Voces a prueba de balas: Guillermo Pérez, el reclamante nómada

enero 31 de 2019

Este líder arriesga a diario su vida por pedir la restitución de tierras y la salida de la minería de territorios campesinos e indígenas en el Cesar. .

Voces a prueba de balas: Guillermo Pérez, el reclamante nómada

| Guillermo Pérez Rangel vivió 5 años en Venezuela huyendo de las amenazas. | Por: Somos Defensores


Por: Voces a prueba de balas


Guillermo Pérez, a diferencia del campesino promedio, es un nómada. Las amenazas que recibe en forma de panfletos, llamadas y hombres en moto lo obligan a mudarse constantemente por todo el Cesar.

Sin importar si está en El Paso, Becerril, La Jagua, Codazzi, La Paz, o algún otro municipio, se mantiene activo en sus causas: la restitución de tierras y la oposición a la minería. La lucha de Guillermo es doble, pues algunos de los terrenos despojados por los actores armados años atrás ahora pertenecen a empresas mineras. Esta labor voluntaria lo ha obligado a alejarse de su familia y a vivir con los días contados en cada lugar donde llega.

Esta es la sexta entrega de Voces a prueba de balas, una campaña del programa Somos Defensores para proteger a los líderes sociales a través de la difusión de sus historias.


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Guillermo Pérez cuenta en un minuto las razones detrás de su lucha. © SOMOS DEFENSORES.

«Llegué a Valledupar, desplazado del sur de Bolívar, por allá en 2005, cuando estaban ocurriendo muchas masacres en el Cesar. Venía amenazado por oponerme a la explotación de oro y llegué a denunciar los crímenes de los paramilitares en asocio con unidades militares.

Por andar en eso me hicieron un atentado y decidí dejar a mi familia para irme a Venezuela. Allá viví en San Antonio del Táchira cinco años trabajando en una empresa de confecciones con uno de mis hermanos. Fue una experiencia dura dejar de sembrar en el monte para pasar a ser empleado de fábrica y manejar una máquina de coser.

A raíz de ese desplazamiento perdí mi hogar porque dejé a mis hijas pequeñas. Cuando volví, en 2012, ya eran unas adolescentes que casi ni me reconocían. Decidí regresar cuando se hablaba del proceso de paz; uno creía que Colombia iba a dar un giro y que se podría trabajar en la defensa de los derechos humanos. Además aquí están mis raíces, tengo mi ombligo, mi placenta.

Cuando regresé a Valledupar me vinculé al movimiento social Congreso de los Pueblos para luchar por la restitución de tierras. Empezamos a acompañar a las comunidades del corredor minero que fueron despojadas por el paramilitarismo y que hoy tienen sus tierras concesionadas para las empresas mineras Drummond y Prodeco. No solo pedimos que restituyan las tierras sino también que se investigue si las empresas tuvieron algo que ver con ese despojo.

 

«Nos oponemos a la explotación minera porque genera despojo, daños ambientales irreversibles, descomposición social y ningún desarrollo».

El trabajo por la tierra ha sido difícil. Cuando uno comienza a hablar de restitución y a acompañar a las comunidades para que reclamen sus derechos, aparecen las amenazas. En 2014 empezaron a hostigarme. Me llamaban y me dejaban panfletos en la casa diciendo que me iban a matar por guerrillero, por rata.

Otra causa de amenazas ha sido la denuncia de las capturas ilegales a ocho líderes campesinos de la Serranía del Perijá por parte de la Fiscalía y el Ejército acusándolos de insurgentes. Esas capturas se dieron luego de la Minga Campesina, Étnica y Popular. Con el acompañamiento de la OEA encontramos que hubo irregularidades y abuso en esas capturas.

Hicimos unas marchas en Valledupar para pedir la excarcelación de los campesinos y recibí llamadas y amenazas directas. Un día, dos tipos en una moto, encapuchados y con armas cortas, me abordaron en la calle; la advertencia era clara: o me iba de la ciudad antes de las tres de la tarde o me mataban por meter las narices en lo que no me importaba.

 

Me fui ese mismo día para Bogotá y allá viví tres meses, pero ¿qué se va a hacer uno en una ciudad como esa y sin trabajar? Apenas regresé seguí recibiendo panfletos al correo, llamadas, seguimientos.

También acompañé a los arhuacos en una minga contra la explotación minera en la Sierra Nevada y unos hombres me dieron 24 horas para irme. No me fui pero sigo mudándome constantemente. No vivo más de un mes en el mismo lugar.

He denunciado siete u ocho amenazas a la Fiscalía y no he tenido respuesta. Me pusieron un escolta armado pero sin transporte ni viáticos ni nada. Eso le genera a uno más riesgo y es una vaina hasta ridícula. Yo trabajo en comunidades vulnerables, en zonas rurales. ¿Tú sabes lo que es coger una trocha y una lancha con un tipo atrás armado?

Hay momentos en los que uno piensa en tirar la toalla, sobre todo desde este año que nos están matando un líder por día. Cuando no hay respuesta de las autoridades, uno piensa que debe renunciar, pero dentro de mis planes no está dejar tirada la defensa del territorio.

 


Una iniciativa del programa Somos Defensores


 

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