La mujer pijao que convirtió las gallinas en símbolo de resistencia

febrero 18 de 2021

El criadero de Perla Cardoso, en Natagaima (Tolima), se ha convertido en un ejemplo de recuperación de razas criollas, dignidad animal y soberanía alimentaria en una zona semidesértica donde se necesita resistencia para salir adelante.

La mujer pijao que convirtió las gallinas en símbolo de resistencia

| Cuando el viento abre la puerta de su habitación, las gallinas suelen llegar a despertar a Perla. | Por: Cortesía Perla Cardoso


Por: Germán Izquierdo
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La esperan. Cuando oyen la moto, se arma el revuelo, y más de doscientas gallinas criollas corren a agolparse tras el portón. Cuellos negros, dorados y blancos. Pechos salpicados de grises y habanos. Colas en alto formando un ejército de abanicos tupidos en que se confunden los más diversos tonos de plumajes. Cuando Perla Cardoso abre la puerta, se agacha entre un coro de cacareos para saludarlas con cariño. Aquí, en su casa de la vereda Palma Alta de Natagaima (Tolima), las gallinas pasean libres. No duermen en corrales sino encaramadas en las ramas de los veinte ciruelos que se levantan en esta tierra semidesértica que se ha convertido en un ejemplo de resistencia y soberanía alimentaria.

 

Perla es una indígena pijao, ex gobernadora del cabildo Palma Alta, a quien la violencia ha herido muy hondo. El 25 de marzo de 2002 salió a lavar la ropa en compañía de su esposo, Baudelino Romero, indígena como ella y un gran líder de la comunidad. En el camino hacia una quebrada llamada Guaguarco, un taxi se estacionó junto a ellos. Cinco hombres bajaron del carro, preguntaron por Baudelino y le exigieron que los acompañara. Presintiendo algo malo, fue a su casa, se puso unas botas y, antes de partir, mirándola a los ojos, le entregó la argolla de bodas a Perla. Al otro día, el cuerpo de Baudelino fue encontrado en la vereda La Molana. Había sido asesinado por órdenes del Bloque Tolima de las Autodefensas

 

Remando contra el dolor, con ayuda psicológica y la templanza propia de los pijaos, Perla logró aceptar la pérdida de su esposo. Siguió adelante sin dejar su tierra y encontró en la producción agrícola un nuevo camino que hasta hoy transita. “Yo empecé a pensar que las gallinas de engorde viven como muchas mujeres. Les exigen todos los días producir y producir, las privan de su libertad, las maltratan de muchas maneras”, cuenta Perla, quien sin más experiencia que su crianza en el campo, se matriculó en el diplomado de agroecología de la Escuela Agroecológica y Territorial Manuel Quintín Lame.

 

Como los indígenas, pensó Perla, la gallina criolla estaba viviendo un exterminio. De acuerdo con varios estudios, el número de gallinas criollas ha disminuido por la introducción de especies que han sido desarrolladas genéticamente para producir más huevos y carne. Las gallinas criollas, sin embargo, tienen muchas ventajas frente a estas últimas. Como se explica en una publicación del profesor de la Universidad Nacional Néstor Fabio Valencia, a diferencia de las especializadas, las criollas “son buenas para explorar o rebuscar y obtener alimentos en el medio natural en que se encuentren, así como para aprovechar los subproductos generados en la actividad agropecuaria, los cuáles son eficientemente convertidos en carne y huevos de muy buena calidad”.

 

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Varios de los proyectos de la Unidad para las Víctimas contemplan la cría de gallina criolla. 


Las gallinas criollas ayudan a controlar plagas,  defienden sus crías de depredadores y se  camuflan mejor. Además, son un banco de genes que puede ayudar a resolver problemas a la avicultura industrial. Pero, sobre todo, son resistentes: necesitan menos agua y aguantan mejor las enfermedades. 

 

Las gallinas también son un patrimonio que atraviesa la historia de Colombia. Comunidades campesinas, negras e indígenas se apropiaron de su crianza. El sancocho de gallina es un plato de mar, desierto y montaña que atraviesa el mapa del país. En cualquier retazo de tierra se puede ver la misma escena: el reguero de maíces, la olla aporreada, la matera de plástico y las gallinas picoteando la tierra. 

