ESPECIAL | Luz eléctrica, un privilegio en Putumayo

agosto 30 de 2019

Alumbrar con velas o utilizar mecheros para cocinar, ir al baño y ver en la oscuridad parece la trama de una película del siglo XIX, donde los servicios básicos son lujos para la comunidad. Pero no, es la realidad de 43 familias rurales en dos veredas de Putumayo a quienes, como paliativo al olvido estatal, la Agencia de Renovación del Territorio (ART) les instaló paneles solares..

ESPECIAL | Luz eléctrica, un privilegio en Putumayo

| Compartir con los hijos, ayudarles en las tareas, y ver la televisión como familia son la mayores alegrías que han traído los paneles. | Por: Andrés Machete.


Por: Brenda Guerrero
@brendiska_

Por más de 25 años, María Maiby Muñoz enfrentó la oscuridad con una linterna sobre sus hombros. Esta mujer de 33 años, madre de 2 hijos y actual presidenta de la junta comunal de la vereda Llano Verde recuerda cómo era vivir en la penumbra, sin la posibilidad de conseguir luz para trabajar o llegar a casa. Donde los mecheros de gasolina con papel higiénico dentro de un frasco de gaseosa eran su único escudo contra el crepúsculo de la noche. 

Hace dos décadas vive en la comunidad y fue testigo de cómo la incesante espera por energía eléctrica finalmente llegaba a su fin.
 



En la mañana del 18 de marzo, la Agencia de Renovación del Territorio llegó al municipio Valle del Guamuez con una red de 21 paneles solares para la vereda Llano Verde. Y seis días después, con 23 más, para la vereda Villa de Leyva en Orito. Con una capacidad de 101 voltios por equipo, estos páneles fueron instalados en cada casa para mejorar la calidad de vida de 43 familias que vivían con la luz de la luna y a merced de los grupos armados.



El departamento del Putumayo, olvidado por el estado y disputado por guerrillas y paramilitares, ha sido un escenario permanente de conflicto armado. La consolidación del bloque sur de las FARC como zona de repliegue y la inclusión de las Águilas Negras dedicadas al ajuste de cuentas o limpieza social, lo han convertido en área de disputa por cultivos de coca, procesamiento y comercialización de drogas.

A su vez, la falta de iluminación pública facilitó que las organizaciones delictivas aprovecharan la oscuridad para abusar de su poder. El miedo permitió que por muchos años ningún proyecto se desarrollará en el territorio dejando a las comunidades rurales sin opciones para sobrevivir. La coca se convirtió en la base de la economía campesina y con ella, Putumayo, en el segundo departamento con más cultivos ilícitos según el Observatorio de Drogas de Colombia.

 

smiley

Los niños son los mayores beneficiados. Ahora, pueden hacer tareas, ver televisión y jugar hasta más tarde.  © Brenda Karina Guerrero.


El panorama fue desalentador hasta que se empezó a hablar de los acuerdos de paz que en 2016 permitieron priorizar las necesidades de los campesinos.

Según cifras del DANE, la cobertura de saneamiento básico y alcantarillado -que no supera el 75%- convierte al Putumayo en el departamento más riesgoso en calidad de agua para consumo humano. Las veredas llevan 40 años esperando que la alcaldía haga presencia con energía eléctrica y acueducto.

Con el posconflicto llegó también la Agencia de Renovación del Territorio que se encarga de llevar infraestructura a los municipios donde el estado no llega. Presente en 170 municipios, el programa  es la base de la Reforma Rural Integral del Acuerdo de Paz con las Farc, y aunque tarda en hacerse efectivo, sí les ayuda. 

La Agencia llegó en 2017 a Putumayo para consolidar el Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) que prioriza las necesidades comunitarias y las que más demanda tengan, las acerca a la región. Las veredas Villa de Leyva y Llano Verde, del bajo Putumayo, fueron beneficiadas con páneles solares como respuesta a su constante petición por servicios básicos. “Llegó el señor Jairo Cabrera nos reunió y preguntó que, qué queríamos primero. Yo hablé con la comunidad y como el agua la podemos sacar en baldes, decidimos que primero queríamos la luz y ya en otro proyecto el acueducto”, dijo Aicardo Torres, presidente de la vereda Villa de Leyva.

 

smiley

El conflicto armado mantuvo ocultas muchas zonas de diversión comunitaria en Putumayo. Este lago en la vereda El Venado ahora es la zona de juego de niños, jovenes y adultos.  ©Andrés Machete. 

