San Miguel, Putumayo: una historia de coca, sangre y esperanza contada por su gente

diciembre 04 de 2018

Tres habitantes de San Miguel cuentan cómo vivieron la colonización a mediados del siglo XX, la bonanza cocalera de los 70 y la llegada de los grupos armados en los 90..

San Miguel, Putumayo: una historia de coca, sangre y esperanza contada por su gente

| Los habitantes de esta población vivieron las consecuencias de la bonanza cocalera, la explotación de petróleo y la confrontación de los grupos armados. | Por: Edinson Arroyo


Por: Lorena González Barrera


No es una novedad decir que en Colombia la guerra se nos volvió paisaje, pero especialmente aquí, en San Miguel, Putumayo, si los ríos y los árboles pudieran hablar, nos ayudarían a reconstruir una historia de sangre, injusticia y explotación que no muchos se atreven a contar.  

Si nos damos a la tarea de buscar en Google ‘San Miguel’ o ‘La Dorada’, que es el nombre de su cabecera municipal, los resultados son tan escuetos que uno concluye que no todo está en el superpoderoso buscador. A duras penas encontramos su posición geográfica, en el sur oriente del departamento del Putumayo, en la frontera con Ecuador.

De allí surge la necesidad de crear un espacio para contar la historia de sus habitantes, los cambios que envuelven a su tierra, cómo avanza el llamado posconflicto y si algún día florecerá la esperanza. Este es un primer acercamiento a San Miguel a través de algunos de sus habitantes: Ricardo, Margarita y Freddy*.

 

La historia de San Miguel empieza en los años 50, cuando empezaron a llegar colonos de Nariño a estas tierras de Putumayo. ©EDINSON ARROYO.


 

Pasado: el horror

En la segunda mitad del siglo XX, la apertura de la trocha entre Puerto Asís y San Miguel marcó el inicio en los procesos de colonización del segundo. 

Así lo recuerda don Ricardo, un hombre sabio, que se le mide a cualquier trabajo, de unos ojos verdes y una mirada dócil que reflejan su carácter: afable y perseverante. Él llegó de Ecuador a sus 5 años, en 1969, cuando el pueblo ni existía, se trataba de un área rural extensa, llena de fincas, naturaleza infinita y una tranquilidad que hoy en día produce nostalgia. “Todo el mundo vivía de la agricultura. Si a usted le hacía falta el arroz, el vecino le daba. A pesar de que las casas quedaban distantes había mucha unidad”.

Con el inicio de las exploraciones y explotaciones petroleras, las cosas cambiaron pues se generaron importantes movilizaciones, especialmente de familias nariñenses. Pero lo que realmente marcó un precedente fue la bonanza cocalera desde mediados de los setenta, cuando grandes migraciones se asentaron en su cabecera municipal y a sus alrededores.

 


Esta población dejó su vocación petrolera con la llegada de la bonanza cocalera. ©EDINSON ARROYO.


 


 

 

«Con los cultivos ilícitos comenzó el peligro. Esto generó platica, la gente comenzó a comprar armas, ya no se resolvían los problemas hablando sino a tiros. Eran problemas dentro de la misma comunidad, pero también había ya presencia de algunos grupos armados y de narcotraficantes».

RICARDO*, habitante de San Miguel

 

 

 

 

 


 

Precisamente esa época marcó la infancia de Freddy, quien nació en San Miguel en el 86 y en la actualidad es trabajador público: “Antes, los sábados y domingos había tres, cuatro muertos. Sonaban los tiros y nosotros como niños salíamos corriendo a ver quién era el muerto”.

Por esa época, además, ya sostenía una estrecha relación con el producto de moda: “Mi papá vendía coca, mejor dicho, todos los que somos de aquí estamos relacionados con la producción. A nosotros nos enseñaban cómo hacer la pasta para la cocaína”, agrega.

Cuentan que, por esos años, en los fines de semana no se podía caminar de la cantidad de gente que había. La plaza central, los mercados, tomaderos y alrededores estaban repletos, pues la coca estaba en furor y con esto llegó una excesiva demanda de personal, tanto así que algunos finqueros llegaban a tener entre 15 y 18 trabajadores diarios.

Dada la ausencia del Estado y el avance de una economía extractivista, surgió una riqueza sin desarrollo. San Miguel se convirtió en un pueblo donde abundaba la plata en los bolsillos y se disfrutaba de lujos como motos de alta gama, televisores último modelo, ropa de marca y grandes festejos, pero se carecía de hospitales, electricidad y vías.

Fue en ese vacío de gobernabilidad y boom cocalero que el frente 48 de las FARC vio una oportunidad de asentamiento. En los noventas, los negocios, la justicia, las decisiones administrativas y hasta cotidianas, como decidir lo que es ético o no, pasaban por sus manos.

