Confinados en la isla

abril 17 de 2020

San Andrés recibe la pandemia global con otros problemas: falta de agua, gas y sobrepoblación. Así viven la cuarentena raizales, residentes e indocumentados rodeados del mar de los siete colores. .

Confinados en la isla

| La isla carece de servicios públicos. A falta de tuberías de gas, sólo una empresa vende y recarga los cilindros. Y el agua llega una vez por semana. | Por: Efraín Dawkins Sanmiguel


Por: Efraín Dawkins Sanmiguel
@EfrainDawkinsJr

En días pasados, el lugar que siempre glorificó el arribo de cruceros internacionales por el bienestar de su economía tuvo que rehusarse al desembarco de dos enfermos de covid-19 de la tripulación Zaandam. Las playas, cristalinas y sedantes, son el epicentro de un millón de visitantes cada año, pero hoy lucen desoladas. Las palmeras son testigos del gran cambio ante las medidas de confinamiento por el virus. Nunca había ocurrido algo así en San Andrés. El colapso se presta para todo tipo de acciones. 

 

El archipiélago depende parcialmente del turismo. Un grave error al que le tomó tiempo pasar recibo de cobro. La solución inmediata que se acopló fue la cuarentena, mientras intentan reforzar la capacidad de su único hospital, el Clarence Lynd Newball. 

 

Los ancianos raizales jamás habrían imaginado tal nivel de soledad en la zona comercial. Ni siquiera en sus más profundos sueños por retomar la antigua plenitud que gozaban setenta años atrás, sin los efectos de la denominada “colombianización”. Sus prioridades eran dedicarse al campo, fortalecer la relación con Dios, educar a los hijos en una lógica de productividad y aprender a leer con la tutoría del reverendo Philip Beekman, fundador de First Baptist Church, a quien también consideraron su “emancipador” al final de la colonización británica. Para el infortunio de los nuevos retoños las cosas han cambiado y sólo quedan las historias de los abuelos. 

 


En últimas, todos padecen las secuelas del sobrecupo, raizales, residentes e indocumentados. Un espejo de esto son sus servicios públicos.


 

Es como si le pidieran a Dios detener este bus para tomar uno de regreso, al igual que Cecilia Francis Hall en sus versos musicales, “take me back to my San Andrés”. A decir verdad, el panorama diario en la región Insular podría ser un misterio sin resolver para los vecinos de la Colombia continental. La riqueza natural del archipiélago es el imán que se roba la atención. Por eso es fácil caer en el estigma y en la omisión de la vida en los barrios. 

 

Una realidad que el escritor raizal Juan Ramírez Dawkins retrató en sus textos: 
“Hoy está la marea la baja…Yo nací en una isla donde se podía oír en forma clara de día y de noche el canto de los pájaros; donde la honestidad era una religión y el respeto un mandamiento; donde las frutas eran como ornamento y las mariposas y los cocuyos eran libres. Yo nací donde todas las religiones vivían en armonía y no había hambre, ni muertes prematuras; donde había cientos de pozos con agua cristalina, y calles abiertas sin andenes y sin obstáculos. Allí nací, donde el hombre vivía en paz como en una sola familia y caminaba con la cara alta frente al sol. Hoy está la marea baja y todos deambulan cabizbajos. Yo nací en una isla que se llamaba paraíso”.


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Llegó el virus a Henrietta

Antes de conocerse el primer caso de Covid-19 en el interior del país, el miedo por contraer el virus provocó todo tipo de reacciones en la isla. Era obvio, por primera vez el mundo enviaba un mensaje a los aislados: el virus también recorre mares. Nos recuerda nuestra fragilidad humana. Más en San Andrés, con un hospital de tercer nivel que ha sido insuficiente. El dinero que no invirtieron los gobiernos en el Clarence Lynd Newball tiene sobre un hilo a la comunidad. Ahora, como en un apocalipsis zombie, pero dentro de cuatro paredes, el desespero de todos aumentó luego de confirmarse sus cinco primeros casos por voz del Ministerio de Salud.  

 

“En Colombia la cifra de infectados supero los 3.000, creo que todos están al tanto de la situación en una era digital, pero no sabemos cómo manejar el asunto en San Andrés. De por sí ha sido un reto convivir en sobrepoblación y no porque algunos seamos buenas o malas personas, es que todas las islas tienen un límite y aquí se excedió hace tiempo. Por algo se fundó la oficina de la Occre (Oficina de Control, Circulación y Residencia)”, dijo Rita Brown, una raizal que reside en el departamento hace 20 años. 

