julio 12 de 2018

Género, sexualidad y diversidad en indígenas de la frontera Colombo venezolana

Por: Wilson Castañeda

Caribe Afirmativo, luego de realizar diversas entrevistas a personas que se auto-reconocían como indígenas wayuu en Uribia y Riohacha, entre ellas personas del común, liderazgos y autoridades tradicionales, y de convivir por largas jornadas de tiempo en viajes con ellos inmersos en los contextos de las rancherías de ambos municipios gracias a la solidaridad de personas aliadas conocidas y desconocidas, pudimos identificar algunos patrones en las percepciones que hay en el ambiente sobre lo que implica en términos de género ser indígena wayuu en Uribia y Riohacha –lo que muchos conocemos como la Alta y Media Guajira-.

A diferencia de otras comunidades indígenas, la Wayuu posee un sistema social matriarcal, esto implica en la teoría que el poder de las decisiones sociales las toman las mujeres, y en la jerarquía ellas son las más valiosas. Siguiendo esta línea, y haciendo una equiparación con los sistemas patriarcales, deberían ser las mujeres quienes gobiernen las comunidades: las máximas autoridades tradicionales, las putchipus[1], entre otras; sin embargo, esta mirada del poder como la posibilidad de gobernar occidentalizada resulta descontextualizada de La Guajira. En realidad, el matriarcado en esta zona del país es entendido como la reafirmación de la importancia de las mujeres como base de la sociedad en términos de reproducción, cuidado, consejeras, poseedoras de los saberes, dueñas de la preservación de la cultura; en síntesis, es la dueña y tomadora de decisiones en el espacio privado.

Es tarea de la mujer reproducirse desde temprana edad para preservar la etnia, pues solo quien es hijo de madre wayuu, será considerado wayuu legítimo; de lo contrario, aunque sea hijo de padre wayuu, no será wayuu, sino Arijuna; a esto se le ha denominado línea matriarcal. Este primer elemento maternal y de reproducción en el rol de las mujeres en la sociedad wayuu, equivalen sin duda alguna a lo que hemos llamado previamente heterosexualidad obligatoria.

 

"En nuestro matriarcado, consideramos que ella es la única que no puede negar al hijo porque sale de ella. El hombre sí puede negarlo porque el esperma lo puede dar quien sea. De ahí viene la importancia de la mujer, y solamente tiene derecho sobre tu sangre la familia de la mujer, por eso la representación está siempre en los hijos de las hermanas de uno. El hombre (papá biológico) no tiene derecho a representar a sus hijos, no tiene ese derecho. Pero sí puedes representar los hijos de tu hermana. Inclusive en los problemas que hay, puedes hacer presencia porque eres el papá, pero no puedes opinar. Si hay conflictos, siempre se arremeten contra la familia de la mujer." (Hombre wayuu Uribia, 2018)

 

Por otro lado, las labores de cuidado de las familias son responsabilidad de las mujeres wayuu, entendiendo fundamentalmente que es a través de este cuidado y acercamiento a los miembros de la familia que se transmiten los saberes culturales, y por ello no son solo las poseedoras de la cultura, sino también las dueñas de la preservación de la misma. Este segundo elemento se traduce en el rol de cuidadoras. Una de las personas entrevistadas aseguró que:

"(La mujer) Es de un solo hombre. Se considera que la mujer es algo sagrado porque es un matriarcado. Todo gira alrededor de las mujeres. El hombre pasa a un aspecto secundario y de allí que en su casa quien manda es la mujer. El hombre entra y sale. En el mantenimiento del hogar el hombre aporta casi todo, pero quien define cómo se administra es la mujer, y en gran parte ella es quien toma decisiones "(Entrevista a Hombre wayuu, Uribia, 2018)

Se reafirma este elemento cada año en el Concurso de la Majayut[2], una especie de reinado wayuu enmarcado en el Festival de la cultura Wayuu, en el que las candidatas Wayuu de todas las regiones de país y Venezuela compiten por cuál es la que más encarna el  rol de la mujer Wayuu, sus saberes y costumbres.

La Majayut es como un reinado, cada clan o comunidad manda su candidata, no se tiene en cuenta la belleza, sino quién es una mujer wayuu que conozca los usos y costumbres, los tejidos, los temas de la sociedad wayuu, del sistema normativo wayuu., la palabra y palabrero, qué hacer en ciertas situaciones, cómo maneja la mujer esa problemática y la competencia la realiza y en esos días ellas muestran cuáles son sus habilidades.