Esto fue así hasta la aparición del Bloque Sur Putumayo de las Autodefensas Unidas de Colombia. En 1999 llegaron con su ‘bautizo de fuego’, es decir, cuando entraron oficialmente a tomarse San Miguel y El Placer, convirtiendo este último en su base militar. De La Dorada se fueron, pero no por mucho tiempo, pues al siguiente año volvieron para quedarse.


San Miguel pasó de sufrir el dominio guerrillero a la violencia paramilitar durante los 90. ©EDINSON ARROYO.

 

Entre los habitantes de San Miguel está Margarita, madre y líder comunitaria, quien mantiene vivos los recuerdos de la guerra, con fechas exactas y descripciones detalladas:

“Llegamos con las niñas desde Pitalito (Huila) a San Miguel el 17 de agosto del 2000. Nos habían dicho que aquí era muy bueno, nos pusimos a trabajar con cartón y vidrio, pero cuando llegamos, mi esposo, que se había venido 15 días antes, me dijo: ‘usted no puede salir’. Y yo: ‘¿Cómo así que no puedo salir?’ Yo no sabía nada sobre los paramilitares”, recuerda Margarita con una perplejidad que contagia.

“Llegaron golpeando a todas las casas, sonaba una plomacera. A nuestra puerta llegó un hombre afro, grande, con un arma grandísima, preguntó cuántos éramos y nos mandó a todos para el parque. En esa salida nosotros estábamos preocupados, porque claro, nadie nos conocía aquí,  apenas llevábamos un mes completico, ¿quién iba a abogar por nosotros?”.

Don Ricardo también recuerda ese día con claridad: “Ese día mataron como a 60 personas, nosotros escuchamos los tiros, todo el mundo lloraba, no se sabía quién era quién. Luego salieron unos a pintar las paredes y toda esa vaina. Mataron a mucha gente, yo recuerdo que vinieron unos señores en busca de trabajo de Ecuador, con maleticas y todo, y cuando vieron que estaban matando gente salieron a correr, los cogieron a tiros por detrás”, asegura.

 

La migración, el petróleo y la coca han marcado la historia de San Miguel. ©EDINSON ARROYO.

 

Llegó el año 2000. Un cambio de siglo que no significaba esperanza ni mucho menos progreso. Eran los tiempos de la guerra, de su crudeza, de la vida sin garantías. Según el boletín del censo general del 2005, San Miguel tenía una población de 15.245 personas, y en la actualidad registran 10.350 víctimas del conflicto armado, 6.541 desplazados y 597 homicidios, según datos abiertos de la Unidad para las Víctimas.

En medio de la hegemonía de las AUC, La Dorada se convirtió en un pueblo fantasma.  A partir de las 6 de la tarde no se veía a nadie. “Uno no tenía a quién pedir ayuda. Si llegaba un campesino con una herida, la Policía de una vez lo reportaba, llegaban los paras pensando que era un guerrillero que se había escapado y entonces lo mataban, así sin averiguar. Había mucha complicidad”, sentencia don Ricardo, herido en cuerpo y alma por la guerra.

“Un man de esos se enamoró de la mujer que yo tenía y me iba a matar por eso. Él llegaba a la casa como si fuera el dueño, con armamento y todo. Yo me fui”.  

Desde el 11 de junio de 2001, Ricardo carga en su pierna izquierda con un peso de más: “Salí desplazado del lugar donde trabajaba, un ranchito en la vereda de Agua Blanca donde tenía animalitos y cultivos. Siempre cruzaba por ahí gente armada, a veces paramilitares, a veces guerrilla. Un día que yo estaba ahí comenzaron a disparar de un lado y del otro y yo quedé en el medio, ahí recibí el disparo".

 

<<Nunca fui donde un doctor porque era peligroso. Me hice la curación y comencé a sanarme, aunque todavía siento la bala>>.

FREDDY*, habitante de San Miguel


 

Como es sabido en muchos pueblos de Colombia que pasaron por la misma historia, no bastaba con quedarse encerrado en la casa y no hacer nada para provocar a los paramilitares, acá ellos imponían el ritmo de vida. Los citaban a reuniones y el que no estuviera presente lo planeaban (golpes con la parte plana de un machete). Incluso obligaban al alcalde a declarar día cívico según su antojo.

Freddy recuerda las órdenes del comandante Blanco: "Me traen 50 gallinas, tal barrio hace un sancocho comunitario, los otros barrios cortan la maleza y limpian todo". Y ni hablar de diciembre cuando las casas y calles tenían que relucir con el espíritu navideño según las exigencias de las AUC.  “Las calles tenían que estar todas arregladas, eran luces por todas partes, daban premios por eso. En esa época era bonito porque era bastante luminoso”, agrega.

A otros la guerra nunca les dio una tregua. Sin importar que fuera primero de enero, que estuvieran en medio de una reunión familiar, sin importar la edad, si eran culpables o inocentes. Este es el caso de las hermanas Galárraga: Yenny Patricia, de 22 años; Nelsy Milena, de 18; Mónica Liliana, de 18 y María Nelly, de 13 años, quienes fueron secuestradas, abusadas sexualmente, torturadas y asesinadas por miembros de las AUC por ser supuestas colaboradoras de la guerrilla.

