La reina del Carnaval... de una cárcel de Barranquilla

febrero 18 de 2018

Una vez al año en El Buen Pastor, la prisión para mujeres de la capital del Atlántico, las reclusas preparan una fiesta que se parece mucho a la libertad. La reina se queda con un premio codiciado de este lugar: paliar la rutina, el silencio y la depresión.

La reina del Carnaval... de una cárcel de Barranquilla

| Yoelis creció en una tierra donde es difícil conseguir el pan, pero nunca falta el muerto de cada día. Extorsiones, sicariato, rencillas. Todo en un mismo lugar. | Por: Iván Bernal Marín


Por: Iván Bernal Marín
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A YOELIS PACHECO la acusan de asesinar a dos personas e intentar matar a otra. Tiene 20 años y es la reclusa más carismática de la cárcel El Buen Pastor, de Barranquilla. Por eso luce hoy una corona, una banda brillante y un vestido hecho con bolsas plásticas.
 


«Afuera tengo dos bebés. Va para un año el más pequeño, y la niña tiene cuatro años»


 

El Carnaval no deja espacios impunes en Barranquilla. Desde hace tres años se filtra entre los barrotes de la prisión femenina. Marimondas, monocucos y negritas puloy decoran sus tres pabellones desde que comienza el año hasta el día de coronación.

 

Yoelis bailó champeta, cumbia y salsa con otra interna que se puso una camisa de hombre y se dibujó una barba con un marcador negro. Compitió contra parejas representantes de las otras alas; cada una tenía una comparsa, un disfraz y una candidata a soberana de la fiesta con su respectivo Rey Momo.

 

Las 150 presas del lugar se tomaron el patio con el sol como cómplice. A la sombra de un palo de mango se instaló una mesa de jurados con representantes de la Defensoría del Pueblo, la Registraduría, la Alcaldía y los vecinos del barrio Chiquinquirá.

 


 «Uno se recrea, cambia la rutina del diario vivir de estar preso. Hacer lo mismo, levantarse, llamado a lista, el cómputo de la rebaja de pena. Las cárceles son unos lugares depresivos, porque obvio no estás con tu familia»

  


 


Yoelis llegó hace seis meses. No recuerda bien lo que le dijeron cuando la capturaron porque estaba drogada. Dice que les dio plata a los policías para que le compraran marihuana mientras la mantenían en las celdas, antes de trasladarla a la cárcel. Solo un número le sigue retumbando en la memoria: 43, a una sentencia de 43 años se expone si la hallan culpable de los cargos de homicidio y tentativa de homicidio.

 

El disfraz se lo confeccionó Judith Fernández, de 60 años. Ella lleva 13 meses en el Buen Pastor. Fue quien la convenció de representar su pabellón. Y fue quien le preparó todo su ajuar real. Recogió bolsas negras, hilos, plásticos. Le tomó medidas, se sentó en la máquina por horas.

 


«Le dije, vamos a conseguir lo que encontremos que yo me encargo de arreglártelo y ponértelo bien bonito.
Aquí la coronación es una cosa alrededor de lo que es el Carnaval, y los otros vestidos de los otros pabellones no están de acuerdo para la ocasión».


 

Afuera, JUDITH es modista. Tiene tres hijas, “tres mujerones”, como las llama, de 17, 34 y 36 años. Nunca llevó la cuenta de todos los disfraces que les hizo en su vida. Dice que le gusta la “recocha”, pero armarla y quedarse detrás, no al frente. Está en la cárcel por tráfico de estupefacientes. Cayó por una interceptación telefónica.

 


«Una persona me llamaba y yo contestaba. Aquella persona que yo conocía suministraba la droga y a veces me buscaba. Decía mira, te ganas tanto, hazme este mandado. Entonces yo los llevaba».

«...A veces esa es la tentación. Yo te voy a decir algo».


Yoelis interrumpe y sale en defensa de Judith.


«Que venga alguien y te diga, mami, cóbrame 250 millones que te quedas con 100. Son dos opciones: o coronas o te cogen».


 

La última vez que Yoelis participó en un Carnaval fue en segundo de primaria. Nunca terminó el colegio. Abandonó en séptimo. La calle la jaló desde muy temprano. Nació en Ciénaga Magdalena, pero ha vivido desde niña en La Central, de Soledad.  