 

Perla empezó con unas 15 gallinas y poco a poco el batallón creció. Lo primero que hizo con su comunidad fue construir un aljibe, pues en esta región, situada junto al desierto de La Tatacoa, el agua escasea. Luego empezó a sembrar semillas nativas para darles alimento a los animales: matarratón, plátano cachaco, ají, moringa, yuca, frijol, maíz guacamayo, entre otros.

 

Aprendió a mezclar el alimento para producir por su cuenta un concentrado orgánico que les diera todos los nutrientes necesarios para que las gallinas crecieran sanas. También tiene ojo clínico para notar que una gallina no está bien: la cresta pálida, la cola caída y manchada de blanco, los ojos sin brillo. Las suyas están saludables, y si alguna enferma, Perla la separa del resto para que no se disemine ningún mal. 

 

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Yo empecé a pensar que las gallinas de engorde viven como muchas mujeres. Les exigen todos los días producir y producir, las privan de su libertad, las maltratan de muchas maneras”, cuenta Perla.


Un montón de neveras viejas, ya descompuestas, les sirven de incubadoras artesanales para que nuevos pollos hagan crecer la familia. Hoy el criadero cuenta con 7 razas distintas de gallinas, pero ha llegado a tener veintidós: grises, patepalo, cariocas, culimbas, copetonas, saraviadas, carninegras y otras más. Los colores de los huevos, ricos en omega 3, son tan variados como las ponedoras: amarillos, blanco, café oscuro, rosados, azules, verdosos. 

 

La de Perla es una casa de puertas abiertas a donde han llegado profesores y alumnos de varias universidades para que ella les cuente cómo logró sacar adelante su proyecto productivo. Esta mujer pijao les enseña la relación simbiótica que ha construido entre las semillas nativas y las gallinas criollas, y cómo, ahorrando los gastos de agro insumos, químicos y alimentos procesados, logró ser autosuficiente e impulsar a otras familias a seguir sus pasos. 

 

Hoy en Natagaima, Coyaima, Planadas, Líbano, Chaparral y otros municipios del Tolima muchos campesinos le apuestan con éxito a la cría de gallinas criollas. Varios se han asociado para trabajar de la mano. Además, Perla ha dictado talleres en distintas regiones del país en las que resalta la importancia de la gallina criolla como símbolo de resistencia femenina y enseña cómo empezar a criarla para autoabastecerse y ayudar a sus comunidades. 

 

Yo he llegado a tener hasta 2.700 gallinas en mi casa”, dice Perla, y lanza una sonora carcajada secundada por el canto de gallo tras ella. Muchas de esas gallinas han llegado a enriquecer proyectos productivos en Tibú (Norte de Santander) Santa Rosa de Cabal (Risaralda) y Vaupés. Hace poco, envió 2.700 para un proyecto en Florencia (Caquetá) y más de 600 a Garzón (Huila).  Cada pie de cría consta de un gallo y 9 gallinas. 

 

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Perla ha dictado talleres en distintas regiones del país en las que resalta la importancia de la gallina criolla como símbolo de resistencia femenina y enseña cómo empezar a criarla para autoabastecerse y ayudar a sus comunidades. 


Si yo le dijera... es que las gallinas para mí son mi familia, son mi autonomía, mi independencia. Mejor dicho: son territorio, cultura, resistencia y, lo más fuerte, soberanía alimentaria. Porque no es solo tenerlas y venderlas y que nos pongan los huevos, como esclavizadas. No, este es un trato, un compromiso con ellas, de tenerlas bien, felices, en un espacio digno. Así le retribuyen a uno. Yo vivo para mis gallinas: les bailo, les hablo, les peleo y ellas me contestan ”, dice Perla con convicción. 

 

La gallina criolla es parte del patrimonio colombiano. En el campo, los padrinos solían regalar a sus ahijados un pollo de cumpleaños. Cuando había que hacer un viaje de urgencia, las campesinas metían un par de gallinas entre un canasto y las vendían en el pueblo. Con gallinas se pagaron deudas y consultas médicas, se celebraban todas las fiestas y se conquistaron corazones. Se dice, incluso, que fue uno de los primeros animales que Colón trajo a América.

 

Perla Cardoso se levanta todos los días a las 4.00 a.m.,  prepara un tinto y medita. Al rato, los gallos cantan y las gallinas empiezan a bajar de los palos de ciruelo. A continuación, revisa que estén todas y alista los comederos. En esta casa, las gallinas desayunan primero. “También pongo música —dice Perla— para animarlas. Así todas empezamos felices el día”.

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