Feminismo campesino desde el Caribe: la historia de Catalina Pérez

noviembre 07 de 2018

Esta cordobesa de 69 años ha dedicado su vida a la lucha por la tierra en medio de lo irreverente que resultaba ser mujer y líder en el campo.

Feminismo campesino desde el Caribe: la historia de Catalina Pérez

| Catalina Pérez fue líder de la ANUC en Córdoba y Sucre desde los años 70. Hoy, después de vivir exiliada por 20 años, sigue creyendo en el movimiento campesino. | Por: Marcela Madrid Vergara


Por: Marcela Madrid V.
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Catalina Pérez se describe como una mujer “de hacha y machete”. Así eran –“tenían que ser”, dice– las campesinas que se atrevían a participar en la lucha por la tierra en los años 70.

A inicios de esa década, el movimiento campesino vivía su mejor momento: el presidente Carlos Lleras Restrepo había aprobado la Ley de reforma agraria y con ella la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). Esto hizo que veredas enteras se organizaran para tomarse las haciendas de los terratenientes y exigir lo que se convertiría en su lema nacional: “la tierra para quien la trabaja”.

El 21 de febrero de 1971 es uno de los días que Catalina recuerda con más nostalgia, a sus 69 años. Tenía 23 y era la primera vez que hacía parte de una toma de tierras. Ella era una de las 200 personas (30 mujeres) que llegó hasta la finca La Antioqueña, del terrateniente Chepe Posada, con machetes, azadones, banderas blancas y consignas.

“Mientras los hombres mochaban el monte, nosotras cocinábamos la vitualla que llevamos (yuca, plátano, carne salada, ñame). Pero claro, las mujeres también íbamos a mochar monte”.

 

En 1977 Catalina fue invitada por organizaciones inernacionales para hablar de la lucha campesina en diferentes países de Europa. ©ARCHIVO PERSONAL | CATALINA PÉREZ


El trabajo lo amenizaron con versos que resumían su presencia en esos terrenos:



«Campesino, campesino,
Campesino colombiano
Qué bonitas tierras tienes,
Lástima que son del amo.

Pero dime campesino
Si esas tierras son del amo
Porque nunca lo hemos visto
Con el machete en la mano»


 


Antes de que el sancocho estuviera listo, ocurrió lo inevitable: llegó la Policía para sacarlos de la finca. Las mujeres ya sabían qué hacer: agarrar a sus hijos y convertirse en escudos humanos:
 


«Hicimos una muralla agarrándonos de los codos y parándonos al frente de los policías. Sacamos la bandera blanca y cantamos el himno nacional. Ellos se quedaron quietos».


 

Finalmente, el terrateniente negoció con el Instituto de Reforma Agraria (Incora) y terminó por cederles 800 hectáreas de sus tres fincas a 80 familias que participaron de la toma. Una de ellas la bautizaron Juana Julia, en honor a Juana Julia Guzmán, líder campesina de los años 20 a quien apodaban la robatierra.

–Ahí hicimos nuestras casas y vivimos bien. Teníamos 29 palos de coco, ganado, cultivos y si alguien se enfermaba vendíamos una vaca. Éramos libres, no sufríamos de nada.


La Antioqueña fue solo una de las 800 fincas tomadas por la ANUC en todo el país ese 21 de febrero que pasaría a conocerse como ‘la hora cero’.

“El movimiento campesino fue extraordinariamente fuerte y tuvo su epicentro en Córdoba y Sucre. Eran campesinos sin tierra o en minifundios sin posibilidades productivas. La característica era la movilización de las familias completas porque el acceso a la tierra era un asunto colectivo”, explica Álvaro Villarraga, director de Acuerdos de la Verdad del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).

 

Catalina Pérez se considera una mujer 'de hacha y machete'. © MARCELA MADRID V.