 

Ha ocurrido un poco de todo. Hubo bloqueos en los sectores de School House, Nueva Guinea y Bakers Hill por residentes que exigían suministros de gas, agua y comida. En respuesta, el gobernador ordenó a la autoridad militar “restablecer el orden público”. Algunos sanandresanos tienen sus propias conclusiones: “Esto se llama sobrepoblación. ¿Por qué no lo pensaron antes? Esto se veía venir. No hay salud, comida ni agua para abastecer a tanta gente en tiempos de calamidad (…) ahora todos vamos a sufrir las consecuencias”. 

 

En algunos barrios se incumplió el toque de queda. Una decena de uniformados ingresaron a una vivienda tras abrir la puerta a patadas y rompieron los cristales con piedras.  El comandante de la Policía, Jorge Urquijo, se disculpó y aseguró que sólo el 1 por ciento de la comunidad viola el decreto. En cambio, Hawkins comparte vídeos en las redes sociales para evidenciar “la desobediencia” de unos pocos. Hay quienes piensan que, aunque ese pequeño porcentaje parezca inofensivo, representa una gran cifra cuando se vive en un lugar con sobrecupo.  Es completamente falsa la creencia de que “en San Andrés todo el mundo se conoce”. El confinamiento ha desentrañado parte de una sociedad oculta que le huye a la expulsión en su condición de “residentes ilegales”.

 

Los ancianos raizales jamás habrían imaginado tal nivel de soledad en la zona comercial.    ©Efraín Dawkins Sanmiguel

 

San Andrés es un espejo multicolor

 

Se podría decir que, al albergar diversas poblaciones cuyas tradiciones contrastan, pero con una etnia matriz originaria de áfrica, la isla es un pequeño cuadro multicolor. Lo cierto es que 26 kilómetros cuadrados de superficie se reducen a nada frente a una comunidad superior a los 100 mil habitantes. Nadie conoce la cifra exacta de pobladores. Los estudios realizados por la Universidad Nacional están lejos de los conteos del Dane y del radar atrofiado de la Occre (Oficina de Control, Circulación y Residencia). 

 

En últimas, todos padecen las secuelas del sobrecupo, raizales, residentes e indocumentados. Un espejo de esto son sus servicios públicos. A falta de tuberías de gas, sólo una empresa vende y recarga los cilindros. En horas específicas del día los habitantes de San Andrés, atentos a la campana del vehículo de suministro, se detienen junto a cada vivienda, donde esté el recipiente metálico. 

 

El agua llega a las casas al menos una vez por semana. La carencia del líquido germinó la tradición de almacenarlo en cisternas y tanques de plástico arrinconados en baños, terrazas o sobre estructuras de cemento y varilla. En época de invierno, el agua del cielo recorre las canaletas al borde de los techados de zinc hasta rebozar las cavidades de reserva. A esto se suma la falta de alcantarillados en los sectores urbanos, donde se impuso el sistema de fosas sépticas en reemplazo. 

 

 


Cuando se acabe el agua y los alimentos cesen, y todo rincón haya sido habitado, el sobrecupo será la justificación de una gran rebelión civil en el futuro. 


 

 

Son condiciones que varían de acuerdo con el nivel socioeconómico y cultural de cada poblador en las islas. Es común leer los mensajes de agradecimientos a servidores públicos por su “contribución a la comunidad”, mediante estímulos mínimos que satisfacen necesidades básicas de la población vulnerable, como regalar carrotanques de agua y mercados. Desde hace un tiempo, cumplir los deberes se volvió motivo de populismo para los partidos locales. Sobre todo cuando la suma de este centenar de problemas genera brechas de desigualdad y se congela cualquier tipo de desarrollo. 

 

Las islas tienen un simbolismo ambiguo que las asocia con la soledad y el confinamiento. Para los foráneos es caótico entender cómo se puede vivir aislado en el mar, lejos de la opinión pública y la agenda nacional, sin buena cobertura de telefonía e internet, ni la posibilidad de escapar vía tierra, en caso de querer visitar otros espacios un fin de semana. Es una realidad que podría ser monótona para los locales, pero también una fantasía incitante para el viajero activo que, con tan solo una semana de descanso, descubre el destino y parte con su propia interpretación del lugar. 