 

Jaime Congote fue el primero en llegar a la vereda Villa de Leyva. 

smiley  Brenda Guerrero

Estas obras pertenecen a las Pequeñas Infraestructuras Comunitarias (PIC), un plan de la ART que con una inversión de 172 millones de pesos, repartidos en 78 millones para Llano Verde y 93 para Villa de Leyva, favorece las veredas con los más altos índices de violencia, pobreza, debilidad institucional y cultivos de uso ilícito.

De acuerdo con datos del Instituto de Planificación y Promoción de Soluciones Energéticas para las Zonas no Interconectadas (IPSE), hay 1.710 localidades rurales en Colombia en donde 128.587 personas solo tienen servicio de energía entre cuatro y doce horas al día.

Ana Milena Moncayo, gestora municipal del Valle del Guamuez y representante de la ART en Putumayo cuenta que no fue nada fácil ganarse la confianza de los campesinos. “Vivían muy prevenidos, nos hicieron sacar el carnet, vaciar los bolsos. Creían que éramos guerrilleros o paramilitares. Una señora -doña Carmen-, decía que sin necesidad del estado ella ya tenía su panel y afirmaba que los nuestros no llegarían. Pero no nos rendimos, seguimos intentando hasta que nos creyeron”.

Los páneles llegaron de Bogotá y eso no daba mucha confianza entre los beneficiarios, porque esperaban que fueran del Valle del Guamuez. Cuando los aceptaron y vieron que funcionaba hubo un gran festejo.

 


 

“Acá son cultivadores de coca, entonces habían unos que ya tenían paneles, Direct Tv y no fue novedoso, pero la gente más vulnerable estaba muy agradecida, unos lloraban porque creían que nunca iban a tener energía eléctrica. Estaban tan felices que nos mandaron marrano para celebrar”.

Ana Milena Moncaya, Gestora Municipal de la ART en el Valle del Guamuez.


 


Compartir con los hijos, ayudarles en las tareas, cargar celulares y ver la televisión como familia son la mayores alegrías que han traído los páneles.

“Para mi lo más importante es que ya podemos decir que a las 6 o 7 de la noche nos sentamos como familia a comer y ya podemos vernos como si estuviera de día”, dijo la presidenta de la Vereda Llano Verde. 

Sin embargo, la capacidad de los páneles es limitada para ciertas actividades cotidianas, para la nevera o la licuadora. Si se usa el televisor, al mismo tiempo no se puede usar el celular.

Beatriz Hernández de la vereda Llano Verde relata que cada vez que enciende el panel trata de ser muy cuidadosa y no consumir mucha energía para economizar el poco recurso que se tiene.

La vereda Llano Verde está desconectada del resto del mundo. Una trocha de vía destapada,  un peñasco, un sendero y una larga subida hacen parte del recorrido que cada día sus habitantes realizan unas dos o tres veces para entrar y salir.

Un caso parecido al de la vereda Villa de Leyva, en Orito ubicada a 30 kilómetros del municipio La Hormiga.

Ambas, alejadas de la civilización, recibieron páneles, pero ninguna cuenta con la energía que requiere para que la vida transcurra de manera normal. 
 

 Beatriz Hernandéz de la vereda Llano Verde  no usa la licuadora por miedo a gastar energía.   

smiley Brenda Guerrero.
 


 

smiley

El programa de la ART llegó a la Vereda Llano Verde y Villa de Leyva por qué priorizó las  veredas con los más altos índices de violencia, pobreza, debilidad institucional y cultivos de uso ilícito.    © Brenda Guerrero.


Las precarias condiciones de vida en estos municipios hicieron que  habitantes como Don Jaime Congote armaran su propia planta de generación de energía a base de gasolina para alumbrar y para conseguir agua ya que lo más cercano al acueducto es un pozo que queda a cinco kilómetros.“Están bien los páneles pero no alcanzan. Necesitamos energía comercial, es para vivir digno, no para nada más”, agregó don Jaime.

A pesar de que los enfrentamientos entre grupos armados ha disminuido un poco desde los acuerdos, aún hay violencia en el sector. Se habla de la existencia de Grupos Armados Posdesmovilizados (GAPD), según el más reciente informe del Centro Nacional de Memoria Histórica. Adicionalmente, el bajo Putumayo sigue siendo azotado por una disidencia de las Farc: el Movimiento Independentista Revolucionario (MITR) hace presencia en veredas como Llano Verde. Vestidos de civiles, estos grupos al margen de la ley aún perturban a sus habitantes como lo hizo el bloque sur de las Farc al imponer normas y decidir por el campesino. 

