El restaurante que pasó de vender langosta a donar 600 almuerzos diarios

mayo 12 de 2020

Se llama La Morena y reparte 350 almuerzos a nativos de Taganga y 150 a venezolanos. ¿Cómo hace este lugar que solía vender mariscos a la carta para alimentar gratis a tantas personas? .

El restaurante que pasó de vender langosta a donar 600 almuerzos diarios

| Con un presupuesto diario de $1’200.000 le dan almuerzo a 600 personas: 350 a tagangueros, 150 a venezolanos y los cien restantes a ancianos o personas en condición de discapacidad. | Por: Giulia Reichert


Por: Germán Izquierdo
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Las playas de Taganga permanecen tan silenciosas como las montañas que las rodean: Dumbira y Dumaruca. Los turistas no volvieron, los locales cerraron sus puertas y la niña Edelis, Kaliman, la Coqueta y demás lanchas que trabajaban todo el día ahora duermen cerca de las orillas, bajo el planear de los pelícanos. Esa calma, que lejos de tranquilizar angustia, es interrumpida al mediodía por las filas que se forman en La Morena, un restaurante que pasó de vender langosta, cazuelas de mariscos y langostinos, a regalar 600 almuerzos diarios para amainar el hambre de los tagangueros y los venezolanos que viven en este corregimiento de Santa Marta.

 

El comienzo de año presagiaba un 2020 de buenas ganancias. Fue la mejor temporada de vacaciones en diez años gracias a los 400 mil turistas que llegaron a Santa Marta. En Taganga, durante el corto puente de Reyes Magos, fue necesario restringir el acceso, pues las playas se forraron de gente y no había estacionamiento para un carro más. Hoy, cinco meses de aquel alboroto, este lugar vive la incertidumbre de no saber cuándo regresarán los turistas ni cuándo terminarán los días monótonos, más parecidos a un mal sueño que a la realidad que desapareció.

 

 

 

Uno de los afectados por la falta de turistas es Guillermo Cantillo, un  nativo taganguero que conoce como pocos la fauna marina de este lugar. A pesar de los malos momentos que pasaba, Guillermo y su novia, Giulia Reichert, una alemana que quiere pasar el resto de su vida en Taganga, donaron varios mercados de $700.000 pesos a unas agencias que repartían comida.  

 

Este buzo profesional, experto en guardar la calma que supone sumergirse varios metros bajo el agua, asumió los primeros días de la cuarentena con tranquilidad. Pero cuando sus familiares y amigos empezaron a visitarlo en Megalodón Dive Club para dejarle en empeño una careta o venderle una caña o un celular, se dio cuenta de que la gente ya estaba pasando hambre. Guillermo advirtió que entregar mercados no era sostenible y se le ocurrió dar comida a los necesitados directamente,  sin intermediarios. Su amigo y futuro aliado, Juan Lozano, se hallaba a tres cuadras de distancia. 

 

Como todos los restaurantes, La Morena, estaba cerrado. Pero cuando Guillermo habló con Juan y le propuso usar su cocina a puerta cerrada para hacer almuerzos, este último no lo dudó. Juan, un desparpajado tolimense con corazón para ayudar, le dijo: “¡Hagámosle!”. 

 

 

Silvia y Juan, del restaurante La Morena, luchan día a día para alimentar a la gente de Taganga.  ©Juan Lozano  

 

 

Silvia, esposa de Juan y experta chef, se unió a la iniciativa. Ella encendió los fogones de La Morena, que desde el comienzo de la cuarentena permanecían apagados: si antes hervían cazuelas de mariscos, tostaban los camarones y doraban langostas, ahora cocinarían arroz blanco, lentejas, papas, yuca, carne y demás ingredientes de un almuerzo corriente. 

 

“Nosotros reunimos al personal -cuenta Juan- . Les dijimos que no podíamos pagarles, pero sí darles el almuerzo. Y todos aceptaron”. Al principio, se propusieron dar entre 100 y 150 almuerzos por día. Pero cuando terminaban de entregarlos, la fila seguía siendo larga, y muchos regresaban a casa con el plato o la olla que habían llevado desocupada. 

