Están pidiendo que se reemplace la hoja de coca, que es ilícita pero tiene comercio, por productos agrícolas. Estos son legales, pero no se pueden ni sacar de la región para venderlos»

WILLY


 

 

Para llegar al ETCR hay que salir desde Cúcuta en un bus destartalado y por una carretera pavimentada a pedazos hasta Tibú, son unas cinco horas contando las paradas. En adelante el terreno es más bien escarpado, sin alumbrado eléctrico y con señal móvil intermitente. Luego son dos horas y media más hasta Palmeras-Mirador, una vereda con una tienda y un billar donde se coge camino hacia La Gabarra. Una moto hace el último tramo del viaje -otra media hora- por una trocha sin más luz que la de la luna.

 


 

***

En Caño Indio no se ejecutan los dos proyectos productivos financiados por el Gobierno que son rentables, pero tampoco hay lotes baldíos.

Flaminio, descamisado, revisa su tierra con el poncho de la rosa roja sobre el hombro, tal como lo hacía de veinteañero en los platanales de San Vicente de Chucurí, antes de ingresar a las Farc, antes de sucumbir a la presión paramilitar de 1984. Por aquella época nacía el MAS (Muerte a Secuestradores), pagado por la misma coca de Pablo Escobar para erradicar la guerrilla o toda su relación aparente.


–¿Pensó que iba a durar tanto tiempo en filas?

–Llega un punto en el que esa es la única vida que conoces.

–¿Ahora cómo es?

–Igual –sonríe y mira hacia el horizonte, la misma incertidumbre pero sin armas.

¿Le asusta la paz?

–El camarada Marulanda nos recalcaba que el plan estratégico era tomarse el poder, con el triunfo en la política… O sea, en la paz, el único camino viable.

–De alguna forma estaban preparados…

–Está patinando todo.

–¿Todo es qué?

–Lo único que queremos es que el Estado compre la propiedad y nos la ceda, así uno sabe que va a morir aquí de viejo, con los animalitos y la cosecha.

–¿Y si no?, ¿regresaría? 

–Nosotros tenemos empeñada la palabra. No con el Gobierno, sino con el pueblo. Estamos adoloridos, pero no arrepentidos. Sabíamos que iba a ser duro.

–Como un combate…

–Y qué combate no es duro, donde hay muertos y heridos… Mueres tú u otro… Pero es más difícil defenderse en el campo de las ideas.

 

 

Lo dice él, que fundó el Frente 33 junto a 15 guerrilleros. Flaminio, porque aquí todos se llaman sin apellido -cada quien decidió quedarse con el alias de guerra o con el nombre de pila-, no expone demasiadas explicaciones. Su saludo es un pocillo de tinto de los que ya tomó suficiente.

“Hace tres días se escuchó como una mina...”, comenta a modo de pregunta al enfermero que maneja la unidad de salud móvil con la que cuentan en Caño Indio, y que solo asiente. Los militares de sede en el antiguo campamento de las Farc merodean sin guardia arriba. “Esto es reconciliación, ¿no?”, Flaminio se fija en la taza que le da. Ambos sonríen.

–Por allá es que tienen disidencia mis compañeros –Ballesteros señala al fondo con los ojos apretados, en el interior de la selva donde debería pasar río de Oro, un curso de agua que comparten Colombia y Venezuela. O por lo menos allá indicó la Fundación Ideas para la Paz (FIP) que estaba acampando el grupo residual del Frente 33, y que hace un mes distribuyó un panfleto para declararse "vigente en la lucha armada por el incumplimiento del Gobierno”. –Acá uno puede hablar con todos… Y allá hay suficientes. –termina.

 

Ballesteros, uno de los militares que custodia la zona, de vez en cuando se detiene un par de minutos a tomar un tinto con alguno de los excombatientes. ©?FERLEY OSPINA


Hace apenas un mes el presidente Iván Duque aumentó el pie de fuerza en 5.600 efectivos que acentúan -creen los excombatientes en Caño Indio- el conflicto entre el Clan del Golfo, el ELN, el EPL y Los Rastrojos, por dinámicas del narcotráfico y el contrabando. A eso debía referirse. En el ETCR se hacen ajenos al problema. Si acaso se escucha una mina como la que comentó Flaminio o el sonido seco de una bala a lo lejos, pero muy de vez en cuando. Esa mañana de sábado -y todo el fin de semana- se seguía al son de vallenatos de compositores farianos.