Pero no solo son la guerrilla y los paramilitares los que amenazan a los campesinos. Habitantes de la  vereda Villa de Leyva cuentan que la fuerza pública quema casas a su merced en busca de laboratorios de coca. “El lunes 29 de julio a las 10 de la mañana, quemaron una casa y nosotros vimos como lo hicieron. El Ejército quema sin necesidad, porque aquí no hay laboratorios de coca. La gente pobre tiene que huir porque quién vive así”, agregó Don Jaime.

Los páneles solares son un avance en los derechos básicos de las comunidades rurales, pero no dejan de ser un paliativo del olvido estatal. Rogar por tener luz o agua sigue siendo el común denominador en Putumayo donde, de diferentes formas, la oscuridad sigue presente. 


 


 

 

RECORRIDO FOTOGRÁFICO |

Los protagonistas de la luz.

 


 

Semana Rural presenta las historias de 10 campesinos de las veredas Llano Verde y Villa de Leyva a quienes les llegó la luz hace menos de 6 meses. Descubrir cómo viven y cómo se las arreglaban para iluminar con mechas de gasolina son los insumos de este recorrido fotográfico. 


 

smiley  Brenda Guerrero

EL GUARDIÁN DE LLANO VERDE 

Hace más de 30 años, José Leonardo Hermosa vive en la vereda Llano Verde. Es el presidente de trabajo de la junta comunal. La agricultura, el cultivo o cualquier cosa que le salga, hacen parte del rebusque que logra para mantener a sus dos hijos.

Cuando no había luz, cocinaba con leña, porque el gas le salía muy caro -40 mil pesos la pipeta- y como prefiere hacer fuego, lo prefería así. Para él, los páneles funcionan pero no como deberían, por eso solo lo usa en la noche. “Pa qué en el día si no hay necesidad. Usted sabe que el campo es así. Aquí a las 7 de la noche ya estamos acostados”.

A pesar de que la lejanía del lugar hace difícil conocer la situación actual del conflicto en el resto del país, él no vive en completa paz en su vereda. Cuenta que  han llegado personas que los obligan a trabajar en actividades ilegales y que él, como presidente de trabajo, le ha pedido a su comunidad que  no se deje amedrentar, que trabajen porque quieren y no porque los obligan.


 

smiley  Brenda Guerrero

smiley  Brenda Guerrero


 



Pero el problema va más allá, ya que si no cumplen con lo que les ordenan, los amenazan con sacarlos y quitarles sus tierras.“Así nos han dicho que vamos a perder la tierra. A mi en la casa me han llegado como dos veces, y yo no quiero. Pero si uno se pone de sapo, tenga, le dan 'tiquitito papi'”, agregó José Leonardo.


 

smiley Andrés Machete.

FÉ EN LA EDUCACIÓN RURAL

Leidy Yamile Molina es una prueba de amor y fe en la educación colombiana. Hace un año llegó a la vereda Llano Verde del departamento de Nariño y desde entonces ha traido alegria y aprendizaje a los dos niños que viven allí.

Esta profesora que ganó una convocatoria para ejercer la docencia en cualquier territorio de Colombia, decidió llegar a la parte baja del Putumayo por estar cerca a su ciudad natal, San Juan de Pasto. Allí descubrió una situación que nunca había visto. 



«Encontrar casas sin energía, mirar que los niños no contaban con televisión y energía, que debían hacer sus tareas temprano porque en la tarde ya tocaba  usar velas fue un choque para mi. No estaba acostumbrada».

Leidy Yamile Molina, profesora de la vereda Llano Verde.

 

Para la profesora fue una motivación enseñar con velas en pleno siglo XXI.  Todos los días llega desde el Valle del Guamuez, la cabecera principal de la Hormiga, sube la trocha y llega a dar clases de 8 a 12 de la mañana. Al terminar retoma su camino para regresar a casa.  © Andrés Machete.

 

smiley Brenda Guerrero

“Cuando llegó el proyecto de los páneles solares me pareció excelente, pero no sabía mucho del tema. Al preguntar en algunas casas y mirar cómo podían tener acceso al servicio sin pagar un recibo, dije, genial”, contó la profesora. “Los niños ya habían hecho las tareas entre las 8 y 10 de la noche, porque ya prendian los bombillos.  Todo se veía más clarito y podían jugar hasta más tarde”.