 

En el "mar de los siete colores” existe una leve variedad de espacios públicos y privados donde todas las personas, sin importar su idiosincrasia y origen, se reúnen los sábados para fines de esparcimiento. En la temporada de vacaciones, establecimientos como bares, discotecas y parqueaderos ubicados en la Zona Rosa del centro, abren sus puertas desde el jueves para asumir la alta demanda de clientes, en su mayoría jóvenes universitarios que retornaron a la isla tras finalizar su semestre académico. Se conserva la cultura del encuentro en iglesias, sectores urbanos y sitios nocturnos. Las peleas de gallos y las carreras a caballo son otra alternativa vigente de apuestas y diversión popular. 

 

Década de los cincuenta, un nuevo origen 

 

Desde principios del siglo XIX, cuando San Andrés y Providencia comenzó a ser un archipiélago de soberanía colombiana, transcurrieron cerca de 140 años antes de lograr lazos solidos con la zona continental de la nueva república. Con demoras y pretensiones económicas sobre la mesa, el primer presidente que tomó una decisión determinante fue Gustavo Rojas Pinilla, quien ordenó la construcción del aeropuerto internacional -que hoy tiene su nombre- y declaró al departamento puerto libre en la década de los cincuenta. 

 

“El influjo turístico creado por el puerto libre tuvo enormes consecuencias para la economía, sociedad e identidad cultural (…) uno de los cambios más dramáticos se dio en la población, debido a la afluencia de inmigrantes colombianos y extranjeros, principalmente árabes y judíos, que llegaron a establecerse como comerciantes”, aseguró un informe del Banco de la República, publicado en 2003. En el mismo se revela que “la isla pasó de 3.705 habitantes en 1951, a 14.413 en el censo de 1964”. En el conteo del 2002 ya eran casi 70 mil pobladores. 

 

La decisión del expresidente desencadenó numerosos asentamientos de personas provenientes del país y transformó la condición de vida al noreste. La fusión de culturas dentro del territorio que, anteriormente era sólo de raizales y posada de migrantes, transformó abruptamente la convivencia. El ambiente de calma característico del Caribe pasó a ser un imaginario que se ofrece al turista en su paquete “todo incluido”, lejos de la cotidianidad. Abundan relatos de nativos que nos acercan a tiempos del ayer. Los síntomas de una sociedad holística cayeron ante los pies de la individualidad y la desconfianza que produce su densidad poblacional.  

 

Los ancestros insulares mitigaron todo tipo de males mediante la medicina tradicional. Los asuntos de curación eran competencia de los más viejos, quienes extraían yerbas para elaborar sustancias y pomadas. En caso de padecer dolores o sufrir accidentes, las alternativas de sanación eran limitadas pero contundentes, según las voces de la experiencia. Tomar zumo de noni, por ejemplo, les protegía el hígado, aliviaba la artritis, cicatrizaba heridas, reducía el deterioro de la memoria y combatía la diabetes. Era habitual postrar sobre las terrazas frascos de vidrios repletos de la fruta para extraer su líquido.  Las dolencias del cuerpo se trataban con masajes, mientras los malestares estomacales, de cabeza y cualquier otra índole se curaban tras ingerir pócimas hervidas o jugos.

 

El nivel adquisitivo de las personas depende de sus actividades laborales. En los sectores del Cove, Barack, Sarie Bay y el centro se puede evidenciar el contraste social sobre el andén. En una misma hilera de casas, las fachadas son tan diversas como los colores. Típicas, de cemento con techos de lámina, de tres plantas con grandes terrazas de vidrio semiblindado, y otras en obra negra. Tienen en común la condición de sus vías principales y los servicios públicos. La prosperidad económica crece de forma individual. Existen factores negativos que obstruyen el bienestar común, dificultades detonadas por la corrupción, la ineficiencia gubernamental y las malas prácticas ambientales.

 

La pandemia del covid-19 dejó al descubierto la ruta de un mejor mañana. San Andrés requiere con urgencia programas de resocialización a partir de la diversidad y el respeto. Se debe invertirse más en educación, pero sin robar; trabajar en torno a una cultura del reciclaje y revisar nuevas alternativas económicas por medio de la tierra estéril y su capacidad productiva. Incluir a los jóvenes en otras alternativas, en otros aires, en otros espacios. De lo contrario, el sistema de salud seguirá con curitas, la delincuencia ganará terreno y la desescolarización será un volcán cada vez más poderoso. No habrá tiempos ni voluntades para solucionar lo demás en fila si no se trabaja desde la pulpa de todas las poblaciones. Cuando se acabe el agua y los alimentos cesen, y todo rincón haya sido habitado, el sobrecupo será la justificación de una gran rebelión civil en el futuro.

 

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