La pacificación es otro elemento trascendental en la forma de concebir a las mujeres wayuu, de manera que son ellas las “dadas” a la resolución de los conflictos entre clanes o intrafamiliares; tanto que, ante la presencia de una de ellas, es impensable una discusión. Así lo afirma uno de los entrevistados: “La mujer dentro de un conflicto no se toca. No se puede tocar. Es la ofensa más grande, el agravio más grande de una familia, entonces juega un papel muy importante de pacificadora. El momento de exaltación si la mujer aparece, todos tienen que bajar”.

En términos generales, la mujer wayuu está destinada a estar en el ámbito privado –nada diferente a lo que sucede en el resto de sociedades- en labores domésticas, y para ello es preparada desde pequeña en sin número de rituales que simbolizan su reafirmación por las costumbres wayuu: como es el encierro, ritual que toma lugar luego de la primera menstruación de la mujer, que oscila entre las semanas y poco más de un año –antes podían ser hasta 6 años- y en el que esta es aislada completamente del resto de las personas para alimentarse de solo chicha, como forma de purificación. Al final del ritual, la joven deberá ser perseguida por varios miembros de su comunidad tirándole objetos, piedras, entre otros, con el fin de que ella corra. Con esta última fase –dicen- se simboliza la preparación de la mujer para que huya de su marido en caso de violencia intrafamiliar.

Finalmente, hay un factor que no se puede perder de vista para entender la relación de poder entre hombres y mujeres wayuu a partir de sus roles de género: las dotes. La mujer es quien, literalmente, representa el valor de una familia, y por ello cuando es pretendida por algún hombre, este debe dar en dotes –ya sea ganado, cerveza, tierras- el valor de esa mujer a su familia, para “poder” estar con ella: una especie de trueque. Lo que aquí llama la atención es que son los mismos hombres quienes definen el valor de la mujer: en específico su tío materno.

Los elementos anteriormente descritos que constituyen las marcaciones del ser mujer wayuu empiezan a darnos pistas sobre la dificultad que tienen estas para reconocerse públicamente como lesbianas o bisexuales en su cultura. Si es mujer y no aspira a estar con un hombre, reproducirse y preservar el legado cultural wayuu, entonces representa una vergüenza para la comunidad: no sirve como mujer. Como lo expresa un líder wayuu de Riohacha: “Una Majayut que esté bien capacitada por su abuela y su mamá, está formada para vivir con su marido” (2018).

 

“Aquí esto es un matriarcado. Los hombres debemos servirles a las mujeres, y por ende no nos podemos concebir sin ellas. Rechazarlas es una ofensa”- hombre wayuu (Uribia, 2018)

Aunque en la teoría por ser un sistema matriarcal se entendería que los hombres no tienen poder de decisión relevantes en la sociedad wayuu, en la práctica estos son los grandes tomadores de decisiones: los gobernadores, putchipus, las máximas autoridades, entre otras. Además, son quienes en su mayoría deciden sobre asuntos legales, problemas entre clanes y referentes a la vida de las mujeres. Esto es, definen el rumbo de las rancherías, encarnan la justicia en los problemas, representan la voz de las comunidades, determinan el valor de las mujeres –en especial de las hijas de sus hermanas (sobrinas)-, las representan legalmente pues asumen el rol de padres y deciden con quién se casa esta.

Analizando cada uno de los elementos anteriormente mencionados, los hombres wayuu son quienes poseen en la mayoría de las rancherías el título de autoridad máxima tradicional, aquellos representantes de las voces de los integrantes de la ranchería, por lo que tienen amplio poder de decisión y convocatoria.

Partiendo que desde la cosmovisión wayuu los seres humanos nacimos de la unión de Tierra y Lluvia, hombre y mujer, masculino y femenino, el imaginario gira en torno a la familia heterosexual que es la única capaz de engendrar vida –reproducirse- y por tanto de preservar la cultura.  Para ello, la mujer tiene la capacidad de dar a luz y el hombre el deber de cuidar de ella, de sostenerla. De lo contrario, si un hombre rechaza construir su vida junto a una o más mujeres, esto es una ofensa. Se sale de la norma, ya no es un ser digno de la cultura wayuu, pues no refleja exactamente lo que implica ser hombre wayuu. Similar sucede en el caso de las mujeres lesbianas, quienes al dejar de usar mantas o negarse a tener hijos o esposos, dejan de ser dignas de la cultura por negarse a preservarla. Como afirma un hombre wayuu gay: “ser gay lo ven como algo malo. Algo feo. Porque dios hizo al hombre y a la mujer, y la mujer y el hombre deben juntarse, entonces es algo que no es de dios” (Uribia, 2018)