Los niños al no tener luz, no alcanzaban a hacer las tareas por que se les hacía tarde o no podían ver bien a oscuras.

Contar con luz es una incentivo para la  pasión de esta mujer de 27 años. Ver cómo los niños disfrutan en lugares tan distintos de zonas de difícil acceso es un beneficio grande para la comunidad en general. 

Ella les dejaba una tarea para la clase de sociales en la que les pedía traer una noticia, y como no tenían televisión los niños contaban lo que pasaba alrededor de la vereda. “Ahora les digo me traen una noticia para la próxima clase,  miran el noticiero y la traen. El dia que les instalaron el panel, me dijeron profe ya podemos hacer la tarea de sociales, ya podemos ver televisión”. 

Esta joven traslada computadores también para que los niños vayan conociendo de qué se trata el tema y cómo acceder a internet, “están muy perdidos sobre qué es un computador o un celular, porque se han  acostumbrado a la oscuridad”.

 



“La gente de afuera conoce el territorio como una zona de conflicto, entonces dicen 'qué miedo el Putumayo, qué peligro'. Cuando yo presenté mi concurso dije 'voy al Putumayo' pero tenía miedo y más porque es zona rural. Sin embargo, una vez que llegué aquí, conocí las personas, el contexto y pienso que la gente afuera habla del departamento como zona de guerra porque no lo conocen, hablan del pasado. Ahora es muy diferente, tengo la suerte de venir todos los días, regresar, incluso vengo los sábados, días aparte y es muy tranquilo. Hago una invitación para que la gente venga y conozca lo bonito que es”.

Leidy Yamile Molina, profesora de  Llano Verde.

 

 

smiley Brenda Guerrero.


 



Las zonas son de familias muy pequeñas, la mayoría de las casas donde viven son prestadas. No muchos tienen casa propia. “Ya la gente no piensa en tener tantos niños como antes, en la escuela son poquitos,  tengo una niña especial con la que he trabajado mucho y una niña de grado quinto”, concluye la profesora. 


 

Camila Rosales, una de las niñas que recibe clases de leidy Yamile.

smiley Brenda Guerrero

Ella es Sarita, su prima. Ella no vive en la vereda pero viene constantemente a jugar y ver  televisión.

smiley Brenda Guerrero

Camila Rosales es una de las dos niñas a quien la profesora da clases. Va en quinto semestre y está aprendiendo fracciones. Ya sabe dividir por dos cifras.  “Mi mamá trabaja raspando coca y cocinando” y mientras ella trabaja, la pequeña va donde su abuela que vive a cinco minutos de la vereda.  © Brenda Guerrero.


 

smiley

Maria Mayby Muñoz, presidenta de la vereda Llano Verde y Madre de Camila inicia su jornada a las 5 de la mañana. Esta mujer que es la presidenta de la vereda Llano Verde se siente aliviada en ver como su comunidad solo tiene que prender un botón para disfrutar de la energía. Coincide con sus vecinos en que la luz es buena, un avance, pero no cubre lo que debería.   © Brenda Guerrero.

 

smiley

Esta fuente de luz la hicieron de un radio recargable. El hermano de Maria Maiby Muñoz, lo hizo, sacó la batería de un radio recargable, y con ella lo armó. Se trata de una USB conectada a 12 voltios y así alumbra. Fue la salvación de la familia muñoz cuando las mecheras no prendian.  Ahora con los paneles ven mejor. El sol es capaz de sustituir cargadores, baterías y linternas, incluso una vez ha desaparecido del horizonte. © Brenda Guerrero.


 

Maria del Carmen Tarata, vive con sus  dos hijos y su esposo en la Vereda Llano Verde. A sus 35 años recibió con sus vecinos la llegada de la luz. Sin embargo, dice que está no dura mucho tiempo, que solo miran dos horas de televisión, y les sirve para alumbrar, pero no cubre sus necesidades. No pueden instalar más carga de la de ahí y ponerle más baterías le saldría muy costoso. Por eso, como el resto de sus vecinos, exigen que les presten atención y les cumplan.

© Brenda Guerrero.


 

smiley

De él no se sabe mucho. No da su nombre, pero es el abuelo de la familia Llano Verde.  Un hombre noble y atento que no perdía rastro a la camara que lo seguía.  © Brenda Guerrero. 


