La otra cara de Acandí

abril 17 de 2019

Conocido como uno de los destinos turísticos más bellos de Colombia, en este municipio colombiano viven comunidades afrocolombianas ancestrales que día a día luchan contra la deforestación del bosque tropical húmedo del Darién. .

La otra cara de Acandí

| El Darién hace parte de la cuenca baja del río Atrato y predomina el bosque tropical húmedo. | Por: LEÓN DARÍO PELÁEZ / SEMANA


Por: Jorge Cote
@koterpy

Ubicado en la frontera de Panamá, en el margen occidental del golfo de Urabá, Acandí es un municipio chocoano reconocido mundialmente por su bello litoral. Pese a que allí solo se puede llegar por avión, en un vuelo que parte de Medellín, o por lancha desde la población antioqueña de Turbo (situada en costa oriental del golfo), a diario decenas de turistas nacionales y extranjeros llegan a conocer las paradisiacas playas de Capurgná y Sapzurro.

Pero Acandí es más que un destino turístico. El municipio hace parte del Darién (conocido comúnmente como el Tapón del Darién), región ubicada al sur del istmo de Panamá, en la frontera entre este país centroamericano y Colombia. Del lado colombiano abarca el norte del departamento de Chocó entre el océano Pacífico y la costa occidental de golfo de Urabá, en el mar Caribe. El Darién hace parte de la cuenca baja del río Atrato y predomina el bosque tropical húmedo.

Es así como buena parte de los más de 1.550 kilómetros cuadrados de extensión de Acandí se encuentran cubiertos por un ecosistema de bosque tropical húmedo. Allí viven indígenas congregados en los resguardos indígenas emberá katío de Pescadito y emberá de Chidima, así como una gran cantidad de comunidades afrocolombianas reunidas en tres consejos comunales. En las últimas décadas, estos pobladores ancestrales han afrontado la expansión ganadera que ha traído una constante confrontación con los terratenientes y el aumento desproporcionado de la deforestación.

Cuentan los habitantes afrocolombianos que hace más de 50 años la selva llegaba a las playas de Acandí, pero ahora el paisaje lo dominan largas extensiones de pastizales dedicados a la ganadería extensiva, y toca recorrer largos trayectos para encontrar el bosque. A eso se sumó que a finales de la década de los 90 líderes y sus familias fueron desplazados por los paramilitares y otros grupos armados que apoyaban esa expansión de la frontera ganadera.

Los conflictos causados por la posesión de la tierra son el principal problema que tiene las comunidades afro e indígenas, y, si bien el gobierno les ha reconocido la titularidad sobre una posición, la voracidad de los terratenientes por obtener tierras continúa.


 

El municipio de Acandí está ubicado en la frontera entre Colombia y Panamá, en la región del Darién. © León Darío Peláez / SEMANA



Un territorio ancestral afro


Salir del casco urbano de Acandí y sumergirse en la zona rural significa un cambio de universo. El mundo dominado por turistas y por vendedores de todo tipo desaparece para dar paso a una estrecha carretera destapada que atraviesa grandes haciendas ganaderas, en las que se ven pocas reses y árboles. Es como si se estuviera en las llanuras de Cordoba o Sucre.

A 20 minutos de trayecto en moto, aparecen los primeros poblados afro de no más de un par de calles. Las casas hechas en madera y pintadas con colores vivos, dominan el paisaje. De esos poblados sobresale Peñalosa, ubicado a unos 30 o 40 minutos en moto del casco urbano de Acandí, a orillas del río Tolo (eje de la vida cotidiana de los las comunidades afrodescendientes pertenecientes a Cocomasur). Este poblado tiene una plaza central en la que se encuentra un parque, un salón comunal y a un costado, la iglesia. Y a su alrededor viven las familias que componen esta comunidad. Algunas de ellas tienen un solar en donde tienen cultivos de pancoger.


