La otra batalla del Puente de Boyacá

agosto 07 de 2020

Los guardianes de los oficios que permitieron la Independencia ven cómo el coronavirus amenaza sus medios de vida y el legado que han preservado por 201 años .

La otra batalla del Puente de Boyacá

| El puente de Boyacá antes lleno de turistas hoy está vacío, la pandemia transformó el monumento, que por primera vez en siglos no tendrá turistas escuchando la historia de Simón Bolivar, Francisco de Paula Santander y la Batalla de Boyacá. | Por: © Mateo Medina Abad


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

El 7 de agosto de 1819 marca un antes y un después en la lucha por la independencia. Contra todo pronóstico, con las tropas debilitadas y luego de pasar hambre, frío y muerte, el ejército independentista ganó la batalla definitiva en el Puente de Boyacá. 

 

Pero la libertad de Colombia, que en ese momento se disputó contra la Corona Española, no habría sido posible, y aún hoy no sería tangible, sin los héroes silenciosos que entonces y ahora, 201 años después, defienden ese valor. Sin esas personas que brindaron sus ruanas a los ejércitos para abrigarse contra las bajas temperaturas de la región; sin los campesinos que con su maíz alimentaron a Simón Bolívar y sus cuadrillas; sin los guías turísticos que mantienen viva la memoria de la Batalla del Puente de Boyacá y, con ella, la independencia misma, la historia sería otra.

 

Hoy los héroes de la independencia y sus herederos corren un gran riesgo por la pandemia. El coronavirus ha transformado por completo su realidad. La carretera a Tunja, que cada año se llenaba de turistas ávidos de seguir la ruta libertadora, está casi vacía; solo se ven camiones que transportan alimentos. Los restaurantes cerrados se sostienen con las uñas, esperan sobrevivir el paso del virus. Según cifras de la Secretaría de Turismo de Boyacá, el sector ha tenido pérdidas de más de 150 mil millones de pesos debido a la cuarentena, y alrededor de 27 mil personas que dependían del turismo han perdido sus fuentes de ingreso.
 


Mantener la independencia viva

 

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Flor Alba pasaba horas explicando el mural de la Independencia. En sus muros se ven a los Próceres y la historias que llevaron a Colombia a liberarse de España

@ Mateo Medina Abad

Con el turismo lejos de activarse, por primera vez el monumento del Puente de Boyacá no tiene visitantes un 7 de agosto. Flor Alba Niño, quien por más de 10 años ha trabajado como guía turística, lleva cinco meses sin poder hacer lo que la apasiona: contar anécdotas curiosas de la Independencia y mantener viva la memoria.

 

Cada año esperaba la llegada del día festivo. Es una fecha especial para ella no solo porque se conmemora la Batalla de Boyacá, sino porque puede interactuar con personas de todas las regiones de Colombia y preservar, a través de la historia, el legado de Bolívar y de sus paisanos que engrosaron las filas del ejército patriota.

 

“Llevo una década hablando del tema y nunca dejo de emocionarme. Hay personas a las que se les eriza la piel, que lloran y ríen porque no conocían la historia de la independencia. Para mí no hay nada que me llene más el alma que entregarles a las personas todo para cuidar la historia”, dice con tristeza porque la pandemia le negó este año la posibilidad de hacer lo que más ama.

 

Pasó de estar ocho horas diarias haciendo recorridos por el mural de la campaña libertadora, un lienzo de 120 metros de ancho por cinco metros de alto pintado por el artista boyacense Jaime Quintero Russi, a estar en su casa esperando, detrás de un computador, el día que finalmente pueda volver.
 

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Los monumentos del parque antes de la pandemia estaban llenos de turistas

© Mateo Medina Abad

Antes de la covid-19 recorría el sitio histórico explicando cada etapa del proceso libertador. Lo conoce como la palma de su mano: la cronología de las batallas son como una hoja de ruta que define su vida y les entrega a otros. Siente dolor cuando habla de la Batalla del Pantano de Vargas, la más sangrienta durante el recorrido del ejército libertador, y felicidad al recordar la victoria que vino después con el coronel Juan José Rondón y sus 14 lanceros.

 

Sin Flor Alba y las personas que narran la batalla cada 7 de agosto, la historia corre riesgo. Su trabajo mantiene viva la llama de la independencia 201 años después. Lo más importante para ella no solo es contar la vida de los próceres. Su lucha por la libertad también pasa por contar la historia de los 2.800 soldados, campesinos e indígenas que la permitieron; por contar la historia de personajes como Pedro Pascacio Martínez y el Negrito José, que con apenas 14 años capturaron al general Barreiro, el líder del ejercito real que huía de Bolívar; o por reflexionar sobre la independencia cotidiana y el valor que cuesta mantenerla.

 

“Nosotros hablamos de Simón Bolívar, de Santander, pero hay que hablar de los miles de hombres y mujeres que lucharon y hoy siguen luchando por el país. Eso es lo que más extraño del trabajo: sentarme con la gente y llenarme de orgullo de mantener ese legado vivo”, dice Flor Alba.
 


Un pueblo construido con maíz

 

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Las arepas del Olimpo, hoy solo están reservadas para la familia Muñoz Medina. 

© Mateo Medina Abad

Cuando los conquistadores llegaron a América, además de la cruz y la espada, trajeron consigo animales que los indígenas no conocían. Con las vacas en el nuevo continente produciendo leche para el queso, y la unión que lentamente empezó a darse entre la gastronomía indígena y europea, nació la primera de todas las arepas: la arepa boyacense. Así lo estableció la investigación ‘La arepa: el pan nativo’, realizada por la Academia Colombiana de Gastronomía.

