La mujer que logró registrar su marca de viche ante la Superintendencia

abril 16 de 2021

Se llama Lucía Solís y es una experta en hierbas del Pacífico. Tras años de trámites, consiguió que, por primera vez, reconocieran una bebida ancestral cuya receta ha pasado de generación en generación.

La mujer que logró registrar su marca de viche ante la Superintendencia

| Se ve a Lucía en su local rodeada de varias botellas de su marca 'Lucía Solís 6a Generación' | Por: Fundacion ACUA


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

Con los ojos cerrados y en medio de la oscuridad, Lucía Solís siente cada planta acariciándola. Pasa la yema de sus dedos con delicadeza sobre las hojas. “Esta es yerbabuena”, le dice a su tía sin siquiera olerla. “Esto es manzanilla”, afirma  con la seguridad de quien conoce las plantas como si fueran una extensión de su cuerpo.

 

Nació en Buenaventura. Al borde del río, aprendió sobre el viche, la tomaseca, el pipilongo, las hierbas de azotea, y sobre los secretos que esconde la naturaleza. “Es la ciencia nuestra”, dice con la convicción de quien jamás ha hecho otra cosa. Ha sido destinada a cuidar el legado de su familia.

 

Su tía la escogió para continuar con las enseñanzas de sus ancestros cuando tenía siete años. Lucía lo recuerda con detalle. Cada mañana en la madrugada, mientras su tía preparaba brebajes, y hablaba sola, Lucía la miraba en silencio, escondida desde el altillo. “Yo era una niña muy curiosa, siempre me metía ahí y solo observaba.  Parecía loca, ella hablaba con las plantas como si estuviera hablando con una persona. —cuenta Lucía —Ella le decía al espíritu de la naturaleza: estoy aquí, tú eres la vida, la creación y sin ti no tendríamos nada. Era un ser supremo, del que nadie hablaba y el que nadie veía”.

 

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La palabra viche, que significa bebida verde, viene del bantú. Se dice que los primeros sabedores del viche fueron esclavos africanos que llegaron en la colonia

©Fundación ACUA

 

Durante varios días se levantó en secreto para aprender. “Tenía una gramera en la mano, sabía cuánto se necesitaba de cada planta casi por instinto”, cuenta Lucía. En Buenaventura, si alguien se enfermaba o  no podía concebir, llegaban a su casa. “La buscaban para todo.  Hay que tener mucha humildad para reconocerle a alguien que no te responde con una voz, pero sí te responde con los frutos, con su medicina, con vida”, dice sobre la naturaleza.

 

Un día su tía la descubrió y la agarró del brazo. Lucía quedó paralizada pues pensó que la regañarían. Entonces la llevó al patio. En medio de la arboleda, le dio sus primeras lecciones. Con sus ojos cerrados y un turbante en la cabeza, palpaba las hierbas y las olía. Era la mejor manera para relacionarse con esos saberes. 

 

Después empezó a conocer de la medicina, de la alimentación. Era la heredera. Entonces conoció del viche, de cómo por años sus antepasados se escondían en las montañas para destilar por la persecución. De cómo cada botella era un cúmulo de historia y cultura negra.

 

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Lucía aprendió en medio de la oscuridad porque para su tía ella debía entender a las plantas como si fuese ciega.

©Fundación ACUA

 

El viche, según varios historiadores, es una de las bebidas más antiguas de América. Desde que llegaron los esclavos a los cañaduzales, hace más de 300 años, se destila viche. Desde entonces es parte de cada aspecto de la vida del litoral Pacífico. Hace parte de la fiesta, de la salud, y hasta de la muerte

 

Las matronas, como Lucía, han sido las encargadas de portar estos saberes heredados que han jugado un papel importantísimo para las comunidades por generaciones. A través de los conocimientos de Lucía y de cientos de sabedoras a lo largo de la historia, el viche ha sobrevivido años de persecución y de estigma.

 

Por el trabajo y la lucha de cientos de vicheros, la realidad es diferente, e incluso el viche es libre de ser comercializado. En el país se han dado pasos muy importantes en el proceso de cuidar esta bebida, que hoy  está cerca de recibir la denominación de Patrimonio Cultural de la Nación; la Cámara de Representantes, a finales del año pasado, inició el proceso para tramitar la ley de Bebidas Artesanales, que busca defender a sus productores. En 2018, la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) protegió las prácticas ancestrales del litoral Pacífico colombiano y canceló la marca Viche del Pacífico.

 

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Lucía sueña con que su local se convierta en un espacio para todos los vicheros de Buenaventura. Allí vende toda clase de productos a base de plantas y de esta bebida hecha con caña de azúzar.

©Fundación ACUA

 

Estas luchas, explica Lucía, han sido claves para reconocer esta bebida que, más que ser un producto alcohólico, representa cientos de prácticas del Pacífico colombiano. “Es una lucha por no dejar morir lo nuestro. Nosotros destilamos patrimonio. Este es un gran paso para proteger el viche, y para ayudarnos a vender nuestro producto sin perder esa esencia que lo ha caracterizado por generaciones”, explica Lucía, quien con su marca 'Semillas de Vida' ha comercializado productos a base de viche, incluso cuando aún era estigmatizado. 

 

A Lucía las experiencias le han enseñado que con cada botella deja semillas en la tierra, cultiva sus sueños y el de las personas en la comunidad. “Uno es semilla, porque tú le vuelves a dejar a la tierra lo que te ha dado. Uno viene de la tierra y a la tierra vuelve. En ese legado dejo mis conocimientos para que, con el tiempo, me recuerden”

 

Por eso Lucía se convirtió en una de las primeras vicheras del pacífico en tener su marca registrada ante la SIC. Con ‘Lucía Solís 6ª Generación’, podrá comercializar sus productos a gran escala y proteger el legado de su familia. Fueron años intentándolo, pero gracias a la ayuda de la Fundación Activos Culturales Afro (Acua), lo consiguió.

 

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En la foto se ve a Lucía con su hijo, Héctor Manuel, a quien le ha pasado varios de sus conocimientos sobre plantas y medicina ancestral.

©Fundación ACUA

 

“Estuve varios años perdida, no se dieron las cosas por ningún lado, e incluso me hicieron una mala pasada, y perdí un dinero tratando de registrar mi marca —cuenta Lucía, con algo de tristeza—. Puse lo poco que me quedaba en el banco, me asesoraron y lo logramos. Cuando me dieron la noticia, no lo podía creer. Gritaba, saltaba en mi cama, abrazaba a mi hijo: fue un sueño hecho realidad”.

 

Representa el inicio de una historia para ella y para su familia, y el fin de la estigmatización y del miedo. Nadie le robará ese conocimiento que ha permitido a Lucía sacar adelante a sus cinco hijos. Cuando una persona consume viche, arrechón, tumbacatre, tomaseca y curao, consume patrimonio. Tras estas bebidas hay historia de sacrificio.

 

Hoy, mientras recuerda a su tía, Lucía agradece. “Los seres humanos pasan por la tierra y la esencia del ser se pierde si nadie los recuerda. Nosotros estamos aquí un rato y después morimos, pero si nadie se acuerda de uno, uno no existió. No permanecerá en el tiempo. Si la esencia de mi tía está viva en mí, en mi recuerdo de ella, ella siente lo que yo siento. Es un sueño realizado y un deber cumplido”.

 

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