 

smiley

Los animales son los fieles guardianes de está vereda. Solo hay dos en el lugar y como grandes compañeros siempre están al pendiente de sus amos. Todos los vecinos tienen que ver con ellos y van de casa en casa.  © Brenda Guerrero.


 

La vereda El Venado era un sitio clave para quienes compraban coca. Su lejanía la hacía un sitio estratégico. Aquí la ART arregló las vías para que las calles fueran más visibles.


 



Luz Marina llegó al pueblo porque su esposo era de la vereda Villa de Leyva y ambos querían formar un hogar para su hijo de tres años. Sin embargo, la situación del territorio la ha hecho arrepentirse.

“Nos toca muy duro, aquí no hay agua, toca de la lluvia, no hay acueducto. Por allá abajo hay un pozo, cuando hay mucho verano tanqueamos para el  invierno”. La precariedad en las condiciones de vida los obligan a migrar en busca de oportunidades dignas. 


Ella está muy agradecida con el panel, porque ahora su niño pequeño puede saber qué es vivir con luz toda la noche. Pero ruega para que les brinden energía comercial para el campo, ya que ni siquiera alcanza a tener nevera para guardar sus frutas. Tampoco puede usar la licuadora. “Cuando llueve mucho, casi ni carga”.


 

smiley

Don Honorio es de la vereda Villa de Leyva en el municipio de la Hormiga. Para él, la luz es un contentillo del estado, el cual le ha servido para no chocarse la frente por las noches.  El como un jinete con su caballo, aún guarda la esperanza de que las cosas se solucionen. Pero para eso, se necesita la atención del estado. “Los verdaderos problemas no no los solucionan, ni agua potable tenemos aquí”.

© Brenda Guerrero.



 

smiley

Los paneles son gratuitos, el día de la entrega los beneficiarios los cargaban en sus hombros o los llevaban a caballo por miedo a que si los llevaban en moto se les dañaran. Estos funcionan mediante la energía que pasa del sol al inversor. Prenden un botón y ese lleva la energía a los bombillo creando luz.   

© Brenda Guerrero.

smiley

Estos nidos se conocen como mochileros, son hechos por pájaros machos con la basura que van recogiendo por su camino. Son de un metro de altura, allí las hembras llegan y deciden si les gusta o no. Y si no, se van.

Andrés Machete.


 


 

 

 

RADIOGRAFÍA DE VIOLENCIA

EN EL BAJO PUTUMAYO 

 

 

Jaime Congote fue el primero en hacer rancho en la vereda Villa de Leyva. Es testigo hace 29 años de cómo su territorio ha sido sacudido por grupos al margen de la ley. Vio secuestros, vivió épocas de fumigaciones y desplazamiento y ahora cuenta cómo es su vida con la luz que trajeron los paneles solares.

 

smiley Brenda Guerrero.

Este hombre de 68 años originario de Cali, cuya profesión era sastre, llegó a la vereda en 1990 porque unos familiares suyos vivían allí y él venía a visitarlos. “Me quedé por aquí porque conseguir dinero en la ciudad es difícil. Entonces me encapriché y me quedé en el monte. Pero me arrepiento, allí la vida era buena”. Agrega que "aquí el gobierno nos da muy duro... Siempre es críticas, humillaciones, fumigaciones, grupos al margen de la ley y  paramilitares". 

Jaime vivió el secuestro de su hermano tres veces. La primera fue la guerrilla, le sacaron 500 millones de pesos que, según la familia,  fue por vacuna. “Fuimos lo rescatamos, se vendió el carro, se pasó plata en Cali y se pagaron los 500 millones de pesos. luego llegaron los paramilitares, lo cogieron y le dijeron que si tenía plata para pagarle a las FARC, a ellos les debía el triple. “2.000 millones de pesos nos sacaron”. 

Y la última, en 2008, cuando paramilitares y otros grupos armados al margen de la ley se organizaron para delinquir. Entonces, desaparecieron a su hermano  en Santo Domingo de Corabas. “Me decían 'usted sabe, paga o lo matamos'. Pero ya no teníamos más plata, aquí es un abuso con la gente civil”. Congote duró tres años buscando a su hermano por cielo y tierra. Él vive solo, tiene su tienda y su casa, su esposa vive aún en Cali. Tiene un hijo en Orito y una hija en Pitalito. La guerra poco a poco fue separando  su familia.