 

La rutina en Acandí está marcada por la calma y las relaciones cercanas entre sus habitantes, pues la mayoría comparte lazos familiares. © JORGE COTE


 


La vida para ellos transcurre en relativa calma, en las mañanas los niños y jóvenes van a la escuela mientras que los adultos se dedican actividades como la venta de madera, la agricultura, el comercio al menudeo o a ser trabajadores de las grandes haciendas. En la tarde, los jóvenes dedican parte de su tiempo a jugar futbol en el parque central o a participar de las actividades promovidas por el centro cultural.

Casi todas las familias son parientes desde tiempos inmemoriales. Everildys Córdoba Borja, coordinadora de Cocomasur y vecina de Peñaloza, cuenta que los primeros habitantes de la región llegaron hace más de 100 años. “Mi bisabuelo Edumundo Cordoba llegó bajando por todo el río Atrato. Ellos labraban botes y los comerciaban con los indígenas de Panamá y descubrieron que se podían asentar en las orillas del río Tolo y otros ríos y dedicarse al comercio de la tabula raicilla y tagua”.

 

Los primeros habitantes de Acandí llegaron hace más de 100 años. © JORGE COTE




Aureliano Cordoba Becerra, representante legal de Cocomasur complementa esta historia: “nuestros viejos, procedentes del río Atrato, de Tutunendo, Jiguamiandó y Pavarandocito llegaron acá en busca de esas tierras productivas para explotar caucho negro”.

En un principio cada familia construía sus chozas en las orillas del río pero nunca formaron un poblado. Estos solo aparecieron en la segunda década del siglo XX cuando surge la necesidad de organizarse para obtener servicios públicos. “En 1965 mi abuelo crea Peñaloza para congregar a las familias y así construir una escuela para educar a los niños. Mi abuelo escogió este lugar a orillas del rio Tolo”, cuenta Everildys.

En la historia de la fundación de Peñaloza, Everildys, Aureliano y demás mayores recalcan el carácter comunal del poblado: “esto nació con reglas de colectivo. Aquí nadie podía vender el pedazo de tierra que se les asignaba, solo se transfiere de generación en generación. Si naces en esta tierra, naces con el derecho de tener tierra para tu casa”, relata Aureliano.


 

El centro cultural de Acandí se ha convertido en un punto de encuentro para los jóvenes del municipio, muchos de los cuales dedican sus tardes a recibir formación musical en los ritmos tradicionales de su región.  © JORGE COTE



Del temor a la lucha por el territorio


A mediados del siglo XX la vida de Peñaloza y otras comunidades afro era tranquila. Everyldis rememora que su infancia fue muy bonita, que su vida transcurría entre la escuela y los juegos en él río y el bosque. “La vida de nosotros se basaba en la comunidad, todos nos ayudábamos. Todas las mujeres cuidaban los hijos de los hermanos, de los primos, e incluso de las amantes; y giraba en torno a la naturaleza”.

Esta situación comenzó a cambiar, como explica Aureliano, cuando el gobierno nacional, hacia la década de los 70, a través del INCORA promovió la expansión de la frontera agrícola en esa zona del Chocó. Desde ese momento llegaron empresarios y ganaderos de Medellín que, mediante distintas formas legales e ilegales, se apropiaron de los bosques y los deforestaron para dedicarlos a la ganadería.

A medida que pasaba el tiempo la confrontación se hizo más fuerte y llegó a su climax en la década de los noventa cuando las guerrillas y los paramilitares llegaron a la región. A los habitantes de Peñaloza casi no les gusta hablar sobre esa etapa de su comunidad, pero lo cierto es que muchos de los miembros de esa comunidad fueron desplazados. Por las amenazas de muerte, Aureliano terminó en Panamá y Everyldis en Medellín. Fue una época crítica para la comunidad, en donde los lazos y las tradiciones se rompieron. “Fue como perder nuestra identidad. Estar lejos de nuestra tierra, de esa tierra ancestral que nos daba todo, la cultura, la vida era como vivir muertos en vida”, dice Everyldis.