 

Mujeres sin tierra y sin voz

“Yo luchaba por la tierra hombro a hombro con los campesinos”, cuenta Catalina con sombrero vueltiao, machete al cinto y megáfono en mano a un grupo de universitarios que la escuchan atentamente mientras prueban su mote de queso. Ella fue una de las invitadas por la Universidad Tecnológica de Bolívar, en Cartagena, a participar en la representación de una toma de tierras en la huerta del campus en abril de este año.

Luego de darles una clase práctica sobre plantas medicinales, enseñarles a preparar mote y contarles sus anécdotas en las tomas de tierras, les reveló el capítulo de la historia que la llevó a ver el movimiento campesino con otros ojos.


«Cuando el Estado empezó a adjudicarles tierras a los campesinos, los títulos llegaban a nombre de los hombres. Ahí las mujeres nos empezamos a pellizcar y dijimos ‘oye pero si nosotras también luchamos por esa tierra’».


 

El CNMH da cuenta de esta situación desigual para las mujeres dentro de la ANUC. “Si bien se reconocía su trabajo como compañeras de lucha, no se las tenía en cuenta a la hora de decidir sobre las recuperaciones de tierras en la negociación con el Incora y los terratenientes, alegando que ellas no estaban suficientemente preparadas para ello”, explica el informe La tierra en disputa. Memorias del despojo y resistencias campesinas en la costa Caribe.

Eso llevó a que las mujeres se organizaran de manera paralela para darles voz a sus propios reclamos. Catalina creó una de esas iniciativas, la Asociación de Amas de Casa Rurales de Sucre–Amars.

Nunca lograron que el Estado les diera tierras a su nombre –a finales de los 80 solo el 11 por ciento de las adjudicaciones en el país estaba a nombre de mujeres, según el CNMH–. Aunque sí consiguieron créditos para proyectos que se extendieron por Córdoba, Sucre y Bolívar. Alcanzaron a tener cooperativas, cocinas ecológicas y 25 tiendas veredales dirigidas por mujeres.

Muchos hombres de la organización apoyaron el movimiento femenino, especialmente porque no implicó que ellas dejaran de participar en las tomas o de presionar sus liberaciones cuando los llevaban presos. En cambio, otros se oponían a que sus mujeres se reunieran a hablar - quién sabe de qué- y descuidaran el hogar.

 

Esta mujer fue perseguida, encarcelada y exiliada durante los años de la represión hacia los líderes campesinos. © MARCELA MADRID V. 



«Hicimos talleres para que la mujer conociera su cuerpo con el apoyo de la Casa de la Mujer de Bogotá. Eso del cuerpo y el sexo era visto como repelencia; las compañeras escondían esos materiales y a las que descubrían les prohibían seguir yendo porque decían que iban a aprender putería».
 


La familia

En medio de tantas correrías, Catalina había dejado de lado sus planes de tener una familia. Tal vez por eso, cuando conoció a su ídolo, Juana Julia Guzmán, poco antes de que muriera, lo primero que le preguntó fue por qué nunca se casó.

“Ella decía que no iba a poder seguir luchando, que el marido no la iba a dejar y los hijos iban a darle mucho trabajo”.

Siguió los pasos de Juana Julia hasta que conoció a Máximo Jiménez, un artista campesino que se convertiría en el precursor del vallenato protesta. Durante las tomas de tierras, Máximo se dividía entre el acordeón y el machete; sus composiciones, inspiradas en la lucha campesina, se volvieron himnos para los miembros de la ANUC.

Cuando menciona a Máximo, Catalina suelta una risa pícara, se para de su mecedor y busca en Youtube una de sus canciones favoritas: Confesión de un terrateniente:

 

 


“Ya los campesinos
me quieren quitar la tierra
Cuatro mil hectáreas
que en herencia Dios me dio

Y en mi fabriquita
unos 700 obreros
Quieren ser los dueños
de lo que papi dejó”


 


“Yo no pensé que fuera a ser mujer de él ni nada…Pero aja, ¿uno cómo no se enamora de un hombre con esas canciones tan bacanas?”