 

En el país, y especialmente en Boyacá, el maíz era consumido en todo tipo de platos, sopas, caldos y amasijos. Durante siglos, desde antes de la llegada de los españoles, los muiscas se habían alimentado gracias a este grano.

 

“En nuestra gastronomía, el maíz ha sido uno de los alimentos básicos. Fue y es la base del sustento del pueblo. Las preparaciones que nacen del grano hoy son patrimonio inmaterial de nuestro país”, dice Cecilia Restrepo, arqueóloga e historiadora que durante años ha investigado la alimentación en la época de la Independencia y que recuerda, con cierta gracia, que Bolívar siempre prefirió la arepa antes que el pan.

 

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Maria Hortensia creó El Olimpo desde cero. Su sueño siempre fue tener su propio negocio

© Mateo Medina Abad 

Desde 1984, en Ventaquemada, María Hortensia Muñoz y su familia han construido con el maíz un legado que mantiene viva esa historia. Sin embargo, su restaurante El Olimpo, a tan solo 20 kilómetros del Puente de Boyacá, no ha vendido una sola arepa desde marzo. Hoy sus hornos solo alimentan a la familia.

 

Hortensia aprendió a hacer arepas cuando tenía cinco años en Ciénaga, Boyacá. Al lado de un horno de leña, cuyo humo aún puede oler, aprendió a hacer la masa, a escoger la mejor cuajada y a dorar las arepas para que quedaran en el punto perfecto. 

 

Con el maíz construyó su vida y cumplió su sueño de tener un negocio. “Con las arepas levanté a mis cinco hijas y pude darles el estudio”, dice Hortensia mientras recuerda todas las veces que tuvo que levantarse a la una de la mañana para tener listos los pedidos. Anochecía cansada y amanecía cansada, pero pude construir mi negocio y sigo trabajando por él, cuenta esta mujer de ojos café que por primera vez en su vida pasará un 7 de agosto encerrada en su casa.

 

La celebración de la Batalla de Boyacá —dice Diana, una de las hijas de Hortensia— es una fiesta gigante. Para estas fechas siempre había demasiado trabajo, pero era increíble poder contarle a las personas un poco sobre nuestra historia, el puente de Boyacá y nuestra comida. Por eso no poder compartir con la gente en esta celebración es muy duro”.
 

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La plaza de Ramiriquí hoy está vacía.

@Mateo Medina Abad

A 50 minutos en carro del Puente de Boyacá, en Ramiriquí, Anabel Torres también extraña la vida antes de la pandemia. Su negocio ‘Zea Mays’ hace parte del legado de su familia que lleva cuatro generaciones haciendo arepas boyacenses.

 

Cada mañana que se levanta a preparar la masa en este municipio que celebra el Festival del Maíz, cumple su propósito de vida y, sin darse cuenta, cuida la historia del pueblo, de un amasijo que ha existido durante siglos y que alimentó a las tropas libertadoras.

 

Sin turismo, Anabel pasó de hacer casi 3.000 arepas diarias a producir tan solo 200. Hoy las personas del municipio siguen recurriendo a ella para comerse la verdadera arepa boyacense pero, sin los turistas que visitaban la zona, Anabel lucha por mantener su negocio en pie.


Tejidos de independencia 

 

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Marina, mientras usa su tapabocas, teje una ruana en el taller de la escuela donde ha enseñado por más de 40 años.

@ Maeo Medina Abad

En Jenesano, municipio vecino de Ramiriquí, Marina Sarmiento teje una ruana blanca, la prenda de lana que ha protegido durante décadas a los boyacenses del frío de las montañas. Marina aprendió el arte de tejer desde pequeña y por 40 años lo ha enseñado a personas de escasos recursos en la Escuela Mundo Artesanal.

 

Durante la independencia las ruanas fueron fundamentales. Boyacá y su clima eran inclementes contra el ejército de Bolívar, pero en cada pueblo que visitaban las personas se quitaban la comida de la boca y sus prendas de vestir con tal de mantener ese clamor por la libertad.

 

“Muchos de los soldados eran llaneros acostumbrados a climas cálidos y caían enfermos por los fríos del Páramo de Pisba. En Socha, Matilde Ananay, una niña de 13 años, se despojó de sus vestidos para entregarlos a un soldado patriota, un acto que imitaron los demás habitantes del pueblo”. Esta es una de las historias que coincidencialmente Flor Alba cuenta en sus recorridos turísticos.
 

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Paso del Ejército Libertador por el Páramo de Pisba. | 

© Por: Francisco Antonio Cano Cárdona. Casa Museo Quinta de Bolivar

Marina no conocía esta anécdota, pero cuando la cuestionan por su oficio no duda en decir que con él también hace patria. “Cuando haces una ruana sientes que construyes país y haces parte de un legado. Cuidamos nuestra cultura, la mantenemos viva y le creamos oportunidades a la gente para que subsista de ese trabajo”, dice justo antes de que inicie el toque de queda que las autoridades decretaron en Jenesano a partir de las cinco de la tarde.

 

A la misma hora, con un tapabocas que la sofoca, con el museo cerrado y llena de nostalgia por la soledad del Puente, Flor Alba ya piensa en el próximo 7 de agosto. Quiere volver a sentir el frío de las montañas que rodean al monumento que ha recorrido durante años. Añora ver las vías llenas de carros y las tiendas de arepas llenas de turistas. Sueña con escuchar miles de acentos que recorren el lugar donde se gestó la independencia y donde ella espera seguir gestándola.

 


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