 

Homenaje a las hermanas Galárraga, víctimas de las AUC. © LORENA GONZÁLEZ B.


 

La historia de esta familia es una prueba más del completo abandono en el que vivían sus habitantes, pues una vez raptadas de su casa, la madre de las jóvenes y otra de sus hijas reportaron el caso a las autoridades, las cuales temían involucrarse en el caso por miedo a represalias.

Tuvieron que pasar diez años para conocer la verdad y pasar de soñar con un reencuentro a añorar una sepultura. Hoy se rinde memoria a estas mujeres con una placa que lleva sus nombres ubicada en el parque Jacinto Torres de La Dorada.


 

En San Miguel, la gente sabe que el pueblo está rodeado de fosas comunes, algunas de las que aún no han sido exhumadas. Margarita recalca en la necesidad de construir memoria. Para ella es necesario que el país conozca lo que esta guerra dejó: familias fracturadas, camposantos donde ahora crece la maleza, casas abandonadas, trincheras y hasta almas en pena.


Hoy los habitantes de San Miguel aseguran vivir en medio del abandono del Estado.  © EDINSON ARROYO.

Presente: zozobra disfrazada de paz

¿Qué tanto cambió el panorama en San Miguel después de la desmovilización de las AUC en el 2006 y del acuerdo de paz con las FARC? La respuesta es ambigua, es como describir un rostro compuesto por dos caras: por un lado, se respira mejor que antes, muchísimo mejor, pero por el otro, se sigue escuchando un murmullo letal que te hace dormir con un ojo abierto.

“En comparación con los tiempos que hemos vivido, San Miguel está muy tranquila. La gente está ampliando su mirada, ya no solo está en los cultivos ilícitos, están buscando otras salidas sembrando cacao, panela, caña”, expresa don Ricardo.

“Aunque, siendo honestos, la coca disminuyó en la parte más cercana, pero aumentó en las partes más lejanas. Allá se van los grupos armados detrás del dinero y allá es donde llega la guerra”, sentencia.

Para nadie en San Miguel es un secreto que en el Bajo Putumayo constantemente circulan panfletos firmados por las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y las Águilas Negras, quienes encuentran en ese método maneras efectivas de amedrentar, imponiendo toques de queda y el terror.

La incertidumbre también la comparte Freddy, quien vivió en carne propia las fumigaciones aéreas del Plan Colombia: “La gente tiene incertidumbre sobre la manera en que van a acabar los cultivos. En la época de la fumigación con glifosato daba pena salir al campo, uno miraba micos en los árboles y ni una sola hoja”, recuerda. Pero el problema va más allá, pues a pesar de que Putumayo es el sexto municipio con mayor producción de petróleo en Colombia, según la Agencia Nacional de Hidrocarburos: “a la fecha las vías están en pésimo estado, tanto urbanas como rurales. La electricidad también falta, la parte oriental del municipio está a oscuras”, agrega.

 

En medio de algunos problemas de orden público, los habitantes de San Miguel empiezan a retornar con la esperanza de un futuro más tranquilo.  © EDINSON ARROYO.


 

Futuro: ¿Se vale soñar?

Margarita, Ricardo y Freddy reaccionan de la misma manera cuando se les pregunta sobre el futuro de su municipio: inhalan profundo, elevan su mirada y se toman su tiempo.

Margarita pone la política como base; para ella, que ha sido amenazada y víctima de extorsión, las estrategias que utilice el nuevo gobierno será lo que marque el rumbo de San Miguel.

Don Ricardo, por su parte, se aferra al presente, a lo que escucha y ve a diario: “Como van las cosas puede que se vuelva a dañar. Dentro del pueblo se ve el comercio, sin embargo, la gente tiene miedo, se ve entrar gente armada”. Aún así, él seguirá en la tierra donde después de décadas de trabajo por fin está construyendo su sueño más grande: su “ranchito”.

“Creo que La Dorada está creciendo y de buena manera. Soy uno de los que nació, creció aquí y espero morirme aquí”, termina Freddy. Un pensamiento que muchos comparten, como don Ricardo: “San Miguel es un sitio hermoso, aquí hay diversidad de plantas, de animales y de costumbres porque aquí se encuentra gente de todo lado (paisas, pastusos, caucanos, costeños, ecuatorianos) de todo lado”.

Esto a fin de cuentas es San Miguel, un pueblo que quiere volver a nacer con los que nunca se fueron, y gracias a la tranquilidad que hoy se vive, también con los que están retornando, reencontrándose con los suyos y con sus raíces. Aunque la esperanza penda de un hilo, la gente se sabe aferrar bien.

*Los nombres verdaderos fueron modificados para proteger la identidad y seguridad de los entrevistados.


POR: Lorena González Barrera | Comunicadora social y periodista


 

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