 

Giuilia, entre tanto, hizo volantes, que repartió en la calle, y  los publicó en el inglés y alemán en las redes sociales. Los primeros en ayudar fueron sus padres, que desde Alemanía donaban cuanto podían. Las dos abuelas de Giulia se unieron y consignaron parte de sus pensiones. Ellas me decían, cuenta Giulia: “Nosotros en Alemania estamos viviendo una situación dif´ícil, pero no tenemos que preocuparnos por la comida. Ellos sí”. 

 

Poco a poco, se sumaron más donaciones. Guillermo calcula que hoy el 80 por ciento vienen de europeos. “No los conozco. Solo sé que son amigos de amigos que quieren ayudar”, cuenta Giulia. 

 

 

Guillermo Cantillo y Giulia Reichert, líderes de la iniciativa para ayudar a los habitantes de Taganga   ©Giulia Reichert

 

 

Hoy, con un presupuesto diario de $1’200.000 le dan almuerzo a 600 personas: 350 a tagangueros, 150 a venezolanos y los cien restantes a ancianos o personas en condición de discapacidad. “La gente nos pregunta cómo podemos dar tantos almuerzos con tan poco dinero. Yo les respondo que no tenemos intermediarios. Nosotros mismos transportamos la comida y la compramos en la plaza, en los graneros”

 

Los comerciantes también han ayudado. A veces les enciman dos guacales de piña, un bulto de guineo verde, un bulto de yuca. Además, les venden a precio de costo. Así, desde hace un mes, han repartido sin falta los 600 almuerzos de lunes a viernes. 

 

La mejor forma de entregarlos estaba oculta en la memoria de Guillermo, quien recordó que cuando tenía diez años solía comprar bonos de almuerzo en su colegio, el Instituto Educativo de Taganga. Allí almorzaba mientras su padre pescaba y su mamá trabajaba en un restaurante. 

 

Hoy, a los 28 años, Guillermo rescató la idea de los bonos. Todas las tardes los reparte para que, al otro día, cada persona reclame su almuerzo en estricto orden y sin inconvenientes.  Juan asegura que se cumplen todas las medidas sanitarias. Hay que conservar los dos metros de distancia en la fila y usar tapabocas es obligatorio para el personal y para quienes reciben el almuerzo.

 

De los diez empleados del restaurante, cuatro son venezolanos. Ellos han trabajado con el mismo empeño de siempre. Incluso el quiosco de enfrente, que antes fue competencia, les prestó ollas y calderos. Mientras tanto, el vigilante del local vecino limpia la acera con detergente y cloro.  

 

 

Cada persona reclama su almuerzo en estricto orden y sin inconvenientes.  Juan asegura que se cumplen todas las medidas sanitarias  ©Giulia Reichert

 

 

En La Morena el ajetreo comienza entre 6.30 y 7.00 a.m. A esa hora llegan los empleados que, entre un calor envolvente, pican verduras, ablandan frijoles y cocinan más de cien libras de arroz. A las 10.00 de la mañana, al costado derecho del restaurante, ya hay una larga fila de tagangueros; y al izquierdo, otra de venezolanos. 

 

A pesar de que han pedido apoyo al gobierno municipal, no han recibido nada. Hoy, más que comida, piden ayuda para los empleados, además de kits de aseo, y disponer de una ventilación en la cocina, pues el calor a puertas cerradas, entre fogones y calderos, es infernal. 

 

Juan, Silvia, Giulia y Guillermo hacen cuentas todo el tiempo. Ahora les quedan ocho días de presupuesto. No están dispuestos a abandonar el barco ni a la población de Taganga. 

 

La playa, entre tanto, sigue en calma. Sobre la superficie del agua, las lanchas permanecen quietas y las calles silenciosas. Bajo el mar, las cojinovas, los peces sargento, los cirujanos y los peces flauta siguen su vida, acaso extrañados porque no han vuelto a oír el rugir de los motores ni a ver esos seres extraños que vienen de arriba y van dejando a su paso una estela de burbujas. 

 

 

Giuilia hizo volantes, que repartió en la calle, y  los publicó en inglés y alemán en las redes sociales.   ©Giulia Reichert

 

 

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