“¿Quiénes son los que se matan a sí mismos?”, pregunta la letra de una canción. “La misma gente del pueblo”, continúa. “Los ricos no tienen a sus hijos en la guerra, quienes ponen combatientes son los marginados”, dice Miguel Orozco. La falta de señal le impide mostrar el primer videoclip de una canción de las más de 400 del repertorio, temas que escribió durante los 19 años de "servicio social", como prefiere llamarlo. Y el que continúa desde la Junta de Acción Comunal de San Calixto, un municipio que llaman cercano pero que está a una 10 horas de viaje en moto por una trocha destapada.

–Una zona caliente.

–Para los que entregaron armas y se dedicaron a seguir su vida sin política, no. Los que nos mantenemos en la lucha de la palabra la tenemos más compleja.

 

En noviembre de 2017, el censo poblacional en este ETCR indicó que había 180 adultos y 2 niños. © FERLEY OSPINA

 

El "servicio" lo comenzó a los 17 años, alentado en la Juventud Comunista que puso en El Banco, Magdalena, el primer alcalde de elección popular: Electo Cáliz Martínez. Era 1997, fue asesinado a tiros seis meses después de la posesión. Ahí varios dieron el paso a la lucha armada. Miguel se despidió de su familia y solo volvió cuando ya lo daban por muerto, pero muertos estaban su padre, de viejo; su hermano menor, por un accidente; y otro que se desmovilizó de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

“Dejé a mi mamá de 35 años, la encontré bastante madura. Perdimos contacto cuando les tocó irse del país por amenazas de los ‘paras’, ahora sé que fue así. Otro hermano que fue soldado cayó herido por nosotros mismos, pisó una mina cuando corría, pero el impacto lo recibió un perro que iba detrás, no le amputaron la pierna ni nada”. Miguel aún se ve asombrado con la familia a la que le tocó llegar. Muchos ni encontraron y prefirieron regresar a la guerra, comenta.

 


Él hacía parte de unos 900 exguerrilleros de base en el Catatumbo que se contaron al principio. A la zona veredal transitoria solo llegaron 700, los demás siguieron en desconfianza empuñando el fusil. De vez en cuando se tropieza con alguno en San Calixto, o del ELN o del EPL. Pasan de largo. En el ETCR parece hablarse con precaución de la violencia que mantiene los desplazamientos en esta subregión de Norte de Santander que muestra los niveles más altos de todo el país.

Pero ya no es lo mismo. Dice Miguel que hoy no se ven los sacos goteando rojo con gente picada adentro. No le toca operar de improviso a la población civil herida por “daño colateral” ni a sus compañeros mutilados. Ya casi no revive imágenes en su mente como la de la embarazada a quien empalaron con un remo que le salió por el hombro izquierdo. ¿Y sus muertos? “Nuestra intención nunca era atacar pueblos. Hubo errores. No se medía alrededor de un puesto de Policía, por si había casas u obreros”, aclara sin ser muy específico.

–¿Cuándo perdieron el apoyo del pueblo?

–Yo no digo que lo perdimos. Pero pedagogía política solo se hacía en los lugares donde teníamos presencia.

–Quizás cuando entraron en el narcotráfico…


–Hay una mala interpretación. Para nosotros el narcotraficante es el que saca droga al exterior para comercializar. Nosotros manteníamos un control para que no entrara cualquiera a explotar, el que quería comprar matas a los campesinos tenía que darnos un porcentaje. Un movimiento ilegal debe buscar recursos de alguna manera
–, frunce el ceño como punto final. La caravana de camionetas polarizadas se divisa en medio de las vacas que pastan en la entrada. Es hora de bajar la bandera de Colombia. A dos años… son los sueños todavía”, tiene escrito.
 