A los 32 años quedó embarazada contra los pronósticos de Juana Julia y los comentarios de sus familiares, quienes la criticaban por tener un hijo sin casarse, ‘tan vieja’ y en esos trotes. Nunca permitió que su hijo fuera un obstáculo para su causa:

“Yo me iba a las tomas de tierras preñá y al mes de haber parido ya estaba otra vez en esas. Me lo llevaba y lo acostaba en un saco, lo cargaba pa todas partes”.

 

Desde joven, el megáfono se volvió para Catalina casi tan importante como el machete. © ARCHIVO PERSONAL | CATALINA PÉREZ


 

La represión

La época de oro de la ANUC duró muy poco. En 1972, con la llegada al gobierno de Misael Pastrana, surge un esfuerzo conjunto desde el Estado y los gremios por echar para atrás los logros de la organización. Esto se materializó en el Pacto de Chicoral, un acuerdo verbal para acabar con la Ley de reforma agraria.

“La ANUC se debilita mucho a partir de 1974 por el Pacto de Chicoral y el cambio de políticas. Muchos líderes empiezan a ser perseguidos, capturados, sus casas allanadas”, explica Álvaro Villarraga.

Catalina no fue la excepción. A principios de los 80 tuvo que esconderse en el ático de su casa durante seis meses para que la Policía no la encontrara; incluso hizo correr el rumor de su propia muerte para despistarlos.

–Solo mi mamá y mi tía sabían dónde estaba. Me tocaba bañarme de noche en una represa y no podía ni hablarle a mi hijo que estaba apenas gateando.

Catalina también recuerda cómo cambió desde entonces la respuesta de las autoridades a las tomas de tierras. La muralla de mujeres encadenadas con niños y banderas dejó de funcionar.

–La policía también nos pegaba, nos echaba los caballos, nos metían presas. Nos empezaron a tratar igual que a los hombres.

Muchas de las familias que habían logrado tener títulos, como las que se tomaron La Antioqueña con Catalina, terminaron por perderla durante esta época. Para Villarraga, este retroceso se acrecentó en los 90, cuando “el paramilitarismo, la represión y el conflicto llevaron casi a borrar las reformas agrarias de los 70”.

 

Catalina fue una de las invitadas por la Universidad Tecnológica de Bolívar, en Cartagena, a la representación de una toma de tierras y a contar la historia del movimiento campesino. © MARCELA MADRID V. 


 


El exilio y el retorno

Cuando la Policía descubrió su escondite, Catalina se mudó a Sincelejo con el apoyo de algunos compañeros. Sin embargo, la persecución continuó y en 1988 Amnistía Internacional organizó su exilio y el de su familia a Austria.

Además de tener que dejar su idioma, su comida y sus compañeros, Catalina sabía que estaba suspendiendo el sueño, compartido por miles de colombianos, de volver a tener tierra propia. Fueron 21 años de sentirse una carga para los demás, de aprender a trabajar en oficios de ciudad, de buscar allá lo que más valoraba acá: “la organización campesina, que era mi vida porque gracias a ella dejé de ser una mujer sumisa”, dice entre lágrimas.

Desde que regresó a Colombia, ha tratado de retomar el camino que dejó en pausa. Sin embargo, se encontró con una ANUC desintegrada, no solo por la represión sino también por diferencias ideológicas internas; muchos compañeros muertos o enfermos; y los proyectos de Amars arrasados por la violencia.

Sin embargo, tiene fe en que las nuevas generaciones puedan lograr que la consigna de ‘tierra para quien la trabaja’ se convierta en una realidad.

Catalina Pérez cumplirá 70 años este 11 de diciembre y lo celebrará por partida doble pues también se graduará de bachiller. Desde su patio en Sincelejo, donde siembra verduras y plantas medicinales, reitera que su mayor regalo sería tener, por fin, una parcela propia.

 


POR: Marcela Madrid V. | Editora 'Desde el territorio'
@marcemv91


 

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