 

Las autoridades han identificado a ese barrio como el más peligroso del departamento del Atlántico. Los asesinatos son noticia diaria. El municipio es eje de disputas territoriales entre bandas criminales formadas por exparamilitares, que luchan por controlar el microtráfico y los puertos y caños en el corredor del río Magdalena. También es una histórica zona de concentración de desplazados de la violencia.

 


«La Central es un barrio muy caliente, ¿Si me entiendes? Que si haces cualquier cosa…

Se lleva la uña al cuello y aprieta los dientes.

— Porque si tú robas a una persona tienes que darte cuenta que esa persona te va a quedar ardida».


 


Yoelis creció en una tierra donde es difícil conseguir el pan, pero nunca falta el muerto de cada día. Extorsiones, sicariato, rencillas. Todo en un mismo lugar.

 

El crimen del que la acusan fue tan solo uno más. Una pareja estaba departiendo en una esquina con unos amigos. Pasaron unos motorizados y los rociaron de plomo. Un hombre y una mujer murieron. Otro quedó herido. Algunas versiones dicen que Yoelis iba en la moto atacante.

 


«Andaba con malas amistades, con malas compañías. De pronto como “dime con quién andas y te diré quién eres”. Y las personas que mataron eran amigos míos. Entonces dicen que yo fui quien dio la orden para matarlos. Me tenían allá y eso era pregúnteme que pregúnteme un poco de días. Que si yo no había sido, dijera quién de la organización había sido».


 

Ella se muestra segura de que no la van a encontrar culpable, porque no hay pruebas. El Carnaval carcelario es parte de una política de resocialización para ayudar a las internas, en especial a las jóvenes como ella. Las reclusas cosieron, tejieron, organizaron todo. Disfrutaron de un concierto de Juan Piña. Vivieron un poco, una versión encapsulada, de ese ambiente que se toma la ciudad detrás de las murallas.

 

Es un “antídoto en tiempo de reclusión. Tiene un efecto psicológico”, dice en su oficina Ofelia Díaz, la directora de la cárcel distrital de mujeres. Al frente, en la pantalla de su computador, mantiene vigilancia de los pabellones y el patio mediante un circuito cerrado de cámaras.

 


«Claro, eso sube la autoestima. Yo tengo gracia, la chispita, por eso fue que gané».


 

Alba Naranjo, una de las reclusas que confeccionó el traje de Yoelis, la reina, con bolsas de papel reciclado. / FOTO: Iván Bernal Marín


 

En su celular lleva fotos y videos del Carnaval. Imprimieron algunas para dárselas a las presas. Y a la soberana, Yoelis, le regalaron una ancheta con ropa deportiva y productos de aseo personal.

Yoelis es una morena de cabello largo y lacio, con mejillas prominentes. Las marca una pequeña cicatriz, casi imperceptible; único rastro de un pasado que es imposible intuir a simple vista. Un piercing brilla en su nariz. Sonríe todo el tiempo. Habla con entusiasmo, segura y en voz alta. Ha ganado peso desde que entró al Buen Pastor. Aquí come a diario, afuera, no era seguro. No parece en una cárcel. Parece que se hubiera liberado tras las rejas.


«Por nada en el mundo yo permito que nadie me dañe lo que he conseguido aquí. —
 

 

Dice y ondea la falda de su traje de garabato para una foto.
 

— Ay, que no se me vean los gorditos».


 

El único momento en que su brillo se apaga es cuando habla de sus dos bebés. Agacha la cabeza, se dobla y baja la voz. De súbito la verdad le golpea el estómago: no es libre.

 

 


Pero no deja de decir lo que quiere decir. Yoelis se quiere tatuar los nombres de sus dos hijos, trenzados en la muñeca en un símbolo de infinito: Violeta y Emmanuel. Sus compañeras dicen que cuando llegó era una “gamina”. Dormía en la calle. Estaba consumida por las drogas. Flaca, maltrecha, con la cabeza rapada y la memoria mordisqueada. Su estado era “deprimente”, según ella misma. Le diagnosticaron VIH.

 

Ahora, en la cárcel, todos le dicen ‘La Reina’.
 

***

 

Texto y Fotos
IVÁN BERNAL MARÍN

 

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