Dice que el posconflicto no les ayudó en nada, que la guerra siempre les arrebata lo que tienen, que sus ranchos y veredas son trajeadas por el estado. “Con la firma de paz se acabó un grupo, pero quedan otros, aquí han venido a chantajearme,  a decir que ellos son los que mandan, que les tengo que dar esto o les desocupo el lugar. Entonces uno siempre está bajo su dominio”.

 


 

“Los impuestos siempre los termina pagando el campesino. Ya que si un grupo al margen de la ley cobra impuestos, el agricultor le sube a la papa, a la yuca y por ende los supermercados aumentan sus precios, Le suben por una vacuna, esa es la excusa, pero siempre la plata sale del pobre campesino”.

Jaime Congote de la vereda Villa de Leyva.


 

La economía del Putumayo depende del ganado y el cultivo de coca. Don Jaime siembra pimienta, plátano y cacao, pero eso no le da para comer. Por eso miles de familias se dedican a cultivar coca, porque les genera mayores ganancias. “Un tipo se puede echar tres arrobas y en 3 meses saca 400.000 pesos, que es lo que da una hectárea de cacao al año. Pero cuando los 'paras' vienen, le piden a uno lo de dos arrobas. Siempre bajo el dominio del más fuerte”.

Las zonas que rodean la vereda Villa de Leyva son tropicales, en las que el sol y la lluvia aparecen de forma constante. La coca es un producto que no da racimo, como el plátano o el cacao, sino que da hojas como la hierba.  “Usted nunca espera un racimo, sin embargo del plátano llegan miles de enfermedades a largo tiempo.  En cambio la coca, usted como la cultiva cada dos meses, únicamente le arranca la hojita y ya está”. El clima convierte al departamento en un buen terreno para el ganado y la coca.

Los campesinos necesitan energía y recursos. Sacar racimos de plátano no es rentable, ya que  les toma 3 o 4 horas de camino traerlos y les cobran 30 mil pesos por cada uno, y en el pueblo los venden a 50 mil. Les sale mejor no sembrar nada, porque no hay forma de transportarlo. “Antes había mucha gente, entonces consumían, había trabajo y así la gente consume. ¿Qué se hace hoy en día si no hay gente pa trabajar? La única forma son los cultivos y por eso la gente se está desplazando”.

 

smiley Brenda Guerrero.

smiley Brenda Guerrero.

smiley Brenda Guerrero.


Jaime, que no encuentran trabajo aquí, ha sido testigo de cómo su vereda se convirtió en un pueblo fantasma desde cuando se fumigó coca por primera vez, hace cerca de 20 años. “Yo no me he ido y aquí he bregado a sobrevivir, ya me acostumbré a estar acá, a mi la humanidad me quiere bastante, yo aquí soy don Jaime y uno como que se encariña, además ya estoy viejo, pero yo me voy a ir, este año estoy haciendo un rancho en Orito y me voy para allá”.

No contar con servicios básicos y vivir en constante amenaza por cuenta de la seguridad de la zona, ha hecho que las personas se vaya de estas veredas. Don Jaime cuenta que antes había un promedio de 60 alumnos, 3 profesores y buenas aulas de clase. Pero hoy, usted va y hay 6 alumnos “la gente por medio de la erradicación se fue a Nariño, Cauca, esa población quedó desolada”.

 

smiley Brenda Guerrero.

smiley Brenda Guerrero.


 

“Nosotros vimos como el Ejército quemó una casa y les dijimos por qué hacen eso y ellos dijeron 'nosotros no fuimos'. Es un abuso, pero como es la ley, uno no puede decir nada o lo callan. Entonces uno tiene que irse desplazando por que qué más, así la ART traiga sus plantas solares, ahí les quedará tirado, porque uno qué se va a poner a cargar eso si en el pueblo ya hay forma de sobrevivir”.

Jaime Congote de la vereda Villa de Leyva.


 

Don Jaime hace parte de esos campesinos que andan con una escopeta en su cuarto. Pero también es de los que confían en que algo bueno llegue a la vereda y les cambie la vida. Sin embargo, de tanto esperar ya van tres décadas al cabo de las cuales, apenas tuvo acceso a la luz eléctrica. 

¡Suscríbete!

Y recibe primero una selección de los mejores contenidos y novedades de SEMANA RURAL. Nada de spam, promociones comerciales ni cosas aburridas.

Ingresa el correo que más utilices, gracias por ayudarnos
Autorizo el tratamiento de mis datos conforme a la política de tratamiento de datos de SEMANA.




¡Comparte!



Foto de perfil del autor del comentario






Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.