 

La Comisión de Paz del Congreso de la República llegó al Catatumbo. © FERLEY OSPINA

 

Los sueños se los llevan las muertes, replica la multitud -entre excombatientes, funcionarios locales y comunidades aledañas- que se dio cita ese sábado en el ETCR. Las cifras son más altas que las oficiales, dicen. Según sus conteos, en Tibú, este año, van 64 líderes asesinados -y el pasado 29 de noviembre se añadió otro- y 26 excombatientes. Una semana antes, en la vereda Miramontes, a media hora del casco urbano, una “camarada” quedó malherida y su acompañante muerto, contó Willy. Los ocho congresistas que llegaron (de los partidos La U, Cambio Radical, Polo Democrático, Verde y Farc) solo toman nota.

“Entiendo, compañeros, las incertidumbres que tienen, porque son las mismas que yo tengo. Pero estoy absolutamente convencido de que el paso que dimos era el que había que dar. Que el incumplimiento no sea el motivo para que muchos pongan en duda el valor que ha tenido este gran paso”. Al unísono aplauden a Jorge Torres Victoria, 'Pablo Catatumbo', quien después de 44 años de lucha armada hoy ocupa una curul en el Senado. El resto de las horas las dedican a reconstruir la memoria y terminan con la siembra de plantas para complementar con un símbolo.

 

 

Entrada la tarde, el gentío se dispersó para disipar el sofoco que provocaba el sol sobre techos de zinc. “Por lo menos no llueve; por las paredes escurre el agua y se mete”. Margen le tiene solución: una bolsa negra encima del techo, práctica. Ahora se puede echar contra un árbol para acomodar mejor el seno que le da a Betsey, la hija de 14 meses que se le escapó al dispositivo intrauterino. Y la que, esta vez, espera criar.

Una día, en 1989, la imponencia de unas armas que ni sabría sostener la conquistó, al punto de volarse al frente 37 justo el día de las madres, un grupo se arrimaba a hurtadillas a San Pablo, en el sur de Bolívar. Nadie la obligó a desistir de lo que, sin conocer quería. Y pasó más en esas que en la vida civil, por eso dice que no entiende a las mujeres.

–Hablan de las mujeres de las Farc como si fuéramos violentadas, arrastradas y obligadas a la guerra, parten de que nosotras no somos sujetos políticos –fue una advertencia.

–En todo caso, ingresó sin saber qué se iba a encontrar…

–Pero sabiendo que algo andaba mal, que había algo que cambiar.

–¿Qué?

–Adentro uno aprende que todos somos iguales. El país aún no se da cuenta de eso. La mujer sigue sometida al hombre, por ejemplo.

–¿Cómo era ser mujer en las filas?

–Igual que un hombre. Todos cocinamos, traemos leña, íbamos a combates. Cada uno se especializaba en algo, yo era enfermera.

–¿Aquí es igual?

–Claro, no sabemos ser de otra forma.


La niña se baja para seguir el juego con su vecina. Y Margen aprovecha para tirar purina en el galpón de los 100 pollitos que compró la semana pasada. Espera que den huevos para vender o si no, que acompañen la guarnición de los sancochos de leña en el pueblo. “Eso es lo que les decimos a ellas, que pueden conseguir su propia plata. Por si llega un hombre maltratador se vayan sin pensarlo”. Margen y 15 exguerrilleras más se organizan en un comité de género para llevarles actividades que las sustenten solas.

 

Margen sostiene a su pequeña bebé de 14 meses en el interior de su casa en Calo Indio, donde vive con su esposo, otro excombatiente. © ?FERLEY OSPINA

 

En el pueblo ya no les huyen a pasos cortos, con prisa ni de cabeza gacha, como cuando se acercaban con el fusil. Mientras tanto, ellas se habitúan a andar en chancletas y a bailar sin angustias. Como esta noche de bazar que se extendió para algunos hasta las siete de la mañana, al ritmo de vallenatos en la Taguara, el quiosco de billar y tejo en Caño Indio.

Al día siguiente, otra vez a las cuatro de la mañana, recibieron la rutina con el mismo tinto para soportar la amanecida. Todo se mantiene igual que en la clandestinidad -aseguran-, solo que sin esconderse de un bombardeo en las montañas, sin iquietarse con el sobrevuelo de helicopteros. La voluntad sobrepasa la incertidumbre de entregar el poder de las armas. Como dice Alejandro al final de su invitación: “Ahora somos jornaleros por la vida, sin perder de vista lo que fuimos”. Aquí la lucha continúa.

 


POR: Adriana Chica García | Enviada especial

@AdriChicaG


 

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