La guardiana de semillas nativas del sur del Tolima

marzo 17 de 2021

Claudina Loaiza convirtió su terreno árido en una huerta que da los mejores frutos. Las semillas nativas, dice, la liberaron y la soberanía alimentaria.

La guardiana de semillas nativas del sur del Tolima

| | Por: Cortesía Grupo Semilla


Por: Germán Izquierdo
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En la década de 1940, por varios años, en el municipio de Coyaima preparar chicha fue un delito. Claudina no lo vivió, pero su madre le contaba con detalle que era común que unos hombres, a quienes llamaban ‘celadores’ entraran a inspeccionar las casas de los indígenas pijaos, construidas en bahareque y palma real, en búsqueda del licor prohibido. Cuando lo hallaban, rompían las ollas de barro, regaban su contenido fermentado y se iban dejando tras de sí una violenta advertencia para quienes insistían en consumir la chicha. 

 

La visita de los ‘celadores’, sin embargo, no apagó la tradición. A escondidas, los indígenas se adentraban en la espesura de los bosques y cavaban hoyos en la tierra del mismo diámetro de las vasijas de barro y allí dejaban madurar la chicha durante dos o tres días. Luego la cocinaban cuidando que no saliera humo que los delatara. Así preservaron una tradición que por poco queda cercenada. 


Hoy Claudina Loaiza tiene 66 años y sigue viviendo en Coyaima, en la vereda Chenche Agua Fría. Durante mucho tiempo, como sus antepasados, vendió chicha, tamales, empanadas para ganar su sustento en una tierra semiárida que colinda con el desierto de la Tatacoa. Para ir a su huerta, situada en un terreno más fértil, ensillaba su burro y, al rayo del sol, recorría dos horas de camino para llegar. Fui mamá y papá para mis hijos y trabajo desde los 15 años”, cuenta Claudina, quien, como sus padres y abuelos hicieron con la chicha, hoy preserva otro patrimonio: las semillas nativas que crecen en su huerta, junto a su casa.
 

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© Cortesía Grupo Semilla


Todo empezó en 2002, cuando, en palabras de Claudina, “vino el señor Javier Múnera y nos convenció a varias mujeres de empezar a trabajar con abonos orgánicos. A los tres meses, mi terreno, donde nada crecía, empezó a florecer”. Claudina empezó a poblar su tierra de árboles, como matarrones, guayabos, ciruelos, arrayanes. Además, sembró yuca y varias clases de maíz nativo de los que hoy se siente orgullosa.
 

Claudina forma parte de la Asociación el Futuro con Manos de Mujer (Asfumujer), que se creó para unir a mujeres indígenas y campesinas de 56 veredas del Sur de Tolima, con el objetivo de devolverles la dignidad, la soberanía alimentaria y la soberanía territorial. Gracias a las semillas, Claudina y decenas de mujeres más han logrado salir adelante trabajando la tierra y preservando el legado de las semillas autóctonas. 

 

Es un objetivo que Claudina ha logrado. Después de vivir por largos años con un esposo infiel y aficionado al licor, decidió independizarse. Hoy, está convencida de que vive más feliz sola que acompañada por un hombre como su exmarido. Su tierra le da frijol, yuca, frutas, maíz y otros alimentos con los que se abastece.

 

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© Cortesía Grupo Semilla

En la actualidad Claudina siembra varios tipos de maíz nativo: el guacamayo, el bavario, el clavo blanco y el chucula. Desde siempre, los maíces nativos han sido el principal ingrediente de la cocina de los pijao y de muchos otros pueblos indígenas de Colombia. Con este cereal se preparan los tamales, el insulso, la chucula, varios tipos de bizcochos y hasta la arepa oreja de perro, la eterna compañera de la lechona tolimense. La chicha también se prepara con granos autóctonos; de lo contrario, no queda igual. 

 

Entre las ventajas que enumeran quienes defienden los cultivos de semillas nativas, se cuentan su mayor resistencia a las condiciones climáticas y a plagas y tienen mejores características nutricionales. Además, guardar estas semillas brinda a los cultivadores autosuficiencia alimentaria, ya que las grandes corporaciones controlan una buena parte del mercado con híbridos rentables. Claudina, por su parte, asegura que el maíz que ella siembra puede permanecer varios meses guardado bajo un alero sin que se dañe.


Claudina se ha convertido en una líder y un referente en la preservación de las semillas. Estudió en la Escuela Agroecológica Manuel Quintín Lame, donde también le enseñaron a leer y escribir. Hace un tiempo creó un poema que da cuenta de su relación con la tierra, las  semillas y los alimentos:


«Llevo tiempo de estar trabajando en mi huerta casera y no la cambio en mi vida por nada, porque me hace sincera. Siembro semillas, la protejo y la cuido como un tesoro, porque el territorio y el saber de los mayores es el verdadero oro.

Levanté mi frente, hice abono y seguí cercando con angeo con la esperanza de quien no anda con prisas. Y para poder tener mis hortalizas luché y saqué las semillas en el tiempo de verano.

Como cilantrillos, lechugas, tomate, cebollas, pepinos, ahuyamas, berenjenas para hacer propias y buenas ensaladas, qué deliciosas quedan, compañeras. 

(...)

Dentro a mi huerta, cuando me levanto a regar mis hortalizas, me siento la más contenta con el trinar de los turpiales, con el toche que canta hasta por la noche y con lo que me dice el cucarachero, por ser juyero. 

Esa huerta es el inicio de mi ancestral herencia pijao y que a mis hijos enseño con cuidao'»
.

 

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© Cortesía Grupo Semilla

 


Claudina atiende en su casa a quienes quieren conocer más de las semillas y del patrimonio cultural pijao. Como en tiempos remotos, cambia las semillas con otras mujeres de la región y la huerta de una hectárea le da para su sustento. También ha sido conferencista y tallerista en varios escenarios en los que ha podido transmitir su experiencia y el amor por una tierra a la que está tan aferrada como los árboles que se alzan en sus terrenos. 

 

Unas 900 mujeres del Sur del Tolima siembran semillas nativas. Claudina quiere que ese número se multiplique, que sean muchas más las que logren su independencia por medio de la tierra y sus cultivos. El gran llamado que hace es a cuidar el medio ambiente, el agua, tan escasa en las tierras del Sur del Tolima: No cortemos los árboles —dice—. Si tenemos que cortar uno, que no sea el que esté al pie de la quebrada o del manantial. Ese dejémoslo ahí, quieto. Y si cortamos un árbol, sembremos otro en su lugar. De lo contrario, si no cambiamos de mentalidad, no vamos a sobrevivir muchos años más”.

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