noviembre 01 de 2019

Hasta los espantos se fueron

Por: Francia Márquez Mina

Mi infancia estuvo marcada por pasar tiempo en casa de mis abuelos maternos, otro tiempo con mi mamá y el resto con mis abuelos paternos. Por supuesto, debo decir que mi lugar favorito para vivir era en la casa de mis abuelos maternos. Algo que me encantaba era que tenían vacas.  Todos los días, en horas de la mañana, las ordeñaban. Por costumbre, todas las tardes se apartaban los terneros de las vacas. Esta tarea estaba asignada a los menores de edad. Quien la desarrollara, al otro día lo premiaban con la nata que salía al hervir la leche. A mí me encantaba; lo que hacía que me pasara peleando con mis hermanos y primos.

En la casa había un toro grande, al cual le llamábamos el toro colorado.  Una vez el toro se embolató y no aparecía. A eso de las 5:30 de la tarde, mi abuelo dijo que se iba a buscarlo. Un joven que creció con nosotros, el hijo de doña Enelia, la vecina, y yo, le dijimos a mi abuelo que nos llevara con él a buscar el toro colorado.  Mi abuelo aceptó y salimos con él por la antigua vía del ferrocarril; pues él sospechaba que el toro se había ido al potrero de una vecina, doña Clara. Ella también tenía ganado. Cuando íbamos en un sector de la carrilera, escuchamos el ruido de un animal que pasaba volando, cuando se acercó a nosotros cayó a reírse a carcajadas.

Miramos hacia el cielo con mi amiguito, el vecino y no vimos a nadie. En ese momento, nos asustamos mucho. A mí los pelos se me colocaron de puntas. Mi abuelo, que era un sabio, le dijo unas cosas, que ahora no recuerdo las palabras exactas, pues todavía estaba muy pequeña.

Después nos dijo no se asusten, eso era una berraca bruja

Ese momento siempre estuvo en mi memoria, toda la vida lo he recordado, pero jamás hablé con alguien de ese hecho. En un momento llegué a pensar que era producto de mi imaginación. 

O que tal vez lo había soñado.

Hace más o menos un año y medio, estábamos un grupo de líderes y lideresas dialogando sobre nuestra infancia, hablando sobre cómo habían cambiado las cosas, recordando las travesuras que hacíamos.  Nos reímos de todas las cosas que nos habían pasado. De repente, empezamos a hablar de los espantos, de los muertos, de las brujas. En un momento, empezamos a decir que ya hasta los espantos se habían ido, con tantas situaciones de violencia y la maldad que había hoy en día.  

De repente Erley, uno de los líderes de la comunidad, quien era el niño, que, en esa ocasión, cuando estábamos pequeños, fuimos con mi abuelo a buscar el toro colorado, empezó a decir… “Yo no sé si Francia se acuerde…pero yo siempre me acuerdo de la vez que pasó la bruja y se nos reía encima”.  Recuerdo que el finado Andrés, que en paz descanse, le dijo unas cosas y luego la bruja se fue. No la vimos, pero la escuchamos. Yo sorprendida le dije: "ay no puede ser, ¿vos te recordás de eso? Me respondió: claro que, me acuerdo.  Yo le dije "ay, yo en un momento pensé que eso era un sueño que yo había tenido. Por eso nunca he dicho nada sobre ese hecho, no quería que la gente pensara que estaba loca, o que estaba diciendo mentiras, pero si vos te recordás, es porque fue verdad, no era un sueño, en realidad pasó”

Es triste cómo todo ha cambiado. Ahora ya la gente no cree en estas cosas.  Con nostalgia recordé a mi abuelo y se me salieron las lágrimas. 



Francia Márquez Mina, lideresa social y activista ambiental

Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

 

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