Ese amor por la tierra y por reconstruir esos lazos ancestrales sirvió le sirvió a los habitantes de las comunidades afro desplazadas como motor para volver a sus hogares, organizarse y defender su territorio. En ese contexto y tras varios años de lucha para que el Estado colombiano los reconociera como pobladores ancestrales de una región de Acandí, en 2002 surgió el Consejo Comunitario de Comunidades Negras de la Cuenca del Río Tolo y Zona Costera Sur (Cocomasur) con el propósito de rescatar la cultura tradicional de los habitantes afro de la región, frenar la deforestación del bosque y la contaminación del rio Tolo y otros ríos.


 

Aureliano Cordoba Becerra es el representante legal de Cocomasur. Este consejo comunitario lidera varias de las inicitativas para rescatar la cultura tradicional de los habitantes afro de la región. ©JORGE COTE



La tarea no ha sido fácil. Aunque en 2005 el Estado colombiano le reconoció la propiedad colectiva sobre más de 13.500 hectáreas (en su mayoría compuestas bosque húmedo tropical) a las comunidades de Cocomasur, colonos y terratenientes continuaron con la deforestación y apropiación de algunas tierras. Para solucionar ese problema, las comunidades, apoyados por el antropólogo estadounidense Brodie Ferguson, empezaron a trabajar en 2009 en un proyecto Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD+), que consiste en la conservación de grandes extensiones de bosques y selvas por parte de comunidades y en la expedición de certificados de reducción de emisiones de CO2 que son vendidas en un mercado voluntario mundial.

Conservar su bosque por medio de un proyecto REED+ implicó combinar su conocimiento ancestral con el conocimiento técnico. Además de las caminatas tradicionales que los miembros de Cocomasur hacían diariamente por las más de 13.500 hectáreas de bosque para vigilar la tala, ellos aprendieron técnicas para medir los arboles e inventariarlos, y así calcular la cantidad de CO2 que absorbe su bosque.


 

En 2012 el bosque bajo la tutela de Cocomasur fue sometido a un proceso de validación internacional. Las comunidades tuvieron una calificación positiva y se convirtieron en los primeros colombianos en vender certificados de mitigación de emisiones de CO2 en el mercado voluntario. En 2018 certificaron que su bosque consumió 330.000 toneladas de CO2 durante el periodo 2013-2017. De esta manera Cocomasur es pionera de los proyectos REED+ en el país y su ejemplo lo siguen 8 comunidades más.




 

La ganadería extensiva ha cambiado el paisaje de Acandí. Además de esta actividad, las disputas por la propiedad de la tierra hacen parte de la historia reciente del municipio. © Jorge Cote 




Recuperar la cultura ancestral


Este proyecto de conservación de una parte del bosque del Darién además de generar ingresos y empleos en la comunidad, ha servido, por un lado para fortalecer la cultura ancestral y su transmisión a los miembros más jóvenes de la región. Alrededor del cuidado del bosque se ha creado una serie de programas culturales que buscar difundir las tradiciones a los más jóvenes. Ya sea por medio de caminatas diarias a la reserva y actividades llevadas a cabo en la casa cultural los jóvenes se apropian del conocimiento de los miembros más viejos de la comunidad y reconstruyen los lazos que se rompieron en la era de la violencia.

 


 

Ferney Caicedo Panesso es un joven que pese a su corta edad (no pasa de los 25 años) ocupa el cargo de coordinador técnico de Cocomasur. Cuenta que los líderes de la comunidad comprendieron que para fortalecer la lucha ancestral se debía capacitar y empoderar a los jóvenes no solo en formación política sino en el conocimiento y difusión de las tradiciones. Con ese propósito surgió la escuela de música y danza, en donde niños y jóvenes aprenden a bailar y tocar instrumentos.


 



“A través de la danza y la música les enseñamos a los niños la importancia del bosque. Por ejemplo hay un baile de laboreo que la llamamos el mandunco, donde los niños gritan “me quedo en mi Peñaloza”, y se reflejan todas las actividades que hacen las mujeres al momento de ir al rio”, explica Ferney.

Cocomasur, junto con otros dos consejos comunales (Cocomanorte y Cocomaseco) y con los resguardos indígenas se han comprometido no solo a cuidar el frágil ecosistema de El Darién, sino a defender su territorio como fuente de vida y de cultura.


 

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