Debido a que la familia es la base de la vida para los Wayuu, el destierro es la máxima sanción social en su cultura. Mediante este, se excluye de cualquier ámbito el relacionamiento con el desterrado: física, mental y socialmente. Aunque no acarrea el desplazamiento de rancherías, la persona desterrada termina huyendo a causa de los malos tratos de su familia. Este, de igual manera, implica el olvido de la persona desterrada como castigo por salirse de las normas de su cultura; de ahí que se deje de hablar de la persona en la familia.

“El destierro es grave. Es terrible. Es una exclusión física, mental, total. Apartada. Con tanta cosa termina yéndose porque cómo va a estar si ni siquiera puede sentarse debajo de la enramada sin compartir” (autoridad wayuu, Uribia, 2018)

En otros casos, cuando se trata de un hombre gay o de una mujer trans, puede terminar en explotación bajo la excusa de “si eres eso, ponte a cocinar tienes que actuar como mujer”. Esto evidencia los roles que anteriormente definimos sobre los cuales las mujeres y la feminidad es asociada al ámbito privado, por ende a las labores domésticas y de cuidado. Como es el caso mencionado de Georgina, mujer trans wayuu de Uribia, quien “se dedicaba a planchar y lavar a las casas como única posibilidad de ingresos” para vivir (lideresa wayuu, Riohacha, 2018).

De igual manera, en partes de la zona rural se tiene la creencia de que la homosexualidad es una especie de castigo a la persona y la familia como resultado de alguna acción mala que tuvo en el pasado; por ello, es considerado un demonio que habita su cuerpo y la solución a ello es una pócima proveniente de la planta de la Pringamoza que es recetada por una espiritista, como asegura un joven líder Wayuu de Riohacha: “La pelan, la calientan en agua y se le hace un baño (a la persona) y se le da de bebida, eso hace que las hormonas se levanten. Hace hasta que las cuerdas vocales vuelvan a ser nuevamente de hombre” (Líder Wayuu, Riohacha, 2018).

Lo mismo sucede en los casos de las personas del “tercer género” como le denominan a las personas transgénero en la zona rural, a quienes consideran son “resultado de las violaciones” de otros hombres, y quienes son rechazados rotundamente en las comunidades, por lo que, antes que los maten las mismas familias, terminan desplazándose a la zona urbana donde, aseguran, “se empiezan a vestir de mujer, maquillar y hablar distinto” (líder joven wayuu, Riohacha, 2018).

Sin embargo, la invisibilización también hace parte de la realidad de las personas LGBTI wayuu en la zona rural, pues las autoridades al ser interrogadas no reconocen su presencia en las comunidades. Para muchos entrevistados, la explicación es que a las autoridades les da pena y miedo confrontar esta realidad que acarrearía transformaciones culturales. Esta invisibilización intencionada dificulta ampliamente la adopción de medidas institucionales para promover el estudio de la situación de estas personas en las comunidades wayuu de la zona rural.

Aunque hay grandes diferencias entre la zona urbana y la zona rural de La Guajira, la zona urbana también evidencia símbolos de exclusión hacia las personas LGBTI que van desde las miradas, los insultos y los golpes por parte de la familia y el resto de la sociedad. Tal como lo señala Kelly, una de las pocas mujeres trans venezolanas que vive en la Uribia urbana:

“la mayoría de los homosexuales de acá son centro de burla de los demás, incluso se dejan manosear porque se sienten que es lo que deben hacer por ser gays” (Uribia, 2018).

“Ella es lesbiana y ahora por ahí la ves parida… con un hombre. Tú sabes más o menos por dónde viene la cosa. Por la presión. De pronto ella por su papá y por la mamá también… donde se den cuenta, la van es a matar” (Mujer lesbiana, Uribia, 2018)

 

[1] En la Cultura Wayuu, la persona Putchipu es entendida como consejera o abogada que resuelve problemas y conflictos sociales.

[2] Se denomina en la Cultura Wayuu  como Majayut a la mujer que ha pasado a su etapa biológica de fertilidad.

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Wilson Castañeda | @WillCastañedaC
Director del Caribe  Afirmativo


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